Política, religión y fe – 3

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Política, religión y fe – 3

politica-y-religion2Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Desde el momento que aún hay personas que profesan fe evangélica con profunda convicción, que ven el inmiscuirse en política casi como una traición al espíritu de consagración a Dios que debe caracterizar al cristiano, para poder considerarse miembro de lo que es llamado un “pueblo santo”, puede entenderse cuán espinoso es impulsar la participación en política partidaria de creyentes individualmente, y cuánto más escabroso es hablar de involucrar a la iglesia como institución en una contienda electoral. Otra vez nos enfrentamos a un tema polémico hacia la interna eclesiástica evangélica, en la cual es muy difícil hallar consenso, y arriesgado pronosticar que será posible encontrar posturas o soluciones que sean del agrado de todos. Lo penoso es que mientras dura esta discusión, la sociedad sigue su marcha con sus problemas acuciantes y su necesidad de opciones, fuera de las que ofrece el aparato ideológico del poder político de turno, el cual, desprovisto de valores más elevados cuales son los valores del espíritu, ha generado anarquía moral, incertidumbre e infelicidad, aunque el discurso oficial justifique, maquille, o simplemente ignore esta realidad; una realidad que es más palpable en la vida de las personas, de las familias y de las pequeñas comunidades, pero que a la larga incide, y ya lo está haciendo, en toda la sociedad uruguaya.

Y esto se hace más urgente porque, como nos aportaban en el blog de una columna sobre el aborto el año pasado, este problema ha entrado ya en una etapa crítica para la intervención de los cristianos. A este gran problema del infanticidio prenatal legalizado, podrían agregarse los problemas de matrimonio, familia y sexualidad, seguridad y educación, todos los cuales también podemos considerar que están en una etapa crítica que requiere de la intervención de los cristianos, justamente por poseer los cristianos – genuinos en su fe – opciones basadas en la Biblia que orientan, recomiendan y guían a una vida más ordenada en lo sexual y familiar, en el respeto a la vida y al derecho del otro, en la contracción al trabajo como medio legítimo de ganar el diario sustento, en los valores de honradez, justicia, transparencia y verdad, en la formación de un carácter pacífico que rechace la violencia como medio de respuesta o de simple expresión, y en el cumplimiento de todos los deberes y obligaciones que tiene un ciudadano maduro y responsable, para ser considerado un miembro útil de la comunidad, y no un parásito agresivo que debe ser extirpado, si es posible para siempre. Los cristianos tenemos el decálogo necesario para alcanzar esos objetivos; tenemos que empezar por demostrarlo con nuestra propia vida. En otras palabras, tenemos que involucrarnos, participar, intervenir, como ejemplo y no como antiejemplo de vida.

A propósito de interés y participación cristiana en problemáticas acuciantes de nuestra sociedad, concretamente el aborto y ley de despenalización promulgada a fines del 2012, merece recordarse y reflexionar brevemente sobre un intento fallido de lograr dicha intervención como fue la consulta popular del 23 de junio de 2013, con el fin de llevar a referéndum dicha ley. Esa estrategia falló, pues necesitándose la concurrencia de un 25% del padrón electoral, sólo un poco más del 9% concurrió a las urnas ese día, lo que obligó a los grupos pro vida, los cuales desde mucho antes lucharon contra esta ley, a meter violín en bolsa, ante la falta de apoyo popular; recordemos que tras aquella instancia se habló de llevar el caso ante organismos internacionales de derechos humanos, pero luego poco más se escuchó del tema. Tampoco de una jornada de evaluación y reflexión sobre la experiencia, convocada por quienes impulsaron y/o apoyaron la recolección de firmas en un intento de llegar al referéndum, habiendo entre los mismos incluso líderes y legisladores de la oposición. La instancia del 23 de junio de 2013 se vivió como un fracaso, por no haberse estado ni cerca de lograr el objetivo, y se atribuyó a la desidia y falta de interés de la mayoría de las personas, quienes no siendo obligatorio concurrir a votar prefirieron quedarse en sus casas en un frío domingo invernal, sazonado por un partido de fútbol internacional, más que a un verdadero apoyo de la mayoría del electorado uruguayo al aborto legal, aunque esto ya no podremos comprobarlo. Respecto a esto, es conmovedoramente significativo el comentario de una lectora en el blog de nuestro artículo Aborto y democracia, dejado luego del 23 de junio: “a mí me hubiera gustado que todos votaran por lo que significa la vida. Me da pena la frialdad de nuestro país”.

Sin embargo, hacia la interna de nuestro pueblo evangélico, esa jornada sí tuvo un aspecto positivo a resaltar, y es que movilizó a muchos creyentes a concurrir a votar por un tema de orden social, pero también moral, en el cual estaba – y está – contenido no sólo el aspecto social y jurídico dado por la conjunción embarazo no deseado – pobreza/indigencia – aborto clandestino, sino valores más elevados como son la necesaria educación para un goce responsable de la sexualidad, y la defensa de la vida humana desde la concepción. Muchísimos creyentes fueron a votar, y los encuentros con conocidos de la misma fe en los lugares de votación estuvieron a la orden del día. Además, y teniendo en cuenta que algunas de las denominaciones evangélicas históricas no se comprometieron en el rechazo a la despenalización del aborto, en ese 9% bien puede haber estado contenido gran parte del pueblo evangélico, y muchísimos católicos, como se señaló en su momento. Desde esta óptica, la jornada puede verse como positiva, evidencia de una masa de creyentes que se interesó por la vida de su comunidad, en vez de mantenerse de espaldas a los problemas sociales, y podría considerarse premonitoria de un mayor compromiso por intervenir, como iglesia, en la vida del país.

Hace años nos preguntábamos si acaso la actividad política partidaria es compatible con el evangelio, si se puede a través de la misma en verdad influenciar la sociedad con los valores del reino de Dios, que para nosotros son supremos. Teniendo en cuenta que la opinión que la clase política le merece al electorado no es de las mejores – ya discutimos en qué medida el ciudadano común desconfía del político y descree de sus promesas – y que los integrantes de tal clase son vistos como corruptos en potencia, el ingreso en tal actividad, a desarrollarse en semejante ambiente, es visto por algunos casi como meter una novia vestida de blanco en un pantano. Alejémonos de tales extremos, sólo comentémoslos; la referida dicotomía recomendada ya en la campaña electoral del 2009 por líderes evangélicos reunidos en consejo, acerca de dejar en libertad de intervenir en política al cristiano individual, pero rechazar el involucramiento de la iglesia evangélica en cuanto institución, en este contexto suena a “usted, si quiere, métase; pero no nos comprometa”. Y no es que esta postura sea mala, errónea o malintencionada; al contrario, creo que todos en algún momento, ante una iniciativa o emprendimiento poco convincente o decididamente turbio, procuramos salvaguardarnos de ser asociados con tal negocio. Pero en el caso que nos ocupa, tal postura más que dejar parece abandonar a la persona que bienintencionadamente quiere hacer algo desde otro nivel – un nivel de decisión – y lo quiere hacer en tal nivel porque honestamente cree que desde allí se puede hacer algo, se puede cambiar algo, se puede trasmitir, en definitiva, un modelo de vida y conducta basado en el ejemplo máximo de Jesucristo. Y si una golondrina no hace verano, unas pocas golondrinas aisladas y con escaso apoyo institucional, por mucha fe que tengan, no lograrán influir en la vida nacional. Como antes, la conclusión es la misma: se necesita el compromiso de muchos, de la gran mayoría, por no decir de todos los que profesan una fe que libera a través de la sujeción voluntaria a un conjunto de normas y principios que llevan a cultivar la vida del espíritu, y a relacionarse con el prójimo sobre una base de amor, verdad e interés mutuo.

¿Por qué no imaginar, una concertación de fuerzas vivas del cristianismo evangélico uruguayo, que reúna y galvanice personas con ideas, propuestas y proyectos relativos a la vida política, económica y social del país? ¿Por qué no pensar en una mayor intervención en los niveles de decisión, por verdaderas agrupaciones de hombres y mujeres para quienes los valores bíblicos son la vara rectora que guía hacia el logro de la libertad, la paz, el progreso y la felicidad? ¿Por qué no animarse a hablar de política en nuestras iglesias, para discutir abiertamente no sólo nuestra posición filosófica acerca de temas polémicos que inquietan a la sociedad, sino también los caminos prácticos que podemos tomar para impregnar nuestra comunidad con aquellos preceptos que creemos superiores? ¿Por qué no intentar superar esa habitual oposición de los evangélicos a la participación en política partidaria, que sigue prevaleciendo, y comprender que si tenemos un mensaje que cambia vidas, corazones, familias y hogares, ese mensaje también puede cambiar nuestra sociedad, y las leyes que regulan nuestra convivencia en la misma? ¿Por qué seguir excluidos de los ámbitos donde se toman resoluciones que conciernen al quehacer nacional? ¿Por qué seguir cómodamente sentados en nuestra mesa de boliche, criticando todo, descreyendo de todo, y resignándose a todo? ¿Y por qué continuar poniéndole una nota invariablemente negativa a todo aquel que pretende salir al ruedo para intentar cambiar  algo, como si fuéramos viejos sentados en su mesa de boliche, superados por la decepción? ¿Esa es la imagen que debemos dar los cristianos evangélicos al mundo, la de personas superadas por la decepción? ¿Por qué no arrimarnos a apoyar con nuestro trabajo a aquellos actores políticos con los cuales reconocemos existe una concurrencia de ideas y filosofía de vida, y por qué no también, de creencias? Y en cuanto a la búsqueda de votos, que genera suspicacias en las personas, quienes piensan que ese es el objetivo final del candidato, o el medio para llegar al poder, ¿acaso no podemos pensar también que la tarea  del político que honradamente cree que su programa de gobierno es el mejor para la nación, es intentar que el electorado lo entienda así, para ser votado, resultar electo, y así poder implementar dicho programa?

En suma, ¿por qué no involucrarnos un poco más?

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Política, religión y fe – 1

Política, religión y fe – 2

2 Comments

  1. miguel dice:

    Me entristece el embuste de los Referéndums para su posterior larguísima “Reglamentación” en países pobres o deudores. Con todo respeto y cariño al cuestionamiento final de esta serie, respecto a política y política Partidaria me adhiero a la postura de este hombre (pastor) de Dios, que el 30.3.2011 LaMolina-Lima-Perú, en tiempo electoral, después de un viaje internacional, y predicar durante varias horas, por esas cosas de Dios, Responde en forma muy clara y taxativa con la sinceridad del cansancio y con la responsabilidad de tener que ir a predicar a otra Iglesia. Comparto con electores cristianos este fragmento del Audio, pregunta en la conferencia “Vivir con Valores”. ( https://www.mediafire.com/?ervp5v8rlcbf7ey ). Según esta postura, Particularmente considero: (1º) Considero obra del Evangelio de Jesucristo, el cambiar la manera de pensar para cambiar la manera de vivir, por ejemplo la INFLUENCIA en la casa del pagano Constantino y la caída del Imperio Romano, cuando abdica la capital del Imperio de la ciudad Roma a la ciudad Bizancio (Constantinopla hoy Estambul), la caída de la ciudad de las siete colinas o Roma y la tolerancia en el Imperio a diferentes cultos permitió también a los cristianos levantar la cruz en una pequeña y humilde capilla sobre – por decir lo menos – un cementerio y catacumbas de mártires en la colina Vaticano, estaba fuera y frente de las siete y lejos, cruzando el río. Para entender esta realidad bueno sería leer la Ciudad de Dios. (2º) Considero acción política de los cristianos, por ejemplo; La Guerra de los Campesinos, príncipes germánicos sin tierras o flacas riquezas; proselitistas que en complot (como Esmalcalda) conquistaron o se hicieron de tierras de la Iglesia que en realidad los pobres o campesinos usufructuaban (en mentalidad parroquial), las tierras pertenecían a la Iglesia cristiana porque las fueron dejando los creyentes como donación, ofrenda o Herencia durante el milenio anterior (uno). Los pobres durante el milenio vivían como campesinos y participando en la iglesia como fieles, no participaban de política ni iban a las guerras, ese era un asunto muy caro de príncipes y ricos con ejércitos o con mercenarios (por ejemplo en su juventud participó en esto el soldado Índigo de Loyola). Las tierras la disputaban Reyes, Príncipes, Señores, y de otro lado la Iglesia que tenía muchas tierras recibidas como ofrenda o donación durante el milenarismo y no a capa y espada, las tierras servían a los pobres (como aquellos que refería nuestro Señor Jesucristo) y los Campesinos vivían en esas tierras bajo estos protectorados, el más grande de ellos en Europa antes de esta guerra (o reingeniería) era la propia Iglesia. Al parecer el Iluminismo trajo Oscuridad. Dios nos Bendiga.

  2. ALVARO VARGAS BARQUERO dice:

    Desde el punto de vista de defensa a los principios cristianos creo que es muy bueno estar en ella y reitero defender todo aquello que antenta contra los principios divinos, como es el caos aqui en mi pais, Costa Rica que ya se ventila yse habla so matrimonio del mismo sexo ó el aborto, aqui nesitamos personas que a la luza de la Palabra de Diosm hagan su defensa. Pero el gran probelma es de aquellos que se cobijan con la bandera del cristianismo y después se venden y venden su credo a cambio de davidas y su jugoso salario. En síntesis creoa que si llega por Cristo y su iglesia, bienvenidos, pero si es por tergiversar un principIio ahi si estmos mal.

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