El Valor de Una Vida – Primera Parte

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20 octubre 2008
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Dado que en la República Oriental del Uruguay así como en otros países de la región se está considerando la legalización del aborto como parte de los procedimientos médicos en los centros hospitalarios y las mutualistas médicas, publicaremos el artículo del Pr. Salvador Dellutri en dos entregas, de aquí al 4 de Noviembre de 2008, en que el Plenario de la Cámara de Representantes del Uruguay tendrá que decidir sobre este crucial tema para la vida de miles de niños sin nacer.

El Valor de Una Vida – Primera Parte

Pr. Salvador Dellutri

Se calcula que en el mundo se realizan cincuenta millones de abortos anuales. Los movimientos humanistas lanzan su ofensiva desde todas las tribunas pidiendo su legalización en aquellos países en que todavía es ilegal. Todo esto constituye un desafío para los cristianos que tenemos que dar una respuesta ética clara y precisa.
El tema es incómodo, despierta prejuicios, hiere nuestra sensibilidad. Sentimos esa paradoja que con tanta precisión definió Mark Twain cuando refiriéndose al aborto dijo: “Sé que tengo prejuicios en este tema, pero sentiría vergüenza si no los tuviera”

La dimensión de la indiferencia

La cifra anual de 50.000.000 de abortos anuales es comparable al número de muertos producidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde se calcula que, entre civiles y militares, esa fue la cantidad de bajas. El impacto social de esas muertes y los horrores consiguientes motivaron la apertura de numerosos foros y la formación de muchas organizaciones internacionales destinadas a impedir la repetición de semejante tragedia.

Cada año se produce en el mundo una silenciosa Segunda Guerra Mundial, pero no se percibe una reacción social equivalente. Esto indica una actitud tolerante, y en algunos casos hasta complaciente, ante el problema. Esto derivará en el corto plazo, en que todos los países del bloque occidental terminarán por incluir al aborto dentro de los derechos inalienables de la mujer.

Como cristianos sabemos que este no es un tema menor, marginal o tangencial. Está instalado en la sociedad y no podemos ser indiferentes limitando nuestra acción a la prédica interna, pensando que fuera de los límites de la iglesia cada uno puede hacer lo que quiera. El tema no admite actitudes tibias, porque implica un cuestionamiento a la soberanía de Dios y a la sacralidad de la vida humana. Frente al aborto tenemos la obligación de tomar actitudes definidas y combativas.

Si el aborto es un atentado contra la ley divina tenemos que aspirar a que los cristianos nos constituyamos en la voz de 50.000.000 de seres humanos que no tienen voz, ni organismos internacionales que los defiendan u organización de derechos humanos que los amparen y acaban sus vidas, antes de haber visto la luz del sol en cloacas y basurales o, lo que es peor, en el mercado de la oferta y la demanda.

El centro de la discusión

Es necesario, antes de seguir adelante, definir qué entendemos cuando decimos aborto, para diferenciarlo de la pérdida accidental o involuntaria del feto. Llamamos aborto al acto por el cual el feto o embrión vivo es voluntaria y artificialmente removido y expulsado del útero materno, durante el tiempo en el cual no puede vivir independientemente fuera de él. La remoción del embrión o feto se puede efectuar por medio de drogas o en forma mecánica.
El término “feto” (del latín fetus – descendencia) se refiere al hijo de un animal o al descendiente de un ser humano antes de nacer. El feto en los primeros meses de gestación recibe usualmente el nombre de embrión.

El problema ético que presenta el aborto implica la necesidad de dilucidar el status que tiene el embrión o el feto, es decir como debemos considerarlo y en qué momento de su desarrollo pasa a ser una persona humana. Si demostráramos que la vida intrauterina, en alguno de sus estadios no puede considerarse persona humana o proyecto de persona, podríamos aceptar el aborto. Pero habría que determinar el momento en que el feto pasa de ser una cosa a ser una persona. El problema se suscita si entendemos que el feto es vida humana independiente y por lo tanto respetable y sagrada.

Los argumentos con los que los partidarios del aborto fundamenten su posición son fundamentalmente tres:

1. LA MUJER ES DUEÑA DE SU PROPIO CUERPO, POR LO TANTO PUEDE HACER CON ÉL LO QUE QUIERA.
2. IMPEDIR QUE ABORTE ES ATENTAR CONTRA SU LIBERTAD INDIVIDUAL.
3. EL EMBRIÓN Y EL FETO SON PROPIEDAD DE LA MADRE.

Los tres argumentos se sustentan en el mismo postulado: El feto es una cosa y puede ser tratado como tal. Implica entender que no tiene status de persona. Por eso es imperioso determinar de qué o de quién estamos hablando cuando decimos “embrión” o “feto”.

Los argumentos teológicos

Aristóteles, formado fuera de la influencia judeo cristiana, menciona el aborto como una solución al problema de la superpoblación de la ciudad, diciendo:

“…si alguno de los matrimonios se hacen fecundos traspasando los límites formalmente impuestos a la población, será preciso provocar el aborto antes de que el embrión haya recibido la sensibilidad y la vida. El carácter criminal o inocente de este hecho depende absolutamente sólo de esta circunstancia relativa a la vida y la sensibilidad”

Aun cuando en muchas ocasiones el filósofo se muestre muy poco humano y respetuoso de la vida, en este caso deja sentado como precedente que, por lo menos para él, el hecho de que hubiese vida o sensibilidad implicaba que esa vida era humana y por lo tanto eliminarla era un acto criminal.

Los teólogos cristianos más antiguos, influenciados por Aristóteles, trataban de hacer una distinción entre el tiempo de fecundación y animación del embrión. Esto dio origen a múltiples especulaciones acerca del tiempo en que el alma es implantada. Agustín afirmaba que el cuerpo era creado antes que el alma, pero no pudo establecer en qué momento ésta se instalaba en el cuerpo. Algunos teólogos racionalistas más modernos llegaron a especular que recién puede afirmarse que el alma habita el feto cuando la madre siente el primer movimiento dentro del vientre. Creemos que la única certeza que han dejado todas las especulaciones teológicas, traducionistas y creacionistas, sobre este tema es la de su ignorancia.

Pero la Biblia deja algunos indicios que deben ser tenidos en cuenta al tratar este tema.
El salmista David dice:

Porque tú formaste mis entrañas;
Tu me hiciste en el vientre de mi madre..

No fue encubierto de ti mi cuerpo,
Bien que en oculto fui formado,
Y entretejido en lo más profundo de la tierra.
Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas.

Las expresiones “me hiciste” y “me formaste” presentan a Dios actuando directamente en el seno materno, comparándose un tejedor que urde el telar del cuerpo y un alfarero modelando la arcilla; ambas tareas que conjugan creatividad y laboriosidad.

Dios mismo ilustra a Jeremías acerca de sus propósitos eternos, previos a la gestación mismo del profeta y afirma su participación activa en la formación intrauterina:
“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, y te di por profeta a las naciones”
Concuerda con el Apóstol Pablo que evocando su conversión y llamamiento dice:

“Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre”

Aún más notable y asombroso es el caso de Juan el Bautista, de quién el ángel profetiza:
“No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre.”

Corroborándose luego cuando en la visita de María a Elizabet se señala que “la criatura saltó en su vientre”

Pero también tenemos que tener en cuenta para la discusión del tema lo legislado en la ley de Moisés al respecto:

“Si algunos riñeren, he hirieren a una mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces.
Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida.”

Aparentemente en este pasaje no se equipara el valor del feto abortado a la vida de la propia madre, ya que hay una penalidad menor. ¿Puede inferirse de esto que en la ley no se considera al feto como una persona?

Tenemos que admitir que si bien no estamos ante pasajes contundentes sobre el tema, las Sagradas Escrituras dejan claro que cada hombre es creación de Dios, propiedad de Dios y, por sobre todas las cosas, proyecto de Dios. Tal vez no podamos afirmar en forma terminante que el embrión es un “ser personal”, de acuerdo al criterio que usemos para definir esta última expresión, pero sí afirmamos que estamos ante un proyecto único, cuyo propietario es Dios y que devendrá inevitablemente en “ser personal” a menos que Dios determine lo contrario o que el hombre se interponga artificialmente expulsando deliberadamente esa vida del vientre de la madre. Tampoco creo que podamos sobrevalorar el pasaje de Éxodo, porque lo que legisla es lo que llamaríamos hoy un “homicidio culposo” ya que se produce cuando dos personas están riñendo y una mujer, ajena al hecho, es atropellada involuntariamente.

Preferimos coincidir con K. Kantzer cuando dice:

Desdichadamente, aunque estos argumentos se acepten como contundentes, el problema del aborto no se resuelve a menos que haya clara evidencia en cuanto al momento de la evolución del feto en que el espíritu del hombre es creado. Los eruditos más modernos tienden a identificar ese momento como el de la concepción. Lo cierto es que la Biblia no aporta enseñanza específica sobre este punto.

Aristóteles, “La Política”, (Madrid: Espasa Calpe, 1962)

Salmo 139,13-16

Jeremías 1,5

Gálatas 1,15

Lucas 1,15

Lucas 1,41

Éxodo 21,22-23

Levoratti y Trusso traducen: “Si unos hombres se pelean, y uno de ellos atropella a una mujer embarazada, y le provoca un aborto, sin que sobrevenga ninguna otra desgracia, el culpable deberá pagar la indemnización que le imponga el marido de la mujer…”

Varios autores, “El Control de la Natalidad desde el Punto de vista Protestante”, (Miami, Logoi, 1969)

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