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Escrito por: Pr. Salvador Dellutri* | Visitas: 997 veces. | Fecha: 2007-06-30

En 1866 David Livingstone se internó por última vez en el continente africano y durante cinco años el mundo no tuvo noticias suyas. Muchos creían que había muerto asesinado por los traficantes de esclavos o víctima de alguna exótica enfermedad. Finalmente el director del “New York Herald”, el diario sensacionalista de mayor circulación en los Estados Unidos, envió al corresponsal Henry Stanley a buscarlo. Para encontrarlo tuvo que trajinar todo un año en el corazón del África y finalmente pudo transmitir al mundo, por intermedio de la prensa, noticias ciertas sobre el paradero y la obra del gran misionero.

La historia de Livingstone y Stanley, llena de alternativas riesgosas y pintorescas, sería impensable en la actualidad. El mundo de hoy está hipercomunicado y en la “aldea global”, como la llamó McLuhan, las distancias y los tiempos se acortaron. La radio, la televisión, Internet, la telefonía celular quebraron las barreras entre los pueblos.

Nuestra cultura se gestó en el crisol del diálogo socrático donde el vaivén de las ideas fue iluminando el camino del conocimiento. Platón recogió con precisión esos largos diálogos donde el anhelo por avanzar en la búsqueda de la verdad trazaban la senda de una apasionante aventura intelectual. En el diálogo la presencia del otro es a la vez necesaria y enriquecedora.

Con la llegada de la imprenta se abrió una fructífera etapa en la que la palabra encontró en la página impresa la forma de hacer llegar el pensamiento a todos los estratos. El diálogo se tornó más fecundo porque, aún cuando entre los interlocutores disten siglos, el mensaje del autor físicamente desaparecido llega al lector con la vitalidad necesaria para que lo analice, estudie, investigue y critique. La lectura actúa como un incentivo, como un disparador del pensamiento, como un desafío a la imaginación, la emoción y la razón. La potencia del libro desató la furia de los inquisidores que, temerosos de la revolución del pensamiento, los prohibían y quemaban. Hombres ignorantes a los que Sarmiento, el gran educador de América, tuvo que recordarles que “las ideas no se matan”. Por el camino trazado por la palabra hablada transformada en diálogo y la palabra escrita como vehículo de ideas, el homo sapiens alcanzó su apogeo.

Durante el siglo XX se produce la gran revolución en las comunicaciones que la sociedad recibió con alborozo y optimismo. Pero como todas las obras humanas ésta también tenía su costado oscuro y lentamente se fue comprendiendo que este avance también entrañaba peligros.

El 30 de octubre de 1938 Orson Welles a través de un radioteatro basado en la novela “La Guerra de los Mundos” de H. C. Wells aterrorizó a los Estados Unidos. El programa tenía una hora de duración y describía una invasión marciana a la tierra, en forma de noticiero. A pesar de que durante la transmisión se repitió varias veces que se trataba de una obra de ficción, la histeria se apoderó de los oyentes que comenzaron a salir masivamente a las calles, presas de pánico. La desesperación hizo que cientos de miles de personas abandonaran sus viviendas y se refugiaran en las iglesias buscando consuelo en la oración mientras otros corrían a las cantinas pretendiendo apagar su angustia con el alcohol. Las reacciones fueron motivo de estudios especializados porque demostraron que era muy fácil, en determinadas condiciones, influenciar destructivamente a la audiencia utilizando únicamente la radio.

Al primer impacto de la radiofonía le siguió el advenimiento de la televisión; el oyente se transformó en televidente y la magia de la radio, que despertaba y estimulaba la imaginación, tuvo que dar paso a la imagen. Este salto produjo un cambio sustancial en la sociedad. Giovanni Sartori sostiene que el homo sapiens, producto de la cultura escrita, dio paso al homo videns, para quien la palabra – oral o escrita – fue destronada por la imagen. Este proceso generó una nueva sociedad teledirigida, donde la televisión y sus derivados comenzaron, a ejercer una destructora tiranía.

Hoy podemos afirmar que la radio, la televisión e Internet entraron en la sociedad y tomaron un rol protagónico dentro del hogar, en el seno mismo de la familia. Nadie puede escapar a su influencia porque el espectáculo, la información, la noticia, la diversión penetran en nuestra intimidad sin pedir permiso y rompen con mucha facilidad el equilibrio ecológico de la familia ejerciendo una influencia tiránica, instalando y legitimando conductas y actitudes no siempre beneficiosas.

Los medios de comunicación son poderosos vehículos de cultura que, bien utilizados, pueden ayudar al enriquecimiento personal y al crecimiento moral y espiritual de la sociedad. Pero, mal usados, se transforman en poderosas armas de destrucción generadoras de decadencia, que terminan por minar la templanza de los pueblos y corrompen todo el cuerpo social.

Cada día a través de los medios se realiza una siembra que va penetrando en las entrañas de la comunidad y fructificando a largo plazo. El sabio Salomón señalaba en sus Proverbios: El que siembra maldad, cosechará calamidades. Siglos más tarde el Apóstol Pablo hará la misma afirmación enunciándola como una ley espiritual inquebrantable: Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

El rey David, cuando todavía era pastor de ovejas, tuvo su famoso encuentro con Goliat, el paladín filisteo. Goliat era un idólatra, paradigma de la decadencia espiritual y moral de un pueblo agresivo y violento que pretendía terminar con la libertad de todos sus vecinos. Contaba con una ventaja incalculable sobre los hebreos: los filisteos dominaban la tecnología del hierro. David era el hombre espiritual, defensor de los valores y adalid de la fe que con pocos recursos pero en la dependencia divina lo derrotó espectacularmente con un certero impacto de una piedra impulsada por su honda campesina. Cuando Goliat cayó desmayado le quitó la espada y lo remató cortándole la cabeza.

Años después, cuando en medio de las luchas intestinas de su pueblo pidió a un sacerdote que le suministrara un arma de defensa, el religioso le ofreció, temeroso de ofenderlo, aquella espada de su primera victoria. David la contempló y exclamó: Ninguna como ella.

Los medios de comunicación son como aquella espada: en manos de Goliat una amenaza de decadencia, esclavitud y muerte; pero empuñada por David una esperanza de crecimiento y vida. Su valor es incuestionable, podemos afirmar como el rey de la antigüedad: Ninguno como ellos.

Pr. Salvador Dellutri

Publicado originalmente en la revista de RTM Uruguay, Año 1 volumen 1, octubre de 2006

El Pr. Salvador Dellutri participa en la producción y conducción de “Tierra Firme “ y “Los Grandes Temas” que son emitidos semanalmente en toda Ibero América por la cadena de radioemisoras asociadas a Radio Trans Mundial.