Navidad Viviente

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Francisco de Asís y el recuerdo imperecedero de una Navidad medieval.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Entre los artículos tradicionalmente vinculados a las fiestas navideñas está el pesebre, también llamado nacimiento, belén o portal en diferentes países de habla hispana. El pesebre es una representación artística del nacimiento de Jesucristo, generalmente hecha con figuras tridimensionales, estatuitas o maquetas, fabricadas de materiales diversos, entre los que cabe mencionar corcho, madera, papel, plástico, etc. Si bien se nos dice que desde la más remota antigüedad cristiana existen representaciones artísticas del nacimiento de Jesús, incluso en las catacumbas romanas, donde los primitivos cristianos se refugiaban de sus perseguidores, la asociación de dicha representación con la fecha (occidental) de la Navidad proviene de la Edad Media.

De varios siglos de antigüedad, y trascendiendo los países de habla hispana, la tradición del pesebre ha ido desarrollándose y enriqueciéndose, hasta volverse un arte elaborado, incluso con reglas a cumplir. Existe una asociación belenista (“pesebrista”) internacional, la Universalis Foederatio Praesepistica (UN-FOE-PRAE), que adoptó como definición del pesebre la hecha por un folklorista catalán, Joan Amades, que dice: “Entendemos por pesebre (o belén) la representación plástica y objetiva del nacimiento de Jesús mediante la disposición de un paisaje visto de manera panorámica, en el que se sitúa una diversidad de figuras móviles que se pueden mover y alterar de sitio a gusto del que hace el pesebre. Toda otra figuración del nacimiento del Mesías, representada en pintura, vidriería, bajorrelieve o cualquier otra manifestación artística, que no reúna las condiciones indicadas, no puede ser considerada como pesebre” (Belén (escena del nacimiento de Jesús) es.wikipedia.org/…/Belén_(escena_del_nacimiento_de_Jesús)). Resulta interesante que esta tradición navideña, de valor nada despreciable pues nos recuerda el nacimiento de Jesús como evento central de la Navidad, en medio del universal caos y paganización de la navidad tal como hoy en día es celebrada por el mundo en general, resulta interesante que esta tradición reúna personas que se preocupan de definirla y cultivarla año a año. Y si profundizamos más en el tema, además de interesante es sorprendente, pues la definición va seguida por el detalle de las figuras que lo componen (Jesús, María y José, los animales, los pastores, los ángeles, los magos de oriente, la estrella de Belén), a lo que siguen varias clasificaciones: según el montaje (abiertos o panorámicos, y cerrados), según la técnica de confección (populares y artísticos), según la manera y el estilo de la figuras y el paisaje (bíblicos, locales o regionales, y modernos), según el tamaño (desde miniaturas, pasando por los pesebres de sobremesa, hasta los monumentales), y según los personajes empleados (vivientes, y fijos).

Todo este detalle acerca de la tradición del pesebre hace surgir la impresión de que su armado ha dejado de tener como objetivo la conmemoración del nacimiento del Salvador del mundo, para transformarse en un fin en sí mismo. En otras palabras, los pesebristas parecerían, y repito, parecerían preocuparse más del correcto, perfecto, artístico y vistoso armado del pesebre, que de Jesús de Nazaret, el Señor y Salvador, cuya Natividad, para celebrar, representan visualmente.

Es cierto que entre los cristianos protestantes o evangélicos el armado del pesebre no se practica, ni mucho menos, en la medida en que se lo hace entre los católicos; tal vez por el origen justamente católico de la costumbre, unido al visceral rechazo que hacia las imágenes religiosas tiene el cristianismo evangélico. Sin embargo, debemos decir a título personal, entendemos que la tradición del pesebre es mucho más evocadora de la Natividad de Jesucristo, verdadero origen de la Navidad y cuyo espíritu aún persiste en la navidad moderna (bien que enrarecido y diluido a más no poder), que otros emblemas navideños profundamente enraizados en las formas actuales de la celebración, tales como el árbol de navidad, los muérdagos, el pan dulce o la figura de Papá Noel. Ni hablar de la fiebre del consumo fomentada por el comercio en múltiples ramos; entrar otra vez en ese tema sería ya llover sobre el océano. A pesar de lo dicho sobre la escasa práctica del armado del pesebre entre los cristianos protestantes, no es extraño ver en los cultos de navidad de las iglesias evangélicas, generalmente el último domingo antes de Nochebuena, representaciones dramáticas del Nacimiento, verdaderos pesebres vivientes, habitualmente hechas por niños. Allí pueden apreciarse, en ese momento cumbre de la celebración navideña, niños disfrazados en lo posible a la usanza de la Palestina del primer siglo, como José, María, amén de algún bebé al que le toca hacer de Niño Jesús; también están los ángeles y los pastores, y si el espectáculo se hace en alguna comunidad pueblerina o rural, como me ha tocado presenciar, incluso hasta se ven algunas ovejas, ovejas vivas (aunque los pesebristas tradicionales hablen del buey y el asno, por aquello que está escrito en Isaías 1:3). En síntesis, un pesebre viviente de tamaño natural y bíblico, si fuéramos a encasillarlo en las clasificaciones de los pesebristas entendidos.

Hechas estas consideraciones y teniendo en cuenta las mismas, a saber: la práctica universalidad del armado del pesebre en los países de herencia cristiana, sobre todo católica, la complejidad del arte pesebrístico, vuelto casi un fin en sí mismo y no un símbolo que apunte hacia el Salvador y el misterio de su Encarnación, la escasa práctica del armado del pesebre entre los protestantes, contrapesada por la costumbre de montar verdaderos y sencillos pesebres vivientes en los cultos navideños de muchas congregaciones evangélicas, la propuesta ahora es volver los ojos hacia ese evento de la Edad Media a que hicimos referencia al inicio: una Navidad medieval, la noche del 24 de diciembre del año 1223, cuando en Greccio, una localidad italiana situada a cincuenta quilómetros de la ciudad de Asís, los lugareños vieron con sus propios ojos lo que se considera el primer pesebre viviente de la historia cristiana. Porque como en tantas otras cosas que tienen que ver con la fe es bueno volver a los principios, miremos ahora al responsable de aquella Navidad medieval que dejó un recuerdo imperecedero, renovado hasta el presente en cada pesebre que se arma en el mundo en época navideña, y a lo que intentó hacer con aquel acto; hablamos de Francisco de Asís, y su mensaje de Navidad de aquel año de 1223.

Cuenta Donald Spoto en su biografía de Francisco de Asís que a mediados de diciembre del año referido, Francisco y algunos de sus frailes viajaron a una ermita situada cerca de Greccio. Una vez allí, mandó un mensaje a un noble de la ciudad, el cual era un hombre devoto, y le pidió su colaboración para preparar una celebración navideña. Francisco se basó en la narración del evangelio de San Lucas, capítulo 2, donde dice que cuando Jesús nació, María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, es decir, un comedero de animales, o el establo de los mismos. Suponiendo un ambiente rural, y por lo tanto, con animales probablemente presentes, Francisco recordó un pasaje del Antiguo Testamento, el ya referido Isaías 1:3, donde puede leerse: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor”. Esto lo indujo a solicitar que llevaran esos animales, un buey y un asno, los cuales fueron amarrados cerca de un matrimonio de la zona que tenía un hijo pequeño, quienes personificaron a la Sagrada Familia. Los compañeros de Francisco, a pedido de él, representaron a los pastores y los magos. Otras fuentes dicen que el primer pesebre viviente solo tenía animales, pero Donald Spoto nos relata que había, además de las bestias, seres humanos encarnando a los principales actores de aquella noche tan lejana en el tiempo, en que Jesús nació en las afueras de Belén. Este biógrafo sigue diciendo que “Velas y antorchas iluminaron el cielo de la Nochebuena, y el cuadro vivo – un drama litúrgico o auto sacramental medieval – convirtió a Greccio en una nueva Belén” (Spoto, Donald. Francisco de Asís. Javier Vergara Editor; Argentina; 2004. Pág. 241).

Cuán diferente ha de haber sido aquella Nochebuena de las que nosotros, hoy día, conocemos y estamos habituados a tener. Y sin embargo, qué hondamente significativa debió ser para aquellos que la presenciaron. ¿Qué habrá sido para esas personas, no acostumbradas a ver las historias que les contaban en la iglesia sino en cuadros y dibujos, poder contemplar la escena del Nacimiento así representada? Aquella noche fría y silenciosa, tan silenciosa como que no había ruido de motores, música amplificada ni estallido de petardos, aquella noche silenciosa, en que solo se oía el canto de los grillos y el susurro del viento entre los árboles, a la temblorosa luz de las antorchas y rodeados por los puntos luminosos de los candiles, los presentes pudieron ver a Jesús, a María y a José, a los pastores que vinieron a adorar al Niño, e incluso a los magos de oriente, aunque estos últimos obviamente no estaban allí en el momento del Nacimiento; pudieron verlos como si hubieran sido transportados en el tiempo más de mil doscientos años hacia el pasado. No cabe duda que aquella Nochebuena fue muy significativa para quienes la vivieron; prueba de ello es que casi ocho siglos después aún se recuerda, y se cuenta y se comenta; y quizás, se añora y se anhela recibir así una Navidad, abismados y absortos en la exclusiva contemplación del milagro de la Encarnación del Eterno Hijo de Dios, llegado a nosotros como un pequeño e indefenso recién nacido. Una Navidad sin música amplificada, sin gritos y risotadas, ni borracheras, ni comilonas; una Navidad sin postales, sin árboles de navidad, muérdagos ni pan dulce. Una Navidad sin Papá Noel, pero no sin regalos; porque el principal regalo está allí, ante los ojos del alma humana perdida y miserable, pero arrepentida y esperanzada; allí, envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

A la medianoche, según la costumbre impuesta por el catolicismo imperante, un sacerdote dijo la misa de gallo; y luego Francisco, un fraile laico, predicó a la gente allí congregada. Habló de la misericordia y bondad de Dios, quién se aproximó al ser humano en la forma de un niño inocente. Luego, el propio Francisco y el noble de Greccio que le había ayudado sirvieron un banquete para las personas que allí se habían reunido. Finaliza el biógrafo diciéndonos lo que esta Navidad Viviente fue para Francisco de Asís: “una representación simbólica de un acontecimiento cotidiano: el renacimiento de Cristo en el corazón de todos aquellos que quisieran aceptarlo”. Qué palabras trascendentes, llenas de sustancia, de esencia espiritual, y tan conocidas por los cristianos protestantes; los conceptos de aceptar a Cristo, y que Cristo renazca en nuestro corazón, qué conocidos y cotidianos son para nosotros los evangélicos, y sin embargo qué insólito y sorprendente encontrarlos en boca de un fraile católico, una Nochebuena medieval de hace casi ochocientos años. Eso debería hacernos reflexionar y evaluar las cosas relacionadas a la fe con amplitud de criterio, y no solo según la doctrina exclusiva y/o exclusivista de nuestro grupo, fraternidad, comunidad o confesión cristiana a la que pertenezcamos.

Y en relación a la Navidad, sería magnífico que el recuerdo de una Nochebuena medieval que nos dejó ese hombre sorprendente, Francisco de Asís, nos haga pensar, saber, descubrir quizás, que hay otra manera de celebrar esta fecha, bien que artificial, producto de la Iglesia de Roma en el siglo IV, pero sí que representativa de aquel magno evento, sumido en la bruma del pasado: el Nacimiento de Jesús como un niño inocente, indefenso, envuelto en pañales y acostado por su madre en un pesebre de las afueras de Belén, para llegar a ser el Salvador de todos los que creen en Él, el Vencedor de la muerte, y el Señor de la vida de quienes le reciben con fe, para que renazca en sus corazones.

Esta próxima Navidad, qué oportunidad tenemos para que Cristo nazca, una vez más, en nosotros.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. Adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en diciembre de 2010.

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