La conquista de las almas

“A través de la Biblia”
11 octubre 2011
“A través de la Biblia”
12 octubre 2011

La conquista de las almas

Descubrimiento y cristianización de América; una historia controversial.

Por: Dr. Álvaro Pandiani

La llegada del evangelio a las tierras americanas.

Es común que asociemos la llegada del cristianismo al Nuevo Mundo con el arribo de los españoles y la introducción de la religión cristiana tras el descubrimiento de América. Sabemos que Cristóbal Colón tenía buenas relaciones con los frailes del convento de La Rábida, y que varios de ellos le acompañaron en sus viajes. (1) El descubrimiento de América fue seguido en forma prácticamente inmediata por la conquista y colonización. Este proceso significó la declinación de las culturas nativas, avasalladas por el poder superior de los conquistadores, fundamentalmente en su capacidad organizativa y bélica. En lo administrativo, en lo técnico y en lo militar, el poderío de los europeos, a despecho de esporádicos y periódicos reveses militares, les permitió imponer su civilización en las tierras amerindias, y no solo desplazar a los indígenas, sino aún dominarlos y esclavizarlos. Una idea de la medida de la cruel explotación a que fueron sometidos los indios americanos surge del sermón de fray Antonio de Montesinos, predicado a los españoles en Santo Domingo, el cuarto domingo de Adviento del año 1511: “Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y tan y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con que autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?”.(1)

Los conquistadores españoles no solo tuvieron los medios para dominar política y militarmente a los pueblos indígenas, sino que, podría decirse, se sintieron en el derecho de imponer su cultura, en la que venía íntimamente entretejida la religión cristiana; “La cristianización de América Latina se confunde con la obra de colonización española” (1). El historiador Justo L. González dice que en la isla de La Española “dejó Colón a fray Bernardo (Boil), a cargo de la evangelización de la isla, y al militar Pedro Margarita, con la encomienda de conquistarla”; y continuación agrega algo muy significativo: “Así comenzó lo que sería tan característico de la empresa española en América, es decir, la unión de los intereses de conquista y colonización con la tarea evangelizadora” (2)

A quinientos dieciocho años de la llegada de los conquistadores europeos, cabe una reflexión sobre la forma en que fue originalmente predicado el evangelio cristiano a los habitantes originales de las tierras americanas. Lo interesante es que esta historia no registra diferencias significativas, según se trate de colonizadores españoles, portugueses, ingleses, franceses u holandeses, así como tampoco si fueron católicos romanos o protestantes. En todos los casos los representantes de la religión cristiana acompañaron a los conquistadores, impusieron la cruz de Cristo, proscribieron las prácticas paganas que constituían la fe y religión de los nativos, y en muchas oportunidades se apoyaron en las armas europeas; el pensador español Miguel de Unamuno dijo que la cristianización de América fue hecha “cruz en ristre” (1) (lo que podría entenderse como la cruz sobre la armadura; la cruz junto a las armas). Y en todos los casos, hubo honrosas excepciones que procuraron predicar la fe cristiana a los indios en forma pacífica, sin acompañar los intereses materiales de los europeos (muchas veces oponiéndose activa y enérgicamente a estos), y sin atropellar los derechos de los indios.

Ejemplos de esto no faltan, pudiendo mencionarse entre los católicos a fray Bartolomé de Las Casas, luchador incansable contra los abusos cometidos contra los indios hasta el día de su muerte, y entre los protestantes llegados a América del Norte a Roger Williams, quién siempre mantuvo buenas relaciones con los nativos, al punto de comprar a los indios el territorio donde luego estableció su colonia (Providence). Lo significativo es que estos (y otros) nombres son recordados justamente por tratarse de ejemplos puntuales y concretos de hombres que en nombre de su fe marcharon a contracorriente de la masa de sus compatriotas, de lo que hacían para promover sus intereses en el Nuevo Mundo, y de los atropellos y atrocidades que cometían para satisfacer su avidez de poder y riquezas. Esta actitud de confrontación con los intereses generales que adoptaron unos pocos es reveladora de una contradicción aún más profunda y dramática, que tiene que ver con la comprensión de la fe cristiana por parte de los europeos que en el siglo 16 cruzaron el océano Atlántico, buscando enriquecerse en América. La vasta mayoría de ellos “eran cristianos sinceros, que a pesar de ello no parecían capaces de ver la relación entre su fe y lo que estaba sucediendo en sus días. Esto es cierto, no solo de Colón y de muchos descubridores, sino también de conquistadores como Cortés y Pizarro, que veían sus empresas como un gran servicio prestado a la predicación del evangelio. La tragedia fue entonces que con toda sinceridad y en nombre de Cristo se cometieron los más horrendos crímenes” (2); mientras tanto, a un hombre como Las Casas la fe cristiana le pareció radicalmente incompatible con el modo inhumano en que los españoles trataban a los indios” (3). La escasa comprensión del evangelio por parte de la mayoría incluía a hombres de iglesia, como por ejemplo el padre Bernardo Boil, quién “parece haber estado más interesado en su propio poder que en su labor misionera” (4). Esa incomprensión de la verdadera esencia del evangelio cristiano también podría explicar los escándalos provocados en España por las obras literarias en las cuales Las Casas denunciaba las atrocidades perpetradas contra los indios americanos, y que dichas obras fueran prohibidas por la Inquisición en el siglo 17.

Es interesante saber que mientras en América los españoles establecían sus colonias, hacían la guerra a las naciones indígenas y conquistaban imperios, en España se suscitaban debates acerca de la legitimidad de la empresa de conquista llevada adelante en el Nuevo Mundo. Se esgrimían varios “títulos” o razones que justificaban la conquista, con el fin de legitimar la invasión de cada vez más territorios. Algunos de estos “títulos”, tales como el señorío universal del emperador Carlos V o del pontífice romano, el paganismo e idolatría de los indios y sus pecados, fueron refutados por Francisco de Vitoria, teólogo y filósofo dominico que ocupó la Cátedra de Teología de la Universidad de Salamanca, y a quién se conoce como el padre del derecho internacional moderno (5); de la doctrina de Vitoria surgía que los indios eran los señores naturales de sus tierras, lo que por tanto desautorizaba la conquista de sus territorios por los españoles. Incluso, Vitoria refutó uno de tales “títulos”, el cual argüía que los indios habrían “elegido” el señorío español (¡!), replicando que dicha elección los indígenas tendrían que haberla hecho en condiciones libres de miedo y de ignorancia, lo que no se había dado en América.

Lo que sin embargo resulta descorazonador es que un teólogo de la talla de Vitoria sí validara otros “títulos” para legitimar la conquista de América; más desconcertante aún es que haya expresado dudas ante el argumento de que los indios americanos carecían de la capacidad o madurez mental para gobernarse a sí mismos y gobernar sus tierras, por lo que los españoles debían asumir su tutela. El hecho de que un pensador moderado como él, no inclinado a justificar alegremente a sus compatriotas para que estos continuaran sus tropelías en el Nuevo Mundo, albergara dudas sobre la legitimidad o no de un argumento que en definitiva configura una pretensión de superioridad étnica del europeo blanco sobre el indígena americano, no solo nos permite vislumbrar algo del contenido del pensamiento de la época, sino que muestra la pobreza y enrarecimiento del cristianismo de quienes colonizaron las tierras americanas; cristianismo que en su forma original, bíblica, escritural, enseña la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, amados por igual por el mismo Dios y Creador de todos (Gálatas 3:28).

Otro aspecto deplorable de la forma en que fueron cristianizadas las masas indígenas del Nuevo Mundo por los conquistadores españoles tiene que ver con el ejemplo que el cristianismo de dichos conquistadores daba a los indios, a quienes los misioneros, sacerdotes y frailes, invitaban a renunciar a los ritos paganos que habían conocido toda su vida, para abrazar la fe en Jesucristo. El propio Francisco de Vitoria había expresado sus reservas sobre la eficacia de la presentación del evangelio hecha a los indígenas americanos, al decir: “no estoy convencido de que hasta este momento la fe cristiana les haya sido presentada a los bárbaros de tal modo que si no la aceptan estén en pecado mortal” (3). Baste pensar, por ejemplo, en un Hernán Cortés, quién durante la invasión a México marchaba destruyendo los ídolos de los indígenas, pese a tener a su lado al padre Bartolomé de Olmedo, quién insistía en que no era esa la forma correcta de convertir a los nativos (6). De la expedición de Cortés a México se nos dice que mientras el conquistador exhortaba a los indios a abandonar los sacrificios humanos y otras “malas costumbres”, los españoles iban robando, violando mujeres, y tratando a los indígenas como menos que humanos. Con tales ejemplos, que sabemos los europeos dieron en todas partes, es comprensible, bien que trágica, la decisión del cacique Hatuey, quién resistió el avance de los españoles en la isla de Cuba. Se cuenta que derrotados los indios y capturado Hatuey, se le condenó a morir en la hoguera; antes de morir se le ofreció el bautismo, pues según el sacerdote, el rito le abriría las puertas del cielo. Hatuey se negó entonces a recibir el bautismo, aduciendo que si los cristianos iban al cielo, él no deseaba ir también allí. (4)

Como ya se comentó, aquellos hombres, en general religiosos, que preconizaban una evangelización pacífica, llevada adelante con amor y en interés del bienestar de los indios, eran honrosas excepciones. Además de los pocos mencionados, vendrían otros con el correr del tiempo, en esos tres siglos en que la América española fue colonial, que incluso se adentraron en el continente, evangelizando en lugares donde los españoles no habían llegado, quizás para evitar el obstáculo dado por el pésimo ejemplo de sus compatriotas “cristianos”.

Es realmente triste acercarse a la historia oscura de la cristianización de América, que no todos los historiadores del cristianismo abordan en profundidad, y tomar contacto con una crónica de abusos, conquistas logradas haciendo la guerra con un armamento superior, que incluía artillería y caballería, algo desconocido para los indios, para finalizar encontrándose con conclusiones lúgubres como la que nos acerca, nuevamente, Justo L. González: “A la postre los pocos que lograron sobrevivir aceptaron el bautismo de igual modo que aceptaron la dominación española, porque no les quedaba otra alternativa” (4).

Esta historia registra más incidentes memorables, que debemos recordar y tienen que movernos a diversas reflexiones, todo lo cual intentaremos hacer en la próxima entrega de este tema.

(1) Vila S, Santamaría D, Descubrimiento de nuevos mundos. La evangelización de América. En Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie; España, 1979. Pág. 107-110.

(2) González JL, Un nuevo mundo. En Historia del Cristianismo, Tomo 2. Editorial Unilit; Colombia, 1994. Pág. 147-156.

(3) Op. cit. La justificación de la empresa. Pág. 157-166.

(4) Op. cit. La empresa antillana. Pág. 167-172.

(5) Álvarez. CE, Vitoria, Francisco de. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe; Colombia, 1989. Pág. 1063.

(6) González JL, La serpiente emplumada. En Historia del Cristianismo, Tomo 2. Editorial Unilit; Colombia, 1994. Pág. 173-186.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *