La transmisión de valores de padres a hijos

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La transmisión de valores de padres a hijos

Por: Ps. Graciela Gares*

Se dice que cada generación tiene un portafolio de “valores” para pasar a la generación siguiente y ello es tarea de padres, tíos, abuelos y de cualquier adulto que interactúa con un joven.

Según la frase de un gobernante de nuestro país, los adultos estamos fallando en la transmisión de valores a los jóvenes y de allí la expansión sin control de la drogadicción y la delincuencia entre esa población.

Pero ¿cómo acercarnos a estos adolescentes que nos desconciertan con sus gustos musicales, nos desafían con sus piercing y tatuajes, utilizan códigos de lenguaje a veces incomprensibles para los adultos y tutean a todo el mundo?

Aquellos padres que han cultivado un vínculo muy cercano a sus hijos desde pequeños, probablemente encuentren un camino despejado para hablar de valores con sus descendientes. Pero hablemos de cuando ello no ocurre.

Hace poco tiempo atrás, se proyectó en nuestro medio la película muy premiada “El discurso del rey”, ambientada en la década de 1930, donde el rey de Inglaterra Jorge V se aprestaba a transferir el reinado a su hijo mayor.

La trama de la película muestra a un rey envejecido, con dos hijos ya hombres y puede entreverse allí el drama de la transmisión de valores como la responsabilidad, el sentido del deber y el patriotismo.

En momentos en que Inglaterra y el mundo de entonces afrontaban situaciones muy difíciles en un clima bélico, David, el hijo mayor del anciano rey renunciaba a asumir las responsabilidades que le correspondían y se dedicaba a una vida licenciosa y egoísta. Al abdicar de su derecho al trono debió asumir su hermano menor, Alberto. Éste había absorbido los valores que su padre quiso trasmitirles, pero la paternidad rígida y autoritaria de Jorge V habían transformado a Alberto en un individuo inseguro, tímido, frustrado y ello se expresaba en el trastorno del habla que padecía; era tartamudo.

A lo largo de la película, mientras Alberto era asistido por un terapeuta del habla para superar la tartamudez, se podía advertir cómo su padre había fallado. Tratando de formar bien a sus hijos había sido cruel con las debilidades de Alberto, no había respetado sus gustos y su singularidad como persona, ni se había mostrado cercano afectivamente a sus hijos.

Esa peripecia nos ayuda a pensar que para trasmitir valores a las nuevas generaciones, ya sean hijos, nietos, sobrinos o los jóvenes de nuestro vecindario, debemos acercarnos a ellos respetando su forma de ser, estando dispuestos a escucharlos, y hablarles con mucho afecto de qué es bueno y qué es malo, con firmeza, pero sin caer en la rigidez o la crueldad.

Los adultos podremos sentirnos desestabilizados por preguntas de los jóvenes como éstas:

¿A vos de qué te sirvió trabajar toda la vida, si otros sin esforzarse viven mejor que vos?

¿De qué te sirvió ser fiel en la pareja si ella o él al final te engañó?

¿Para qué te valió casarte formalmente si al final tu relación acabó en divorcio?

Lo que muchos adultos desconocen es que quienes plantean tales preguntas desafiantes tienen dentro suyo muchísima inseguridad y esa es su forma de acercarse a nosotros buscando convicciones sólidas para su vida.

Por tanto, lo peor que podemos hacer en ese momento es dudar de aquellas convicciones sobre las cuales fundamos nuestras vidas o renegar de nuestros valores.

Por el contrario, reafirmemos nuestros valores frente a ellos y cumplamos con el mandato de Dios:

“Instruyan a sus hijos hablándoles… tanto en la casa como en el camino, y cuando se acuesten y cuando se levanten.” (Deuteronomio 11:19 – La Biblia).

* Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

 

2 Comments

  1. Carlos dice:

    El escritor Alfonso Aguiló aporta lo siguiente con respecto a este tema y creo que es muy esclarecedor y vale la pena leerlo, allí va:
    La familia es quizá el mejor ámbito para cultivar la sobriedad y la templanza. Educar en esos valores impulsa al hombre por encima de las apetencias materiales, le hace más lúcido, más apto para entender otras realidades. En cambio, la destemplanza ata al hombre a su propia debilidad. Por eso, quienes educan a sus hijos en un torpe afán de satisfacerles todos sus deseos, les hacen un daño grande. Es una condescendencia que puede nacer del cariño, pero que también -y quizá más frecuentemente- nace del egoísmo, del deseo de ahorrarse el esfuerzo que supone educar bien. Como la dinámica del consumismo es de por sí insaciable, lleva a las personas a modos de ser caprichosos y antojadizos, y les introduce en una espiral de búsqueda constante de comodidad. Se les evitan los sufrimientos normales de la vida, y se encuentran luego débiles y mal acostumbrados, con una de las hipotecas vitales más dolorosas que se pueden sufrir, pues siempre harán poco, y además ese poco les costará mucho. Por eso me atrevería a decir que una educación excesivamente indulgente, que facilita la pereza y la destemplanza -suelen ir unidas-, es una de las formas más tristes de arruinar la vida de una persona.

    Por eso siempre veo con tristeza los signos de ostentación y de exceso de comodidad. Sufro viendo cómo pierden esa libertad que desaparece en el momento en que comienza el exceso de bienes. El afán por el lujo lleva consigo un despojamiento, una apuesta equivocada por lo material que deja a las personas sin defensas ante los desafíos de la vida.

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