Hasta de fútbol hablamos – 3

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MundialitoPor: Dr. Alvaro Pandiani

No soy de los que vivieron la felicidad de ver a Uruguay campeón del mundo en 1950; no tengo tantos años. Sí soy de los que tuvieron la alegría de ver a Uruguay ganar el “Mundialito” de 1980 (en realidad, jugado en el verano de 1981), aquel torneo definido como un “campeonato de campeones del mundo”, realizado en conmemoración del cincuentenario del primer campeonato mundial de fútbol, y de nuestro Estadio Centenario. Con dieciséis años recién cumplidos, pude disfrutar en aquel lejano verano viendo a la celeste en lo más alto. Luego del triunfo de nuestra selección en la final frente a Brasil, recuerdo los festejos en 18 de julio, la principal avenida de Montevideo, prolongarse hasta el amanecer del día siguiente. Y recuerdo, casi como si lo estuviera viendo, a un amigo de aquellos años decir: “hoy es el día más feliz de mi vida”. Es inevitable recordar, aún después de más de treinta años, una expresión semejante. La felicidad de un joven en función de un triunfo deportivo uruguayo contrasta con la expresión, mucho más reciente, de un lector en un blog de prensa deportiva, cuando al referirse a una funesta época de derrotas y fracasos de “la celeste”, habló de “ilusiones enterradas”. En suma, de lo que se habla es de una felicidad que depende exclusivamente de la victoria de un equipo de fútbol. Una felicidad endeble y transitoria, sin dudas; pero, cuando se da, ¡qué felicidad, hermano!

La pasión que despierta el deporte, y entre todos los deportes el fútbol, no es pasible de explicaciones o razonamientos; es algo que nace, que “se siente”, como el gusto por un tipo de música, o enamorarse de una persona y querer compartir la vida con ella. La pasión deportiva, ese entusiasmo, enardecimiento, fervor y en algunos casos hasta fanatismo, así como el amor, además de inexplicable, también parece inevitable. “¿Qué es ese sentimiento que te hace cantar?” decía la publicidad de una radio deportiva uruguaya. Realmente, es muy parecido al amor; casi, se le llama amor. Así como el amor, la pasión por un deporte, y dentro de este deporte por un equipo, por un club, por los colores de una camiseta, tampoco parece tener una explicación. ¿Por qué soy hincha de un equipo? ¿Porque es el equipo que me enseñaron a querer mis mayores desde mi más tierna infancia? ¿Porque es el cuadro de mi barrio, símbolo del lugar donde crecí, y de donde guardo los recuerdos más queridos de mi niñez?

La pasión deportiva en el Uruguay, bien que se diversifica en varias disciplinas, está centrada en aquel que ha sido llamado “el más popular de los deportes”: el fútbol. Algo similar a lo que pasa en casi todos los países del mundo; en casi todos. Quizás haya pueblos más apasionadamente futboleros que el uruguayo, pero es probable que sean pocos; si le preguntáramos a cualquier persona en la calle de cualquier ciudad del país, diría que el uruguayo/a es tan futbolero/a como el que más. Quizás esa pasión futbolera pueda explicar la rica historia del fútbol uruguayo, la gran cantidad de copas y trofeos internacionales que el Uruguay ostenta. Para un pequeño país de apenas tres millones de habitantes, no deja de ser llamativa la impresionante historia de glorias futbolísticas. La pasión futbolera podría explicar esa historia, pero la pasión en sí, no tiene explicación. La pasión por el fútbol que caracteriza a nuestro pueblo no admite disquisiciones racionales.

Esa pasión es variable; en algunos no pasa de un simple interés por el deporte en sí, en otros es simpatía por un equipo determinado, en otros más se vuelve entusiasmo y ardor, hasta que en algunos, como ya dijimos, constituye fanatismo. Todos hemos sido testigos de la alegría desbordante, el júbilo y la felicidad de los triunfos, y también de la desazón, la tristeza y las lágrimas por las derrotas; y a veces, no solo hemos sido testigos, sino parte de tales momentos. Dependiendo de qué equipo haya ganado o perdido; o de si participamos de esa pasión futbolera, o nos importa un comino el fútbol, y todos los deportes. Porque la pasión deportiva tampoco es universal.

Sin embargo, esto último parece tener una excepción. Hay una situación en la que la pasión futbolera parece barrer el país de una punta a la otra, embargando de un entusiasmo insospechado a todo el mundo, a todo el pueblo, dejando afuera solo a los bebés de pecho, a los ancianos muy deteriorados, y a unos pocos más. Hay un momento en que hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños, profesionales, obreros y empresarios, artistas y hasta políticos, se dejan arrastrar por esa pasión.

Cuando juega la celeste.

Lo que nos pasa con el fútbol a los uruguayos es insólito. Quizás a otros también les pase; es probable que a todos los pueblos futboleros les ocurra, en mayor o menor medida. Pero a nosotros indudablemente nos pasa, y en qué modo. Como ya lo hemos destacado otras veces que hablamos de esto, los géneros nos dividen, las clases sociales nos dividen, la política nos divide y cómo (baste ver atentamente el desarrollo de la presente campaña electoral), los gustos musicales o artísticos en general nos dividen, y hasta la simpatía por un equipo deportivo determinado nos divide; también las creencias religiosas, debemos reconocerlo, nos dividen y cuánto. Pero cuando juega la celeste, todos somos compatriotas, todos somos hermanos; y cuando gana la celeste, todos estamos orgullosos de ser uruguayos. La capacidad que tiene el fútbol, cuando juega nuestra selección, para lograr la unidad nacional, bien que transitoria y emotiva (intensamente emotiva), debería ser tenida muy en cuenta por las propias autoridades del fútbol; también por los políticos, por supuesto; y por aquellos que entendemos tener un mensaje impregnado de principios y valores imperecederos que trasmitir a la sociedad, sin duda.

Quizás desde el campeonato mundial de Sudáfrica 2010, el fútbol uruguayo haya comenzado a escribir el segundo capítulo de su historia, luego de cerrar definitivamente el primer capítulo en las postrimerías del siglo 20. Un primer capítulo que se habría cerrado con un declive, una decadencia; y un segundo capítulo que se abre con algo así como un renacer de la esperanza y la alegría, cuando la celeste gana y gana, y nos pone en camino de disfrutar, otra vez, el sentir que los uruguayos, deportivamente, estamos en lo más alto. Hace cuatro años hablábamos de la alegría que siguió a la sorpresa por lo que la celeste iba logrando en el Mundial, al pasar la fase de grupos, y cómo esa alegría se acompañó del entusiasmo, la esperanza y la ilusión, al ir avanzando hasta llegar a semifinales. Decíamos también en esa oportunidad, luego del increíble recibimiento que la gente le tributó a su regreso de Sudáfrica, el 13 de julio del 2010, que el pueblo uruguayo parecía haberse “enamorado” de la selección. Que en esos días inolvidables miles lucieron la bandera uruguaya, la cual hasta se pintaron en la cara, y también el color celeste en camperas, bufandas, sombreros (galeras ridículas lucidas con orgullo), camisetas y otras prendas. Y también destacamos en esa oportunidad que lo hecho en Sudáfrica 2010 “amalgamó a los uruguayos en una unidad impensable hasta poco tiempo antes” (www.rtmuruguay.org/2010/…/hasta-de-futbol-hablamos.ht…). No dejamos de tener en cuenta lo dicho por un sociólogo respecto a lo que se vivió durante el Mundial de Sudáfrica: “La permanencia en el tiempo de este estado de ánimo nacional está, para (César) Aguiar, dependiendo de los resultados futuros. “Si seguimos en el mismo nivel, no será pasajero. Si resultó ser un resultado casual, quedará en la memoria colectiva sobre el deporte y sus logros” (El Efecto Celeste; www.elpais.com.uy/10/07/18/pnacio_502512.asp).

¿Merece la pena recordar todo esto? Pensamos que sí; sobre todo por la opinión del sociólogo citado: “Si seguimos en el mismo nivel (esto) no será pasajero”. Ahora tenemos la posibilidad de mirar esto mismo con la perspectiva que nos ofrecen la Copa América Argentina 2011, la Copa de la Confederaciones del año pasado, y fundamentalmente el largo proceso de las Eliminatorias para llegar al Mundial de Brasil 2014; todo lo que sucedió, lo que vivimos en estos cuatro años: ser campeones de América, asistir a un comienzo brillante de nuestra selección en las Eliminatorias en ese mismo año 2011, el alarmante declive sufrido en el 2012 que tuvo en vilo a todo el país, en cuanto a la posibilidad de volver a clasificar para el Mundial, hasta mediados del año pasado, cuando aquel triunfo frente a Venezuela en Caracas, y luego una buena performance en la Copa de las Confederaciones – otra vez cuartos – marcó la recuperación, hasta lograr meternos en el Mundial de Brasil 2014. Y entonces sí, otra vez la esperanza, otra vez la ilusión de una gloria futbolística, de volver a ser, como dice la antigua canción: “uruguayos campeones, de América… (y del mundo)”; esa canción creada en homenaje a los campeones olímpicos de 1924, cuando regresaron de ganar el entonces Campeonato Sudamericano de Selecciones, en Chile en 1926. Otra vez las banderas flameando por todos lados, el celeste presente en todas partes, el sol de nuestro pabellón visible desde todos los rincones; otra vez las caras pintadas con nuestros colores. Y otra vez la alegría, la increíble y conmovedora alegría. La felicidad, por un triunfo deportivo.

Hace tres años, el día previo a la final de la Copa América, leí un artículo breve e interesante en el diario El País de Montevideo, acerca de un vínculo insospechado pero real entre deporte y religión. Así como la pasión deportiva y futbolera nace de lo más hondo, “de las entrañas” por así decirlo, la fe personal en Dios cala más hondo aún, pues cuando está presente, impregna y da esencia a todos los aspectos de la vida; haya o no haya campeonatos, y partidos de fútbol. Es cierto que algunos creyentes (de diversas religiones, pero sobre todo del cristianismo, por ser ésta la religión predominante en nuestro país), pueden adoptar, y de hecho lo hacen, una actitud de “superespiritualidad”, distanciándose del fenómeno deportivo y su carácter mediático y mundano, cuando no sospechoso de arreglos y hechos de corrupción, en los que obrarían ocultamente verdaderas “mafias del fútbol”. Estos podrían ser vistos como extremistas religiosos (afortunadamente pacíficos, pero extremistas al fin), por las personas que no mantienen una relación personal con la fe y la Iglesia, en algunas de sus formas; de hecho sabemos que hay grupos religiosos que se autodenominan cristianos, los cuales reniegan de la nacionalidad y los símbolos patrios en nombre de la fe (así que ni hablar de pintarse la cara cuando juega Uruguay). Pero aquella actitud también puede ser vista como extremismo por las personas creyentes que no ven ni reconocen nada malo en el deporte, en su forma más pura y noble, sino que lo viven y disfrutan con la sencillez del simple aficionado.

El artículo de referencia mencionaba un aspecto crucial de esta disyuntiva: la presencia de deportistas profesionales que son cristianos, y cómo ellos, en los momentos de mayor tensión o exaltación durante los partidos, exteriorizan su fe de diversas maneras; y eso pese a que, en el caso de los futbolistas, la FIFA prohibió incluso antes del Mundial de Sudáfrica 2010 tales exteriorizaciones. Por supuesto, en el deporte compiten dos rivales, supuestamente en igualdad de condiciones, por lo que no parece apropiado pedir a Dios que intervenga a favor de uno u otro. Pero pensando en algo ya mencionado respecto a arreglos y corrupción, quizás sería pertinente rogar a Dios que Él impida los chanchullos. Vaya a saber.

Porque el deporte es para la mayoría de las personas algo que interesa, que apasiona, que llena de alegría o de tristeza, según se gane o se pierda; y que indudablemente llena de bronca y puede estallar en violencia, cuando se pierde porque hubo trampa, o porque hubo deslealtad. Tal parece pues que el deporte es algo muy importante para la vida de las personas, y puede ser que justifique su vinculación con ese otro aspecto que cala hondo en nuestros corazones: la fe personal en un Dios personal que está interesado en nosotros y nos ama.

En definitiva, no debería generarnos ningún reparo formar parte de ese pueblo apasionadamente futbolero, pues ese pueblo es parte de nuestra realidad cotidiana, en la que los cristianos vivimos con nuestra fe puesta en el Señor Jesucristo. Y ese pueblo, además, es nuestro objetivo, las personas a quienes debemos llevar el maravilloso mensaje del evangelio; un mensaje de perdón, salvación y vida eterna en Cristo.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

(Adaptado del artículo Uruguay que no ni no, publicado en iglesiaenmarcha.net, en julio de 2011)

6 Comments

  1. Rafael dice:

    JESUCRISTO DICE EN SU PALABRA ÉL QUÉ ESTÉ LIBRE DE PECADO QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA. PERO LA FIFA SE CREE,QUE ESTÁ LIBRE PECADO POR ESO TIRA VARIAS PIEDRAS Y PIENSO QUE LA RAZÓN ES DEJAR A URUGUAY FUERA DEL MUNDIAL MORALMENTE.EL FÚTBOL ES UN JUEGO NO UNA GUERRA,PERO LA FIFA LO CONVIERTE EN UN CAMPO DE BATALLA,DONDE LOS MÁS DESFAVORECIDOS SON LOS POBRES Ó LOS QUE TIENEN PROBLEMAS.HAY QUE ORAR POR ESTÁ GENTE DE LA FIFA QUE SE PONGAN EN ÉL LUGAR DEL JUGADOR Y SOBRE TODO DEL SER HUMANO INCREIBLE QUÉ ES SUAREZ.MERECEDOR DE TODA NUESTRA ADMIRACIÓN Y RESPETO

  2. elrusoperes dice:

    Arriba, Luis. Más allá del jugador genial, del crack, del deportista famoso y laureado, y también más allá del joven impulsivo que se mandó una macana en la cancha, sos un ser humano, un esposo y padre de familia, y referente de muchas personas, sobre todo jóvenes y niños.
    Que Dios te bendiga y te dé fuerzas para superar este mal momento en tu vida profesional y personal. Y que Jesús conquiste tu corazón, y lo transforme.
    Y también, que pronto podamos verte en los campos de juego con la celeste, llenando de goles a los adversarios, con alegría, nobleza y espíritu deportivo.

  3. elrusoperes dice:

    Y santurrones, por favor, abstenerse. No me vengan con el mundo, el pecado, la carne, el diablo, etc, etc, etc. Todo eso ya lo sé. ¿Por qué escribo esto entonces? Porque no me conformo, porque me produce rebeldía, porque no me gusta que las cosas sean así, porque se me antoja levantar la voz para decir: QUE MAL TODO ESTO. Suárez fue un nabo y se regaló, y comprometió las posibilidades de Uruguay en la Copa del Mundo. Pero la FIFA, mostró una vez más la hilacha; mandan los dólares, o los euros, o intereses muy diversos al deporte en su forma más pura y noble.
    Y bueno, giles somos nosotros que seguimos prendidos a esta cuestión del fútbol, el mundial y todo esto. Tal vez los superespirituales tengan razón. Tal vez debemos abstenernos de todo eso.
    Vaya a saber.
    Pero una cosa sé: a Dios no le gustan las cosas sucias; en ningún caso, en ninguna manera, en ninguna circunstancia.

  4. elrusoperes dice:

    ¿Alguien tiene dudas de que la FIFA le hizo los mandados a Brasil, que quiere salir campeón del mundo en su casa, y no quiere nada con jugar con Uruguay? ¿Alguien duda que además la FIFA le hizo los mandados a la Conmebol, para cobrarle a la AUF la denuncia por el mal manejo de las finanzas? ¿Alguien duda que además, también le hicieron los mandados a los ingleses y a los italianos, como venganza por haberlos dejado afuera del mundial? ¿Los uruguayitos dejar afuera a dos poderosas selecciones europeas, mandarlos para sus casas, sin campeonato y sin copa? ¿Alguien duda que se le hizo los mandados a los ingleses, que se sacaron el gusto de humillar a Luis Suárez? El dinero manda, la politiquería manda, los poderosos mandan, los jugadores no pueden jugar. Así está el mundo.
    A prepararse Uruguay, para un robo a mano armada de los árbitros, como la semifinal con Holanda de Sudáfrica 2010.

  5. elrusoperes dice:

    Si el mordiscón fue tal, ¿merecía tanto? ¿Nueve partidos, 4 meses sin acercarse siquiera al fútbol, sin entrar a estadios? ¿Salir de la concentración uruguaya de inmediato, hoy mismo, echado como un perro? Si por la presunta mordida, más sospechada que demostrada, se aplica una pena tan desmesurada – repito, echado como un perro – ¿qué hacemos con el codazo artero de Neymar? ¿Y con Balotelli, que casi decapita al palito Pereyra? ¿Esa es la justicia de la FIFA?

  6. elrusoperes dice:

    Bueno, sí, dije que me iba a tomar una licencia, pero tengo que volver a esta página, para aprovechar la oportunidad que ofrece de expresarnos, nosotros también, cristianos evangélicos, pero uruguayos. No soy de esos evangélicos que, como dice el artículo, se creen superespirituales, miran todo de lejos, se distancian del deporte, del fútbol, del mundial, por ser un evento “mundano”. Soy de esos evangélicos que saben poner las cosas en su lugar, y aprecian lo bueno y noble del deporte; y me apasiono con el fútbol, sobre todo, el fútbol de la selección, de la celeste.
    Por eso tengo mucha bronca e impotencia por lo que pasó hoy.
    ¿Justificar a Luis Suárez? No, no puedo. Que tuvo conducta antideportiva, que es impulsivo, que es un gil, que no tiene dos neuronas, y todo eso que se dice, puede ser. Que lo que hizo – reincidente por tercera vez – es indefendible, lo es. No porque sea un crack, uno de los mejores jugadores del fútbol del mundo, una estrella mundial, vamos a disculparlos por las tonterías que hizo, movido por su impulsividad.
    Pero, ¡qué barbaridad, la sanción de la FIFA! ¿Hay alguien que crea que no se les fue la mano, que el castigo no excede el “delito”?

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