Religión y tolerancia – 1

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Por: Dr. Álvaro Pandiani

Vivimos tiempos complicados. Todos aquellas ideas o ideologías a las que las personas adhieren y con las que se comprometen, en algunos casos configurando un intenso y emotivo compromiso, ideologías que pueden dar lugar a diferencias de opinión, desacuerdos y posiciones enfrentadas que inducen a pretender imponer la postura propia, anteponerla a la del otro, o adoptar actitudes despectivas hacia quién piensa distinto, todo eso, se ha vuelto tema sensible. Los sentimientos de pertenencia a un colectivo o comunidad, cuando surgen de la profunda convicción acerca de la bondad y nobleza de tal colectivo, de la pertinencia de que exista, o de su carácter de expresar una verdad no negociable e irrenunciable de la existencia humana, generan en forma natural el impulso de defender tal colectivo en sus propósitos, en sus actividades, en su doctrina, en su misma razón de ser. La defensa más elemental, la más primitiva, es análoga a la de la manada que ve amenazado su territorio, y por lo tanto su existencia; la agresividad, el gruñido de advertencia, la amenaza y la pelea. En su forma más “civilizada” esta defensa deriva en la prédica de la tolerancia y la lucha pacífica por la no discriminación. Todos incurrimos en estas conductas, en algún momento; por lo tanto, inevitablemente, todos debemos tener presente lo positivo de una actitud de tolerancia, y de no propiciar ni acompañar segregaciones de ningún tipo. Pero no solo porque hoy en día la tolerancia y la no discriminación sean políticamente correctas, sino porque deberían ser expresiones de una actitud de amor al prójimo que eleva el espíritu del hombre por encima de cualquier forma de ataque, violencia, juicio de valor, o establecimiento de distinciones entre las personas.

No es fácil, pues por un lado la intolerancia y la discriminación parecen vicios inherentes a la cultura humana, cuando no a la naturaleza humana, y la historia está atestada de hechos de segregación contra colectivos enteros; y por el otro, cada vez más grupos de personas con una característica común se quejan de haber sido, en algún momento, objeto de discriminación, y claman por sus derechos. A los colectivos tradicionalmente segregados, los indios, las mujeres, los negros, los pobres (van en orden alfabético), se añaden por ejemplo los gordos, los petisos, los homosexuales (estos últimos siempre discriminados y estigmatizados, pero sin la notoriedad que han adquirido en las últimas décadas, sobre todo en los medios masivos de comunicación, en su lucha por la tolerancia hacia su opción sexual). La política también muestra esa veta intolerante y discriminatoria. Sin necesidad de tomar ejemplos de países cuyos pueblos son políticamente inmaduros, y ven al opositor no como un rival sino como un enemigo (caso de Haití, donde me tocó estar y ver esto personalmente), en nuestro país nadie que no viva en un altillo sin nunca salir puede ignorar cómo los actores políticos vituperan y demonizan a sus opositores, induciendo a sus seguidores a una actitud de intolerancia que estigmatiza a quién piensa diferente. Y no se puede negar que, en Uruguay, los políticos de izquierda se transformaron en maestros en el arte de satanizar a sus rivales de derecha, mientras fueron oposición; y ahora, como gobierno, recogen la mala semilla sembrada. No es casualidad que nuestros actuales gobernantes sean los grandes abanderados de la tolerancia.

Pero indiscutiblemente, la religión se lleva las palmas en este asunto de la intolerancia. Lamentablemente, debemos reconocerlo, la Iglesia se ha caracterizado al correr de los siglos por ser la Institución Intolerante por antonomasia. Nadie que conozca la historia de la Iglesia desde Constantino y la oficialización del cristianismo como religión del Imperio Romano por Teodosio en el siglo IV, hasta bien entrada la modernidad (prácticamente pisando el siglo 20), puede negarlo. O en otras palabras, quién niega que la Iglesia ha sido intolerante, es porque desconoce su historia. Una historia turbulenta, jalonada por guerras y cruzadas, persecuciones, humillaciones públicas, confiscación de bienes, exilios forzados, encarcelamientos, torturas y muertes en la hoguera. La historia de lo que la Iglesia ha hecho con quienes no pensaban – o creían – lo que la ella dictaba es atroz, sangrienta y macabra. Hace un tiempo escuché en un programa radial a un locutor que hacía relatos de hechos sucedidos en la remota antigüedad; en esa oportunidad, hechos protagonizados por cristianos, a finales del Imperio Romano, contra sus compatriotas paganos, cada vez en mayor desventaja después de Constantino. Y el locutor reflexionaba desapasionadamente acerca de cómo los cristianos, perseguidos a muerte por el Imperio Romano durante trescientos años, una vez en el “poder” adoptaron ellos también esa postura de intolerancia, persiguiendo a quién discrepaba con su postura filosófica y religiosa.

Esta postura de intolerancia de la que hablamos, adoptada por los cristianos del Imperio Romano una vez que contaron con el apoyo del poder secular, es lo que puede verse en la superproducción cinematográfica española de 2010 Ágora, ambientada en la Alejandría de fines del siglo IV y principios del V. En dicha película, centrada en la figura de Hipatia, una filósofa, astrónoma y matemática, personaje histórico real interpretado por Rachel Weisz, puede verse a poco del principio una acción violenta de un grupo de paganos contra los cristianos dominantes que se burlaban de los dioses griegos; se llega a una trifulca pública hasta que la masa de cristianos, una vasta mayoría, reacciona contra ellos y los encierra en el recinto del Museo de Alejandría. El emperador apoya la causa cristiana, y el Museo debe ser desalojado por los paganos, siendo entregado a los cristianos, quienes son mostrados en un frenesí fanático, destruyendo los libros que contienen la sabiduría del mundo antiguo. Las provocaciones y actos de intolerancia de parte de los cristianos prosiguen a lo largo del film, y al final Hipatia, desprovista del apoyo de las autoridades, es asesinada por un grupo de cristianos supuestamente instigados por el obispo Cirilo de Alejandría. Esta película, con varias licencias históricas entre las cuales una de las más importantes es que no existen datos que vinculen al obispo Cirilo con el asesinato de Hipatia, fue denunciada en la propia España por “promover el odio contra los cristianos”; también tuvo problemas de distribución en Estados Unidos por su contenido anticristiano, y fue censurada en Egipto por “insultar la religión”. Como ha pasado otras veces, cuando los realizadores cinematográficos han incursionado en temas religiosos sin seguir los lineamientos oficiales de la religión, la película suscitó reacciones y protestas de parte de personas y organizaciones de creyentes, quienes consideran que trata la historia de una forma parcializada e incompleta, y la juzgan una herramienta para manipular las opiniones y emociones del público, o directamente como algo agraviante.

El problema es que, aunque no nos guste a los cristianos de hoy, y si bien es probable que en Ágora la conducta intolerante y despótica de los cristianos fue exagerada (quizás, arteramente exagerada), a la luz de la historia posterior, durante la edad media y la era moderna, mientras la Iglesia tuvo el poder otorgado por el brazo secular (brazo armado) para imponer sus dogmas y decretos, los impuso a sangre y fuego. Por supuesto, esta intolerancia que cristaliza en actitudes violentas contra los opositores y disidentes no es patrimonio del cristianismo; baste ver lo que ocurre en el mundo islámico, donde incluso en el presente la disidencia puede costar muy caro (puede costar la vida).

¿Y qué ocurre con otras religiones? Bueno, sería interesante mencionar el caso del budismo, esa religión – filosofía que tan idealizada está y tan buena prensa tiene en occidente, entre determinado tipo de personas; al punto que hay quienes consideran al budismo como la religión que puede traer la verdadera paz interior (no el cristianismo). Cabría preguntarse por qué, si los budistas tienen la verdadera paz interior, sus monjes instigan a sus seguidores a ejecutar violencia contra los cristianos, como me tocó ver cuando estuve en Sri Lanka hace casi siete años, trabajando con los damnificados por el Tsunami. Los múltiples testimonios que atemorizados cristianos nos contaban acerca de los actos de violencia perpetrados contra ellos por los seguidores de esos monjes calvos que visten hábito color naranja, contradicen lo que la prensa, la cinematografía y otros vehículos de “cultura” nos han querido hacer creer sobre el budismo. Realmente conmovía ver a aquellos cristianos elevar sus oraciones a Dios pidiendo, no protección contra sus acosadores, sino valentía para proseguir con su misión espiritual de predicar el evangelio.

Por supuesto, queda abierta la interrogante acerca de qué harían los cristianos de Sri Lanka, caso de algún día ser mayoría y tener a su disposición el poder secular (el poder civil, incluyendo el uso de la fuerza), con sus antiguos perseguidores budistas. Aquí debemos, necesariamente, hacer la misma distinción de siempre; la distinción entre, por un lado, la Iglesia como institución oficial, que alguna vez ejerció el poder civil e hizo uso de la fuerza contra quienes discrepaban, y aún ahora tiene en muchos países gran influencia política para presionar a los disidentes, y por otro lado la Iglesia como comunidad orgánica de creyentes, que procuran predicar el evangelio con amor y vivir con sencillez la vida de fe en Jesucristo. Esta distinción es a menudo pasada por alto, cuando no malintencionadamente ignorada por los ateos radicales y otros enemigos del cristianismo, pero es una distinción no menor; a decir verdad, es una diferencia fundamental.

Pero efectivamente, todas las religiones, cuando han tenido la posibilidad de imponer sus ideas y doctrinas mediante el uso de la fuerza, lo han hecho, dando tristes ejemplos de intolerancia. Pero acá hablamos, y volvemos una vez más, a los hechos de intolerancia de los cristianos, y entre los cristianos. No son hechos del pasado, ni son hechos lejanos. Y tendremos la oportunidad de ver un ejemplo cercano en el tiempo de esto mismo, en la próxima semana.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. Material adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en octubre de 2011.

2 Comments

  1. Carlos dice:

    Excelente !!!! Que bueno que se aborden estos temas !!!! Parecía que en nuestro Uruguay de hoy nadie iba a ocuparse de encarar esta temática. Lamentablemente en nuestro país son muy frecuentes las actitudes de discriminación , menoscabo y demonización de parte de algunos cristianos hacia otros simplemente por tener una visión diferente de algunos temas de actualidad o por escuchar determinado estilo de musical o por gustar de determinado tipo de arte . Insisto, lo he observado dentro de la comunidad evangélica y también dentro de la comunidad católica y ni que hablar dentro de la comunidad judía, y lamentablemente en todos los casos se efectiviza sin ninguna clase de prurito. Pero lo importante aquí es que el Dr. Pandiani “tiró el gato encima de la mesa” , a partir de ahora creo que el lector deberá reflexionar, mirar a su alrededor, analizar su propias reacciones dentro y fuera de su ámbito y fundamentalmente desarrollar su propia auto crítica a fin de ver que cuota parte le corresponde “pagar” de esta “factura”.

    Me pareció que también se desprende del artículo el hecho de que todas las religiones existentes sobre la faz de esta tierra, son gestadas y son gestionadas por SERES HUMANOS, con todo lo que ello implica. Los humanos comunes no podemos deshacernos de nuestra condición (en el bien o en el mal), esa condición en algún momento nos aflora, es inevitable que aparezca.
    Muchas Gracias
    Saludos

  2. Sebastian dice:

    Como me puedo hacer socio este me interesa esto como hago?

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