Iglesia y renovación – 2

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Iglesia y renovación – 2

jesus-predicandoPor: Dr. Álvaro Pandiani*

Damos gracias a Dios por el nuevo papa es el cartel que lucía en la puerta de un instituto educativo católico de Montevideo, aún al momento de comenzar a escribir estas líneas. Esta manifestación de religiosidad católica nos sirvió para enfocar una necesaria reflexión, no específicamente acerca del nuevo pontífice romano, sino sobre el dilema que enfrenta la Iglesia Católica Romana, y también las Iglesias Evangélicas: ¿apego a la tradición, o renovación?

Disyuntiva compleja, en la que no hay que dejar de tener en cuenta algunos aspectos. Por ejemplo, que la “renovación” de la que hablamos en la entrega anterior, y seguiremos tratando en ésta, no es sólo una necesidad sentida en la interna eclesiástica, como fue en otras épocas la necesidad de reforma que derivó en movimientos calificados por la Iglesia como heréticos, y en la propia Reforma Protestante, con su correlato en la Contrarreforma. En el momento actual y al respecto de temas concretos mencionados al final de la Parte 1, además, la “renovación” es pedida – cuando no exigida – desde fuera. De parte de personas y grupos que mantienen un muy débil nexo con la Iglesia, a veces prácticamente una adhesión nominal no acompañada de la práctica de las devociones religiosas mínimas esperadas en un laico, y también de aquellos que, declarándose ateos, no creen por tanto en la existencia de Dios, pero se ven obligados a aceptar la existencia de la Iglesia y la importancia de tal institución en la vida de individuos y naciones; en otras palabras, no creyentes que no tienen más remedio que reconocer que la Iglesia mantiene una fuerte presencia y un cierto poder – a veces un gran poder – en muchas comunidades. Entonces, conscientes de la influencia que la Iglesia ejerce sobre la conciencia de innumerables individuos, muchos de ellos a su vez sumamente influyentes en sus respectivas colectividades, en lugar de chocar frontalmente contra la misma, esperan por y reclaman la “renovación”, que acompase los dogmas, y por lo tanto la predicación y el discurso moral, y por lo tanto las prácticas y costumbres, a los tiempos que corren y a las nuevas formas de moralidad en las relaciones humanas.

Desde este punto de vista, podríamos decir que quienes claman por la renovación, lo que desean es una Iglesia más tolerante, que no condene como pecado lo que siempre condenó, sino que lo acepte e incorpore como parte de una transformación de la sociedad, fruto del cambio de pensamiento y la mutación de los paradigmas de vida, que conducirán a un mayor desarrollo humano, a que el hombre y la mujer gocen más plenamente de sus vidas.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Volviendo a los temas concretos enumerados en la Parte 1, merece considerarse brevemente en qué medida nos involucran a los evangélicos, y si nuestras iglesias en su conjunto también deben fijar posición, y decidir en la disyuntiva entre renovación o apego a la tradición. Mencionamos la actitud hacia la homosexualidad en general, y el matrimonio gay en particular, y al respecto de esto cabe destacar que el consenso de opinión de las iglesias evangélicas apegadas a la Biblia coincide con el catolicismo romano en un rechazo uniforme de la homosexualidad, y por lo tanto del matrimonio de personas del mismo sexo (eufemísticamente denominado matrimonio “igualitario” por los políticos de la inefable izquierda uruguaya, por lo que cabe la pregunta hecha por un lector en un blog de opinión, respecto a si el matrimonio heterosexual es “inigualitario”); como obvio aspecto agregado, también se rechaza la adopción de niños por parejas del mismo sexo, con la consiguiente e inevitable trasmisión a los mismos de valores impregnados de una nueva moralidad – que los publicistas del lobby homosexual denominan “libertad”, “derechos” y otros eufemismos – los cuales repugnan a las conciencias cristianas por lo antinatural de tal opción sexual, desde el punto de vista de la tradición eclesiástica (basada en lo escrito en la Santa Biblia). Sin embargo debemos recordar que, amén de que algunas denominaciones protestantes históricas han aceptado e incorporado la homosexualidad como opción sexual legítima en países del primer mundo, en nuestro país también existe una iglesia que acepta la diversidad de la opción sexual, la cual no pertenece a la comunión católica romana, por lo cual es fácil que el observador no informado la meta en la bolsa común de las iglesias evangélicas. Por lo tanto, sin llegar a ser un mosaico, las Iglesias Evangélicas presentan una pequeña heterogeneidad en este tema.

Y lo mismo sucede con el tema del aborto, pues al igual que el catolicismo romano, el cristianismo evangélico se alinea casi homogéneamente con los grupos pro-vida, rechazando la interrupción voluntaria del embarazo, pues se considera que la vida humana comienza en el momento de la concepción; admirable coincidencia entre la Biblia y la Convención Americana sobre Derechos Humanos, a la que casualmente Uruguay adhiere. Sin embargo, como se expresó, esa alineación no es homogénea, pues aquí mismo en nuestro país algunos referentes del protestantismo histórico (metodistas, valdenses) se manifestaron a favor de la despenalización del aborto.

Menos homogénea aún es la postura frente al uso de métodos anticonceptivos. En este caso, la mentada extensión del cristianismo evangélico entre los sectores económicamente más carenciados – destacada y no sólo por los católicos, y explicado el éxito de las “sectas” en ganar adeptos en estos sectores, por tratarse generalmente de una población de bajo nivel cultural (argumento bastante peyorativo y discriminatorio) – ha permitido a algunos pastores y líderes comprender la necesidad de una adecuada planificación familiar, para frenar el crecimiento descontrolado de las familias, y la consiguiente multiplicación de niños que viven en condiciones de indigencia. Por supuesto, se ha apostado a métodos de planificación familiar que preconicen el uso de contraceptivos no abortivos. El liderazgo pastoral evangélico, entonces, ha estado a favor del uso de métodos anticonceptivos, o en el peor de los casos, ha ignorado displicentemente el tema. Yo, al menos, no conozco ningún ministro o líder evangélico que, desde una posición doctrinal, se haya opuesto al uso de contraceptivos.

En cuanto a los otros temas enumerados, pertenecientes ya a la interna eclesiástica, pero en los cuales quienes pretenden amordazar a la Iglesia también se dan el lujo de opinar, sigue el celibato obligatorio. Probablemente es ostensible a todos los observadores  que en el cristianismo evangélico no existe tal imposición para sus ministros; antes bien, algunas denominaciones evangélicas incluso requieren que sus pastores sean casados – con mujeres que tengan igualmente una vocación pastoral – para evitar las incomodidades y tentaciones propias de una soltería en castidad, dado que los principios bíblicos sobre práctica de sexualidad no han cambiado, por lo menos en las iglesias apegadas a la Biblia: las relaciones pre matrimoniales se consideran fornicación, y por lo tanto, pecado. En tal línea de pensamiento, evitar las tentaciones implica también evitar los malos testimonios y escándalos que se dan cuando las tentaciones no son superadas. Así que, pastores casados. Si alguien permanece célibe, que sea por libre elección, tal como aconseja el apóstol Pablo en el capítulo 7 de su primera carta a los Corintios. Y aunque en ese capítulo Pablo, que fue célibe toda su vida por propia elección, recomienda insistentemente la soltería como preferente para mejor servir a Dios, no la impone, y en el versículo 9 tiene cuidado de aclarar que quién no tiene capacidad de continencia sexual debe casarse, pues ese estado es mejor que “quemarse” (sea que se entienda como “quemarse” por el deseo sexual no satisfecho, o por la vergüenza del escándalo).

A propósito de la recomendación de soltería, para quienes sean capaces de ello, Pablo la presenta como “mejor”, debido a que quién está soltero se “preocupa por las cosas del Señor” (versículo 32), mientras que el casado se “preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” (versículo 33); y ya había opinado, en el versículo 28, que quienes se casan “tendrán aflicción de la carne”, lo que se puede interpretar como aflicciones por cosas de esta vida. Opinión paulina que tiene una actualidad admirable, a la luz de lo que significa para una persona casada la preocupación por su familia, cómo organizarla, alimentarla y mantenerla, cómo llevarse bien con su cónyuge, superando altercados y riñas propias de la convivencia, como encarar la crianza de los hijos, y cómo conducirse adecuadamente en el espinoso tema de la fidelidad conyugal, en el cual un desliz aislado puede destruir una familia entera. Preocupaciones que alguien que ha decidido, y logrado, permanecer célibe, jamás va a conocer. Con todo, el cristianismo evangélico preconiza un ministerio de hombres y mujeres unidos en matrimonio, no sólo para evitar los problemas derivados de una sexualidad descontrolada, sino también para encontrar la felicidad y plenitud en la conformación de una familia, y para mejor atender pastoralmente a las familias, con consejos basados no sólo en conocimientos teóricos, sino también en la experiencia personal.

Capítulo aparte es el tema del divorcio, un problema muy escabroso que los ministros católicos tampoco enfrentarán jamás (por lo menos en el catolicismo romano). La discusión acerca de si es posible que una persona divorciada ejerza el ministerio pastoral, o que quién ya lo está ejerciendo continúe si su matrimonio fracasa, y tras la separación vuelve a casarse, es larga y difícil, con opiniones muy encontradas, todas supuestamente basadas en la Biblia. En la presente reflexión no vamos a tratar de dirimir un asunto tan sensible y arduo, y en el que aún no hay consenso – y probablemente no lo habrá – pero sí preguntarnos si éste no es un tema propio de las Iglesias Evangélicas en el que debamos plantearnos la necesidad de una renovación; una renovación que pase por explorar el espíritu de aquello que las Sagradas Escrituras dicen al respecto.

Antes de finalizar, unas palabras sobre el último punto mencionado en la Parte 1, la ordenación de mujeres al sacerdocio. Decíamos que la misma ha sido resistida desde hace siglos, y que aún no ha sido resuelta por la jerarquía católica romana, estando por tanto el clero ordenado de esa Iglesia formado exclusivamente por hombres. En las Iglesias Evangélicas, la realidad actual en este punto muestra otra vez un mosaico de opiniones y situaciones prácticas. Es cierto que en muchas denominaciones evangélicas hay esposas de pastores que son consideradas por sus congregaciones como “pastoras”, y también, hay “pastoras” a cargo de congregaciones (viudas de pastores, o casadas con hombres que no han experimentado el llamado vocacional para ser ordenados como pastores); conozco  ejemplos de ambos casos, lo que no conozco es casos de pastoras solteras. Pero así como esto es cierto, también lo es que en otras confesiones evangélicas la mujer es activamente excluida de la ordenación ministerial por predicadores y maestros que generalizan a las iglesias de toda cultura y época lo que Pablo mandó a los cristianos corintios del siglo I (1 Corintios 14:34), a los efesios del mismo siglo (Efesios 5:22), o a Timoteo en su carta pastoral (1 Timoteo 2:11), y lo que Pedro dijo en su carta apostólica (1 Pedro 3:18) – aunque siguiendo la línea temática de estos pasajes surge más bien que se trata de la respetuosa sujeción de la esposa a su marido en el hogar – y también, usando complicadas traducciones del griego, explican que la diaconisa Febe, mencionada en Romanos 16:1, era en realidad no un mujer ocupando un cargo ministerial, sino una servidora más.

En todos estos temas debemos plantearnos la interrogante: ¿apego a la tradición, o renovación? Pero, ¿renovación pedida – o exigida – por quién? Y apego a una tradición, ¿basada en qué autoridad? ¿La de las Sagradas Escrituras, la del Magisterio de la Iglesia, la de enseñanzas y costumbres sancionadas por un uso tan prolongado que es ya histórico, o una mixtura de todo esto?

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. – (Adaptado del artículo Damos gracias a Dios por el nuevo papa – parte 2, publicado en iglesiaenmarcha.net, en abril de 2013)

 

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