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El lado oscuro – 2

Por: Álvaro Pandiani*

Finalizamos la charla anterior mencionando el nombre aplicado a Satanás, el “príncipe de los demonios”, en el pasaje bíblico de Mateo 12:24; allí se le denomina Beelzebú. Este apelativo deriva del antiguo nombre Baal zebul (“Baal el príncipe”), dios de Ecrón, una de las cinco ciudades filisteas, y es alterado en las Sagradas Escrituras (según algún comentarista, para ridiculizarlo) apareciendo como Baal Zebub (“Señor de las moscas”) en 2 Reyes 1:2. El título “Señor de las moscas” encaja con su señorío o preeminencia sobre los espíritus demoníacos, ya que si bien como dice Judas algunos están encarcelados en oscuridades abismales, otros pululan en el aire alrededor de los seres humanos; así dice en Efesios 6:12: “…no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Parafraseando este último párrafo, podríamos decir: “ejércitos de espíritus malignos en los aires” (de hecho, la revisión de 1909 de la versión Reina Valera dice: “malicias espirituales en los aires”). Estos “ejércitos” de demonios explican la ubicuidad de su influencia, al punto que, según algunos teólogos opinan, hacen que detrás de todo esto aparezca omnipresente la figura de Satanás (que no es en realidad omnipresente, ni omnisciente, ni omnipotente, ni mucho menos).

La distancia entre el diabólico príncipe y sus malignos esbirros es ostensible, sin embargo, al leer las páginas del Nuevo Testamento. De los demonios se aduce que hacen uso de su intelecto, dado que pueden generar sistemas de enseñanza religiosa, si bien heréticos (1 Timoteo 4:1); ya referimos su producción de religiones falsas. Pero lo que más se enfatiza acerca de estos seres es su carácter inmundo, violento y maligno. Lo más destacable en este tema es la posesión demoníaca, entendida como la incorporación del ente espiritual en la persona humana, en alguna zona de su ser (¿de su cuerpo? No sabemos. ¿Necesita una entidad metafísico circunscribirse a un área de espacio físico?). La posesión demoníaca, con dominación absoluta de la voluntad humana, acompañada de un estado mental crepuscular, es una constante a la que Jesús de Nazaret se enfrentó durante sus tres años de vida pública; en verdad, puede decirse que tal fenómeno arreció durante los años en que el Hijo de Dios caminó sobre la Tierra. La incorporación parece ser necesaria para el ente espiritual; su estado como espíritu libre no le proporciona bienestar (“Cuando el espíritu impuro sale del hombre, anda por lugares secos buscando reposo pero no lo halla”; Mateo 12:43). Ser arrojado fuera de un ser humano parecería implicar funestas consecuencias, quizás un acercamiento en el tiempo de su destino final (Lucas 8:30,31). Otra característica notable en el Nuevo Testamento es la reacción que estos seres tenían ante la sola vista de Jesús de Nazaret: aullaban de terror (Marcos 3:11; 5:6,7; 9:20; Lucas 4:33,34); a modo de resumen de esto, el apóstol Santiago dice: “Tú crees que Dios es uno, bien haces; también los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2:19). Por contrapartida, Satanás se acerca atrevidamente a Jesús en el desierto de la tentación, haciéndole propuestas francamente blasfemas, y se retira solo después que dichas propuestas fueron firmemente rechazadas; el apóstol Santiago también resume en forma brillante este suceso, transformándolo en un consejo práctico para los cristianos: “Sométanse, pues, a Dios; resistan al diablo, y huirá de ustedes” (Santiago 4:7). De este ser no se dice que entre en los humanos, sino solo una vez; en Judas Iscariote, energizándolo (pero no obnubilando su mente) para la suprema traición que habría de perpetrar (Lucas 22:3,4; Juan 13:26,27). De él se enfatiza su astucia y capacidad de crear trampas e intrigas (2 Corintios 2:11; 11:3; Efesios 6:11), expresión todo ello de una inteligencia superior, lamentablemente entregada a generar perpetuamente maldad; una inteligencia elevada, que en su odio irreconciliable hacia Dios, unido a la absoluta incapacidad de causar el más mínimo daño al Ser Supremo, se vuelve con ferocidad cruel contra quienes son objeto del amor perdonador y redentor del Creador, los seres humanos. Estas profundidades de odio irracional y malevolencia sin límites lo hacen digno jefe de la horda demoníaca que le siguió en su rebelión original.

Posteriormente a la muerte y resurrección de Cristo, el fenómeno de la posesión demoníaca declina pero no desaparece, estando presente durante el ministerio de los apóstoles; ejemplos clásicos son la muchacha “que tenia espíritu de adivinación” (Hechos 16:16) en la ciudad de Filipos, y los eventos en Éfeso (Hechos 19). Más tarde, a través de los siglos de historia cristiana, la existencia del adversario diabólico y sus malignos secuaces acompañó la experiencia cristiana de las gentes. Cuenta el historiador cristiano Latourette un suceso, relacionado con la expansión del cristianismo en los primeros siglos; una familia completa se hizo cristiana por el exitoso exorcismo de una persona endemoniada, hecho en el Nombre (es decir, en la autoridad) de Jesucristo. De san Antonio (siglo V) refiere: “Para él los demonios y el diablo eran muy reales, y tuvo con ellos muchas luchas”. Más adelante, ya en la Edad Media, sucedía que “para los cristianos de aquella época el invisible mundo de los espíritus era muy real. Se creía que el diablo y sus huestes eran el origen de muchos y acaso de la mayor parte de los males que acosaban a la raza humana”. Otra observación sumamente interesante es la siguiente: “Un freno más fuerte para el pecado consistía en el temor del infierno, del diablo y sus huestes, pues estos eran muy reales para las gentes de aquella época. Los burladores, que profesaban no creer en ellos, solían volverse llenos de terror hacia el sacerdote en su lecho de muerte”.

La referencia a la actividad demoníaca es considerada hoy en día, o un resabio de superstición medieval, ya clásica y ampliamente superada, o ingenua credulidad de gentes ignorantes, o también una figura de la religión, tradicional y también superada, sustituida por puntos de vista mas “científicos”, incluso desde las mismas filas de la “religión”. Pero por otro lado, la ya referida profusión de paganismo, brujería, astrología, espiritismo, religiones ocultistas y satanismo, y los extraños fenómenos que su práctica produce en las casas, en las cosas y en las personas, hace que el creyente cristiano apegado a la Biblia vea la actividad satánica en cada una de esas manifestaciones; actividad instrumentada por innumerables espíritus malignos, que se expresa en las múltiples formas referidas, y que sirven a un único propósito: desviar al ser humano del único Camino de Salvación que Dios ha provisto a la especie humana: el Señor Jesucristo.

Volviendo al punto a que hicimos referencia antes, la conciencia de un mundo invisible habitado por multiplicidad de seres hostiles al ser humano, y particularmente hostiles a los seguidores de Jesucristo, como lo expresa el apóstol Pedro (“… vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”; 1 Pedro 5:8), despierta precisamente en los seguidores de Cristo las reacciones más diversas: el temor, el abyecto miedo supersticioso medieval del que nos habla el historiador eclesiástico, en aquellos neófitos poco informados del resonante triunfo de Cristo obtenido en la cruz sobre todos los seres infernales (“…despojó a los principados y a las potestades, y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”; Colosenses 2:15); también la irresponsabilidad de quienes no sujetan su curiosidad a los mandatos de Dios, tendientes a prevenir contra la seducción de las cosas ocultas (Deuteronomio 12:30), y que fascinados por el tema caen en una involuntaria invocación de los seres de las tinieblas, por el prominente lugar que les dan en sus conversaciones, públicas y privadas. Un error grave es hacer afirmaciones relacionadas al mundo espiritual con una certeza y autoridad rayana en el peso de las Sagradas Escrituras, cuando tales aseveraciones no cuentan con el respaldo de la Biblia, ni tampoco puede decirse que tales proposiciones hayan sido demostradas objetivamente, de un modo científico. Como ejemplo de esto, sucede que se adjudican espíritus malignos particulares a particulares pecados humanos; así, se identifican espíritus de odio, de rencor, de mentira; espíritus de lujuria sexual, de borrachera (y modernamente, espíritus de drogadicción); también, demonios especializados en hurtos, violencias y blasfemias; etcétera. Sin embargo, y pese a las “inspiradas” afirmaciones de algunos hombres de iglesia de hoy en día, Jesús “decía que lo que sale del hombre, eso contamina al hombre, porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre” (Marcos 7:20-23). O sea, Jesús decía que el ser interior del hombre, su alma corrompida por el pecado, su naturaleza caída en pecado y enajenada de Dios, es la fuente de los impulsos que llevan al mal; impulsos maliciosos que los enemigos ocultos fomentan, arrastrando al ser humano en la fatídica senda que voluntariamente ha elegido.

Siguiendo la misma línea se menciona a veces al “espíritu de bloqueo mental”, y se relaciona la locura (particularmente la psicosis) con la actividad demoníaca. Para algunos extremistas, no existe prácticamente ninguna otra explicación como causa de las alteraciones mentales que el demonismo. La base de esta posición pretende encontrarse en las Escrituras, pues la Biblia parecería plantear el origen de la locura como la actividad de seres inteligentes, pero no humanos, no biológicos, incorpóreos, es decir espíritus o demonios. Efectivamente, entre el pueblo común de aquella época la locura era atribuida a la actividad del demonio. Por ejemplo, el mismo Jesús fue acusado de loco; los que no estaban de acuerdo con Él decían a quienes le prestaban atención: “Demonio tiene, y esta fuera de sí; ¿porque le oyen?” (Juan 10:20). De pasajes como éste procedería la postura actual entre algunos creyentes, que atribuye toda enfermedad mental (toda locura) a la presencia y actividad demoníaca. Es esta una generalización que pierde de vista en primer lugar que la Biblia reconoce la existencia de enfermedad orgánica, y en segundo lugar que la Biblia no descarta, es más ni menciona (porque nadie en ese tiempo lo habría comprendido) que algunos trastornos mentales pudieran tener su origen en el juego de complejos factores sociales, fisiológicos, psíquicos, y eventualmente espirituales. Considerar a todo enfermo mental como endemoniado es adoptar la misma posición extremista y poco razonable que adoptan quienes niegan la existencia de lo espiritual y sobrenatural, sin que jamás se haya probado científicamente tal inexistencia. Por otro lado el origen seguramente múltiple de los trastornos mentales hace que los citados extremistas ensayen exorcismos que obviamente son infructuosos, porque se pretende expulsar un demonio que no existe, y no se atienden otras problemáticas espirituales, así como tampoco se le presta atención ninguna a lo biopsicosocial. Los exorcismos infructuosos, entre otras consideraciones, desembocan en la insólita dogmatización sostenida por algunos, acerca de la existencia de un tipo de locura que requiere del psiquiatra, y otro que requiere del “ministerio de liberación” (exorcismo cristiano). Esta postura carece completamente de base científica (pues lo metafísico, como ya dijimos, está fuera del alcance de la ciencia basada en evidencias objetivas), y en el terreno doctrinal no cuenta con el más mínimo respaldo bíblico.

Acerca del mundo invisible y sus habitantes, Dios ha revelado lo estrictamente necesario para que el hombre tome sus recaudos, y procure cada día una más sólida comunión con el Señor por medio del Espíritu Santo. Y también, para que no caiga en el error de curiosear en terrenos sobrenaturales prohibidos, especulando fantasiosamente acerca de los mismos, y en su fascinación se asome peligrosamente a un mundo que procura engañarlo, y llevarlo a la perdición.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. El material de este artículo fue adaptado de su libro Sentires, Capítulo 4 Habitantes del mundo invisible, Parte 2, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

 

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