Reflexiones sobre el derecho a la propiedad privada. Parte 1

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Reflexiones sobre el derecho a la propiedad privada. Parte 1

Propiedad PrivadaPor: Dr. Alvaro Pandiani*

A lo largo de la historia en toda sociedad humana han estado presentes la desigualdad y la injusticia. Indudablemente ha habido y aún hay sistemas políticos y sociales que favorecen el desarrollo y perpetúan la existencia de una estructura social clasista, estratificada, en la que unos pocos privilegiados están en posesión de la mayor parte de la riqueza, y una mayoría pobre sobrevive con los escasos recursos que surgen de las magras remuneraciones que perciben por su trabajo. Este esquema, aunque simple, sirve para reflexionar sobre la condición material y económica de los individuos y familias que conforman la sociedad; condición que surge de la desigual distribución de la riqueza, y se traduce en la mayor o menor posesión de bienes materiales, lo que a su vez determinará la ubicación en la escala social, la “clase” a la cual pertenecerá (a veces, pero no siempre, la clase que “tendrá”) un individuo/familia determinado/a. Si bien podemos decir que, seguramente, en la sociedad uruguaya existen quienes sostienen una postura clasista (“doctrina o actitud discriminatoria que defiende y mantiene las diferencias entre las clases sociales o, p. ext., de cualquier otra índole”; www.wordreference.com/definicion/clasismo), peca de poco solidario, y los uruguayos nos enorgullecemos mucho de nuestro carácter solidario, exteriorizar tales pensamientos; no está bien visto ni resulta políticamente correcto, y menos en los tiempos y gobiernos que corren. Por el contrario, la aspiración a lograr la equidad y justicia social es bandera de todos los partidos políticos que, cada cinco años, procuran obtener nuestro voto; y en eso, aparentemente siguen el “sentir” de la gente. Así por ejemplo, leemos que el artículo Distribución de la riqueza es “injusta” para el 64% (publicado en julio de 2008 en www1.portalx.com.uy/…/1351-Distribucin-riqueza-injusta-para.html), comienza diciendo: “La desigualdad social ha sido un tema recurrente en todas las campañas electorales. La foto actual muestra que la mayoría cree vivir en una sociedad con muchas desigualdades y solo el 5% la considera justa”. Cuando leemos en el mismo artículo los resultados de una encuesta sobre el tema, que informa: “Sólo el 5% de los uruguayos considera que la nuestra es una sociedad justa, mientras que el 64% opina que la distribución de la riqueza es injusta (48%) o muy injusta (16%). Por su parte, el 28% restante no la considera justa ni injusta”, nos preguntamos qué resultados habría arrojado si se hubiera determinado el estrato social, o nivel socio-económico, poder adquisitivo, ingreso per cápita, etc., a que pertenecen los encuestados que cayeron en ese 64% que consideró que nuestra sociedad es injusta, o muy injusta; en suma, todo aquello que hace a la clase social de los que respondieron. Incluso, si se pudiera, habría sido interesante averiguar cuántos clasistas, desde su posición socio-económica acomodada, respondieron que consideran a la sociedad uruguaya, injusta.

Ahora bien, si nosotros postulamos que el problema está exclusivamente en la sociedad, su estructura y el sistema político con que se gobierna, fundamentalmente la ideología que rige en política económica, podemos inducir la interpretación de que se soluciona con transformaciones llevadas adelante mediante una revolución. Sea una revolución violenta, como la que eclosionó en nuestro país en los años 60 del siglo pasado y por medio de la que, según palabras de uno de sus protagonistas, se “soñaba con cambiar la realidad” (senador José Mujica, www.elpais.com.uy/09/03/18/pnacio_ 405294.asp); o sea por medio de una revolución llevada adelante desde el gobierno, como ha intentado en el actual período que ya toca a su fin el oficialismo de izquierda, sustituyendo el estigmatizado término revolución por el más moderno e idealizado del cambio, slogan electoral en 2004, que este año volvió a ser utilizado por algunos de los mismos actores, ampliado a “para profundizar los cambios”.

No cabe duda que muchos de los sistemas perversos que funcionan en la sociedad necesitan un cambio. Ahora, más allá de la responsabilidad que adjudiquemos a los “sistemas” en el origen de los problemas que azotan a los seres humanos que viven en comunidad, como cristianos debemos tener presente y destacar la cuota parte de responsabilidad personal de cada uno de los individuos integrantes de la sociedad, en esos problemas: desigualdad, injusticia, mala distribución de la riqueza, y por ende pobreza, carencias, necesidades básicas insatisfechas, ausencia de oportunidades, inexistencia de opciones de progreso, que afectan a las mayorías en los grupos humanos. Desde la visión bíblica y cristiana, el problema está en la naturaleza humana, sobre todo la ambición y el egoísmo que caracterizan a los seres humanos alejados de Dios, y los lleva a apropiarse de bienes materiales; de esta manera las sociedades se estructuran teniendo a la cabeza a unos pocos, que por la fuerza o la razón de un “derecho divino”, o por ambas, se adueñan de tierras, alimentos, riquezas, medios de producción, dinero, e indirectamente, de otros seres humanos; seres humanos desposeídos, reducidos a la miseria, la explotación, e incluso la esclavitud. La Biblia tiene duras palabras de reprobación para los “ricos opresores”, porque “el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por ustedes, clama y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor” (Santiago 5:4), y les advierte: “lloren y aúllen por las miserias que les vendrán” (v.1). También dice la Palabra de Dios, respecto a esta tendencia de algunos a apropiarse injustamente de lo que pertenece a todos: “Al que acapara el grano, el pueblo lo maldice” (Proverbios 11:26a), y agrega: “¡Ay de los que juntan casa a casa y añaden hacienda a hacienda hasta ocuparlo todo! ¿Habitarán ustedes solos en medio de la tierra?” (Isaías 5:8); e incluso, cabe preguntarse si no podría aplicarse también a esta clase de personas, solo interesadas en acaparar bienes y propiedades, la siguiente afirmación: “Esos perros voraces son insaciables” (Isaías 56:11a). No deja de advertirnos la Escritura que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10).

Dejado este punto en claro, con todas las implicancias que tiene no solo por los abusos que se cometen en el mundo secular, sino también dentro de las comunidades religiosas, motivados por ese amor voraz e insaciable por el dinero, la intención es ahora aproximarnos a la consideración de una alternativa que se ha planteado a lo largo de la historia, incluso de la historia cristiana. Esa alternativa es la vida en común, comunidad o comunismo de bienes, en la que es abolida la propiedad privada. Dice Paul King Jewett en el Diccionario de Historia de la Iglesia acerca de Comunismo: (es el) “Nombre dado a cualquier esquema económico que abogue por la propiedad común de los bienes con exclusión de la propiedad privada de éstos” (Editorial Caribe, 1989; Nashville, USA; Pág. 263); agrega en la misma página: “El comunismo no es meramente una teoría económica; tiene significativas implicaciones filosóficas y aún religiosas”. Contra lo que algunos poco informados pudieran pensar, la idea de la abolición de la propiedad privada no surge en el siglo XIX, con el pensamiento de personajes como Marx y Engels, sino que es mucho más antigua. La idea de la vida en común es incluso más antigua que el cristianismo, habiendo comenzado con comunidades religiosas precristianas; por ejemplo, la comunidad judía de Qumram, conocida como los Esenios. La vida en comunidad de bienes entre los cristianos aparece por primera vez en las páginas del Nuevo Testamento, en la primitiva Iglesia de Jerusalén. Ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles se habla de esta temprana Iglesia, en la que “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44, 45); estos primeros cristianos vivían, efectivamente en comunidad de bienes. Que se trataba de una forma elemental de comunismo, de acuerdo a la definición genérica que dimos antes, es reafirmado por el escritor sagrado un poco después, cuando insiste en que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32); es decir, que había usufructo de bienes, pero quedaba excluida la propiedad privada de los mismos. Ahora bien, el procedimiento por el que los primitivos cristianos llegaron a esta forma de vida en comunismo de bienes no fue la abolición de la propiedad privada, por imposición de la autoridad superior de la comunidad, sino la renuncia voluntaria a sus propiedades y posesiones; renuncia hecha por amor a los demás miembros de la comunidad, y en aras de un ideal más elevado: el de extender el mensaje del amor incondicional de Dios en Jesucristo, a todos los seres humanos. El carácter voluntario de este acto de renuncia a los bienes personales para ingresar a la comunidad cristiana se ve en el episodio de Ananías y Safira, un matrimonio perteneciente a la Iglesia de Jerusalén que incurrió en el engaño, no por codicia de propiedades y posesiones, sino por un desmedido afán de notoriedad y reconocimiento. El suceso se recoge en el capítulo 5 del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se cuenta que Ananías y Safira vendieron una propiedad, con el propósito de llevar el dinero a la comunidad cristiana, pero antes de hacerlo, de común acuerdo sacaron parte de la suma, y lo guardaron para sí. Lo que Ananías y Safira pretendieron fue que la Iglesia creyera que ellos estaban donando todo el dinero a la comunidad, cuando en realidad estaban donando una parte; el afán de obtener el reconocimiento, el elogio (¿la gloria?) dentro de la comunidad cristiana, los condujo a la mentira y la hipocresía, y el diagnóstico del apóstol Pedro fue terrible: “No has mentido a los hombres, sino a Dios” (v.4b). Ahora, en relación al tema que nos ocupa, el carácter voluntario de la renuncia a la propiedad privada, se ve claramente en la referencia que hace el apóstol Pedro a la finca de los esposos, y al producto de su venta: “Reteniéndola, ¿no te quedaba a ti?, y vendida, ¿no estaba en tu poder?” (v.4a). Es decir, la propiedad era patrimonio de Ananías y Safira, y podrían haberla retenido para ellos; y una vez vendida, el dinero estaba en su poder, no había obligación de entregarlo a la Iglesia.           Este manejo de la vida en común en la primitiva Iglesia Cristiana de Jerusalén es bien diferente de la abolición compulsiva de la propiedad privada por parte de una autoridad apoyada por el uso de la fuerza, por ejemplo el Estado, algo sobre lo que continuaremos reflexionando más adelante.

(Condensado del artículo La raíz de todos los males, publicado en iglesiaenmarcha.net en agosto de 2009)

*El Dr, Álvaro Pandiani es columnista de la programación de RTM UY en “Diálogos a Contramano que se emite los martes 21:00 a 21:30 hs.

6 Comments

  1. Ester dice:

    No hay sistemas humanos perfectos por mejores intenciones subyacentes. Opino que el empresario es el capitalista, dueño de los medios de producción y de todo. Obviamente se va a enriquecer. Me preocupa la actitud de los empresarios cristianos si bien tienen derecho a enriquecerse. ahora ¿cómo se enriquecen? lícitamente? , ilícitamente? explotando a sus trabajadores? CUIDADO , espero no se pegue lo perverso del sistema.
    Asimismo quisiera que marcaran la diferencia pagando sueldos dignos con todos los beneficios y con buen trato como CORRESPONDE.

    También por otra parte los trabajadores y más los cristianos debemos dar ejemplo lo que no quiere decir que no veamos las cosas.

    Lo que me llama la atención es que este tema se trata poco en las iglesias y me preocupa. En Relación a esto hay mucho para aprender. También en ésta temática se puede puede estar pecando y en ese caso tomar las medidas que correspondan.

  2. Andres Freire dice:

    Su articulo es serio, muy bien fundamentado, y critico, una gran parte lo comparto, sin embargo, creo que es literal aquello del rico, como el camello que pasa por el ojo de la aguja, siempre atras de la riqueza hay un pecado original, aunque un empresario sea una persona “buena” y cumpla con todos sus deberes, igual se esta beneficiando del trabajo ajeno, apoderandose de la riqueza producida por otro, en términos marxistas plusvalía, el comunismo moderno no es un buen sistema porque implica la negación de Dios, pero el capitalismo es algo igualmente abominable, y como aquel se basa también en la violencia sino explicita, implicita, en forma simbólica y material.
    Por algo la venida del Señor va a ser algo tan terrible, Babilonia debe caer………. el mundo no tiene ni tendra arreglo, pero nosotros por suerte no vamos a estar…….

  3. Ester dice:

    Mateo 6:34
    Bendiciones

  4. Ester dice:

    Comparto plenamente lo expresado.
    Reflexiono en voz alta que los empresarios cristianos cumplan con todas sus obligaciones como corresponde y que los trabajadores cristianos entre los que me incluyo tb. Que otros puedan reconocer (no por que estemos preocupados) nuestra buena predisposición que el buen testimonio sea algo naturalizado que surja espontáneamente sin tener que mirar hacia un lado u otro.
    Sin lugar a dudas cada uno debe disfrutar lo que ha adquirido con trabajo , esfuerzo y estudio; doy fe de ello. pero tb. es bueno y necesario compartir sin que tu izquierda sepa lo que hace tú derecha. Mucho más nos dio y nos da el Señor.Me gusta éste versículo Hebreos 13:16.

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