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Leyendas de Navidad – Parte 1

Contradicciones de una festividad sagrada, popular, pagana y cautivante

Dr. Alvaro Pandiani
Ya está otra vez sobre nosotros una de las fechas más especiales y mágicas del año; una fecha cuyo contenido trasciende la experiencia cotidiana del ser humano: la navidad. Para la mayoría de la población mundial, la navidad está cargada de una magia particular; y cuando hablamos de magia no nos referimos a brujería, o malas artes diabólicas, sino a lo que el diccionario define como “encanto o atractivo con que una cosa deleita o suspende”; y cuando decimos que la navidad es mágica, nos referimos a lo “maravilloso y fascinante” que esta fecha tiene. Entonces, estos días son maravillosos, fascinantes, dotados de un encanto y atractivo que deleita (causa placer, en este caso en el alma), y suspende (lleva a diferir todas las otras actividades, para vivir esta época como especial). En suma, la navidad es mágica.

Sin embargo, en nuestra sociedad actual, en estos días proliferan el estrés, la depresión, la frustración, los intentos de suicidio, e incluso conatos de conducta violenta en personas habitualmente pacíficas. Es una época de consumismo exacerbado, explotada por los grandes centros comerciales, así como por los negocios más modestos, que en estas fechas se engalanan con cuanto símbolo o chirimbolo resulte, para el consumidor, evocativo de este tiempo especial que se vive. La llegada de las fiestas navideñas marca el retorno cíclico de la época de las comilonas y despedidas del año (¡qué trabajo dan a los servicios médicos de urgencias los reiterados ataques de dolor de vientre, vómitos, diarreas, y las borracheras!), de los espectáculos “especiales de navidad”, de la venta indiscriminada de fuegos artificiales de todo tipo (algunos de aspecto verdaderamente peligroso); pero sobre todo, marca el regreso de un auténtico torbellino publicitario, una vorágine comercial de ofertas al por mayor y menor, con que los negociantes, siempre preocupados por el bienestar de sus clientes, procuran satisfacer las necesidades imprescindibles (¡?) de las personas “para las fiestas”. Un incontenible impulso de comprar cosas posee a las personas.

Uno de los sentidos originales de la navidad, el regalo que Dios hizo al hombre perdido, la venida de su Hijo Unigénito para ser el Salvador de todos nosotros, fue celebrado por siglos como una época de alegría, en la que una de las tradiciones más arraigadas era hacer y recibir regalos. Esa tradición se ha trasmutado hoy en día en un febril afán por comprar todo cuanto el mercado ofrece de brillante, luminoso y apetecible para los sentidos. El regalo al otro, con que se celebraba la alegría por el nacimiento de Cristo, es ahora “la compra”, para otro o para uno mismo (como dicen algunos vendedores ambulantes, “para regalar o regalarse”). Hay aquí un dilema interesante; ¿el aumento de la demanda en la época navideña, dio lugar a un incremento desmedido de la oferta en respuesta? ¿Fue este enfermizo consumismo, esta desesperación loca por comprar, tener, estrenar, mostrar y lucir, que a todos nos arrebata en las fiestas navideñas, la causa de la impresionante parafernalia comercial que nos rodea y atosiga en las calles, en los negocios, en los lugares de trabajo, en los megacentros comerciales, y aún dentro de nuestros hogares, a través de la radio, la televisión, los catálogos que llegan por correo y los folletos que se deslizan bajo la puerta? Tal vez ya no tenga sentido definir qué fue primero. Lo que sí es evidente es el aumento progresivo de la maquinaria mercantil-publicitaria, en relación a la navidad.

En nuestro país se da un fenómeno interesante. Durante el mes de octubre, los comercios exhiben disfraces de brujas, maniquíes de brujas, cráneos, esqueletos y calabazas, en preparación de la fiesta de Halloween del 31 de octubre. Una vez pasada esa fecha, los primeros días de noviembre comienzan a aparecer tímidamente en los negocios los adornos navideños; las grandes tiendas esbozan a lo largo de ese mes los planes promocionales relacionados a las fiestas de fin de año. Con la llegada de diciembre, entre el exquisito perfume de los jazmines y el arribo de las agradables temperaturas propias de las navidades en el hemisferio sur, la vorágine se desata. Luces, puestos callejeros, ofertas, ventas promocionales de todo tipo, con regalos en los que nadie cree, pero todos compran por las dudas; día de los descuentos, noche de los descuentos, madrugada de los descuentos… Todo iluminado por las luces más brillantes y coloridas, adornado por guirnaldas, ramas de muérdago, chirimbolos de colores, trineos voladores tirados por renos, figuras de Papá Noel, y música de villancicos que alterna con ritmos modernos y frenéticos. En medio de eso la gente corre enloquecida, enardecida por comprar, por obtener, por adquirir el artículo que la hará feliz; sea el auténtico, aunque caro, o el más barato, el simulacro, de inferior calidad pero accesible, que evita la frustración de no tener. Porque ha llegado la época de comprar, y hay que tener; no se sabe muy bien por qué, pero hay que tener.

¿Cómo miran los pobres, los que en verdad no tienen nada, a esa gente que delira por comprar, por tener cosas nuevas? Mejor no saber. No, casi nadie se acuerda de los genuinamente pobres. ¿Acaso se acuerdan del que nació en la pobreza de un pesebre, un comedero de animales, y la celebración de cuyo nacimiento supuestamente es el origen de la fiesta de navidad? ¡Qué extraña paradoja! La fiesta del que nació en la más absoluta pobreza se transformó en el festín de los ricos y adinerados. Qué habilidad tenemos los seres humanos para retorcer, para dar vuelta la obra de Dios. Como dijo el prestigioso escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Ni el propio Hijo de Dios se salvó de la paradoja. Él eligió para nacer, un desierto subtropical donde casi nunca nieva, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la Navidad, desde que Europa decidió europeizar a Jesús. Y para más ‘inri’, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo” (El libro de los abrazos;www.angelfire.com/ego/ateologia/recortes/ellibrodelosabrazos.html).

Cada diciembre, los cristianos insistimos en que la gente debería recordar el significado prístino de la navidad, el nacimiento del Salvador, Cristo Jesús, en la aldea de Belén. Este sentido original de la Navidad, el nacimiento de Jesús, parece perdido para la gente de nuestro tiempo. Por supuesto, en los países latinoamericanos, de marcada herencia cristiana, sobre todo católica, si se requiriese de las personas que explicaran cuál es ese sentido original, probablemente la mayoría evocaría el nacimiento de Cristo; pero, a fuerza de ser sinceros, seguramente la mayoría reconocería que en su navidad particular, no lo toma en cuenta. Respecto a esto, el apóstol Pedro escribió palabras significativas, que muy bien podrían aplicarse a este asunto de la navidad sin Cristo; en su segunda carta, capítulo 1, versículo 19 dice: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. ¿Cómo puede la gente tomar en cuenta, al celebrar la navidad, que ésta es la conmemoración del nacimiento de Jesús, si Jesús, el lucero de la mañana, no ha nacido en sus corazones?

3 Comments

  1. mercedes corgnati dice:

    Me gustó mucho el comentario y su forma: clara, sencilla y sustanciosa. Todos lo pueden entender. Sobre todo muy apropiado para esta fecha en
    la que la gente si bien celebra no todos tienen el conocimiento apropiado ni correcto. Doy gracias a Dios por todos uds. que nos ayudan con sus lecciones, comentarios a esclarecer aún más nuestros pensamientos. muchas bendiciones.

  2. Carolina Vallejo dice:

    Sigo pensando y algo muy interesante que se planteó es lo referido a qué es el espíritu navideño , qué es para el cristiano. Es simple y profundo a la vez pero cuanto nos cuesta.
    Si, es disculpar y disculparse. Si, perdonar y ser perdonado.
    Aprender a doblegar la cerviz, ser humildes ,sinceros, no ser impacientes.
    Preguntarnos ¿sigo mi humana voluntad? o busco la voluntad de Dios?Si es así todo lo que ocurre obra para nuestro bien.
    Objetivos logrados, Amén gloria a Dios.
    Objetivos no logrados, Amén , gloria a Dios. Dios da la respuesta a cada cosa en SU tiempo y siempre nos da lo mejor aunque no lo entendamos.
    Dios es el verdadero estratega en cada vida individual . Es bueno recordar Efesios 1:11 y darnos cuenta que El hace la obra en cada uno y su cincel no para hasta lograr lo que El quiere.
    No podemos sentirnos fracasados tal ves tristes o angustiados pero recordar que eso no es eterno porque tenemos un Dios muy grande.
    Todo esto conforma el verdadero espíritu navideño. Demos gracias de tener al Señor en nuestras vidas , amemos y seamos libres en El.
    Feliz navidad en Cristo.

  3. Carolina Vallejo dice:

    Voy a tomar una dispensa idiomática que me permitirá usar un térmio no académico para calificar éste ensayo como algo exquisito. Si exquisito por lo rápido, por la vorágine de cosas que plantea de un modo vertiginoso. Así se plantea la vida y en especial desde octubre en relación al festejar halloween o la navidad es lo mismo.Pero hay algo en esa vorágine que aparece y que le sigue dando a ésta navidad ese encanto si se puede llamar así y es el aroma a jazmines frescos.Es algo ingenuo ,humilde diríase infantil pero que marca “a pesar de” la creación de Dios dándole un sello.

    Por otro lado el columnista termina con una profunda reflexión la necesidad de esa Navidad personal ,interior , única e ineludible. La que cada uno necesita , nacer de nuevo , amar y ser libre en Cristo.

    Si esto no se da todo lo demá es vano , pasajero y efímero. Busquemos la Verdad y ella está en Jesucristo.Amén

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