¿Fiestas en Familia?

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fiestas-en-familiaPor: Dr. Álvaro Pandiani*

La Navidad es una fiesta para pasarla en familia. Eso es lo que nos han enseñado; nos lo inculcaron hasta que nos quedó grabado en la médula. No es culpa de la gente de la actualidad. Cuando yo era niño, ya se decía que la Navidad era una fiesta para reunir a los parientes, para estar toda la familia junta; por extensión, las “fiestas tradicionales” – es decir, también Fin de Año y Año Nuevo, y hasta el Día de Reyes – se consideraban fiestas para pasarlas en familia, y así se hacía. También recuerdo de mi infancia las reuniones casi multitudinarias que juntaban a familiares cercanos y lejanos, y también algunos amigos, las noches del 24 y 31 de diciembre, y los mediodías de Navidad y Año Nuevo. Ya en aquellos años en el cine y la televisión productos llegados del mundo anglosajón, y también de la región, nos mostraban la Nochebuena, pero sobre todo la Navidad, como una fecha en que las familias procuraban eludir todos los obstáculos, para estar juntos. En Uruguay, merced al proceso de secularización llevado adelante hace aproximadamente cien años por el pensamiento batllista, antiguos feriados religiosos – porque eso eran la Navidad y el Día de Reyes – devinieron en “fiesta de la familia”, y “día de los niños” (Ley del 23 de octubre de 1919). ¿Cuánto influyó tal cambio impuesto por ley en la consideración que, aún actualmente, predomina acerca de la Navidad? Seguramente mucho, aunque la característica de la Natividad como fiesta familiar no nace de este hecho legislativo, evidentemente. Baste recordar que la Navidad nos refiere a un hecho de la historia bíblica cuyos protagonistas son un hombre, su esposa, y un recién nacido, hijo de ésta; el conjunto que la tradición religiosa cristiana conoce como la “sagrada familia”. Y aunque en el cristianismo evangélico esta imagen de la sagrada familia no se menciona, ni se representa – salvo en pesebres vivientes durante las celebraciones navideñas de las iglesias – ni mucho menos es objeto de culto, nos sirve al efecto de recordar que la Navidad, cuyo auténtico centro sigue siendo y siempre será el Nacimiento de Cristo, es en definitiva una celebración que evoca el momento en que una pareja recibe a su primer hijo, y se transforma en una familia.

Tan “impreso en la médula” tenemos ese carácter de celebración familiar de estas fiestas tradicionales, esa casi obligatoriedad de estar en familia, que la imposibilidad de estar con la misma puede significar tristeza, depresión y desdicha; la muerte, cercana en el tiempo o no, de aquellos seres queridos que eran parte muy importante de nuestra vida, su ausencia en estas fechas tan especiales, implican incluso el llegar a odiar estas fechas; y no son la única causa por la cual muchos, de hecho, odian la fiestas tradicionales. La obligación de trabajar, de cumplir obligaciones lejos de la familia en los momentos más significativos – la medianoche de Nochebuena y Fin de Año, por ejemplo – también entristece y contamina el ánimo de las personas. Ni que decir de la situación de enfermedad, sobre todo cuando la misma obliga a una persona a permanecer hospitalizado, sino por completo solo, a menudo teniendo a su lado sólo un desconocido empleado de una empresa de compañía (los cuales realizan un muy meritorio trabajo, y también pasan esas fechas lejos de sus familias). La forma de festejar Fin de Año y Año Nuevo en nuestro país – incluso con más frenesí y excesos que Nochebuena y Navidad – amén de reflejar el hedonismo y ansias de festichola de la gente, ofrece una alternativa para quienes por trabajo – o incluso por enfermedad – no pueden estar con sus familias en Navidad, y sirve bien a esos efectos (personalmente, muchos años estuve lejos de mi familia por trabajo una de las fiestas, pudiendo disfrutar la otra con los míos).

Sin embargo y por contrapartida, el rechazo por estas fiestas tiene que ver, en muchas personas, justamente con la familia, y con esa obligación moral y convención social que prácticamente las fuerza a estar con los parientes. Hace algunos años publicamos el artículo Leyendas de Navidad, en el cual traté de repasar – más o menos extensamente – algunas tradiciones vinculadas a esta celebración, tales como el llamado “espíritu navideño”, los adornos, el árbol de navidad y la figura de Papá Noel, y la relación de todas estas cosas con la auténtica Navidad cristiana. Curiosamente, entre otros comentarios recibidos por ese artículo llegó uno que habla, justamente, de este tema de la familia; una lectora escribió: Buscando datos sobre la navidad llegué a este artículo… Es algo para estar junta la familia (aunque el resto del año nos matemos) y comer y tomar y recibir y dar regalos. Creo que la gran mayoría no recuerda que es el nacimiento de Jesús lo que se celebra y si lo recuerdan tampoco le dan trascendencia. Es la fiesta de la familia. Personalmente no soy muy adepta a estas fiestas. No soporto a mi familia dándose besos y buenos deseos cuando todos sabemos que el resto del año no será así. Me molesta reunirme con todos ellos, pero si no lo hago soy una aburrida y solitaria mujer que no ha entendido que durante estas fiestas DEBO OLVIDAR TODO, porque lo importante es LA FAMILIA. Muy interesante el artículo, de verdad. Feliz Navidad (de alguien aburrida)” (www.iglesiaenmarcha.net/2007/12/leyendas-de-navidad.html). Este comentario expresa mucho y muy bien ese carácter de las llamadas fiestas tradicionales como fiestas familiares; carácter que se impone como convención social, y que virtualmente “obliga” a las personas, las cuales se sienten moralmente compelidas a estar “en familia”. Esta obligación social se sobrepone a los odios y distanciamientos personales entre miembros de una familia – alimentados durante el año por rumores y rencores, por chismes y recelos – conduciendo a actitudes y poses que en definitiva son hipócritas. La lectora escribe: “Es algo para estar junta la familia, aunque el resto del año nos matemos”; y abunda en esto al agregar: “Me molesta reunirme con todos ellos, pero si no lo hago soy una aburrida y solitaria mujer que no ha entendido que durante estas fiestas DEBO OLVIDAR TODO, porque lo importante es LA FAMILIA”. En suma, la lectora describe muy bien una actitud desafortunada y lamentable a la que muchas personas se ven obligadas en diferentes circunstancias: una cínica e hipócrita sonrisa de complacencia para compartir un tiempo con aquellos a quienes no se soporta, porque “la ocasión lo impone”.

Las consecuencias deplorables de la hipocresía, resultante de una obligación surgida de convencionalismos sociales, comprometen los dos miembros de esta ecuación: Navidad – o las fiestas genéricamente – y familia. La actitud hipócrita exhibida por los integrantes de una familia ante el resto de los parientes con los cuales comparten las fiestas tradicionales, a veces sin remordimientos ni escrúpulos, a menudo sin evidenciar en absoluto conflictos de conciencia, incluso ostentando con cinismo su maestría en el arte de la falsedad, aleja con fastidio a aquellos que aún sienten algún dejo de vergüenza, o consideran como virtudes de vida ideales la sinceridad, la franqueza y la veracidad en la expresión de sus pensamientos y sentimientos. Los adolescentes y los jóvenes por ejemplo, pero no únicamente ellos, pueden sentirse fastidiados por el espectáculo y el mal ejemplo de una familia llena de conflictos, en la que personas hipócritas actúan fingidamente ante sus parientes. La reacción resultante puede ser considerar las relaciones familiares, y también las fiestas tradicionales, como paradigmas de hipocresía humana, y repudiar tanto unas como otras. Odiar la familia, odiar las fiestas, odiar la Navidad – ignorando su auténtico significado, el cual es un mensaje de amor – y pasar mal, con amargura, con resentimiento y en soledad, estas fechas.

La familia tiene un lugar preponderante en la Palabra de Dios. La Biblia habla extensamente sobre la familia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, ofreciendo pautas y recomendaciones acerca de cómo deberían ser los vínculos entre los miembros de ésta, que hoy día para muchos podrían parecer aspiraciones idealistas imposibles de alcanzar. Independientemente de que hablemos de una familia tradicional – el padre, la madre y los chicos – o de otros tipos, como familias monoparentales, familias fragmentadas – por ejemplo, una señora, su hija soltera y sus nietos – o incluso grupos de personas que conviven unidas por lazos afectivos y que se consideran familia, los valores y formas del relacionamiento aconsejados por la Biblia aplican a todas, y la medida en que esas formas de relación se alejan del “ideal” que intuitivamente la mayoría tenemos acerca de lo que debería ser “la familia”, es la medida en que esa familia es disfuncional, o ha fracasado en el desempeño de su rol. Un pasaje bíblico referido a la familia, y concretamente al núcleo familiar – el hogar – se recoge en 1 Timoteo 5:8; allí leemos: “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. Realmente, una expresión dura y severa para arrancar a hablar de Biblia y familia; pero tal vez adecuada para enfrentar esa atmósfera venenosa de hipocresía, indiferencia, rencores y odios, cuando no de violencia e inmoralidad, que a menudo rodea y sumerge a familiares, parientes y amigos de una casa. Porque no cabe duda que es una expresión referida a la familia; “los suyos, y mayormente los de su casa” son, indudablemente, los familiares de ese “alguno” innominado al que se refiere el escritor sagrado. Y si bien es cierto, y lo confirma el contexto de este pasaje, que la expresión se refiere a la provisión económica, es legítimo que nos preguntemos si esta breve sentencia del apóstol Pablo no admite otras lecturas; si el jefe del hogar, y tal vez otros miembros de la familia también, no deberían “proveer” – o aportar – otras cosas a los de su casa, para tener una familia espiritual y emocionalmente saludable y feliz. Porque, ¡cuántos jefes de hogar se conformaron durante años con proveer para las necesidades materiales de los miembros de su familia, ocupando el resto de su tiempo en vivir sus propias vidas, encerrados en sí mismos y en sus gustos y apetitos personales, afectivamente desconectados de los suyos, para terminar descubriendo un día, con asombro, que estaban solos, abandonados, repudiados, como extraños entre sus seres amados, a quienes nunca les brindaron otras cosas, otros aspectos necesarios para la vida familiar, más que el sueldo cada fin de mes!

¿Qué otras cosas? ¿Cuáles otros aspectos? El Nuevo Testamento contiene recomendaciones claras, concretas, fáciles de entender y recordar, aunque no tan fáciles, por lo visto, de llevar a la práctica. Pasajes como Efesios 5:22-6:4, Colosenses 3:18-21, 1 Pedro 3:1-7, Hebreos 13:4, hablan de cosas como el amor que llega al sacrificio por el ser amado; el respeto y el cuidado mutuo; el tributar honor al otro, aspecto peculiar, amén de escaso en una actualidad en la que campa por sus respetos la desvalorización y humillación del otro; la fidelidad conyugal, otra rareza hoy día, sustituida por la deslealtad más flagrante, vista incluso como viveza, sobre todo entre los hombres; la disciplina impuesta con amor por los padres hacia los hijos, y la obediencia de los hijos hacia los padres, también por amor, sin mediar violencia ni malos tratos de ningún tipo. Todos valores de vida familiar que todos conocemos y apreciamos, y estimamos como ideales, y hasta anhelamos tener en nuestros hogares, y deseamos caractericen nuestras relaciones familiares, ¿pero que trabajamos y nos esforzamos por implantar y vivir con sinceridad y verdad en nuestra casa? Ya que no se nos concede elegir la familia en la que nacemos, ¿procuramos al menos aportar amor, respeto, honor, cuidado y fidelidad a la que tenemos? Y en cuanto a la persona que elegimos como compañera de nuestra vida, ¿nos ocupamos, cuando la convivencia se pone difícil, en construir cada día el amor para siempre que al principio nos juramos?

Hace alrededor de dos años compartimos los principios bíblicos del matrimonio, en el artículo Matrimonio religioso; por dicha reflexión recibí una devolución de un lector que decía: “Este artículo me suena pasado de moda. El matrimonio tiende a desaparecer y la iglesia está medio en desuso. No lo digo mal, creo que por desgracia así es. Soy divorciado, no creo en el matrimonio y menos en sacerdotes o pastores. Creo hay un Dios y creo es Jehová Dios, pero tengo dudas en cuanto a lo que escucho de boca de los líderes religiosos cristianos”. Como otros lectores contestaron, la opinión referida podía considerarse nacida de la frustración personal del lector, de su negativa a recibir el mensaje cristiano tal como es predicado, al uniformizar a todos los predicadores como “no confiables”, y de su apertura a la moral chatarra prevaleciente en las comunidades contemporáneas. Más allá de la situación personal de este lector, que en realidad revela fracaso y dolor, también es cierto que a menudo resulta algo artificial – amén de enojosa – la postura de quienes consideran superados el matrimonio y la familia tradicional, por no decir la moral tradicional. ¿Acaso es este ideal de matrimonio y familia anticuado, perimido, obsoleto y retrógrado? Si la felicidad es anticuada, perimida, obsoleta y retrógrada, entonces sí; entonces sí lo es. Pero si aspiramos a una vida familiar bendecida y feliz, deberíamos considerar incorporar a nuestro hogar el modelo de familia que la Palabra de Dios nos ofrece, con sus principios de amor, lealtad, respeto y cuidado mutuo, y trabajar cada día para edificar esa clase de familia.

¿Ingenuidad? Tal vez. ¿Idealismo? Seguramente. ¿Vale la pena intentarlo? Por supuesto que lo vale; claro que vale la pena darle una oportunidad a Jesucristo en nuestras vidas y en nuestra familia, para que corrija lo malo y deficiente, y haga nuevas todas las cosas. Para tener una familia unida por un verdadero y sincero amor, no sólo en las fiestas, sino todo el año.

Tal vez el próximo año sería así un año de renovación, de reconstrucción familiar, de reencuentro con la felicidad. Tal vez así sería un feliz año nuevo.

Un feliz año nuevo.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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