Política, religión y fe – 2

“A través de la Biblia”
19 marzo 2014
“A través de la Biblia”
20 marzo 2014

Política, religión y fe – 2

estado-religionPor: Dr. Álvaro Pandiani*

Cuando parece que es más necesaria que nunca una opinión espiritual y cristiana, suficientemente apoyada en la doctrina bíblica, sobre los temas y problemas de la realidad cotidiana en nuestro país, impresiona que somos aún lentos para reaccionar a esa necesidad. Esa característica lentitud, unida a la fragmentación del cristianismo evangélico – fragmentación que se ha procurado paliar con uniones, asociaciones, comisiones y consejos – nos ha distinguido y distanciado del catolicismo romano, justamente en aquellos puntos en los que hemos tenido una coincidencia casi total. Por ejemplo, durante años enteros estuvo discutiéndose el tema aborto legal sí o no, y mientras la Iglesia Católica Romana presentaba una posición clara, definida y monolítica, las Iglesias Evangélicas fueron lerdas en expresar su postura; postura surgida tras una larga discusión debida a diferencias de opinión que no se resolvieron del todo, pues las denominaciones evangélicas históricas más antiguas apoyaron la legalización. La valiente toma de posición de algunas instituciones y ONGs cristianas evangélicas sobre temas espinosos de pública notoriedad, como el mencionado del aborto, matrimonio, familia y adopción de hijos, por ejemplo, devino en una tímida expresión de punto de vista, que difícilmente podamos decir abarque el conjunto del pueblo evangélico, un nada despreciable grupo de personas que rondará los cien mil uruguayos miembros de iglesias evangélicas, multifragmentado en centenares de congregaciones, que no encuentran ni tienen – y muchos, ni quieren – un tronco común de referencia en lo doctrinal y administrativo. Y que además, muchos de ellos celosos de su independencia administrativa de otras instituciones y denominaciones, y gloriándose de depender “sólo del Señor”, frecuentemente han desconfiado de las uniones, asociaciones, comisiones y consejos que procuraron – aún bienintencionadamente – actuar como tales troncos comunes de referencia, y no aceptaron sus perspectivas ni sus recomendaciones.

En tal escenario, es bien difícil contestar resumidamente la pregunta que cerraba la entrega anterior de esta serie, acerca de si la participación política de los cristianos evangélicos podía devenir en política partidaria, legítimamente aceptada por todos los miembros del conjunto del pueblo evangélico. El histórico involucramiento de la Iglesia Católica Romana en los aparatos de poder político que dominaron reinos y naciones, desde Constantino en adelante, aparatos de poder político desde los cuales se cometieron abusos y atrocidades, y se olvidó reiteradamente la Gran Comisión que Jesús dio a su Iglesia según leemos en el Nuevo Testamento, podría ser una de las causas del rechazo visceral que hacia la política ha mostrado tradicionalmente el cristianismo protestante. Sin embargo, es bueno recordar que la Reforma Protestante del siglo 16 pudo prosperar porque los reformadores fueron protegidos por reyes y príncipes, detentores del poder político y del uso de la fuerza armada, quienes impidieron que aquellos acabasen en la hoguera. El poder político y el poder religioso muy a menudo se han entremetido uno con el otro, y esa verdad puede ser causa aún más categórica de la repulsa que hacia la política tienen hoy, aún, muchas personas que profesan fe evangélica.

A dicha causa indudablemente se suma otra, y es la desconfianza proverbial que despiertan los políticos; una desconfianza con la que estamos acostumbrados, que venimos oyendo desde nuestros mayores, y que constituye un discurso habitual en boca de la gente: desconfiar de los políticos, descreer de sus promesas, criticarlos por sus incumplimientos y fracasos, y aseverar no haberles dado el voto. Este discurso que tradicionalmente suena correcto en diversos círculos sociales – como una forma de autoproclamar que uno ni les cree ni se deja engañar por ellos – convive no obstante con los extremos de entusiasmo partidarista que se ven durante las campañas electorales, expresados tanto en el fervor con que se acompaña al candidato favorito durante los actos de campaña, como en la exaltación del triunfo electoral, o en la tristeza – y rabia – de la derrota. Quienes profesan fe evangélica con genuina convicción ven con malos ojos el entusiasmo partidarista del militante o simpatizante de un partido político, y en el entendido de tener alguien mejor que un político a quién recurrir en caso de necesidad, o para depositar sus esperanzas – hablamos obviamente de Jesús – no quieren tener nada que ver con dicho tipo de exaltación o fervor partidario.

A este entramado es necesario agregar la desconfianza que despiertan los líderes religiosos en muchas personas, por ser vistos como soñadores sin contacto con la realidad, místicos exagerados, o simples oportunistas ávidos de dinero; a esto debemos agregar, hacia la interna del pueblo evangélico, el impacto negativo ocasionado por el nepotismo – es decir, el favoritismo generalmente hacia miembros de su familia para colocarlos en posiciones de prestigio o poder dentro de la iglesia – la escasa preparación teológica o en cultura general, un eventual carácter tiránico, un énfasis excesivo en lo material, concretamente en ofrendas y diezmos, la arrogancia espiritual frente a otros ministros evangélicos, o la falta de una auténtica vida espiritual consagrada a Dios. Todo esto sirve para ver, en primer lugar, lo delicado de la posición de quién asume el ministerio espiritual evangélico – el pastorado –; y asimismo las suspicacias que puede levantar, cuando dicho pastor o líder espiritual deviene en político.

Pese a todo lo antedicho, el pueblo cristiano evangélico ha tenido y tiene una participación política, y política partidaria, bien que a título individual. En línea con esto merece volver a comentarse, brevemente, la postura hecha pública por el Consejo de Representatividad Evangélica del Uruguay – un intento de tronco común referente – en ocasión de la campaña electoral del año 2009. Algunos puntos destacados, que sirven a una discusión que sin duda se reeditará este año, tienen que ver con la clara discriminación entre participación individual y participación colectiva o institucional de las Iglesias Evangélicas, en la consideración que en su momento se hizo acerca del valor intrínseco que tiene – o no – involucrarse en la actividad político partidaria. Resumidamente, se aceptó, recomendó e incluso se estimuló la participación política individual, pero se desaconsejó insistentemente la participación que comprometiera las Iglesias Evangélicas, como instituciones civiles o como cuerpos de creyentes cristianos, con candidatos y partidos políticos específicos. Merece destacarse la afirmación de que el cristiano evangélico debe tener, como todo ciudadano, una postura política personal – algo obvio y concordante con la libertad del individuo – pero que además ayuda a definir la posición y opinión del mismo frente a aquellos temas polémicos tantas veces mencionados. El estímulo a la participación en actividad política del cristiano evangélico, resultó en su momento – y sigue resultando – algo novedoso, amén de arriesgado, por parte de líderes evangélicos reunidos en esa oportunidad. Por supuesto, se procuró poner énfasis en la actividad política entendida como una forma de estar al servicio de la comunidad, una forma alternativa – y quizás algo atípica – para cumplir con el papel social que el cristiano debe cumplir en cuanto miembro de una iglesia que tiene como mandato de amor intervenir como actor social en su comunidad, buscando el mayor bienestar y felicidad de los integrantes de la sociedad.    Aunque el mayor bienestar y felicidad generalmente es entendido por las personas sin fe ni filiación religiosa definida de una forma muy diferente a como la entienden las personas que profesan fe cristiana evangélica; mientras el individuo alentado por una profunda convicción cristiana bíblica considerará que el mayor bien y felicidad vendrá de que las personas se arrepientan de sus pecados, reciban perdón y vida eterna por la fe en Jesucristo, las personas replicarán que el mayor bien y felicidad para ellos será poder desarrollar sus vidas de acuerdo a sus sueños, anhelos, ilusiones, proyectos y deseos, sin ser molestados por consideraciones filosóficas ni religiosas de grupos definidos.

Hecha esta disquisición, merece destacarse también que se espera que las personas con profesión de fe cristiana evangélica demuestren la misma en su testimonio de vida, también en caso de ejercer la función pública – ¡sobre todo en ese caso! – de modo de trasmitir los elevados valores cristianos a la sociedad a la que se sirve. Es forzoso expresar aquí que los motivos catalogados como adecuados para la participación en política de los cristianos evangélicos, a saber, servicio a sus semejantes, cumplimiento de un compromiso social, trabajo en procura del bienestar de los miembros de la comunidad – todo lo cual es el alma de la tarea de los servidores públicos, en definitiva – más lo que tiene que ver con la benéfica influencia que, consideramos los cristianos, trasmite el testimonio público de un auténtico creyente comprometido de corazón con la fe que dice profesar, suena políticamente correcto hacia la interna de las Iglesias Evangélicas. Tal vez deberíamos decir “eclesiológicamente correcto”; es decir, suena bien, suena espiritual, suena hasta bíblico, a los oídos de quienes profesan fe evangélica y son miembros de una iglesia cristiana. También suena eclesiológicamente correcta la recomendación de mantener el ámbito de las iglesias evangélicas libre de la intromisión de la actividad política electoral. Esta es la otra pata de esta sota, y sospecho que también se va a reeditar este año. Constituye un aspecto del tema que puede llegar a ser de difícil resolución; por un lado, todos estamos de acuerdo en no comprometer los púlpitos desde donde se predica el evangelio del amor de Dios a todos los hombres en Jesucristo, usándolos para hacer proselitismo político con grupos de personas que se reúnen para escuchar a un predicador, y no a un candidato; pero, por otro lado, el negar absolutamente todo intercambio de ideas sobre los problemas del país, y sus posibles soluciones, dentro de las iglesias podría coartar la posibilidad de muchas personas de acceder al conocimiento de dichos problemas, y de aportar a tales soluciones.

Hace años ya se recomendó que cada vez más creyentes evangélicos se involucraran en el estudio y solución de las problemáticas de nuestro país, en lugar de estar de espaldas a la sociedad, a esa sociedad a la que debemos el evangelio, no sólo para una vida eterna, sino para una vida plena y abundante en el tiempo actual. ¿Cómo hacemos entonces? ¿Abrimos un club “cristiano” de discusión política al lado, enfrente o a media cuadra del templo evangélico?

De la participación política de la iglesia evangélica como institución deberemos hablar, entonces, en la próxima entrega de esta serie.

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Política, religión y fe – 1

Política, religión y fe – 3

1 Comment

  1. Guido Arguello C dice:

    Siempre los Cristianos deberemos tener posiciones bíblicas en cualquier ámbito,obviamente al tener esto presente tendremos diferencias importantes con la familia,el trabajo la sociedad en general,incluyendo el ámbito político. Sin embargo igual que cualquier profesión sea esta albañil,un phd o político en sus distintas áreas deberán, ser firmes,respetuosas, amables, absolutas e invariables aun mas cuando se trata de una posición que la determina de forma clara la única norma de conducta para un Cristiano La palabra de Dios(LA BIBLIA ).
    Por lo tanto si Dios le permite estar frente a un grupo político, sea consecuente con lo que ES y HAGA lo que Dios le mando hacer.
    La iglesia a igual que el hogar,trabajo,el estudio profesional, tienen sus responsabilidades que cumplir, que afectan nuestra vida integralmente pero que a su vez, tienen su enfoque claro,contundente y especifico que cumplir en sus diferentes áreas, entonces con nuestras prioridades bien establecidas seremos de impacto al mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *