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Amores perversos – 2

divorcioDivorcio y nuevo matrimonio.

Por: Dr. Álvaro Pandiani.*

Otro tema difícil, pero también peculiar, por dos aspectos. Primero, no hay todavía un acuerdo entre los cristianos evangélicos sobre qué hacer en diversas situaciones que involucran  a personas divorciadas, fundamentalmente cuando un divorciado aspira al pastorado. En segundo lugar, porque a las personas no creyentes, aquellas que no tienen una relación regular con la iglesia, les resultaría incomprensible por qué los cristianos nos complicamos tanto por este tema. Pero la respuesta a esto último es fácil, aunque en general no es de recibo para las personas que no comprenden, ni mucho menos adhieren, a nuestros principios fundados en los valores bíblicos. A riesgo de parecer anacrónicos, los cristianos evangélicos que procuramos apegarnos a lo escrito en la Palabra de Dios nos mantenemos fieles al ideal de un matrimonio para toda la vida; ideal surgido de la concepción de que tal matrimonio se forma como resultado de un amor verdadero, un amor “para toda la vida”, por no decir un amor eterno.

Resulta curioso que tal “amor eterno” sigue siendo el ideal poético que inspira la mayoría – no todas, pero sí la mayoría – de las historias románticas que nos ofrece la literatura y el cine; y eso, pese a que la realidad nos muestra que el matrimonio como institución está en plena crisis, y el divorcio campa por sus respetos. Pero la iglesia como comunidad sigue aspirando a que en el matrimonio siga cumpliéndose un principio establecido por el mismísimo Jesús de Nazaret, según se lee en Marcos 10:8.9: “no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”; principio del que tal vez se derive la clásica expresión “hasta que la muerte los separe”.

El primer aspecto, que constituye un problema interno de nuestra comunidad, sí es más engorroso. Ya planteábamos, cuando reflexionamos acerca de iglesia y renovación, que es muy difícil lograr un consenso sobre cristianismo y divorcio, y que probablemente tal consenso no se logre. Y uno de los aspectos más urticantes de este tema es el del divorcio de personas ordenadas al ministerio pastoral, o cuando un divorciado aspira a ese ministerio, o algún otro. Si bien la Biblia es clara en lo que dice en cuanto a matrimonio y divorcio, la interpretación de las enseñanzas bíblicas suele divergir. Tal vez alguien piense que la conducta a seguir ante estos problemas es clara; otros no lo tienen tan claro. Además, impresiona que la comprensión del problema del divorciado, así como el entendimiento de lo que la Biblia dice al respecto, suelen ser incompletos. De lo que no cabe duda es que, tratándose de un tema complejo y difícil de consensuar, caen mal las pontificaciones en uno o en otro sentido. Una actitud abierta y humilde, más dispuesta a debatir respetando la postura del otro que a imponer la propia opinión como verdad absoluta, haría un mayor bien a las personas, a sus almas, pero también a sus corazones y sentimientos.

No voy a negar que las posiciones dogmáticas e inamovibles – y a veces también despiadadas – de algunos maestros y ministros sobre el divorcio, me estimularon para formular una opinión sobre este tema. Y voy a adelantar que en esta reflexión me animó la intención de mantenerme alejado de posiciones dogmáticas y pontificaciones incontestables. Y también quiero aclarar que llevo a la fecha más de veintisiete años de feliz matrimonio con mi esposa Estela, junto a la que espero envejecer, hasta que el Señor nos llame a su presencia. Vale esta aclaración, pues si la opinión surgida de este breve ensayo toma distancia de la dura frialdad con que el divorciado es tratado cuando aspira a rehacer su vida, no es con el propósito de autoabsolverme, como si yo también estuviera en una posición tan incómoda.

Indudablemente no está en el plan, ni en la idea o el ideal de Dios, la ruptura de una pareja cuya relación fue formalizada por el sagrado vínculo del matrimonio celebrado ante Dios y los hombres. Esto, que para la sociedad posmoderna puede resultar incluso obsoleto, mantiene su importancia fundamental en las comunidades cristianas, porque dichas comunidades valoran la familia tradicional como el mejor modelo de relación, donde los miembros encuentran el ambiente óptimo para su crecimiento, realización y felicidad. Y aunque la época contemporánea nos ofrezca ejemplos alternativos de familia (por ejemplo. monoparentales), el matrimonio sigue constituyendo la unidad básica alrededor de la cual se va formando una familia con la llegada de los hijos, la integración de un abuelo o abuela, generalmente viudo, o también de algún tío, solterón empedernido o divorciado reciente. Defender la unidad básica del matrimonio es defender la familia potencial a la que puede dar lugar esa pareja, formada por un hombre y una mujer unidos en matrimonio.

La Biblia presenta la institución del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, solemnizada por Dios, para suplir las necesidades de ambos. “No es bueno que el hombre esté solo” dijo Dios en el Génesis (2:18), y le acercó los animales del campo, poniéndole a trabajar en la primera tarea intelectual mencionada en las Escrituras: nombrar a los animales. Pero eso no fue suficiente, por lo cual Dios “hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Génesis 2:22). Y aquel hombre reconoció el valor del nuevo ser que Dios había creado para complementarlo, y dijo: “dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (22:24). Estas palabras repite Jesús de Nazaret al enseñar sobre el matrimonio y el divorcio, cuando fue preguntado por los fariseos – autoridades religiosas de su tiempo – acerca de la legitimación del divorcio sancionada en la Ley de Moisés; es decir, la ley del Antiguo Testamento, que constituía norma jurídica civil, penal y religiosa en el antiguo Israel. En esa ocasión fue que Jesús pronunció el conocido principio considerado por la iglesia evangélica justificación del divorcio: “cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mateo 19:9). La “repudiada” aquí es la mujer a la cual su esposo entregaba “carta de divorcio” y despedía de su casa, según las costumbres de aquella época. La referencia a fornicación se interpreta como una alusión al adulterio cometido por la mujer, y se extrapola a cualquiera de los cónyuges. Es decir, si uno de los cónyuges traiciona al otro cometiendo adulterio, el cónyuge traicionado puede divorciarse tranquilamente; e incluso, generalmente se acepta, podría rehacer su vida sentimental con una nueva pareja, cumpliendo el requisito de formalizar esa pareja en matrimonio, para no incurrir en fornicación.

El otro pasaje importante que habla sobre este tema espinoso es el capítulo 7 de la primera carta de Pablo a los Corintios. En éste el apóstol habla sobre la situación de los matrimonios en los que uno de los cónyuges ha profesado la fe cristiana y el otro no; situación común en nuestras congregaciones evangélicas hoy en día, siendo más frecuente que la mujer sea quién abraza la fe en Cristo y se hace miembro de la iglesia local, mientras su marido mantiene distancia, y aunque acepte – y aún aliente – la adhesión de su esposa a la fe, al ver un efecto positivo en ella, durante mucho tiempo no pasa de ser un simpatizante del evangelio, conservando su independencia. El desarrollo del capítulo, luego de recomendar al cónyuge cristiano la paciencia de permanecer junto al incrédulo, en la expectativa de una conversión, y al mismo tiempo para que una presencia cristiana en el hogar trasmita los valores del Reino de Dios a los hijos (v. 14), es muy claro y contundente en cuanto a qué hacer si el cónyuge incrédulo decide terminar la relación e irse: “si el no creyente se separa, sepárese, pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a vivir en paz nos llamó Dios” (v. 15). En otras palabras, si se quiere ir, que se vaya; el creyente no debe sentirse atado de por vida a semejante situación – o semejante cónyuge – pues Dios lo ha llamado a una vida de paz, y no de sufrimiento. Esto se ha interpretado como una segunda causal, válida desde el punto de vista bíblico, para el divorcio: si el marido o la esposa inconverso/a (es decir, no cristiano) decide abandonar el hogar, pues entonces el matrimonio se terminó. Por supuesto que estas consideraciones frías y desapasionadas no van a eliminar el dolor de sentirse abandonado por alguien amado – tal vez ni siquiera lo mitiguen – ni tienen por qué apagar la esperanza y la oración por una reconciliación, que seguramente alentará el cónyuge dejado, durante un tiempo variable. Estas consideraciones apuntan a que el cónyuge cristiano abandonado, así como el traicionado, cuyo matrimonio termina en divorcio, no debe sentirse culpable ante Dios. Si bien como cristianos no somos amigos del divorcio, y siempre debemos, salvo casos puntualmente muy excepcionales, procurar la restauración del matrimonio, es estúpido y perverso condenar sin misericordia al divorciado.

Esta situación de asimetría de profesión de fe en una pareja – uno creyente en Cristo y el otro no – entra en lo que se llama “yugo desigual” (2 Corintios 6:14), y los eventuales dolores de cabeza que puede traer son la causa de que en las congregaciones evangélicas se estimule a los jóvenes cristianos a formar pareja – y casarse – con personas de la misma fe.

Si bien el ser abandonado por un cónyuge incrédulo, y el ser traicionado por uno adúltero, son situaciones contempladas en las Escrituras como causales claras de divorcio, la Biblia no es tan explícita en cuanto a la formación de una nueva pareja por el que fue dejado; aunque eso se da por sobreentendido. Si bien es verdad que, como se planteaba en la entrega anterior, en el fracaso matrimonial (en ese artículo, por adulterio) a veces se puede reconocer responsabilidad de las dos partes, no cabe duda que quién no comete el acto de traición, o de abandono, y máxime si lucha por salvar su matrimonio, cuando esto no se logra y termina en divorcio, no debería sentirse particularmente culpable, y menos al punto de quedar bloqueado en cuanto a rehacer su vida con un nuevo amor. En efecto, aunque para nuestra sociedad posmoderna, inmoral y decadente, el divorcio sea ingrediente habitual de la vida cotidiana, los cristianos apegados a la Biblia no somos amigos del divorcio, y sólo reconocemos como causales bíblicas las mencionadas, y situaciones puntuales muy excepcionales. Aunque sean de recibo para la justicia civil causales como “riñas y disputas”, “incompatibilidad de caracteres”, “problemas económicos”, y otros títulos, los cristianos alentamos el orar, trabajar, luchar y buscar ayuda – incluso profesional – para rescatar el matrimonio. Los principios de amor, paciencia, arrepentimiento y perdón, tan importantes para el cristianismo, tienen aquí una aplicación muy pertinente.

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en julio de 2013)

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8 Comments

  1. María dice:

    Hola. A raíz de este artículo y audición radial, quisiera hacerles una pregunta al Dr. Pandiani o al Lic. Esteban Larrosa porque tengo una duda profunda en cuanto a esta temática tan compleja.
    Está claro en la Biblia que cuando un hombre o mujer sufren el engaño o adulterio por parte del cónyugue, éste está libre para poder divorciarse de acuerdo a lo que dice Jesús.

    Mi pregunta es: ¿la parte inocente está en condiciones de volverse a casar?

    He encontrado de parte de reconocidos autores cristianos, opiniones contrarias.

    Pongo como ejemplo dos autores reconocidos actualmente como son John Piper y John McArthur. Estos no coinciden en sus apreciaciones.

    John Piper dice que el matrimonio es para toda la vida y que luego de un adulterio, la parte inocente está en condiciones de divorciarse bíblicamente, pero NO de volverse a casar, porque el matrimonio es un pacto para toda la vida, sólo en caso de fallecimiento de la otra parte, esta persona se podría volver a casar.

    En tanto que McArthur dice que esta persona (la parte inocente en caso de adulterio) está en condiciones de volverse a casar sin que la otra persona necesariamente fallezca…

    Entonces…¿cuál es la opinión bíblicamente correcta?

    Les coloco el link de los artículos que leí de ellos en cuanto a esto:

    J. Piper: http://reformadoreformandome.wordpress.com/2012/08/19/divorcio-y-segundas-nupcias-john-piper/

    J: McArthur: http://fortaleciendomatrimonios.blogspot.com/2013/01/divorcio-y-nuevo-casamiento-john.html

    Esta pregunta surge a raíz de que conozco una pareja de jovenes cristianos, que están de novios, comprometidos con Dios, que no quieren cometer un pecado contra Dios y no están seguros de qué deben hacer. La chica es divorciada, su ex-esposo la maltrataba psicológicamente y en varias ocasiones cometió fornicación y adulterio y luego él le pidió el divorcio.
    Él (el novio de esta chica divorciada) no se casó nunca y es cristiano igual que ella. Ambos son jóvenes tienen 28 años.
    ¿Qué deben hacer? ¿Casarse? ¿Si lo hacen cometen adulterio? ¿Si no es adulterio, están en condiciones de servir en la Iglesia al igual que el resto de las personas?

    Desde ya gracias por una respuesta a esto y disculpen la extensión de lo que escribí pero ellos sinceramente están afligidos por este tema y por no saber qué hacer bíblicamente hablando, porque no hay una opinión única en cuanto a esto.
    Quizás esta laxitud sea parte de la libertad que deja Dios para la restauración…
    Además supongo que muchas personas más estarán en esta misma situación.
    Gracias nuevamente y quedo a la espera de una respuesta

    María

    • Alvaro Pandiani dice:

      Estimada María, le pido un par de días, y con gusto le daré una respuesta.
      Bendiciones del Señor para usted

      • Alvaro Pandiani dice:

        María, la situación que plantea de los dos jóvenes enamorados es seguramente una de las más crueles que puede enfrentar una pareja de creyentes, pues compromete su felicidad.
        No conozco ni a Piper ni a McArthur, ni me quita el sueño conocerlos. Muchos autores son reconocidos no por su ciencia y sabiduría, sino por el carisma que les atrae seguidores y les brinda acceso a medios de comunicación.
        Tal vez algunas consideraciones de la parte 3 puedan orientarle en parte en este asunto tan espinoso. Pero no espere encontrar en ese artículo, ni en ninguno de esta serie, la respuesta definitiva a este dilema. No creo que exista tal respuesta definitiva.
        En este artículo yo escribí que la Biblia no es tan explícita en cuanto al segundo matrimonio, pero que generalmente eso se da por sobreentendido; no que la Biblia lo de por sobreentendido, sino que lo hacemos en la actualidad. Tal vez eso sea así porque estamos impregnados por la cultura secular y mundana que nos rodea.
        Muchos, ante la disparidad de criterios, aconsejarían buscar a Dios en oración para que Él muestre el camino. Eso está muy bien. El punto es saber cómo Dios nos va a mostrar el camino. Los sueños y visiones y revelaciones inusitadas no son de fiar; el apóstol Pedro habló de la “palabra profética más segura” (2 Pedro 1:19). La guía de Dios la debemos buscar en la Biblia; pero si no encontramos una norma clara y explícita en la Biblia, la alternativa es ver qué dicen los estudiosos y eruditos bíblicos. Pero si los eruditos no se ponen de acuerdo entre sí, estamos otra vez como al principio. En ese entendido, voy a dar mi opinión.
        Entiendo la posición de Piper bastante absurda. Tanto nuestro Señor Jesús como el apóstol Pablo legitiman que el cónyuge traicionado y maltratado se separe del traidor (adúltero) y que maltrata. Cuando Jesús dice en Mateo 19:9 “cualquiera que repudia a su mujer” no habla de una simple separación, sino de una separación legal; se está refiriendo al divorcio. Y cuando hablamos de divorcio, eso significa que el matrimonio se terminó. El pacto matrimonial quedó roto. ¿Es ése el ideal de Dios? Claro que no; el ideal de Dios lo expresan las palabras de Jesús: “lo que Dios juntó no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). Como todos sabemos, la voluntad de Dios es que el matrimonio sea para toda la vida “hasta que las muerte los separe”. Pero tampoco es el ideal o la voluntad de Dios que Israel bombardee una escuela en la Franja de Gaza, o que los prorrusos de Ucrania asesinen 298 inocentes derribando un avión comercial. La maldad, el pecado, la injusticia, la violencia y la inmoralidad no constituyen el ideal de Dios, ni de los hombres y mujeres de buena voluntad.
        Constituyen la realidad.

        • Alvaro Pandiani dice:

          Es verdad que el apóstol Pablo dice muy resueltamente en 1 Corintios 7:11 que la mujer, si se separa, se quede sin casar, y se reconcilie con su marido. Pero el desarrollo de la enseñanza de ese mismo capítulo lo lleva en el versículo 15 a decir que si el incrédulo se separa, que se separe, pues el cónyuge creyente no debe estar “sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a vivir en paz nos llamó Dios” (de ahí que yo considere el maltrato también como causal bíblica de separación legal o divorcio).
          Entonces, volviendo a la realidad de un pacto matrimonial roto por circunstancias que hasta los antiguos hebreos consideraron, y el Nuevo Testamento refrenda (traición, maltrato), ¿qué le decimos a la “parte inocente”, es decir, el cónyuge traicionado y maltratado? ¿Les decimos: “mi hermano/a, tuviste mala suerte, así que ahora, quedate soltero/a para el resto de tu vida”? ¿O sea que ahora los cristianos evangélicos imponemos celibato obligatorio de por vida en determinados casos?
          No es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios (Génesis 2:18); y cuando los discípulos opinaron que tal vez sería mejor no casarse, Jesús respondió: “no todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado” (Mateo 19:11). También dice Pablo en 1 Corintios 7:17: “cada uno viva según los dones que el Señor le repartió, y según lo que era cuando Dios le llamó”. No creo haber sacado de contexto ninguno de estos pasajes bíblicos.
          La realidad es que la Biblia no habla del segundo matrimonio; no lo autoriza, tampoco lo prohíbe. Tal vez sea como usted dice, María: Dios nos da libertad de decidir en este caso (en general Dios da más libertad de lo que a los hombres y mujeres legalistas les gustaría). Creo que lo principal es que los dos jóvenes enfrenten la vida con un corazón recto y consagrado al Señor, y firmemente dispuestos a cumplir sus votos. Que tendrán resistencia no cabe duda; la tendrán y puede que llegue a ser feroz (también los legalistas muy a menudo olvidan la misericordia). Yo les recomendaría que pongan sus ojos sólo en Jesús, y olvidando el pasado, miren hacia adelante, al futuro que Dios les tiene preparado.
          Espero que esta respuesta les sirva de algo. Dios les bendiga y a las órdenes.

  2. Carlos dice:

    El pasado Noviembre tuve la oportunidad de dar mi parecer con respecto a este tema tan delicado y frecuente. Hoy quisiera agregar algo más a lo ya expresado en aquella oportunidad, lo cual mantengo en un todo.
    Luego de transcurridos unos meses de aquella entrega del Dr. Pandiani, he podido observar que en reiteradas ocasiones se menciona a nuestra sociedad posmoderna como inmoral y decadente y en verdad se puede coincidir con esa calificación. Pero quisiera remarcar que la sociedad palestina, romana o egipcia en días de Jesús no era menos inmoral y decadente que la que hoy vivimos. No vanamente ocurrieron los hechos que todos conocemos.
    Dicho esto, debo expresar que a mi criterio el matrimonio es una oportunidad más que se nos brinda – entre otras – para poner en práctica una batería de principios cristianos como, amor, paciencia, arrepentimiento, perdón, aceptación de la diferencia (seguramente María tendría diferencias con José en muchos aspectos de la vida), y tolerancia. Pero así como La Biblia no es explícita en el tema suicidio, tampoco lo es en aspectos como el que hoy nos ocupa, es decir, no nos dice como se manejaban lo que hoy los psicólogos denominan “vínculos tóxicos”. Y yo creo que no lo hace porque en aquel entonces no existiera ese tipo de vínculo, sino porque la cultura de aquella región del mundo (medio oriente) y la época que se vivía eran propicias para aceptar y permitir determinados abusos hacia la mujer y las niñas que hoy – en nuestra sociedad posmoderna – son inaceptables por más que en los hechos aún continúen ocurriendo.
    No soy amigo del divorcio porque estaría perdiéndome la oportunidad de practicar todos los valores antes mencionados, pero en casos en donde las parejas están basadas en el sufrimiento y la descalificación, dónde no se favorece el crecimiento personal de cada uno de sus integrantes, sino que, por el contrario, se lo anula. En parejas dónde la violencia moral, psicológica, emocional, y la humillación predominan, en parejas donde la patología está instalada, en parejas donde la ruptura siempre se da a través de la violencia física llegando incluso al homicidio por parte de alguno de sus miembros. En esos escenarios no queda otra opción que la separación y el divorcio.

  3. Marina Rodríguez dice:

    Dr Alvaro Pagliani:
    Vd. dijo que cuando un matrimonio termina en divorcio puede rehacer la vida en un nuevo matrimonio. Sí, muchas Iglesias tienden a permitir las cosas más fáciles que lo que manda la Biblia. Pero en el Sermón del monte, JesuCristo nos dice en Mateo 5-32 “Pero yo os digo que el que repudie a su mujer a no ser por causa de fornicación,( pero no queda solo en eso). hace que ella adultere, y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.”
    Así que es una ley completamente cerrada, la que se separa, mientras no muera la otra parte no se puede llegar a otra persona; si no está cometiendo adulterio y quien se casa con ella también adultera.

    Y en Mateo 19-9 dice lo mismo, repite lo mismo.
    Y Lucas 16-18 dice lo mismo, tres veces repetido en la Biblia lo mismo.

    Quien no quiere obedecer es porque no sigue el mandato de Jesús, no se puede tomar una parte y la que no le conviene dejarla de lado.

    Por eso en mi Iglesia que es la que todo cumple exactamente, hay varias personas que viven solos o solas. Quien dice que eso es una exageración, está viendo mal la Biblia.
    Pero quien está entregado a Jesús, puede decir con El: Mateo 11-30 porque mi yugo es fácil y ligera mi carga.
    Buenas noche

    • Álvaro Pandiani dice:

      Estimada Marina, le agradezco por su participación en la discusión de este tema tan difícil y delicado; su comentario es un aporte que merece ser considerado.
      Sin embargo, lamento que no haya prestado la atención debida a nuestros planteamientos sobre dicho tema; por ser difícil y delicado, justamente, es que debemos prestar más atención, antes de opinar. Para ponerlo en palabras bíblicas, debemos ser “prontos para oír, tardos para hablar” (Santiago 1:19).
      Según usted, yo dije que cuando el matrimonio termina en divorcio, se puede rehacer la vida con un nuevo matrimonio. Yo jamás dije eso, y lo puede comprobar leyendo en línea el artículo en el que se basó la columna radial del martes. El versículo bíblico que me recuerda de Mateo 19:9, fue manejado en la reflexión a propósito del divorcio, además de muchos otros pasajes de la Biblia (Mateo 5:32 dice exactamente lo mismo, y Lucas 16:18 es muy similar). Con respecto a Mateo 19:9, creo que su postura adolece no ya de mal interpretación de la Biblia, sino del lenguaje. Cuando de un hecho (divorcio) se deriva una consecuencia (adulterio de los divorciados) habiendo en el medio la expresión “a no ser” o “salvo por”, claramente se expresa que hay excepciones en los que dicha consecuencia no se aplica. Lo que yo expresé es que hay situaciones consideradas causales legítimas desde el punto de vista bíblico para el divorcio (adulterio del cónyuge, y abandono por un cónyuge inconverso), y que GENERALMENTE SE ACEPTA (no lo digo yo sólo, sino maestros, predicadores y pastores), que quienes se divorciaron en tales situaciones pueden volver a casarse, aunque la Biblia no es tan explícita en esto último.
      Marina, usted parece no haber escuchado bien el programa. Le pido que relea lo dicho en el artículo.
      Usted tergiversa lo que dije, y luego ofrece su particular sermón. Relea por favor, que también se dijo que en estos temas difíciles de consensuar, CAEN MAL LAS PONTIFICACIONES (del tipo de: yo tengo la verdad, y punto).
      Usted tiene que entender que quién interpreta la Palabra de Dios de una manera diferente a usted, no es que no quiera obedecer: la interpreta diferente. Marina, si no lo entiende ahora, cuando madure espiritualmente, lo va a comprender.
      Y una última cosa, estimada hermana: eso de que “su” iglesia es “la que todo cumple exactamente”, suena muy, muy soberbio. Recuerde que en ese mismo pasaje de Mateo 11:30 que usted cita al final, en el versículo anterior, Jesús invita a sus seguidores a ser humildes. Con respecto al “exacto cumplimiento” de la Iglesia a la que usted concurre, mi querida hermana, le dejo dos pasajes bíblicos para su meditación:
      1 Corintios 10:12: “el que piensa estar firme, mire que no caiga”.
      1 Corintios 8:2: “si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debería saberlo”.
      Espero que esto la mueva a la reflexión.
      Con mis más cordiales saludos y deseos de bendición.

  4. Carlos dice:

    Debo felicitar al Dr. Pandiani por el abordaje de temas “espinosos”, temas que le atañen a la humanidad en general, no es trascendente si se es cristiano, judío, ateo o lo que se quiera. El tema está allí presente y es necesario encararlo.

    Personalmente creo que Dios ha creado todo lo que existe, lo que vemos y lo que no vemos. Nos ha mostrado como opera en determinadas circunstancias, y nos condujo de la mano hacia el descubrimiento de las leyes de la física, de la química; y nos ha mostrado la biología y la astronomía y nos ha hecho saber que existe un leguaje universal que nos permite (una vía de comunicación alternativa) continuar comunicándonos con él: la matemática.

    A través de todos estos misterios revelados los humanos hemos aprendido que todo lo que nuestro Dios ha creado está en permanente cambio. En ocasiones son lentos, en otros momentos aparentan ser “ violentos”, y otras veces los cambios se verifican con extrema lentitud. Alcanza con visualizar la dinámica astronómica, la física, la química, etc. Todo está en permanente, constante y estricto cambio, casi nada en este universo que habitamos quedó tal y como fue creado. Todo sufre cambios de estado, aún cuando determinados elementos parecieran que han sido destruidos, vemos que sólo han cambiando a otro plano. He llegado al punto en que no tengo dudas que esa es una regla que el señor ha impuesto a su obra y que nos la hace recordar diariamente, gozo por poder verla y maravillarme. Ahora bien, si él creo de este modo al universo, si todo está en permanente cambio, ¿por qué razón debería nuestro comportamiento permanecer estático? Es muy probable que a los veinte años frente a una determinada situación actuáramos de un modo particular, y luego con el paso de los años, y hoy con más de cuarenta frente a la misma situación actuemos de otra totalmente diferente.
    Está claro que Dios no creó seres humanos eternos, (mejor así, de lo contrario nos caeríamos del planeta) , Dios nos creó con un comienzo y un final , Dios nos creó dinámicos!!! ¿Por qué razón un humano (que no es eterno) debería generar algo para siempre? Creo que así no opera Dios. El nos ha colocado dentro de la creación divina, inmersos en una dinámica de cambio estricto y riguroso. Creo que deberíamos aceptar esta regla vital de la majestuosa ingeniería del Señor y aceptar que el amor de una persona hacia otra también está sujeto a las mismas reglas de la dinámica de la creación, por ende puede evolucionar o involucionar, cambiar a un estado superior o inferior.
    De nuevo mis felicitaciones al Dr. Pandiani por el abordaje de estos temas.
    Muchas gracias.

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