Hasta de carnaval hablamos

Semejanzas mentirosas: Cristo y Mitra – 2a Parte
10 febrero 2010
“Tierra Firme”
17 febrero 2010
Semejanzas mentirosas: Cristo y Mitra – 2a Parte
10 febrero 2010
“Tierra Firme”
17 febrero 2010

Por: Dr. Alvaro Pandiani

Y nobleza obliga a aclarar que no es un tema en el que seamos duchos, ni en su aspecto artístico, ni en su faceta como expresión cultural de hondo arraigo popular. Eso sí sabemos, que el carnaval uruguayo tiene un muy profundo arraigo en el corazón de la gente. Es que somos uruguayos, y vivimos en Montevideo, la “meca” del carnaval uruguayo. No podemos cerrar los ojos a la importancia que esta fiesta popular tiene para nuestra gente, aunque queramos; y ojalá que no queramos. Si, quiera Dios que mantengamos los ojos abiertos para conocer no solo las necesidades y anhelos, sino también los gustos, las costumbres, las manifestaciones culturales que hacen vibrar a nuestra gente. A aquellos que son nuestro objetivo en el cumplimiento de la misión que surge de la Gran Comisión: predicar el evangelio de Cristo a toda persona, de toda condición; hacer conocer el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús para redención del género humano, en todos sus aspectos.

Los cristianos evangélicos tendemos a ignorar el carnaval, y por eso sabemos poco o nada de esta festividad. Justificadas reservas sobre su carácter mundano e inmoral, así como acerca de las raíces paganas del carnaval, alejan a los cristianos apegados a la Biblia de los desfiles y corsos, de los tablados y bailes, de los disfraces, maquillajes, y aún de la música peculiar que lo caracteriza. Cada enero, cuando llega la época de carnaval, pensamos en la expresión que escuchamos a nuestros mayores en el evangelio acerca del significado del término, “carne de Baal”, y tomamos distancia, mientras nuestra mente evoca imágenes de sangrientos ritos paganos, en los que se ofrecían sacrificios humanos ante un ídolo grotesco.

Entonces, sorprende nuestra curiosidad descubrir que el período de carnaval tiene un lugar metido entre las fechas del calendario litúrgico cristiano. El carnaval arranca luego de la Epifanía (6 de enero), fecha que cierra el tiempo de celebraciones de la Natividad y las fiestas navideñas, y concluye la víspera del miércoles de ceniza. El carnaval uruguayo se ha caracterizado estos últimos años, entre tantas otras cosas, por su inicio cada vez más temprano. Lo que en los años de mi infancia, allá por la década del setenta, era una fiesta propia del mes de febrero, ha visto cómo su inicio (el desfile inaugural por la avenida 18 de Julio de Montevideo), ha ido adelantándose a fechas comprendidas en la segunda quincena de enero. Pues bien, tienen razón, porque el período de carnaval comienza el 6 de enero. Y finaliza, como recién se dijo, la víspera del miércoles de ceniza, primer día de la cuaresma de la Iglesia Católica, cuyo cuadragésimo día es el Domingo de Ramos, siete días antes de la Pascua de Resurrección.

Resulta sumamente interesante ver cómo, cada año, la fecha del carnaval varía y se modifica en función de la fecha de la Semana Santa. A diferencia de la Iglesia Ortodoxa, que celebra la Semana Santa en una fecha fija, la Iglesia Occidental (Católica Romana, y el Protestantismo por herencia) celebra dicho período en una fecha variable. En efecto, desde que a principios del siglo VI d.C. el monje Dionisio el Exiguo persuadió a la Iglesia de Roma, la Pascua de Resurrección siempre es el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera del hemisferio norte. No deja de ser curioso que las fechas en que los cristianos recordamos en forma especial los días de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, se fijen cada año en base a eventos astronómicos (cuando el sol, en su movimiento aparente, cruza el ecuador celeste, en este caso de sur a norte, comenzando la primavera del hemisferio norte, y la fase llena del ciclo lunar). Este hecho curioso podría esclarecerse si recordamos que el equinoccio de marzo, inicio del otoño para nosotros aquí en el sur, marca la llegada de la primavera para los pueblos del hemisferio norte, fundamentalmente europeos y de medio oriente, de cuyas culturas somos herederos nosotros, criollos descendientes de los europeos nominalmente cristianos que colonizaron estas tierras hace cinco siglos.

La llegada de la primavera se caracterizaba por el renacer de la naturaleza, luego del largo letargo invernal en que la mayoría de la vegetación parecía muerta, y muchos animales entraban en hibernación. El renacimiento primaveral de la naturaleza era celebrado en diversas culturas con ritos religiosos, variables según las diversas mitologías. También debemos tener presentes las fiestas relacionadas a las cosechas. Una de las principales festividades de Israel, estipulada en el Antiguo Testamento, es la Fiesta de las Semanas, o Pentecostés, celebrada el quincuagésimo día después de la Pascua, que señalaba la culminación de las cosechas, y revestía el carácter de fiesta religiosa, en la que se ofrecía a Dios ofrenda de agradecimiento por la abundancia del fruto del campo (Éxodo 34:22; Deuteronomio 16:9,10). Muchos pueblos de la antigüedad celebraban también festivales religiosos vinculados a la época de las cosechas, con rasgos y características que dependían de cada cultura, y su particular mitología.

Entre los antecedentes del carnaval se mencionan desde las fiestas que los antiguos egipcios celebraban en honor de los dioses Isis y Apis, las festividades que los griegos realizaban para Baco (el dios del vino, que según la leyenda resucitaba cada primavera), los festejos en ocasión de la cosecha de los muérdagos en la Galia, las fiestas del fin de la recolección entre los germanos, hasta las saturnales romanas de fines de diciembre. Entre diciembre y abril hay todo un ciclo de festejos religiosos paganos, en los que campeaban la danza, el canto, la disipación y el libertinaje sexual.

Incluso el propio término, carnaval, según autores que recientemente han estudiado su etimología, tiene un origen pagano, pues haría referencia a Carna, diosa celta de las habas y el tocino; o también al dios Karna de la mitología hindú. El carnaval tiene un claro origen pagano, sin que sea necesario buscar la etimología del término en una fiesta dedicada al dios Baal (carna-Baal); fiesta que bien pudo existir, pero de la que difícilmente derive el término carnaval, pues Baal se adoraba entre pueblos que hablaban lenguajes bien diferentes del español, en los cuales carne se decía de otra manera (en hebreo: basar).

La frutilla de la torta, en este carácter fuertemente pagano del carnaval, es su máximo personaje representativo y mítico: el dios Momo. Momo pertenecía al panteón griego; es un ser mitológico que personifica la burla y la ironía, descrito como un espíritu de inculpación malintencionada y crítica injusta. Su representación incluía una máscara, y un muñeco en su mano como símbolo de locura. Cómo el Momo de la mitología griega llegó a ser el rey del carnaval moderno no queda muy claro, aunque las características descritas lo hicieron desde el principio un excelente candidato para reinar durante esta festividad popular.

La Iglesia Cristiana combatió desde siempre al carnaval, y aparentemente usó para eso dos métodos: la abierta condena, y la cristianización de las costumbres. En cuanto a lo primero, leemos por ejemplo una diatriba del obispo Hincmar de Reims (siglo IX d.C.): Que el cristiano evite las manifestaciones ruidosas de alegría y las risas groseras, que no narre ni cante historias inapropiadas, que no autorice que en su presencia otros se abandonen a los juegos obscenos de los osos; que en esa ocasión no lleve puestas las máscaras de los demonios que el vulgo llama talamascas, porque se trata de prácticas diabólicas condenadas por los cánones de la Iglesia. (Philippe Walter; Mitología Cristiana; editorial Paidós; 2004, Pág. 78-9). Sobre la cristianización de las costumbres, podemos recordar la etimología del término propuesta en la Edad Media por la Iglesia Católica, según la cual carnaval vendría del latín carne-levare, que significa abandonar la carne.

Posteriormente se propuso el vocablo italiano carnevale (adiós a la carne). Ambas expresiones son muy semejantes, y parecen más propias del período siguiente (la cuaresma, durante la cual estaba prohibido el consumo de carne los días viernes) que del carnaval. Otra posible manifestación del intento de cristianización de las costumbres está dada por las numerosas fiestas en honor de los santos, en este período (San Antonio, 17 de enero; San Vicente, 22 de enero; Santa Brígida, 1º de febrero; San Blas, 3 de febrero; San Valentín, 14 de febrero). Las fiestas en honor de los santos fungirían como un sustituto cristiano de las antiguas festividades paganas que los pueblos estaban acostumbrados a celebrar en estas fechas.

Sin embargo, el carnaval quedó como una fiesta sin cristianizar. Un período de libertades en lo individual y para la comunidad, más allá de la rutina cotidiana, en el que hallaba cabida la alegría, la danza, el canto, la diversión, la burla, la crítica sarcástica, el desenfreno y la disolución moral. Tal vez la cuaresma católica pueda verse como un intento de la Iglesia por conducir al pueblo a la penitencia, terminados los excesos del período carnavalesco.

Además de su extensión en el tiempo (cuarenta días), el carnaval del Uruguay se nutre de otro elemento que le da una identidad propia: la participación de la población negra, y su ritmo musical peculiar y propio, el candombe.

Cuentan los memorialistas que ya en época de la colonia, concretamente el 6 de enero, la población de Montevideo asistía a la fiesta de los negros esclavos; cada tribu elegía un rey y una reina, marchaban por la ciudad vestidos con túnicas de colores llamativos, y concluían con cantos y danzas característicos de cada nación, acompañados por el sonar de los tambores; la celebración final se realizaba en el recinto, junto a la muralla sur. Pero no solo en esa fecha sonaban los tambores dentro de la ciudad amurallada. Dice el escritor costumbrista uruguayo Isidoro de María sobre este tema, en su obra Montevideo Antiguo, respecto de los usos y costumbres en el Montevideo Colonial:

“La costa sur era el lugar de los candombes, vale decir la cancha, o el estrado de la raza negra, para sus bailes al aire libre… los domingos, ya se sabía, no faltaba el candombe, en que eran piernas lo mismo los negros, viejos y mozos, que las negras con licencia de “su merced el amo o la ama”, salvo si eran libertos o esclavos de algún amo de aquellos que los trataban a la baqueta, sin permitirles respiro”. Y sigue contándonos: “Cada nación tenía su canchita de trecho en trecho, media alizada a fuerza de talón… Los congos, mozambiques, benguelas, minas, cabindas, molembos, y en fin, todos los de Angola hacían allí su rueda, y al son de la tambora, del tamboril, de la marimba en el mate o porongo, del mazacalla y de los palillos, se entregaban contentos al candombe con su calunga cangué… eee elumbá, y otros cánticos, acompañados con las palmadas cadenciosas de los danzantes, que movían piernas, brazos y cabeza al compás de aquel concierto que daba gusto a los tíos”. Concluye el memorialista con algo que tiene sabor a reflexión: “Así la buena gente de ese tiempo, encontraba distracción inocente en los candombes, y la raza africana, entregada alegremente a los usos y recuerdos de Angola, parecía olvidar en aquellos momentos de jolgorio la triste condición del esclavo, y el día en que la codicia y la crueldad de los traficantes la arrancara de su tierra natal” (Isidoro de María; Montevideo Antiguo; Colección de Clásicos Uruguayos, Volumen 23, El Recinto y los Candombes, Págs. 279-80; Montevideo, Uruguay, 1957 ).

Con el correr del tiempo, esos candombes de cada domingo de la época colonial, se transformarían en una expresión más de nuestro carnaval: las Llamadas, las comparsas de negros y lubolos, el candombe. Así, al carnaval se agregaría, además de sus antecedentes paganos precristianos, el paganismo del negro traído a la fuerza de su África natal, y cristianizado bajo la prepotencia de sus nuevos amos. Pero aquellos candombes de los negros esclavos se volverían, a lo largo de los siglos XIX y XX, en algo más que el recuerdo de la libertad perdida en las tierras africanas, a través de los cánticos y bailes evocativos de su pasado pagano. Esas cadencias evolucionaron hasta cristalizar en un ritmo musical propiamente uruguayo, que ha pasado a ser un patrón de identidad cultural, no solo para la población afrouruguaya, sino para todos los uruguayos.

Y tal vez eso sea algo muy a tomar en cuenta por nosotros los cristianos. En un país en el que existe un Día Nacional del Candombe (el 3 de diciembre, fecha que recuerda cuando los tambores sonaron por última vez en el Conventillo Medio Mundo del Barrio Sur de Montevideo), y en el que hasta pudo verse por las pantallas de la televisión al Presidente de la República, el doctor Tabaré Vázquez, tocando el tambor y rodeado de vedettes que bailaban al ritmo del candombe; en el Uruguay, en el que el carnaval es una fiesta popular considerada de gran importancia, enraizada en el corazón del pueblo, y tiene su concurso oficial, fiscalizado por la Municipalidad, y una cobertura de los medios masivos de comunicación como casi ninguna otra manifestación popular tiene, excepto el fútbol; en un país en que comparsas, murgas, bailarinas, cantantes, y otra “gente de carnaval”, han quedado en el recuerdo por su popularidad, nivel artístico, y hasta por su canto a la libertad y contra el opresor, en aquellos años en que nuestro país había perdido la democracia, no podemos simplemente ignorar esta fiesta popular.

No tenemos por qué confraternizar con el paganismo del carnaval; pero sí debemos, como cristianos, rescatar el valor de las personas. De quienes tocan los tambores, de los que bailan, de quienes cantan y se disfrazan; también de quienes disfrutan con esta fiesta popular, y se divierten, ríen y emocionan con sus murgas, comparsas, revistas, humoristas y parodistas. Y debemos tener presente, como ya lo dijimos antes en otro lugar, que nuestras apreciaciones y opiniones sobre aquello que está cerca del corazón de la gente deben estar impregnadas del amor de Dios. Un amor que aproxima, humaniza y atrae, señalando el camino hacia la nueva vida en Cristo.

Materiales desarrollados para el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes en la programación de Radio Trans Mundial en el 610 AM de Montevideo a las 21:00 hs.

2 Comments

  1. Romina dice:

    Hola Rtm, quisiera pedirles informacion sobre bandas que hagan candombe cristiano, u otro ritmo como murga, mambo.. necesito musica de ese tipo, ya q en la iglesia q me congrego se va a hacer un campamento y queremos hacer algo diferente, como por ejemplo realizar una noche de fiesta con musica latina y demas!! espero q sepan ayudarme se los voy a agradecer mucho!! Dios bendiga a todo uruguay!! Desde Argentina un gran abrazo!!

  2. roque dice:

    Hola, bendiciones y gracias nuevamente a los responsables de este espacio tan rico en enseñanza clara y concisa. Confieso que en tiempos pasados era un fanático de las murgas y no me perdía una sola noche de carnaval, me divertía y emocionaba al mirarlas sobre el escenario. Por eso me gustó el mensaje final del panelista pues yo fui una de esas personas que como tantas otras hoy día debemos considerar y amar con el amor de DIOS, señalándoles el camino hacia la nueva vida en CRISTO Nuestro Señor.
    No me cabe duda que hay muchísimas personas que como yo necesitan del amor que JESÚS derramó en nuestros corazones por medio de su Espíritu y quiera DIOS sean rescatados para la familia cristiana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *