En esta columna presentamos las últimas dos posturas que describe Richard Niebuhr sobre Cristo y la Cultura y concluimos esta serie de entregas.
Cuarta Posición: Cristo y la cultura en paradoja.
Mientras que los miembros de este grupo quieren mantener unidas la “lealtad a Cristo y la responsabilidad por lo que ocurre en la cultura” (149), creen que esta cooperación no es un equilibrio/unión feliz como si lo sostienen los que adhieren al grupo que ve a Cristo sobre la Cultura. Junto con la relación de cooperación de Cristo con la cultura, enfatizan la paradoja que también existe conflicto entre Cristo y la cultura debido al pecado que reside en la cultura. Por tanto, en el trato de Cristo con la cultura, vemos que conviven el pecado y la gracia.
Algunos aspectos positivos de esta posición: Capta la tensión bíblica representada por la presencia de los cristianos en este mundo. Porque el hombre está “dentro de la ley, y sin embargo no está bajo la ley sino de la gracia, que es pecador, y es al mismo tiempo receptor de la misericordia y la ira divina” (157). Este es un proceso dinámico, no un rechazo estático o aceptación de la cultura de los anteriores modelos”, sino que es una tensa experiencia entre el dolor y la paz.
Algunos puntos negativos: Niebuhr afirma que en esta posición el cristiano pierde la capacidad de decirle algo significativo a la cultura, porque queda estático. Es una posición que nos lleva a aceptar la cultura (conservadurismo) porque vemos que en ella están presentes la ira y la misericordia, y al estar ambas presentes corremos el peligro de que no actuemos en favor de ninguna de ellas.
Quinta posición: Cristo, el transformador de la cultura.
Este grupo puede ser descrito como el de los “conversionistas”, los que tienen una “visión más esperanzadora hacia la cultura” (191). Tienen la convicción teológica de ver a Dios como creador, sabiendo que la caída del hombre fue de un origen bueno, y ven a Dios interactuando activamente con los hombres, participando en los acontecimientos históricos (194). Es así que ven a la cultura humana como redimible, pudiendo obtener el ser humano “una vida transformada para la gloria de Dios” a través de la gracia de Jesucristo (196).
En la práctica, este punto de vista significa que trabajamos en la cultura para mejorarla, en última instancia, porque Dios es el originador de la creatividad humana, y que en el principio fue declarado como “bueno” (y puede volver a ser bueno). También trabajamos para su transformación, porque si bien existe el pecado en la cultura, no todo está perdido, hay esperanza por medio de Cristo, manifestado como la redención de las culturas. Además, derrotaría al pecado, no escapando de la cultura o luchando contra el pecado directamente (tal como hacen algunos grupos centrándose en el diablo), sino con los ojos puestos en Jesús. En esta perspectiva nuestro deseo es el de ser positivos y orientados hacia Dios, logrando de esa manera vencer al pecado. Es decir, como se centra en Cristo estará pensando en todo lo que es excelente y admirable.
En conclusión:
Niebuhr termina su libro llamando a sus lectores a que tomen una decisión. Esto no es porque él cree que la última opción es la mejor y más lógica, por el contrario él cree que las respuestas para el problema de Cristo y la cultura sigue estando “inconclusas”, que su descripción no es “concluyente” y que la tensión podría extenderse por tiempo indefinido (230). Menciona que la teorización podría seguir indefinidamente, por ello, invita a que consideremos qué acción vamos a tomar respecto a esa cultura. El problema de Cristo y la cultura no puede ser respondido a través del estudio, pero en el ámbito de las “decisiones libres de los creyentes” y de las comunidades cristianas responsables (233).
Este capítulo no es por lo tanto, una conclusión tradicional, donde el autor resume su punto de vista. Niebuhr no está apelando a una simple crítica sin la correlación de la acción social. Niebuhr sostiene que tenemos que ser conscientes de que la naturaleza de nuestras acciones está condicionada culturalmente. Él dice que ya que tenemos “un conocimiento parcial, incompleto y fragmentado” y que necesitamos para tener una opinión medida (no ser demasiado optimista) acerca de nuestra capacidad de participar en la cultura para la gloria del Señor. Estamos limitados por nuestro “conocimiento técnico” y la “comprensión filosófica” de la cultura, y por lo tanto nuestras decisiones en este mundo complejo están coloreadas por nuestras limitaciones (235).
Para ver las entregas anteriores:

