Aborto y democracia

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aborto

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

No es un cruce de calles de Montevideo, pero sí representa una encrucijada en la que estamos los uruguayos, otra vez, ante el tema aborto. Y como en otras oportunidades en que este tema ha estado en el tapete, multitud de actores políticos y sociales, a favor y en contra, están sometiendo sus opiniones y argumentos al escrutinio de la opinión pública. Y creemos que desde esta columna, en la que otras veces ofrecimos nuestro parecer como cristianos evangélicos sobre el tema, también es pertinente abordarlo una vez más.

Y lo haremos, una vez más, alineándonos con quienes defienden principios cristianos, que no por tradicionales son menos valederos y beneficiosos que aquellos que el estamento político, los medios de prensa y algunas organizaciones pretenden hacernos pensar. Como evangélicos nos hacemos eco fundamentalmente de dos de estos principios: un goce equilibrado de la sexualidad, en el marco legítimo del matrimonio, y un firme rechazo del aborto. Así como es cierto que los cristianos evangélicos no tenemos una posición monolíticamente opuesta a la planificación familiar y el uso de métodos anticonceptivos – esto a diferencia de los católicos – e incluso podemos llegar a postular que sería mejor prevenir la concepción antes que, una vez producida ésta, incurrir en el aborto, también es verdad que tampoco en cuanto al aborto la posición de los cristianos evangélicos es uniforme; en efecto, hay denominaciones evangélicas que estuvieron a favor de su despenalización, y ahora están a favor de mantener la ley de defensa de la salud sexual y reproductiva. Aunque filosóficamente, todos consideren al aborto un crimen.

Uno podría llegar a creer que, con la aprobación y promulgación de la ley que finalmente despenalizó el aborto en el Uruguay, los valores últimos y más importantes, sobre todo la defensa de la vida, se habían ido al infierno. La constante presión de los distintos grupos pro aborto había tenido su fruto, y la causa de todos quienes entendían que debía defenderse la vida del niño no nacido había sido definitivamente derrotada. Pero así como las cosas humanas son relativas, en política nada es definitivo. Agradezcamos a Dios que hubo quienes no aceptaron que esto fuera definitivo, y entendieron que había que seguir peleando por la vida. Porque se legisló pasando olímpicamente por arriba de los contenidos filosóficos de una fe que, como la cristiana, tiene en Montevideo la adhesión del 52,4% de la población, según el informe Condiciones de vida en Montevideo – 2do semestre 2008, del Instituto Nacional de Estadística; y además, se aprobó la actual legislación en base a una diferencia de apenas un voto. Mediando la infame presión del partido sobre algunos legisladores oficialistas disidentes (presión eufemísticamente llamada disciplina partidaria); y mediando también la artimaña de salir de sala el legislador disidente, para que al entrar su suplente votara por la afirmativa. Esto, en vez de quedarse en sala, mantenerse firme en sus convicciones y votar por la negativa; porque esto es lo que se esperaría de un hombre, o una mujer, que tienen bien puesto lo que se tiene que tener bien puesto para ser considerados hombres – y mujeres – de principios.

Así llegamos, recolección de firmas mediante, a la instancia del próximo 23 de junio, día en que se realizará una consulta popular voluntaria, para someter a referéndum la ley que despenalizó el aborto en Uruguay. Vale repetir aquí lo que por todos lados se está aclarando: que el domingo 23 de junio no es el referéndum; ese día no es obligatorio ir a votar. Al contrario, es una convocatoria dirigida a todos quienes entienden que la ley debe ser sometida a referéndum, con el fin de poder decidir si debe ser derogada. Si el 23 de junio 655.000 personas, o más, concurren voluntariamente a las urnas, entonces la Corte Electoral deberá convocar un referéndum para ratificar la ley – confirmarla – o derogarla, es decir, anularla, suprimirla, dejarla sin efecto. Por eso, por el carácter voluntario de esta consulta, es que diversos actores políticos y sociales, como dijimos, han salido a los medios de comunicación para instar a la población a votar. Destacaron en el principio figuras políticas de primer nivel, como el ex presidente Tabaré Vázquez, firme opositor al aborto y quién vetó una ley de despenalización durante su mandato, y también figuras del Partido Nacional, como el diputado Pablo Abdala, principal impulsor del referéndum. En estos últimos días se ha visto también al líder del Partido Colorado Pedro Bordaberry llamando a votar el próximo domingo. Sin embargo, el relevo fue tomado por personalidades de los medios de comunicación, profesionales, deportistas y otros actores sociales, notándose una cierta tibieza de parte del estamento político que diera el puntapié inicial a la consulta popular, que llega a su fase crucial este domingo 23 de junio. Esto, por lo menos hasta estos últimos días, en que empezó a verse una movida mediática más intensa, convocando a la población a ir a votar.

Quizás esa movida mediática sea la respuesta – indudablemente necesaria y esperada – a uno de los fenómenos más llamativos que se han dado en relación a este gran debate nacional sobre si Uruguay debe ser un país en el que el aborto sea legal, o no: la oposición de figuras del partido de gobierno, de quienes tuvieron que ver con la ley, de quienes obedientemente levantaron la mano, y de quienes obedientemente apoyan todo lo que dicen sus líderes. La oposición del Frente Amplio, de figuras del gobierno y de organizaciones sociales estrechamente vinculadas con la fuerza política gobernante, quedó expresada como una invitación a no concurrir a votar. Esto sí que es notable, que el oficialismo en su más amplia acepción, es decir, el partido de gobierno y quienes comulgan con la ideología de izquierda, al parecer absolutamente convencido de las excelencias de esta ley que despenalizó el aborto, y exhibiendo incluso una veta de intolerancia hacia quienes piensan distinto y reclaman – como ciudadanos que son – el derecho de decidir si la legislación uruguaya permitirá abortos legales o no, llame a abstenerse de un acto cívico que, en definitiva, lo que hará es habilitar un ejercicio de democracia participativa. El partido de gobierno, que durante sus largos años en la oposición convocó una y otra vez a consultas populares sobre distintas leyes promovidas por los gobiernos de turno, una vez en el poder – además de desconocer los resultados de dos referéndums relativos a la ley de caducidad – invita a los ciudadanos a no ejercer su derecho a decidir.

Al parecer, para la izquierda uruguaya, aborto y democracia no congenian.

Llegados a este punto, y dichas algunas cosas que tenía muchas ganas de decir, vamos a volver al asunto de fondo. Una vez más, el aborto. Porque, ¿dónde queda, ante todo esto, la defensa de la vida del niño no nacido? Desde antes de la promulgación de la ley, se vio avasallada por una situación personal traducida en una realidad social ineludible: las mujeres que quedan embarazadas, y simplemente no quieren a su bebé. Frente al embarazo que acarrea toda una carga de trastornos y perspectiva de cambio definitivo para la vida normal de la mujer, ésta opta por el aborto. Que el embrión sea un ser humano, como está sobradamente probado desde el punto de vista científico (y es insólito que haya sido necesario probarlo), hace tiempo que dejó de ser razón suficiente para no abortar. El embarazo no deseado altera demasiado el curso de la vida cotidiana; se habló de novios o amantes que abandonaban a la mujer, a veces una adolescente, al saber de su embarazo; de penuria económica; de frutos de violación que debían ser “eliminados”. Y desde antes de la promulgación de esta ley se justificó resolver la cuestión mediante el expediente de extirpar el fruto de la relación sexual. Concordante con eso fue lo que se vio en la movida propiciada por los grupos pro-aborto, movida en la que participaron los medios de prensa con todo su beneplácito, y cuyo objetivo fue persuadir, implantar como pauta cultural que el aborto es la respuesta adecuada a una realidad social establecida en nuestro país e irreductible.

La movida cultural que se generó en torno a este tema tomó la forma de una defensa de “derechos”; destacan en dicha movida dos derechos de la mujer: que no se les imponga la manera de vivir su sexualidad, y que puedan decidir sobre sus propios cuerpos. Ambos parecen la expresión de una misma cosa; un mismo concepto o idea: no me digan qué hacer con mi cuerpo, porque es mi cuerpo, y por lo tanto soy yo quién decido. En el contexto de los movimientos a favor de la ley de salud sexual y reproductiva, y en el marco más amplio de una sociedad en la que campea el egocentrismo, el hedonismo y la búsqueda a ultranza de la autogratificación, el mensaje fue y es claro. ¿Quién impone a la mujer cómo vivir su sexualidad? Una sociedad conservadora y represiva, en la que prima el criterio masculino (una sociedad patriarcal, al decir de las feministas radicales); una sociedad cuyos convencionalismos siguen teniendo resabios de los viejos moldes religiosos. Este último punto traduce la intención, muy clara, de desechar definitivamente dogmas religiosos y criterios morales; no es ni más ni menos que el viejo anuncio “yo hago lo que quiero con mi cuerpo” (que incluso se vio en más de una pancarta, portadas por mujeres en las marchas a favor del aborto); anuncio reivindicado, sancionado por una nueva “moralidad”, y legalizado en esta ley. Nada es criticable, no existe ya la perversión; el matrimonio, la heterosexualidad y el sexo por las vías naturales, según dicta la naturaleza biológica, y la igualdad de importancia de las funciones placentera y procreativa de la sexualidad, dejan paso en esta nueva ideología que se pretende imponer por ley – ya promulgada pero en “peligro” de que la población se expida, si se llega al referéndum – a un  sexo sin límites, sin culpas ni cargos de conciencia, en el que todo vale. Y como en ese caldo infernal de carne y hormonas locas, de frenesí descerebrado, lógicamente predominará en la relación heterosexual el sexo vaginal, y ninguna medida anticonceptiva tiene el cien por ciento de eficacia, el embarazo no deseado aparece como una perspectiva, intolerable para una sociedad en la que impera el hedonismo más burdo. El coletazo ineludible: el aborto.

Qué tristeza que el estamento político no implemente políticas para promover una sexualidad equilibrada y con valores firmes, que procure evitar o minimizar los embarazos no deseados, ni tampoco verdaderas políticas sociales de apoyo a la mujer para acompañarla en su embarazo, sin llegar al aborto; sólo apenas unos días para “pensarlo”, supuestamente con el apoyo de un equipo de salud mental, tal vez imbuido de valores “políticamente correctos”, acordes al discurso del oficialismo de izquierda, para luego darle la receta de misoprostol. Es difícil reconciliarse con la idea de que la legalización de la práctica de acabar con la vida de embriones humanos es el mal menor, frente a la situación anterior, la práctica de abortos clandestinos, en que los embriones morían, y morían también las mujeres por la precariedad de las condiciones en que se realizaban dichos abortos. Además de ser todo esto síntoma evidente del deterioro social, económico, moral y espiritual de nuestra sociedad, es difícil reconciliarse con la idea de que no hay otra solución, otra estrategia que implementar, algo diferente que se pueda intentar. Nos preguntamos si acaso no eran posibles – o no serán posibles – otros intentos de solución que pasen por un efectivo apoyo psicológico, social, e incluso económico, a la mujer que considera abortar, para disuadirla de tal opción. Y también por una más efectiva y dura represión – aunque represión parezca hoy día mala palabra – de quienes realicen abortos clandestinos. Soluciones ambas que dependen de que haya voluntad política para instrumentarlas.

Como cristianos debemos defender la vida a ultranza, hasta las últimas consecuencias, tomando parte activa en la promoción de la salud materna y fetal (salud biológica, psicológica y social), y en la difusión de aquellos valores que podrían rescatar a nuestra sociedad de la actual e indiscutible decadencia en la que se encuentra.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Parte del contenido de este artículo se adaptó de los artículos Sexualidad y aborto, publicados en esta página web en 2009).

3 Comments

  1. a mi me hubiera gustado que todos votaran por lo que significa la vida. Me da pena la frialdad de nuestro pais. Dios nuestro Señor nos da la vida y solo el la quita que Dios los perdone

  2. Carlos dice:

    Asistiré a votar el próximo Domingo 23, y aspiro a que se logren los votos necesarios para llevar a referéndum esta infame ley. Pero soy plenamente conciente que aún cuando esta ley sea derogada los abortos en el Uruguay no cesarán, lamentablemente continurán haciéndose en forma clandestiana tal y como se han realizado desde siempre y ahora talvez con mayor fuerza, simplemente porque el argumente del Dr. Pandiani de que nuestra sociedad esta hundida en el hedonismo más burdo y su coletazo ineludible es el aborto es una realidad. Desafortunadamente digo que derogando la ley no derogaremos un solo aborto.
    Pero algo es algo.
    Saludos cordiales

  3. Cristina Bruzone dice:

    Como cristiana, seguidora de Jesucristo, digo: ¡SÍ a la Vida!

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