El show debe continuar – B

“A través de la Biblia”
24 agosto 2010
“A través de la Biblia”
25 agosto 2010

El show debe continuar – B

Por: Dr. Álvaro Pandiani –

La primera de las dos consecuencias a que hicimos referencia cuando finalizábamos la columna del martes pasado, es la más obvia, y también la más grave. Es consecuencia de un sistema eclesiástico mínimo necesario, que requiere la existencia de un grupo dirigente que guíe, conduzca y “pastoree” (es decir, alimente y proteja, en un sentido espiritual) a la masa de creyentes. Estos creyentes, una vez que han pasado por la experiencia cristiana y habiendo decidido seguir a Cristo, son como niños recién nacidos, que necesitan crecer en el conocimiento de su fe para evitar caer en la tentación de regresar a la forma de vida que antes llevaban, así como en un sentido positivo, avanzar hacia la adquisición de una experiencia con Cristo cada día mas profunda. También aquí, como en el antiguo Israel, los maestros son necesarios; y toda vez que la enseñanza y la edificación cristiana no se obtiene exclusivamente en las aulas de un seminario, sino que por ser una enseñanza de vida, puede recibirse en forma cotidiana (al decir de algunos evangélicos, Dios “puede hablarle a nuestro corazón a través de una palabra, una oración, una canción”), aquellos mencionados predicadores, pastores, evangelistas, misioneros, músicos y cantantes, constituyen en cierta forma esa clase dirigente investida del noble propósito de impartir conocimiento de fe a los cristianos. La necesidad de esa clase dirigente es lo que la vuelve peligrosa; esto debido no a una imperfección del sistema, que en última instancia parte de la mente de Dios, sino a la lamentable perfidia del corazón humano, que no vacila ni siquiera ante lo sagrado, sino que pisotea por así decirlo el mismo recinto del templo, si en ello ve algo que puede usar para su propio provecho.

El Antiguo Testamento nos refiere la historia de un rey judío, Uzías, quien aparentemente vio en el sumo sacerdocio un honor mayor que el que le correspondía a él como monarca (que no era poco) y entonces “cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra el Señor su Dios, entrando en el Templo del Señor para quemar incienso en el altar del incienso. Y entro tras él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes del Señor, hombres valientes, que se opusieron al rey Uzías y le dijeron: no te corresponde a ti, rey Uzías, el quemar incienso al Señor, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo” (2 Crónicas 26:16-18a). De la historia del periodo ínter testamentario sabemos que, luego del periodo de los Macabeos, que a mediados del siglo II A.C. liberaron al pueblo judío de la dominación extranjera, sucedió una dinastía de gobernantes que eran al mismo tiempo sacerdotes. La dinastía asmonea, que duro hasta el 63 A.C. en que Palestina cayo bajo el control de Roma, se vio sacudida por varios asesinatos (las dos primeras víctimas fueron los últimos macabeos originales, hijos del sumo sacerdote Matatías), actos tiránicos, conspiraciones, y una final amenaza de guerra civil que dio ocasión al general Pompeyo para entrar al país y convertirlo en provincia del Imperio Romano. Recordemos que quienes luchaban entre si por tomar el poder eran todos miembros de la familia sacerdotal.

Uno podría llegar  a creer que con la venida de Cristo al mundo y el subsiguiente inicio de un movimiento nuevo, el cristianismo, y una institución nueva, la Iglesia, ambos la manifestación de una fuerza espiritual nueva inyectada en el mundo por Dios, y cuyo cimiento era el amor, la cosa cambiaría. Sin embargo, ya en los primeros días de la tan idealizada Iglesia Primitiva, el apóstol Pablo nos informa que en su tiempo “Algunos… predican a Cristo por envidia y rivalidad” (Filipenses 1:15a).

El apóstol Juan afirma tácitamente el peligro encerrado en muchos que pretendían traer mensajes de parte de Dios: “Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

El apóstol Judas refiere cómo este tipo de individuos puede llegar a integrar la clase dirigente: “…algunos hombres han entrado ENCUBIERTAMENTE…hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 4).

El apóstol Pedro se hace eco de estos anuncios, y expone uno de los frutos de estos individuos: “Hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre ustedes falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras y hasta negaran al Señor que los rescato, atrayendo sobre si mismos destrucción repentina” (2 Pedro 2:1). Volviendo a Pablo, el también predice características de estas personas: “vendrá tiempo cuando no soportaran la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonaran maestros conforme a sus propias pasiones, y apartaran de la verdad el oído y SE VOLVERÁN A LAS FÁBULAS” (2 Timoteo 4:3,4), y descubre sus motivaciones ocultas, que no son precisamente la gloria de Dios, la extensión de su reino, y el bienestar temporal y eterno de las gentes: “…hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como FUENTE DE GANANCIA” (1 Timoteo 6:5).

El conocimiento en este caso no es conocer a Dios; es decir, profundizar en el íntimo compañerismo espiritual con el Señor, y percibir cada vez más, al estar cada día más cerca de Él, la grandeza de su majestad y santidad, frente a la cual resalta nuestra condición lamentable, pecadora e indigna. Quizás era esta experiencia lo que hizo que Pedro, al ver el milagro de Jesús en el mar de Galilea, exclamara de rodillas: “Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8); o también lo que llevo a Pablo a escribir: “no soy digno de ser llamado apóstol” (1 Corintios 15:9).

Éste es el conocimiento de muchos grandes hombres y mujeres de fe, sea que brillen en el firmamento artificial que nos hemos fabricado o no.

Pero el conocimiento de estos otros tipos es el del arte y la técnica de parecer piadoso; es conocer la Biblia para adaptarla a sus propios intereses; es saber la necesidad psicológica, muy humana, de creer y tener esperanza, así como conocer el orgullo humano, y su natural rechazo a que se le señalen culpas y responsabilidades, y tener la pericia de adaptar su discurso a estas condicionantes. No es el conocimiento que eleva a lugares celestiales (Efesios 2:6), pero también nos pone en la responsabilidad de hablar toda la Palabra de Dios (Hechos 20:27). Es el conocimiento mezquino que tiene por objeto obtener prestigio, popularidad y poder.      Es una contradicción de los ideales de Jesús, y atenta contra la Iglesia, su misión, su integridad y su credibilidad.

La segunda consecuencia tiene que ver con las reacciones que el sistema referido provoca en el creyente que inicia sus primeros pasos en la vida de fe. En primer lugar es necesario reconocer que muchos de esos nuevos cristianos seguirán a lo largo de su vida siendo eso: cristianos; es decir, personas que acudirán a la iglesia cada domingo (y quizás algún otro día de la semana), cumpliendo con todo lo que se espera de un cristiano, desarrollando una genuina comunión con Dios, y tal vez colaborando modestamente en alguna de las actividades de la iglesia; pero nada mas. Otros en cambio, desde temprano sentirán el llamado vocacional a servir como ministros, pastores, predicadores, consejeros u otra actividad, y a ello consagraran sus fuerzas, su oración y su vida, enfocando su preparación con ese objetivo. Muchas de esas vocaciones se despertaran al ver el ejemplo de los que ya están en el ministerio espiritual; el llamamiento tendrá el atractivo de responder a una invitación del Señor para dedicar la vida al servicio de la humanidad. El idealismo, el altruismo, el amor a Dios y a partir de éste, el amor a la gente (sin ningún tipo de distinción) prevalecerá sobre el egoísmo y la mezquindad propias del ser humano, y llevará a dejar de lado los planes previos, para tomar una decisión que aparejará profundas repercusiones para el resto de la vida. Todo esto se corresponde con historias maravillosas, casi épicas, de hombres y mujeres que dieron todo de sí por sus semejantes, inspirados en el ejemplo imperecedero de Cristo.

El problema surge cuando las precoces vocaciones se fundamentan en otro tipo de atractivo. Dicho atractivo es, justamente, el prestigio, la popularidad, el brillo, y lo que todo eso apareja: el respeto, la honra, el poder o ascendencia sobre otros, y también beneficios económicos. Estas cosas forman parte de la vida de hombres de iglesia cuya tarea ha hecho que su nombre trascienda los muros de su parroquia, y muchas veces que alcance renombre nacional, o que trascienda fronteras. Pero para los auténticos hijos e hijas de Dios el renombre, la popularidad y todo lo demás, solo es una molestia, un estorbo al trabajo que se debe realizar, una constante prueba para un carácter que debe mantenerse humilde y dependiente de Dios, y una lastimosa afrenta a Aquel que es el único digno de recibir la gloria y el honor (Salmo 115:1).

Para otros en cambio, estas cosas son un fin en sí mismo. Trabajar para obtener renombre y fama en el ambiente religioso no es solamente arrancar torcido y gastar las fuerzas y capacidades con una motivación defectuosa. Es también peor que procurar alcanzar renombre en las  ciencias, el arte o el deporte. Porque en el reino espiritual quien procura su propia gloria esta robándole la gloria a Dios. Y esa no es una posición muy saludable; y además, será un esfuerzo estéril (Proverbios 25:27).

Por eso, pese a lo que uno pueda ver como brillante, apetecible y atractivo en las glorias del liderazgo cristiano, es necesario recordar cuál debe ser la ambición de nuestro corazón, en cuanto a progreso en la fe y en el camino de Cristo.

“¿Y tú buscas para ti grandezas? ¡No las busques!” (Jeremías 45:5a).

“Alábese en esto el que haya de alabarse: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la Tierra, porque estas cosas me agradan, dice el Señor” (Jeremías 9:24).

(Adaptado del El Show debe continuar, Parte 2, Capítulo 5 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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