Narrativa de ficción y evangelismo – 3

Narrativa de ficción y evangelismo – 2
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aslanÁlvaro Pandiani.

Finalizábamos la columna del martes pasado preguntándonos si la narrativa cristiana puede incursionar exitosamente en el subgénero de ciencia ficción, y planteábamos la interrogante concreta de si podría tener éxito, en la búsqueda del objetivo de comunicar al lector el mensaje del evangelio, una historia de ficción ambientada en un futuro distópico, en una civilización espacial o galáctica, en la aventura de exploración de un planeta desconocido, o en una Tierra invadida por extraterrestres malintencionados y pendencieros.

Una primera consideración a hacer es que, así como las obras de ciencia ficción que citamos, y muchas otras, se localizan en un universo sin Dios, o en el cual los personajes en general no prestan atención a Dios ni hacen mención de Él, salvo como convencionalismo social (perimido y anacrónico en una sociedad futurista), el universo de una obra de ciencia ficción y sus personajes individuales podrían ser lo opuesto: un cosmos ordenado por un Creador, en el que los personajes – algunos al menos – creen, con o sin evidencia sobrenatural de su existencia. En el mundo imaginario en el cual se desarrolla la historia, los protagonistas podrían ser prácticos, inteligentes, dotados de mentalidad científica, etc., pero también mostrar una cuota de fe y espiritualidad en sus vidas. Todo dependería de las ideas y creencias del autor, o del contenido filosófico y religioso que quiera imprimir a su obra.

Segundo, no podemos olvidar algo ya mencionado: la narrativa cristiana ha incursionado en el género fantástico, tanto de misterio sobrenatural como de terror. Precognición, mundos paralelos, seres mágicos (faunos, centauros, hipogrifos, etc.), brujas y brujería, y por supuesto, fuerzas demoníacas; en las historias sobrenaturales cristianas no abundan vampiros ni hombres lobo, pero sí demonios que hacen de las suyas, hasta que son detenidos por el poder superior del Bien (y ya sabemos quién, en tales historias, personifica el Bien). Hablando sobre literatura cristiana fantástica, es imposible no recordar y mencionar a uno de los más grandes autores del siglo 20 en este género: Clive Staples Lewis, más conocido como C. S. Lewis. Este novelista británico, fallecido en 1963, se popularizó nuevamente hace pocos años, cuando la industria del cine llevó a la pantalla grande El león, la bruja y el armario, el segundo de la serie de siete novelas de su autoría Las Crónicas de Narnia. No corresponde extendernos sobre las Crónicas en este artículo, más que mencionarlas como un excelente ejemplo de literatura de ficción cristiana fantástica, cargada de elementos mágicos (pese a que la doctrina cristiana condena la magia) y de seres fantásticos provenientes de antiguas leyendas paganas, pero magistralmente integrados en una historia que nos deja un mensaje claro de amor, sacrificio y redención, coronado por una épica batalla entre el bien y el mal, en la que los buenos triunfan. Narnia, un mundo paralelo al que se accede a través de una puerta mágica, que en una novela de ciencia ficción habría sido un portal interdimensional.

Y en tercer lugar, seguiremos con C. S. Lewis, quién también incursionó en la ciencia ficción con su ya clásica Trilogía Cósmica, una construcción imaginativa que transforma el espacio exterior en el “cielo profundo”, habitado por los eldila, una raza de seres extraterrestres incorpóreos y muy poderosos – semejantes a los posteriores extraterrestres fantasmales de 2001 – pero que responden a un único Creador Todopoderoso (Maleldil). El protagonista es el doctor Ransom, un filólogo que, viajando por Inglaterra, es secuestrado por un científico sin escrúpulos, y un empresario aún más inescrupuloso, y arrastrado en un viaje a Marte (Malacandra) a bordo de una astronave inventada y construida por el primero. Una vez en Marte logra escapar de sus captores, y toma contacto con tres razas alienígenas (los sorns, los jrossa y los pfifltriggi), los cuales no conocen la maldad ni el pecado, pues son inocentes. Cuando finalmente tiene una entrevista con el Eldil Supremo que gobierna Marte, éste le explica que la Tierra (Thulcandra) está aislada del resto de los planetas del Sistema Solar, pues su Eldil Supremo se había transformado en un Ser Oscuro al rebelarse contra Maleldil. El Eldil marciano sabía que Maleldil había ido personalmente a la Tierra para rescatar a la humanidad, pero no sabía más nada.

En la segunda novela el doctor Ransom es trasladado a Venus (Perelandra), un mundo oceánico y tropical, idea común sobre Venus en la ciencia ficción de mediados del siglo 20. En ese mundo, un nuevo Adán y una nueva Eva están iniciando una nueva humanidad en un paraíso terrenal venusino. Allí el enviado de la Tierra ayuda a que la nueva Eva triunfe sobre el Tentador; también se entera que, a diferencia de Marte, un mundo antiguo poblado por razas alienígenas más longevas que la humanidad, desde que Maleldil (Dios) había tomado forma humana al venir a Thulcandra (la Tierra), en adelante los seres inteligentes creado por Él en otros mundos, serían humanos.

La novela que cierra la trilogía transcurre en la Tierra, en una Inglaterra de posguerra, donde un grupo de científicos que se consideran a sí mismos superiores intentan imponer una particular forma de dictadura, en su país y luego en el mundo entero, inspirados por seres incorpóreos de inteligencia superior con quienes se han contactado, a los que llaman macrobios, y que no son otros que los eldila oscuros que se han rebelado contra el Creador. En esta novela C. S. Lewis es más explícito en trasmitir que Maleldil es Dios, que los eldila son los ángeles bíblicos (considerados dioses por los paganos en la antigüedad), y que la fe del doctor Ransom y otros seguidores de Maleldil coincide plenamente con el cristianismo. Como es previsible, los demonios y sus esbirros humanos son derrotados mediante una intervención sobrenatural, y estos últimos sufren un final escalofriante.

Podría decirse que esta obra de C. S. Lewis no se inscribe dentro de la ciencia ficción dura, es decir, de aquella en que el aspecto científico es tratado rigurosamente; sobre todo al observar los detalles que da sobre el viaje interplanetario, y por la descripción de las condiciones ambientales de Venus. En cuanto a esto debe tenerse en cuenta que él escribió en los años 30 y 40 del siglo 20, cuando aún faltaban décadas para que las primeras sondas soviéticas aterrizaran en aquel planeta. Pero más allá de eso, C. S. Lewis logra ofrecernos un universo imaginario en el que los descubrimientos de un grupo de viajeros interplanetarios, y fundamentalmente el contacto con inteligencias extraterrestres de distinto tipo, queda contenido en el marco de la cosmología bíblica. Resulta interesante que, antes de la llegada de la época moderna de los avistamientos de ovnis (año 1947 en adelante), y previo a la aparición de contactados, iniciados y esotéricos que para justificar su creencia en los extraterrestres pretenden encontrar manifestaciones alienígenas en la antigüedad, incluso en apariciones divinas o angélicas en la Biblia, Lewis ya había hecho el camino inverso: los extraterrestres que encuentran sus exploradores espaciales como habitantes del espacio o “cielo profundo”, son en realidad los ángeles de las antiguas Escrituras judeocristianas. Finalmente, C. S. Lewis muestra una grosera contraposición entre individuos inescrupulosos, carentes de todo código moral, racionalistas a ultranza, y maquiavélicamente entregados a la persecución de sus objetivos, por un lado, y por otro la presencia de valores clásicos de la doctrina cristiana tales como la bondad, el amor y el afecto fraternal, la honradez, la pureza, la fe, y la firmeza en mantener las convicciones, en quienes se oponen a los personeros de la “horrible fortaleza”, la agrupación de científicos que se consideran a sí mismos “superiores”. Esa contraposición representa, en definitiva, un enfrentamiento entre la fe cristiana tradicional, y una extraña mixtura de racionalismo científico y contacto con una antigua magia oscura que resulta demoníaca, y parece una nueva edición de la sempiterna lucha entre el bien y el mal, en el contexto de una obra de ciencia ficción.

Impresiona entonces como posible, además de legítimo, que también el subgénero literario de ciencia ficción, pese a sus pésimos antecedentes desde un punto de vista cristiano en cuanto al mensaje que comunica, sea utilizado por los narradores cristianos como vehículo del evangelio de Jesucristo y los valores bíblicos, tanto a través de la fe y principios exhibidos y vividos por sus personajes, como de la naturaleza de los hallazgos que esos personajes realicen más allá del mundo normal, según la imaginación del autor.

Sería interesante que la narrativa cristiana explore este subgénero, para a través del mismo llegar a los seguidores de la fantasía y ficción científica, los cuales no son pocos, ni son sólo niños y adolescentes, como algunos piensan.

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. Adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en setiembre de 2011).

(Adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en junio de 2012)

Narrativa de ficción y evangelismo – 1

Narrativa de ficción y evangelismo – 2

3 Comments

  1. Álvaro Pandiani dice:

    Gracias por tu comentario, Bruno. A mí me pasó igual, hasta que también, como vos, me lo replanteé.
    Un abrazo.

  2. Bruno dice:

    A la fuerza traté de olvidar este asunto por una recomendación bien intencionada de un hermano. Agradezco mucho estas columnas, especialmente en esta me siento motivado a replantearme el tema. Bendiciones

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