Actitud de Cristo hacia los enfermos

“A través de la Biblia”
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Actitud de Cristo hacia los enfermos

Por: Dr. Álvaro Pandiani

Volver la atención a la actitud que Jesús de Nazaret tuvo para con los enfermos durante los tres años de su ministerio público es una tarea interesante y estimulante; pero de lo que no cabe duda es de que constituye un consuelo ser testigo mediante la lectura de los evangelios del cariño, la simpatía, el amor y la atención que Cristo dispensó a quienes estaban sumidos en el sufrimiento. La fe cristiana, fundamentada sobre la fe en la resurrección corporal de Jesucristo, plantea que ese mismo Jesús de Nazaret que vivió y murió crucificado en Palestina hace casi dos mil años, hoy vive. Como le dijo el procurador de Judea Porcio Festo al rey Herodes Agripa II, allá por el año 60 d.C., el apóstol Pablo estaba preso por “…cuestiones acerca de su religión y de un cierto Jesús, ya muerto, que Pablo afirma que está vivo” (Hechos 25:19). El cristianismo afirma la verdad bíblica de que Jesús resucitó y vive. Indudablemente, existe una gran diferencia entre concebir un universo formado al azar y desarrollado por las fuerzas ciegas de la evolución, y concebir ese universo con Jesús, creador de todo, sentado a la diestra de Dios Padre, gobernándolo todo. Si es así, y creemos que efectivamente Jesús es el Señor Todopoderoso, esa actitud de Cristo hacia los enfermos ha de ser la misma hoy, pues la Biblia afirma que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Esa actitud es la que procuramos comentar, buscando en el hombre Jesús un modelo para nuestra conducta, y en Jesús el Señor el consuelo y la esperanza para aquellos que están sufriendo.

Uno de los enfoques es considerar el propósito de la venida de Jesús en cuanto al alivio de los sufrientes. Así estaba profetizado, y también así lo declaró Jesús al inicio de su ministerio público: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). La referencia a los oprimidos nos evoca algo similar dicho por el apóstol Pedro: “… Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y… éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). La referencia a los “oprimidos por el diablo” es suficientemente amplia como para incluir a los desdichados, esclavos de vicios, amargados, angustiados, locos y enfermos. La amplia gama de operaciones de Satanás, el verdadero enemigo de la raza humana, y la aseveración de que aquellos que estaban bajo su látigo eran liberados por Jesús porque Dios estaba con él, nos evoca una resumida descripción de los propósitos de Dios en la venida de Jesús: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8). Los teólogos han complicado las cosas al tratar de explicar el propósito de la venida del Hijo de Dios; cosas como: para expiar los pecados del mundo, para redimirnos de condenación, para establecer un nuevo pacto, para inaugurar la dispensación de la gracia. Todas cosas muy ciertas, pero en palabras y conceptos que requieren explicaciones, muchas veces complejas y tediosas. Pero también es cierto que Jesús vino al mundo, porque en el mundo hay gente que sufre.

En los días en que Jesús de Nazaret andaba por este mundo, dos actitudes lo caracterizaban en su relación con las personas; Él recibía a la gente, y también la buscaba. Mateo, uno de los doce discípulos originales, escribe: “Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (4:23); y otra vez, en 9:35, sale un pasaje casi idéntico, en el que se destaca esa triple actividad: enseñar, predicar, sanar. En el primer pasaje de Mateo se relata a continuación cómo la fama de lo que Jesús hacía cundió por aquella región, como resultado de lo cual mucha gente acudió a Él trayendo sus enfermos; la lista es impresionante: doloridos, afligidos por enfermedades, atormentados, endemoniados, lunáticos, paralíticos. Nada se nos dice del número de personas enfermas que trajeron a Jesús en esa oportunidad; tampoco de admoniciones, requisitos u otro tipo de condiciones que Jesús haya puesto a esos enfermos. Mateo es muy escueto y dice simplemente: “y los sanó” (4:24). La idea que queremos enfatizar aquí es que Jesús recibió a todos cuando se los trajeron. Acá no nos importan las derivaciones teológicas del asunto, tales como el hecho de que sus milagros atestiguaban su carácter de Mesías; tampoco moralizar sobre el equivocado interés ostensible de estos enfermos, a saber, que todo lo que buscaban era la inmediata sanidad del cuerpo, ni espiritualizar el ofrecimiento del evangelio, enfatizando el aspecto de la salvación del alma en preferencia a su capacidad para suplir las necesidades temporales del ser humano. Todo eso ya se ha hecho, y estamos muy de acuerdo con todo, pero el punto es que aquí vemos a Jesús recibiendo a los enfermos, atendiéndoles y dándole solución a sus sufrimientos.

En el pasaje de Mateo capítulo 9 vemos a Jesús otra vez enseñando, predicando y sanando. Su ser interior se conmueve al ver a la gente; tiene compasión, los ve como un rebaño sin pastor, como ovejas desamparadas y dispersas que no tienen guía, y vagan buscando un rumbo. Es entonces que Él habla a sus seguidores sobre la urgencia de cubrir las necesidades de la gente. Compara a las personas con el producto de la tierra, que debe ser procesado rápidamente, sino se perderá; poco después tiene lugar uno de los momentos cruciales de su carrera: la designación de los doce apóstoles, aquellos que seguirían su obra una vez que Él se hubiera ido. La elección va seguida de la capacitación y la comisión de anunciar las buenas noticias acerca del acercamiento del reino de los cielos, y a continuación el mandato imperativo de sanar a los enfermos, liberar endemoniados, y hasta resucitar muertos (Mateo 10:8). Para los que creen en la sanidad divina esto implica que quienes son (o se consideran) discípulos de Jesús, deben orar por los enfermos, esperando que sucedan milagros de sanidad (quizás, con la excepción de la resurrección de muertos). Para quienes no aceptan que actualmente continúen sucediendo milagros, pero también son (o se consideran) discípulos de Jesús, implica el deber de ir (o de no rehuir) a los enfermos, para proporcionarles asistencia, ayuda, consuelo y esperanza. En cualquier caso, la actitud de Jesús es la de hacer la provisión necesaria para que los enfermos sean alcanzados por el evangelio y su rico contenido de beneficios para el ser humano.

Esto es algo que Jesús ya había hecho él mismo; cuando el enfermo no pudo venir, Él personalmente fue a verlo. Así sucedió con la suegra del apóstol Pedro (Mateo 8:14,15), la hija de un hombre llamado Jairo (un hecho notable, pues en el camino le avisaron que la niña había muerto, pero Él igual llegó hasta la casa; Marcos 5:21-43). Esta actitud se hace muy ostensible cuando un centurión romano le habla a Jesús sobre un sirviente suyo que estaba enfermo; Él respondió resueltamente: “Yo iré y lo sanaré” (Mateo 8:7). Un último elemento que se relaciona con esta actitud es ilustrado en un hecho notable, registrado en el capítulo 4 del evangelio de Juan: el hijo de un oficial de la corte de Herodes Antipas, enfermo a tal punto que no podía venir al lugar donde Jesús estaba. La urgencia con que el padre del niño, o joven, le ruega a Jesús que vaya a su casa (“Señor, desciende antes que mi hijo muera”; Juan 4:49) nos habla de una situación desesperada, o agonía terminal. Aquí vemos que Jesús no puede, o no quiere, ir hasta la casa del hombre, ni enviar a uno de sus discípulos; el hecho de que el padre, al regresar, demore hasta el día siguiente en llegar, evidencia la lejanía del lugar. Pero el Señor sana al muchacho sin siquiera verlo, a la distancia; la coincidencia de la hora en que Jesús le dijo al padre que su hijo “viviría”, con el momento en que había dejado de hacer fiebre, fue una evidencia que reforzó el milagro y llevó a toda una familia a creer en Cristo. Pero aquí nos interesa además una maravillosa actitud de su parte: sin importar la distancia, ni otros obstáculos, Él atendió la súplica de un padre desesperado por su hijo. Es una constante que se mantiene a lo largo de los relatos contenidos en los cuatro evangelios: nunca un llamado de auxilio dirigido a Jesús de Nazaret quedó sin una respuesta de parte de ese maravilloso y admirable Ser.

La única vez que pareció que esto fuera a suceder, Jesús había salido del territorio de Israel; Mateo refiere que se fue a la región de Tiro y Sidón, ciudades costeras de Fenicia, en lo que hoy es el Líbano. Allí, nuevamente alguien pidió por su hijo; esta vez una madre, con su hija “gravemente atormentada por un demonio” (Mateo 15:22). Nada más agrega Mateo, ni Marcos, que también relata el suceso, acerca del sufrimiento específico de la niña. Jesús no le respondió en primera instancia; pareció hacer caso omiso a sus ruegos. Ante la insistencia de la mujer, y el nerviosismo de los discípulos, le dijo: “no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (15:26). Una interpretación de esta actitud y estas palabras, en consonancia con el contexto, es que por razones que toca a la teología y al estudio de las dispensaciones explicar, el ministerio de Jesús en los días de su vida terrenal se limitaba exclusivamente a los judíos (versículo 24). No sería hasta después de la muerte y resurrección de Cristo que se abriría la puerta de la oportunidad universal; esto es, la posibilidad de acceder a los beneficios temporales y eternos del evangelio para toda la humanidad, con el único requisito de la fe individual en Jesucristo. Ya en esos días, Jesús no andaba preguntándole a los enfermos si eran buenos israelitas que cumplían con los ritos y ceremonias judaicas, y si observaban estrictamente la Ley de Moisés, para luego sanarles; solo les pedía fe (Mateo 9:29; Marcos 5:34; 10:52). Esta mujer fenicia tuvo fe, y evidenció la misma al decir que lo poco que le correspondiera por ser una extranjera, bastaría (Mateo 15:27); en otras palabras, se sometió a la voluntad del Señor, creyendo, como aquel leproso que dijo: “si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8:2), que si Jesús quería, podía sanar a su hija. Cumplido el requisito de la fe, Jesús sanó a la niña. Pero cumplido el requisito de la fe, y antes de hacer el milagro, Jesús exclama: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres” (versículo 28). Además de una alabanza o elogio de la fe de esta mujer, eso parece una exclamación de alegría por parte de Jesús. ¿Y por qué habría Él de alegrarse? ¿Por el mero hecho de la fe que le honraba? Ciertamente, uno se siente complacido cuando alguien nos honra con su confianza; pero aquí hay otro punto, y es que cumplido el requisito de la fe, Jesús podía sanar a la niña. El alivio de la pequeña que sufría dependía enteramente de la fe de su madre; tal es la importancia de la fe. Y cuando la mujer tuvo esa fe, Jesús se alegró de poder quitar el sufrimiento de la hija de ella.

Indudablemente, Jesús no era ningún bruto. El alma humana de Jesús era extremadamente sensible. Ya mencionamos la compasión que le movía a actuar a favor de los desdichados y desvalidos; también conocía el gozo y la alegría (Lucas 10:21). En otra ocasión, Jesús lloró ante la tumba de un amigo, conmovido por el dolor de sus seres queridos (Juan 11:35); también derramó lágrimas al entrar en Jerusalén, previendo el final que se avecinaba sobre la ciudad (Lucas 19:41-44), la cual menos de cuarenta años después fue destruida por las legiones romanas, y masacrados un millón de sus habitantes. Jesús se enojó y entristeció por la incredulidad terca y rebelde (Marcos 3:5); parece que era precisamente la fe de las personas la que tenía la propiedad de despertar en Él reacciones internas intensas. Cuando Jesús visitó su ciudad, Nazaret, el lugar donde se había criado y donde todos le conocían desde niño, la incredulidad de sus antiguos vecinos respecto a Él como Mesías, profeta o enviado de Dios era tal, que se nos dice que Jesús no pudo hacer ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos; y a continuación se agrega que el Señor estaba asombrado de la incredulidad de esa gente (Marcos 6:1-5). Esto es muy significativo; uno se asombraría de un hecho extraordinario, y aún a pesar de presenciar uno, parece más natural mostrarse escéptico que concederle fe. Sin embargo, Jesús se asombró de la falta de fe; parece que, conociendo de Jesucristo, su vida, su obra y sus milagros, lo natural y esperable sería creer en Él.

Así como Cristo se asombró de la incredulidad, también se maravilló de una fe radiante. Tal sucedió cuando aquel centurión romano le pidió por su sirviente enfermo (Lucas 7). El centurión no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa. Pero así como en el sistema de autoridad en el que se movía (el ejército romano), una orden se cumplía, creía que Jesús tenía autoridad divina sobre la enfermedad, por lo que con sencillez invitó a Jesús a pronunciar la orden: “… di la palabra y mi siervo será sanado” (Lucas 7:7). Esta fe humilde y sencilla conmovió a Cristo; y fue todo lo que se necesitó.

Esta era la actitud de Cristo hacia los enfermos. Y solo les pedía fe.

(Extractado de Actitud de Cristo hacia los enfermos, Capítulo 8 del libro Cielo de Hierro Tierra de Bronce, Editorial ACUPS, Montevideo, Octubre de 1998).

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario

5 Comments

  1. maría dice:

    Soy María.Desde que acepté a Cristo,he tenido problemas de salud,pero todos los he superado.
    Ojalá más personas lo acepten.Me dedico a visitar hogares y hospitales y a testimoniar.

  2. ROBERTO dice:

    PARA JESUS NO HAY NADA IMPOSIBLE EL ES DIOS ENCARNADO EN HOMBRE.MARAVILLOSO COMENTARIO EXTRAIDO DE LA PALABRA DE DIOS (LA BIBLIA).
    PODRIA RESUMIR LO SIGUIENTE: 1.-LA PALABRA DE DIOS ES UNA ESPADA HEBREOS 4:12. 2.-LA PALABRA DE DIOS ES UN ESPEJO.3.-LA PALABRA DE DIOS ES UN MARTILLO4.-LA PALABRA DE DIOS ES UNA SEMILLA 5.-LA PALABRA DE DIOS ES AGUA EFESIOS 5:26 6.-LA PALABRA DE DIOS ES UNA LAMPARA SALMO 119:105 7.-LA PALABRA DE DIOS ES MIEL SALMO 19:10 8.-LA PALABRA DE DIOS ES LECHE 1RA PEDRO2:2 9.-LA PALABRA DE DIOS ES ORO SALMO 119:127
    BENDICIONES
    GOD BLESS YOU

  3. estefania dice:

    si es jesus una muy bna fuente de vida
    es el el camino la verdad y la vida

  4. JAIME dice:

    un hermoso tema, agradecemos a los que hecho posible que podamos ser bendecidos, y realmente solo la fe mueve montañas y el corazon de nuestro DIOS TODOPODEROSO.
    DIOS LOS BENDIGA

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