¿Con la Ley de feminicidio alcanza?

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¿Con la Ley de feminicidio alcanza?

La  conmemoración en el presente año del día de la mujer en Uruguay tuvo lugar en clima de consternación. A poco de echar a andar el 2017 ya varias vidas femeninas fueron segadas por la violencia de sus parejas o ex parejas. De buena gana  diversos grupos sociales se unieron al paro mundial internacional reclamando igualdad de derechos para las mujeres. Rabia, impotencia, perplejidad y la gran interrogante: ¿Cómo evitar nuevas víctimas de esta perversa modalidad de relación hombre-mujer?

Ni la deconstrucción del concepto de lo femenino y lo masculino, ni la prerrogativa del divorcio por sola voluntad de la mujer, ni la solapada guerra entre los sexos o la abolición de la sujeción (ordenada por Dios) de la mujer al varón como cabeza del hogar,  parecen estar dando un resultado auspicioso por el momento.

En Uruguay, desde el 2002 existe una ley que penaliza la violencia doméstica (Ley 17514).

Además, los sucesivos gobiernos han aprobado diversas herramientas de auxilio y protección para las víctimas.

Se implementó como mecanismo de control las tobilleras, para distanciar a los violentos.

Se abrieron centros de atención y orientación para las mujeres violentadas (Comunas Mujer de IMM), facilitándoseles asesoramiento gratuito y confidencial telefónico (0800 4141 ó *4141).

El Ministerio de Desarrollo Social trabaja para ofrecer soluciones habitacionales de amparo a mujeres agredidas y sus hijos.

También están funcionando ámbitos de ayuda para varones violentos que deseen renunciar a esa modalidad perversa de vincularse afectivamente (Info masculinidades de IMM y Grupo Renacer del Psic. Robert Parrado).

Actualmente, el Parlamento uruguayo tiene a estudio un proyecto de ley que tipificaría como “Feminicidio” la muerte de una mujer a manos de alguien con quien ella tenía o hubiera tenido vínculo sentimental. El feminicidio se define en la exposición de motivos del proyecto, como el “asesinato misógino de mujeres por hombres en su deseo de poder, dominación y control”, a partir de mandatos culturales, histórica y socialmente construidos.

Algunos juristas creen que la creación de esta nueva figura no cambiará mucho la situación, pues el Código Penal uruguayo ya es severo al castigar los homicidios.

Personalmente pensamos que todos estos esfuerzos desde la sociedad y el gobierno son muy dignos de reconocimiento, pero el mal parece fuera de control.

Algunos agresores, luego de destruir a sus parejas ponen fin a su propia existencia, en una muestra clara del sinsentido y miseria en que convirtieron sus propias vidas. Y según entienden algunos investigadores del tema, es una muestra final de su omnipotencia demencial (“a mí nadie me va a mandar o juzgar”).

Otros, se buscarán nueva pareja y repetirán su estrategia de dominación y maltrato.

Por ahora es bajo el porcentaje de los varones que buscan ayuda para cambiar su proceder y sanar su modo de vincularse. Pero reconocer el error nos parece un signo de coraje y hombría.

A propósito de la realidad trágica de la violencia doméstica, deseamos sumarnos al debate social, introduciendo algunos factores que por alguna razón no han sido puestos sobre la mesa.

El Estado debe ejercer –como lo está haciendo- su labor de aplicar justicia y penar las conductas transgresoras. Pero las funciones educativas y preventivas corresponden básicamente a cada familia dentro de la sociedad.

Víctimas y victimarios de las situaciones de violencia doméstica fueron educados por una madre y un padre (presente o ausente). El varón violento aprendió en su hogar o en su entorno cercano, a ser dominante, no respetando ni teniendo en cuenta sentimientos ni derechos de los demás. Por su parte, la mujer violentada aprendió en su infancia y juventud a desvalorizarse, no poner límites y aceptar el trato agresor.

Tal enseñanza a veces se recibe de modo explícito, pero otras muchas veces de modo implícito, por el ejemplo, sin palabras, mediante acciones de abandono, indiferencia al sentir del niño o la niña, gestos hirientes, etc.

Por ello, hoy cada madre y cada padre que está criando hijos tiene en sus manos el recurso para frenar la opción por la violencia en las generaciones que vienen creciendo.

Los hijos aprenden a ser violentos cuando en el hogar los padres se destratan entre sí, cuando son infieles el uno al otro, cuando luego de un divorcio el padre deja de visitar a sus hijos o cuando le retiene la pensión alimentaria obligando al otro cónyuge e hijos a vivir en la miseria o trabajar excesivamente para sobrevivir. También,  cuando nos importa más tener la razón que mantener la paz en el hogar, cuando se le aplica al hijo/a una disciplina autoritaria y humillante o cuando se omite disciplinarlo y se le consienten todos sus caprichos, tornándolo en un ser egoísta que no tolera frustración alguna.

Los individuos agresores se habitúan a fingir caballerosidad hacia afuera de las puertas de su casa pero imponen el miedo puertas adentro. Actúan como niños emocionalmente inmaduros y con un precario control de sus impulsos.

Tan importante como criar varones no violentos, es educar mujeres que se respeten a sí mismas y no caigan en depender emocionalmente del varón.

Y en esto, el papel del padre es fundamental. En tiempos de frecuente disolución familiar, muchas hijas son criadas sin la figura del progenitor varón en el hogar. A veces, el lugar del padre es ocupado por un padrastro. Esto no solo ha traído como consecuencia frecuentes situaciones de abuso sexual hacia ellas por parte de la pareja de turno, sino que se han visto privadas de la reafirmación que sólo un padre puede dar a su hija. Y como lo expresara el consejero familiar cristiano H. Norman Wright, el padre es quien da forma a la relación que a futuro su hija mujer tendrá con los hombres en general.

De allí que muchas adolescentes que crecieron sin padre, se apresuran en la juventud a entregarse en brazos de una pareja, buscando que las reafirme como mujeres, entrando en un vínculo de dependencia emocional que las dañará.

Otro aspecto que se suele omitir en el análisis del tema de la violencia intra-familiar es la responsabilidad de ambas partes en la construcción del vínculo de pareja. No es novedoso decir que el tiempo y esfuerzo que se suele invertir hoy día en la construcción de vínculos es deficitario.

Hombres y mujeres dedican muy poco tiempo a conocerse realmente durante el noviazgo. A menudo, comienzan a intimar a poco de conocerse; luego acceden a la convivencia y pronto comienzan los conflictos en la relación. Desoyen los mensajes de desajuste del vínculo, la falta de respeto mutuo en el trato y las insatisfacciones diversas. Por temor a quedarse solos, siguen adelante mientras el destrato se instala como moneda corriente en la pareja.

Es hora de revalorizar el período pre-matrimonial (o noviazgo) como un tiempo de conocimiento mutuo y no de entrega anticipada. Es fundamental conocer la personalidad del otro, su estilo de enfrentar y resolver problemas, con qué conflictos no resueltos carga (personales o familiares), en qué medida sabe tolerar las frustraciones, cómo maneja sus miedos e inseguridades.

Estos aspectos se tornan difíciles de percibir y calibrar si el noviazgo se transforma de entrada en la búsqueda anticipada del placer físico a toda costa.

Desde nuestra cosmovisión cristiana, interpretamos que la pretendida deconstrucción del modelo divino de la pareja humana está destinado al fracaso y la infelicidad. Hombre y mujer, unidos por amor y respeto mutuo en un vínculo heterosexual de pareja estable, donde cada uno busque sistemáticamente el bien del otro, con una estructura jerárquica donde Dios dirige la relación. El hombre como cabeza y líder, va delante, asume riesgos, protege, ampara, sirve a los demás. La mujer ayuda y construye los cimientos del hogar mientras los hijos obedecen a ambos. Este es el modelo divino que no ha podido ser superado. Sin violencias, sin controles paranoicos, ni dependencias que anulen a ninguna de las partes.

La violencia está instalada en diversas esferas de la convivencia social actual: en las calles, en los estadios, en el tránsito, en las cárceles o en los centros educativos (bullying). Se aplica desde una posición de poder: el fuerte sobre el débil, ricos sobre pobres, mayorías sobre minorías, etc. No podemos dejar de mencionar aquí la violencia de los adultos sobre los individuos aún no nacidos (aborto).

Ello nos lleva a pensar que, como en los tiempos de Noé, la tierra está llena de violencia (Génesis 6:11).

No subestimamos factores culturales como el machismo, que habilita la dominación arbitraria masculina sobre la mujer. Pero asignamos mayor gravedad a la crisis espiritual que caracteriza a nuestras sociedades postmodernas.

Hemos expulsado a Dios de nuestra cosmovisión y a partir de allí cada uno hace lo que bien le parece. Ello nos recuerda los relatos del libro de Jueces (La Biblia), referidos al pueblo israelita en la antigüedad. Cada vez que decidían darle la espalda a Dios se degradaban tornándose violentos entre sí. En tales casos sucedían episodios de violencia extrema hacia la mujer. (Jueces 17:6; 21:25).

Por su parte, las naciones que temen a Dios y procuran obedecerle, disminuyen sus niveles de violencia y delito. Así ocurrió en la antigua ciudad de Nínive, donde ante la amenaza de que sería destruida por Dios por sus niveles de maldad, se arrepintieron y abandonaron su mal obrar y toda forma de violencia que habían estado cometiendo (Jonás 3:8).

No sabemos si la ley de feminicidio (en caso de aprobarse) logrará frenar la violencia intra-familiar. Pero no dudamos que si en una familia cada uno cultiva una relación personal con Dios, tratará con dignidad y respeto a los demás y se esforzará en controlar sus emociones para no ofender al Creador y honrar a su familia.

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