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El ser cristiano en los albores de la era cristiana

Por: Dr. Alvaro Pandiani*

Cristiano es una palabra que aparece pocas veces en la Biblia, todas en el Nuevo Testamento. El término que a la postre designaría el “ismo” más importante en la historia del mundo durante los dos últimos milenios nace según el historiador Lucas en Antioquía de Siria, en la década del cuarenta del siglo I d.C. El término latino christiani (o christianoi) tiene más de una forma de ser entendida: casa de Christus, partidarios de Christus, y aún soldados de Christus; pero lo más habitual es interpretarlo como seguidores de Cristo. Se postula, pero no se acepta universalmente, que el término haya nacido como un intento de burla, dirigida contra un grupo religioso de reciente aparición, que eclosionó abruptamente diseminando una prédica novedosa, centrada en una deidad nueva y desconocida: Christus.

Leyendo el Nuevo Testamento es evidente que en las primeras décadas de la historia de la Iglesia, otros calificativos identificaban a estos primitivos seguidores de Cristo. El más antiguo, proveniente de los días de la vida de Jesús de Nazaret, era el de “discípulos” (Hechos 6:1; 11:26; 18:23; 21:16), entendiendo por tales a los que se “asociaban” con Jesús y “aceptaban su mensaje”, comprendiendo el discipulado “lealtad personal” a Jesús, “absoluta fidelidad”“la disposición de poner en primer lugar las demandas de Jesús sin calcular el costo” (Bruce FF, Guthrie D et al, “Discípulo”, artículo del Nuevo Diccionario Bíblico. Ediciones Certeza, USA, 1991; pág. 374-5).

El “Camino” es la designación más antigua de la Iglesia Cristiana, aplicada por los propios cristianos (“Camino”, artículo del Nuevo Diccionario Bíblico; pág. 202).  Esta afirmación tiene base en abundantes textos de la primitiva historia sagrada cristiana (Hechos 9:2; 19:9,23; 22:4; 24:14,22), quizás en una referencia a aquellas palabras de Jesús, dichas en el lugar en que junto a sus apóstoles celebró la Ultima Cena: “Yo soy el camino” (Juan 14:6); los primeros cristianos, pues, estaban “en el Camino”; es decir, en Cristo.

También aparece en una oportunidad en boca de enemigos y acusadores judíos de la iglesia, la denominación “nazarenos” (Hechos 24:5), claramente evocativa del origen oficial de Jesús, la ciudad de Nazaret, que rápidamente cayó en desuso, para ser utilizada posteriormente por sectas judías, judeocristianas, y aún maniqueas.

En todos los casos se nota claramente que la terminología usada para nombrar el nuevo movimiento gira alrededor de la persona de Jesús de Nazaret. Aunque esta afirmación parezca obvia, es importante tener presente cuál era el eje que fungía como centro de la experiencia vital cotidiana para un hombre o una mujer del primer siglo, para que a continuación nos preguntemos: ¿qué significó para este hombre y esta mujer que vivieron en los días del Imperio Romano, el ser cristiano?

En claro contraste con la virtual totalidad de los cultos que florecían en el mundo grecorromano de aquellos tiempos, un primer punto, el preeminente y del cual se desprende todo lo demás, es el amor de Dios (“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”; Juan 3:16). La proclamación cristiana primitiva enfatizaba la declaración del amor de Dios como causa motriz inherente a la esencia de Dios, y razón de todos sus actos; en otras palabras, lo que Dios hizo, lo hizo por amor. La venida de Cristo no respondía a otro motivo que el amor; la muerte de Jesús en la cruz, más allá de las razones religiosas y políticas que son evidentes en las narraciones evangélicas, seguía el propósito de Dios, un plan ideado desde la eternidad, y ejecutado por amor a los seres humanos: “… Dios… por su gran amor con que nos amó, aún estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:4,5).

Así pues, una implicancia mayor de ser cristiano para el hombre y la mujer del primer siglo, era el saberse amado, y porqué no decirlo, el sentirse amado por alguien. Esto era muy significativo para los esclavos y otros parias de esa sociedad deshumanizada, que exaltaba la belleza, la cultura y el poder, y marginaba severamente a los pobres, los desposeídos y los deformes; una sociedad cuya legislación no otorgaba el status de ser humano a los esclavos, y permitía con total impunidad la tortura y asesinato de los mismos por sus amos; y una sociedad que se sumergía en la corrupción sexual, la violencia, la traición y la deslealtad, en donde nadie, desde los altos dignatarios del imperio hasta los marginados de los suburbios, podía sentirse seguro. En semejante ambiente, el cristianismo irrumpe proporcionando a sus seguidores la noción de que cada persona es importante; aún el esclavo, sumido en una rutina de melancolía y terror, toma conciencia de que es importante para alguien. Importante para los otros miembros de su comunidad, es decir los otros cristianos; importante para toda la iglesia; y en última instancia, importante para el Creador del universo, alguien muy superior a cualquier César reinante.

El ser cristiano implicó también la idea de un nuevo nacimiento, es decir, un radical nuevo comienzo de la historia vital individual. Este es un principio enunciado por Jesús de Nazaret en más de una ocasión (Juan 3:3; Juan 3:7), que siguió formando parte de la proclamación cristiana primitiva (2 Corintios 5:17; 1 Juan 5:1ª; 1 Pedro 1:23).         La idea del nuevo nacimiento iba estrechamente ligada con la noción de ser un hijo de Dios; Juan el apóstol dijo: “… a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Ambos, el nuevo nacimiento y el ser un hijo de Dios, se fundieron con uno de los principios magnos del evangelio de Cristo que es el perdón de los pecados: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Este punto, la limpieza de la maldad, deriva en una variedad de consecuencias, todas positivas, desde el punto de vista emocional y espiritual. El perdón total y completo conlleva el ser libertado de la carga psicológica agotadora de la culpa; quita la mancha y borra el prontuario por el que una conciencia culpable teme ante el mañana, ante el futuro, ante la muerte y lo desconocido; permite un mayor desarrollo de nuestros potenciales, pues hace desaparecer la noción de estar “marcado” por un oscuro pasado que nos hace sentir indignos para desenvolvernos en determinadas áreas, en todas las áreas, o aún para ser felices. Es la paz con Dios, a instancias de Él, quién no escatimó esfuerzos para atraer nuevamente al ser humano para otorgarle el perdón y la salvación eterna. En palabras del apóstol Pablo: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).

Resulta un auténtico reto intentar saber, o imaginar, qué sentían hombres y mujeres de una cultura tan diferente y distante en el tiempo, por ser cristianos. Puesto que la Iglesia Cristiana es por nuestros días una institución vieja y plagada de tradiciones, donde campa una persistente tendencia a reducir la experiencia subjetiva de relación con Dios a una legislación religiosa, no puede dejar de sorprendernos encontrarnos con que, para un pagano de aquellos días, hacerse cristiano implicaba ser amado, perdonado, querido, libertado, sanado, integrado, protegido, y además recibir una nueva oportunidad de encarar la vida, con la perspectiva de una eternidad gloriosa.

Este pantallazo nuevo testamentario de los aspectos espirituales, internos y subjetivos del ser cristiano, contrasta en primer lugar con la tendencia a considerar la fe y la religión como una misma cosa: un sistema de mandatos que regula los aspectos mayores y menores de la vida cotidiana, y un sistema rígido e inflexible que se constituye en un verdadero código eclesiástico. Contrasta también, por otro lado, con el desarrollo que tuvo el ser cristiano individualmente y en relación a la Iglesia como institución, en los tiempos que siguieron a la era apostólica. Desarrollo que siguió en la dirección mencionada previamente, y que explica la impresión que de la religión cristiana se recoge. Quizás uno de los párrafos del Nuevo Testamento que mejor expresa el sentir interno del ser cristiano sea lo escrito por San Pablo en Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”

Reconocemos aquí lo que constituye el inicio del vivir cristiano: ser crucificados con Cristo, es decir, morir a lo que somos, para comenzar a ser alguien diferente. El mismo Pablo de Tarso es ejemplo, pues pasa de perseguidor de cristianos, a convertirse en cristiano, apóstol, y finalmente mártir. Morir y renacer, o resucitar, como Cristo Jesús, pero espiritual y voluntariamente, y no por coerción o violencia. Morir, es decir, renunciar a nuestra vida anterior, para responder por libre y reflexiva decisión a la invitación llena de amor de Dios. El renacimiento es un nuevo principio, un andar en nuevos caminos, pero fundamentalmente, es dejar la soledad interior por  virtud de un cambio novedoso, ya que ahora “vive Cristo en mí”. Tal presencia, que está allí en razón de haber sido invitada a entrar (recordemos Apocalipsis 3:20), es la que condicionará la conducta de cada día; y también la condicionará la consideración de que Jesús de Nazaret “… me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Por eso, Pablo y los cristianos de todo el imperio romano del primer siglo nos dejan el legado de su vivencia interior: “lo que ahora vivo… lo vivo en la fe del Hijo de Dios”.

La fe en una persona, no en una institución, y la obediencia a esa persona y no a un sistema legislativo sagrado; la lealtad a Cristo antes que a una religión impersonal; el amor y el deseo de ser dignos de Jesús, y de no ofenderlo, y no el respeto temeroso y vacilante a un abstracto aparato de moralidad, fue el primum movens (la primera causa, la motivación principal) de la vida piadosa y consagrada de aquellos primeros cristianos.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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