Tambores de guerra santa – 1

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Tambores de guerra santa – 1

armasPor: Dr. Álvaro Pandiani*

La columna de hoy comienza con un ensayo sobre la relación entre cristianos y musulmanes realizada hace casi tres años, en ocasión de una noticia que durante algunos días del 2010 acaparó la atención de la prensa internacional, del gobierno de Estados Unidos, y hasta del secretario general de la ONU, y que tuvo como centro a un pastor evangélico norteamericano.

No es necesario ser un asiduo concurrente a la iglesia, a cualquier iglesia, o un asiduo lector de la Biblia, para que a uno le resulte chocante ver, o saber de alguien que se autoproclama o es reconocido por otros como un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias. Resulta chocante, no solo en este siglo 21, signado por la “tolerancia” y el “respeto a la diversidad”, lemas de gobiernos y otros grupos, muy mediáticos pero poco puestos en práctica. Pero ya desde tiempos anteriores a la posmodernidad, puede decirse que rechinaba el que ministros de Dios empuñaran las armas y efectuaran acciones violentas contra personas a las que deberían más bien predicarles el amor y el perdón de Dios, pues tal es su misión en razón de su ministerio, de su llamado y vocación.

¿Por qué es chocante? ¿Por qué rechina? Justamente por eso; porque la misión de un ministro de Dios es “predicar el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Aunque esto en realidad no es misión solo de un ministro de Dios, sino de todo cristiano; cuánto más entonces de aquel que ha dedicado su vida al servicio de Dios, y al servicio del prójimo. Al decir toda criatura, Jesús no excluye a nadie, sino que indica que a todos los seres humanos se les debe presentar claramente el evangelio, para que tengan la oportunidad de recibir el perdón de sus pecados, y la vida eterna. Eso significa que para un ministro de Dios, ningún ser humano debería ser visto como un enemigo al que atacar, reducir, dominar o destruir, sino como un pecador necesitado del amor de Dios en Cristo Jesús, un amor que perdona, redime, restaura y salva.

Es curioso que nos produzca esa sensación, que nos choque y nos rechine, ver por ejemplo a un pastor evangélico con un arma en la cintura, cuando la historia eclesiástica abunda hasta lo abrumador en ejemplos de personajes con investidura sagrada, que ejercieron violencia extrema contra otras personas. Basta recordar a los personeros de la “Santa” Inquisición, que durante siglos torturaron y asesinaron miles de personas, al cumplir su función de policía religiosa, tanto en Europa como en la América colonial; o también, el más resonante ejemplo de violencia ejercida en nombre de Cristo de toda la historia cristiana, las Cruzadas, varias de ellas dirigidas o codirigidas por obispos y aún cardenales. Es como si, casi instintivamente, por lo menos quienes nacimos y crecimos en una cultura con herencia religiosa cristiana, presintiéramos que entre Dios y la violencia despiadada y cruel no puede haber punto de contacto. Nos parece, se nos ocurre, que Dios no puede tener nada que ver con el odio y la intolerancia que lleva a resolver los conflictos por el expediente de la mutua destrucción, por los medios que sea. Si nosotros vamos al Nuevo Testamento de la Biblia, vemos confirmado nuestro parecer, cuando leemos por ejemplo que “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); y también que el evangelio es “poder de Dios para salvación de todo aquel que cree” (Romanos 1:16); y además que Jesús “es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14). En las Sagradas Escrituras también vemos que los seguidores de Cristo (los cristianos) tienen mandatos y consejos tan significativos como: “Sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Romanos 14:19), y “el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:18); y que también entre los primeros cristianos se cantaba: “Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz” (Romanos 10:15). La primera conclusión que destella al ver tales afirmaciones y declaraciones bíblicas, y compararlas con los hechos más oscuros de la historia cristiana, es que la mayor parte del tiempo, la mayor parte de los cristianos no hemos cumplido con lo que predicamos.

O por lo menos, con lo que enseña la doctrina de nuestra fe.

Llegado a este punto de la revisión acerca de cuál era el auténtico espíritu de los cristianos primitivos, cuál la enseñanza del Nuevo Testamento de la Biblia acerca de la violencia y la paz, del amor y el odio, fácilmente se nos puede responder: ¿y qué del Antiguo Testamento? ¿Qué, por ejemplo, de la conquista de Canaán, cuando por “mandato de Dios” hombres, mujeres y aún niños fueron pasados por la espada? ¿Qué de las guerras de Israel contra las naciones vecinas suyas, vistas como enemigos crónicos, y a veces consideradas “guerras de Dios”? ¿Qué de las condenas a muerte por lapidación, por delitos que hoy en día son considerados pecados, faltas morales, o incluso son aceptados como opciones legítimas de vida? Indudablemente, si se discuten semejantes antecedentes de violencia ejercida y guerras hechas en el nombre de Dios, deberían tenerse en cuenta las muy diferentes condiciones sociales y culturales de una época tan distante en el tiempo respecto a nuestra realidad; sin embargo, ese no es el punto principal. Esto requiere también una explicación teológica, pues al afirmar que Dios es un Dios de paz (1 Corintios 14:33), para quienes conocen la Biblia, aún someramente, surge de inmediato la consideración de los hechos mencionados recién, y las interrogantes que siguen pueden ser: el Dios de la Biblia, ¿qué clase de Dios es? ¿Un Dios iracundo y violento? ¿Un Dios vengativo y sanguinario? ¿O tal vez un Dios de perfecta justicia que “no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1:3)? Un Dios que es amor, lo que también se especifica en el Antiguo Testamento en pasajes tales como “en toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, los trajo y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9), o también “con amor eterno te he amado; por eso, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3b), pero un Dios que también es “fuego consumidor” (Hebreos 12:29), y del que se dice: “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hebreos 10:31); estos dos últimos, pasajes del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, un Dios con iguales características (amor, justicia y misericordia), se nos presenta en ambos testamentos de la Biblia, pero actuando u ordenando actuar de forma muy diferente. Esta diferencia podría quizás explicarse porque “la revelación del Antiguo Testamento fue preparatoria y parcial, mientras que la revelación del Nuevo Testamento fue culminante y completa” (Ryrie, CC. Algunas presuposiciones. En Teología Básica. Editorial Unilit, Miami, 1993. Pág. 17.); también debemos tener en cuenta que “el Pentecostés marca una nueva dispensación de gracia, la del Espíritu Santo” (Wiley, HO. La persona y obra del Espíritu Santo. Introducción a la Teología Cristiana. Beacon Hill Press, Kansas City, 1976. Pág. 279.). En otras palabras, a partir de la obra redentora de Cristo, consumada por amor a los seres humanos, y con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, día de inicio de la historia de la Iglesia Cristiana como comunidad de los seguidores de Jesús, cuya misión era predicar a todos ese amor demostrado en la obra de redención, “la ley externa cesa de ser ley del pecado y de la muerte… y la ley interna de la vida por el Espíritu proporciona el motivo y la fuerza de la obediencia” (Op. cit. Pág. 383.). Así está expresado en el Nuevo Testamento: “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). ¿Hacia dónde apunta lo que se pretende decir? A que la obra de Jesucristo introdujo un punto de corte en la historia del trato de Dios con los seres humanos, y el propio Jesús de Nazaret, obviamente consciente de eso, tuvo el valor y la osadía de presentar sus enseñanzas bajo la forma de una rectificación de los principios del Antiguo Testamento. El ejemplo más claro de esto está dado en el Sermón del Monte, donde entre muchas otras cosas, Jesús dice: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás, y cualquiera que mate será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; y cualquiera que diga necio a su hermano, será culpable ante el Concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21,22); también, hablando sobre la venganza, Jesús enseñó: “Oísteis que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:38,39). También del Sermón del Monte surge una enseñanza insólita, que sigue hoy día resultando inaudita, que probablemente sea unos de los mandamientos de Jesús más desobedecidos por los cristianos a lo largo de los siglos, y que se relaciona con el tema en discusión: “Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (5:43-45).

Después de leer palabras como estas, repito, a uno le choca y le rechina ver a un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias. Sobre este hecho destacado del año 2010, que motivó cobertura mediática, opinión y reflexión desde varias fuentes, y sobre otros aspectos de esta tormentosa historia de la relación entre cristianos y musulmanes, continuaremos en la próxima columna.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

(Adaptado del artículo Tambores de guerra santa, publicado en iglesiaenmarcha.net, en octubre de 2010)

 

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