¡Imputables!

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menores_imputabilidadPor: Ps. Graciela Gares*

El tema que hoy nos convoca despierta alta sensibilidad en nuestra sociedad, por lo que deseamos abordarlo con el mayor tacto.

Es difícil hallar una familia que no haya sido afectada por alguna de las actuales formas de violencia: arrebatos, asaltos, rapiñas y copamientos.

Y ello hace surgir en las víctimas variadas emociones: indignación, temor, deseo de justicia. Algunos actores sociales -intentando interpretar el sentir de la población-, postulan establecer una edad más temprana de imputabilidad penal para los jóvenes que cometen delitos graves.

Otros plantean abordajes de contención, que ofrezcan educación, reinserción social, trabajo y mejores oportunidades para la población vulnerable que tiende a inclinarse hacia el delito.

En lo que hay coincidencia es que todos deseamos que la situación se revierta, pues no nos habituamos a convivir con la violencia.

El delito en los tiempos actuales reconoce entre sus múltiples causas algunas de las siguientes:

  • Espiritualidad ausente
  • Desintegración familiar/pérdida de autoridad de los padres y otros referentes adultos
  • Ausencia de límites educativos
  • Individuos sin proyecto de vida
  • Exclusión social y pobreza
  • Incentivación desmedida hacia el consumo
  • Filosofía de vida Individualista
  • Ausencia de cultura del esfuerzo y del trabajo

Desde otra óptica, se ha roto la cohesión del entramado social y como Caín, ya no nos consideramos “guardas de nuestro hermano”.

No siempre el delito se vincula a situaciones de pobreza material; suele obedecer también a ausencia de valores y de buenas motivaciones para la vida.

Lo paradójico es que la eclosión del fenómeno violento en nuestra comunidad se ha dado en el contexto de un crecimiento económico constante luego de la crisis del 2002, según los números de la macroeconomía del país.

Dado que quienes delinquen lo hacen para solventar sus apetencias de tener y consumir, los damnificados somos la población adulta que percibe salario, jubilación o renta. En ocasiones, también jóvenes, quienes son despojados de celulares o indumentaria de marca.

Agradecemos a Dios que los niños de nuestra sociedad no son hoy día objetivo de la violencia que se ha instalado (aunque a veces llegan a padecerla). Si pensamos en la realidad estadounidense, donde se han perpetrado más de 11 masacres en centros educativos, se nos aprieta el corazón y rogamos a Dios que ello nunca llegue a nosotros.

Analizando el perfil de vida y personalidad de quienes delinquen, hallamos algunos patrones comunes:
– Criados a menudo sin figura paterna o con padres alcohólicos y/o violentos

-Sin instrucción en valores humanos ni familiares. Educados con límites escasos o ausentes.

-A menudo abusados física o sexualmente, maltratados, discriminados en su infancia.

-Algunas veces excluidos socialmente por su pobreza y por el contexto en el cual viven (zonas críticas). Carenciados en cuanto a la satisfacción de necesidades básicas.

-Otras veces criados en soledad afectiva, aunque rodeados de mucho confort material.

-En contextos de violencia intrafamiliar y barrial, sin conocer otra forma de dirimir conflictos o satisfacer necesidades.

Estas condicionantes no les eximen de culpa, pero vale tenerlas en consideración.

En la parábola de los mayordomos (Lucas 12:41-48) Jesús afirma que: “el criado que sabe lo que quiere su amo, pero…no le obedece, será castigado con muchos golpes. Pero el criado que sin saberlo hace cosas que merecen castigo, será castigado con menos golpes”. “Al que mucho se le ha dado mucho también se le exigirá”.

¿Con qué ley entonces debería juzgarse a quienes han recibido poco? ¿Cómo hacer justicia a aquellos a quienes la vida les viene jugando mal desde la infancia? No es fácil dar respuesta.

Este estado de cosas en nuestro país se puso sobre la mesa el tema de la edad de imputabilidad.

La imputabilidad es un concepto jurídico, de base psicológica, que alude a la capacidad del ser humano para entender que su conducta lesiona los intereses de sus semejantes y para adecuar su actuación a esa comprensión. El acto debe ser realizado con discernimiento, intención y libertad. Quien carezca de estas capacidades, bien por no tener la madurez suficiente (menores de edad), bien por sufrir graves alteraciones psíquicas (enajenados mentales), no puede ser declarado culpable, ni puede ser responsable penalmente de sus actos (Wikipedia).

Las soluciones que los actores sociales proponen son variadas:

  • Desarme de los civiles (armas sólo en mano de agentes del orden)
  • Mayores penas a delincuentes adultos
  • Bajar edad de imputabilidad a los 16 años para delitos graves
  • Sacar el ejército a la calle, etc.

Creemos que a todas estas estrategias les asiste razón. No obstante, surgen algunas preguntas:

¿Estas medidas devolverán al que delinque la contención familiar que nunca tuvo?

¿Le enseñarán los valores humanos de los que carece?

¿Le ayudarían a formularse un nuevo proyecto de vida?

¿Le instruirán acerca el sentido de su vida?

¿Le ayudarán a sanar sus heridas emocionales por haber sido desatendidos, a veces abusados, abandonados por un padre o tratados con violencia en la infancia?

¡Claro que deben pagar por lo que han hecho y deben reparar a la sociedad los daños causados!

¡Claro que la solución no está en que los demás ciudadanos vivamos enrejados o con alarmas!

¡Claro que es preciso que se les restrinja la libertad a quienes obran mal!

Quienes hemos sido víctimas de robos y arrebatos (me incluyo) tenemos derecho a exigir justicia y por qué no, también reparación.

¿Pero, debería aplicarse igual ley penal a sujetos que tuvieron suerte dispar en sus vidas? ¿Con qué vara corresponde medir sus actos?

Asimismo, ¿no será pertinente además, un “mea culpa” de toda la sociedad por la situación a la que hemos llegado?

Quizá alguien pregunte: ¿y yo qué hice? Olvidando preguntar también: ¿qué NO hice? Por acción u omisión todos tenemos algo que ver con las realidades sociales que vivimos.

En cuanto al modo de resolver la crisis de violencia que nos afecta, quizá sea oportuno pensar en la justicia restaurativa.

“La justicia restaurativa es un proceso a través del cual las partes o personas que se han visto involucradas y/o que poseen interés en un delito en particular, resuelven de manera colectiva la manera de lidiar con las consecuencias inmediatas de éste y sus repercusiones para el futuro”(Tony Marshall, 1999). Incluye instancias tales como:

a) encuentro personal y directo entre la víctima, el autor u ofensor y/u otras personas que puedan servir de apoyo a las partes y que constituyan sus comunidades de cuidado o afecto.

b) restitución o devolución de la cosa, pago monetario, o trabajo en beneficio de la víctima o de la comunidad. La reparación debe ir primero en beneficio de la víctima concreta y real, y luego, dependiendo de las circunstancias, puede beneficiar a víctimas secundarias y a la comunidad.

c) reintegración del victimario en la comunidad contribuyendo a su reingreso como una persona integral, cooperadora y productiva.

Este abordaje no es la panacea que elimina el delito, pero nos parece más profundo y constructivo, pues escapa de la simple dicotomía de bajar o no la edad de imputabilidad penal. Quizá nuestra sociedad no esté madura en el momento para adoptarlo, pero valdría la pena recorrer el camino como otros países lo hicieron (Canadá, Inglaterra, Nueva Zelanda).

¿Y qué nos toca a los cristianos?

Me pregunto si cada uno de quienes nos definimos como cristianos, oramos lo suficiente, ayunamos y agonizamos ante Dios para evitar el deterioro espiritual, familiar y social que se viene gestando en nuestra comunidad desde hace décadas.

Siempre me han impresionado oraciones intercesoras como la del profeta Daniel, en la que ese hombre amado por Dios se identificaba con el pecado de su pueblo diciendo: “hemos pecado y cometido maldad;… hemos vivido sin tomarte en cuenta; hemos abandonado tus mandamientos y decretos” (Daniel 9:5).

También Esdras se identificó con el pecado de su pueblo (Esdras 9: 6 -15).

Tal vez los cristianos (no todos) estemos jugando un rol bastante pasivo frente al deterioro moral de nuestra sociedad. Quizá estemos en falta en cuanto a dar contención y orientación a esos niños, adolescentes y jóvenes que están creciendo en hogares caóticos en nuestro barrio, donde no son expuestos a las verdades de Dios, sino a los engaños del diablo. Quizá debiéramos estar peleándole palmo a palmo a Satanás cada una de esas vidas que él está reclamando para sí.

Me reconforta mucho enterarme que algunas iglesias de nuestro medio tienen entre sus filas a ex delincuentes, redimidos por el poder de Dios, que hoy trabajan para rescatar a otros jóvenes de las drogas y el delito. Pienso que lo que la justicia humana no logra recomponer en la vida de los individuos, Dios sí puede hacerlo. Solo que nos necesita a nosotros como fieles trasmisores de sus verdades.

¿Por qué el delincuente conducido a Cristo abandona para siempre el delito? Porque encuentra en Dios el padre que no tuvo. Porque halla el perdón que acalla su conciencia. Porque Dios da sentido y propósito a su vida. Porque descubre que puede amar a otros como ha sido amado por Dios y siente el deseo de reparar el daño.

Mientras tanto, los gobiernos deben, sin dudas, velar por la justicia.

En lo civil, urge que jueces y legisladores reconozcan que la solución de este asunto les sobrepasa y se humillen para pedir como Salomón, la sabiduría de Dios para aplicar una justicia que, a la par de restaurar las vidas de los delincuentes, les imponga desarrollar sus capacidades para el bien y les obligue a cumplir por largo tiempo acciones constructivas a favor de sus víctimas y de la sociedad que han dañado.

* Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

2 Comments

  1. Rosso dice:

    Estimada Ps. Gares: Todo bien con los procesos educativos y de contención, pero la inacción de tantos años tras un discurso basado en las causas sociales hace que algunas veces haya que tomar medidas severas para detener a quienes circulan sin timón y sin nadie que quiera asumir todos esos procesos que usted enumera. Todos los días escucho decir esos argumentos, pero no se ve resultado de esos discursos por parte de organizaciones que se alimentan y engordan en los sueldos y estructura interna a raíz de utilizar recursos que reciben de fundaciones, el Estado u organizaciones internacionales con la justificación que trabajan por los Derechos de los Niños que han sido vulnerados. A esta altura, parece que les sirve que siga habiendo reproducción de ese tipo de muchachada complicada para lograr captar más fondos para seguir engordando.

  2. Carlos dice:

    Coincido con el análisis que plantea Graciela Gares. Desde hace muchos años creo que las raíces de la criminalidad hay que buscarlas por dónde ella señala y no por otros caminos que nada tienen que ver con la delincuencia y que están fuertemente vinculados a la captación de votos.
    Sin embargo tengo dos matices, uno cuando dice: “ ¿no será pertinente además, un “mea culpa” de toda la sociedad por la situación a la que hemos llegado?” Siempre me opuse a tipo de afirmación pues soy de los que creen que NO debemos socializar la miseria, ni tampoco las pérdidas. Estoy convencido de NO tener responsabilidad directa ni indirecta en los ítems que Gares detalla:
    • Espiritualidad ausente
    • Desintegración familiar/pérdida de autoridad de los padres y otros referentes adultos
    • Ausencia de límites educativos
    • Individuos sin proyecto de vida
    • Exclusión social y pobreza
    • Incentivación desmedida hacia el consumo
    • Filosofía de vida Individualista
    • Ausencia de cultura del esfuerzo y del trabajo

    Y el segundo matiz aparece cuando no logro visualizar con claridad en el artículo al delito de cuello blanco, léase hermanos Peirano, hermanos Röhm y tantos otros que crecieron en barrios residenciales, buenos colegios bilingües, fines de semana en la estancia de pa, vacaciones en USA, etc. , crecieron en hogares dónde la carencia financiera y económica jamás fue un problema, (tal vez otras carencias u otras ambiciones).
    Salvo esos dos matices coincido con el artículo.

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