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El ser cristiano en los albores de la era cristiana – 3

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Al considerar ahora qué ocurrió una vez que los apóstoles  y todos los cristianos de aquel primer siglo desaparecieron de la escena, haremos bien en recordar que la sujeción a las enseñanzas apostólicas de aquellos primitivos creyentes no respondían a obligación o coerción, ni a miedo, temor o terror, así como tampoco a comodidad o conveniencia (por lo menos en los creyentes sinceros), sino a una libre decisión fundamentada en el irrebatible argumento del amor.

¿Que significó el ser cristiano a partir del segundo siglo d.C.?

Una implicancia mayor, que ya estaba presente desde el principio de la historia cristiana y continuaría por espacio de doscientos años más, era el siempre presente peligro de la persecución, que en aquellos días turbulentos tomaba formas muy violentas y crueles. Este es llamado el período de la Iglesia perseguida ( Hurlbut JL, Roswell J, Narro M, La Historia de la Iglesia Cristiana. Editorial Vida, USA, 1975; pág. 45-62). Comenzando con la lapidación de Esteban, el protomártir cristiano, siguiendo con la ejecución del apóstol Jacobo, hermano de Juan, y el encarcelamiento, tortura y presumiblemente muerte de muchos cristianos judíos de la primitiva Iglesia de Jerusalén, persecuciones conducidas por los judíos, hasta la ejecución de Santiago, el hermano del Señor, en el 62 d.C., bajo el sumo sacerdocio de Ananus (el Ananías que quiso acabar con el apóstol Pablo; Hechos 24), el camino por donde avanza el cristianismo es señalado por un rutilante rastro de sangre.

Aproximadamente entre el 64 y el 68 d.C. estalló una persecución que llevó a miles de cristianos a la muerte en Roma y sus alrededores; la persecución se repitió con mayor magnitud treinta años después bajo el reinado de Domiciano, abarcando extensas regiones del imperio. En esa oportunidad habría sido exiliado el apóstol Juan a la isla de Patmos, un islote del mar Egeo a cinco quilómetros y medio al suroeste de Asia Menor. Durante ese período de destierro solitario es que Juan escribe las visiones del Apocalipsis, en cuyo inicio se transparenta su propia condición al decir: “Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo.” (1:9). También hace la breve mención de un mártir, seguramente paradigma de los miles que estaban muriendo por su fe en aquellos días: “Yo conozco tus obras y donde habitas: donde está el trono de Satanás. Pero retienes mi nombre y no has negado mi fe ni aún en los días en que Antipas, mi testigo fiel, fue muerto entre ustedes, donde habita Satanás.” (2:13). Antipas, el “testigo” (del griego martyr), podría tomarse como el nexo entre el cristianismo del siglo I y sus sucesores del siglo II, quienes, si prestaban atención a la revelación de Juan, sabrían qué esperar del futuro inmediato: “No temas lo que has de padecer. El diablo echará a algunos de ustedes en la cárcel para que sean probados, y tendrán tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida.” (2:10).

Sobre los “diez días” dice el teólogo Charles Ryrie: “Esto puede referirse a un período de diez días de intensa persecución, que estaba por llegar, o a diez períodos de persecución desde Nerón hasta Diocleciano” (Ryrie C, Notas al Apocalipsis; Biblia de estudio. Editorial Portavoz, USA, 1996; pág. 1783). Es decir, desde el año 66 al 305 d.C. Por lo tanto, la perspectiva del martirio era una implicancia mayor para los creyentes; el ser cristiano significaba la posibilidad de verse obligado a sellar el testimonio de la fe con la propia sangre, y transformarse en un mártir. Siempre me resultó interesante la forma en que estas personas afrontaban la perspectiva del martirio. Nuestra cultura occidental de pleno siglo veintiuno es tan diferente que el ser cristiano implica muchas cosas, pero difícilmente esté en la mente del hombre o la mujer de nuestra sociedad en estos días, que el ser cristiano pueda significar la muerte; y menos, una muerte violenta, sangrienta y cruel. A menudo me he preguntado en qué medida el cristianismo de los actuales cristianos, nuestra fe en Cristo hoy, es tan firme como la de aquellos que debieron afrontar el suplicio por su fidelidad a Jesús de Nazaret. Él dijo en una ocasión: “… los de la piedra son los que, habiendo oído, reciben la palabra con gozo, pero no tienen raíces; creen por algún tiempo, pero en el tiempo de la prueba se apartan.” (Lucas 8:13).

Indudablemente, las persecuciones romanas llevaron  a la apostasía a muchos que en tiempo de bonanza profesaban ser cristianos; pero también indudablemente, muchísimos no vacilaron en derramar su sangre antes que negar a Cristo. La perspectiva del martirio eran tan fuerte, y tan real e inminente el peligro, que el morir por Cristo se idealizaba: significaba morir por la mayor y más grandiosa de las causas. El martirio era considerado un privilegio (“A ustedes les es concedido a causa de Cristo, no solo que crean en él, sino también que padezcan por él”; Filipenses 1:29). También era motivo de bienaventuranza, o dicha: (Bienaventurados serán cuando por mi causa les insulten, les persigan, y digan toda clase de mal contra ustedes, mintiendo”; Mateo 5:11). Además, constituía la coronación de una carrera brillante; una muerte con gloria y un pasaporte a la gloria: “Yo ya estoy próximo a ser sacrificado. El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia…”; 2 Timoteo 4:6-8a). Finalmente, era la unión perfecta y definitiva con Cristo: (“De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”; Filipenses 1:23).

En una era de inseguridad y temor, donde nadie podía tener certeza de nada, ni de la vida, la libertad, la propiedad, la lealtad o el amor, aquellos primitivos cristianos encontraban en Cristo un cimiento sobre el que fundamentar sus vidas; un cimiento que llenaba esa vida de tal seguridad, paz, esperanza y valor, que cuando era necesario, estaban dispuestos a renunciar a la vida, pero no a ese cimiento. Ignacio de Antioquia escribe en su Epístola a los Romanos, mientras era llevado a la capital del imperio para ser ejecutado: “Bueno es para mí morir para unirme a Cristo Jesús. A Aquel a quién busco y que murió por mí; a Aquel quiero que resucitó por nosotros; mi nacimiento se aproxima. Dejadme recibir la plena luz; cuando esté allí seré hombre. Ya no hay en mí fuego para amar la materia, sino agua viva que murmura y dice dentro de mí: ven con el Padre.” (Vila S, Santamaría DA, La sangre de los mártires es semilla de cristianos; Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie, España, 1979; pág. 33-6). Un desprendimiento del interés por la vida como se ve en Ignacio, que en estos tiempos modernos podría parecernos cercano a la enajenación, se puede explicar de dos maneras: o responde a un fanatismo patológico, en un individuo mentalmente perturbado, o se debe a un vínculo espiritual poderoso, un sublime amor a Dios, y una certeza de la eternidad inquebrantable; ninguna de estas cosas puede explicarse por otro argumento que la fe.

La firmeza inconcebible de aquellos que en obediencia al Señor se mantuvieron fieles hasta la muerte, conmovió profundamente a los paganos a quienes tocó contemplar tal espectáculo; muchos, impresionados por esa fidelidad, buscaron la causa y la hallaron: hallaron a Cristo. A raíz de este dinámico proceso Tertuliano acuñó la frase inmortal que dice: “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Ahora bien, así como los cristianos de los siglos II y III tuvieron esa entrega y disposición para darlo todo por su fe, aún la propia vida, al igual que los del siglo I, cabe preguntarse si sus motivaciones eran similares. Es decir, cabe preguntarse si su comprensión de la fe cristiana era la misma. Ya desde fines del siglo I comenzó a circular entre las iglesias cristianas un cuerpo de literatura cuya producción se prolongó hasta mediados del segundo siglo. Estos escritos, que corrían paralelamente a los escritos que hoy  conforman el Nuevo Testamento, escritos estos últimos aún sin canonizar, eran aceptados por muchas iglesias como revestidos de autoridad, a la par que la literatura surgida de puño y letra de los apóstoles. En la última entrega de este ciclo abordaremos este tema: ¿qué creían los cristianos del segundo y tercer siglo de la era cristiana?

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

6 Comments

  1. Sembrador dice:

    Mi querido osbaldo (¿va con b?), creo que lo que usted afirma sobre los mártires antiguos, en la hipotética situación de que debieran enfrentarse a la época actual, es pura especulación sin fundamenta alguno. Por favor, piense un poco más detenidamente sus futuros comentarios.
    Con mis más atentos saludos.

    • osbaldo santacruz dice:

      estimado sembrador..estoy registrado con (b),disculpeme no fue mi intencion entrar en el terreno de la especulacion,solo intente hacer un comentario a una pregunta que se hace el dr. pandiani acerca de si nuestra fe,estaria al nivel de los primeros martires cristianos.sin especular,las circunstacias son distintas,tanto ayer como hoy nuestra fe fue y esta siendo probada,el punto es, que nos toco vivir en esta epoca y que nos debemos animar unos a otros para estar fuertes para no apostatar del sr. jesus.
      SALUDOS.

      • Sembrador dice:

        De acuerdo Osbaldo (lo de la “b” fue una pregunta para saber, nada más), estoy de acuerdo con usted en que las circunstancias son distintas, y los desafíos muy diferentes; de igual modo, es cierto que hoy debemos, como siempre ha sido a lo largo de la historia, animarnos unos a otros para no apostatar de Cristo.
        Ahora bien, creo si los mártires cristianos de aquellos siglos estuvieron dispuestos a enfrentar la tortura y la muerte por mantenerse firmes en su fe en Cristo, bien podrían resistir los retos de la época actual, por ejemplo, la tentación del consumismo, la pornografía por internet, etc. No estoy tan seguro de la inversa: que los cristianos de hoy en día estuvieran dispuestos a enfrentar tortura y muerte por su fe (como se dijo, creo, por lo menos los cristianos de occidente; en el mundo islámico la situación es otra). Aunque las circunstancias sean diferentes, reconocerá usted que la dimensión del peligro es otra.
        Seguro que hoy en día ha de haber cristianos dispuestos a darlo todo por Jesús, incluso la vida; pero la fe de la cristiandad actual es en general bastante laxa, y centrada en las “bendiciones” a recibir, más que en la fidelidad a cualquier costo. No sé, es una impresión personal; estaría bueno que se debatiera sobre esto, y ese es el principal mérito (creo) de su propuesta, mi hermano.
        Ahora, que quién estuvo dispuesto a ser azotado, apaleado, quemado o comido por los leones, por mantenerse firme en su fe en Cristo, apostatara ante los desafíos de nuestra cultura tecnológica… no me parece planteable.

        • Roberto Penayo dice:

          Estimado Sembrador: estoy de acuerdo con el planteamiento, de que los cristianos de los primeros siglos resistirian lo que el mundo moderno ofrece, y que la mayoria de los cristianos actuales, hay siempre honradas excepciones, probablemente apostatariamos, sobre todo teniendo en cuenta que hoy por cosas menos graves que acontecen en nuestra vida damos marcha atras, cuanto mas si la propia vida esta en peligro. Respeto en gran manera a los cristianos actuales en los paises musulmanes, en el lejano Oriente, donde aun su propia vida esta en juego cada dia, y ante los misioneros y pastores que dejan su vida en el mundo occidental por la causa de Cristo y tienen la valentia de enfrentar a los leones actuales. Pasamos por pruebas diferentes, pero creo que en determinados casos muy livianas en comparacion con los primeros cristianos, pero aun asi muchas veces el cimiento de nuestra fe que es Cristo parece que no esta tan firme.

          • José Ruiz dice:

            Estimados. Creo que un Cristiano de hoy que sea capaz de resistir a las tentaciones del mundo por la fe, también sería capaz de enfrentar la muerte por la fe con alegría, el asunto es que esos cristianos hoy o son muy pocos o tal vez ya no existan. Lo que nos remite al asunto de que no estamos evangelizados como aquellos primeros cristianos, la fe no hace en nuestros corazones lo que se espera, una total entrega a nuestro Señor.

  2. osbaldo santacruz dice:

    creo que si nos transladamos al tiempo de la persecucion cristiana,muchos de los que nos consideramos cristianos llenos de fe.apostatariamos al vernos frente a la muerte.
    pero que pasaria si transladamos a los primeros martires que dieron su vida por el nombre del senor jesus a nuestro tiempo,el de la tecnologia,de la era espacial ,del avance de la medicina,
    de la clonacion,etc. cuando hemos perdido ya,la capacidad de asombro,creo,que muchos martires apostatarian de la fe en el sr. jesus. todo en su debida dimencion,creo que lo que mas importa es que mantengamos firmes nuestra fe en el sr. jesus en esta asombrosa era.Dios les bendiga.

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