El elemento sobrenatural en la Iglesia Primitiva – 1

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El elemento sobrenatural en la Iglesia Primitiva – 1

espiritu-santoPor: Dr. Álvaro Pandiani*

Comenzamos este nuevo ciclo con pasos grandes y fuertes, abordando la observación y comentarios de los fenómenos espirituales y manifestaciones emocionales que se intrincan en una atmósfera de corte pretendidamente sobrenatural, en el ámbito de las iglesias cristianas evangélicas. El propósito es acercarnos a los posibles orígenes de manifestaciones llamativas o espectaculares, que se interpretan como sobrenaturales – o fruto del mover del Espíritu Santo – fomentando la duda antes que la aceptación ciega. Aunque la idea de fomentar la duda puede resultar extraña a un trabajo de origen cristiano, eso es precisamente lo que el apóstol Juan recomienda al escribir: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Este tema nos lleva en primer lugar a la consideración de la realidad de un mundo sobrenatural que nos rodea, conforme a lo escrito en la Biblia (Dios, los ángeles, el diablo, los demonios), y de fenómenos sobrenaturales, tanto dentro como fuera de la Iglesia, para pasar luego a dejar sentada la observación de que no todo lo que es – o parece – sobrenatural proviene de Dios. La dicotomía del mundo invisible planteada por la Biblia nos indica que hay dos fuentes para dichos fenómenos: profecías, visiones, y aún milagros; por lo tanto, debemos no creer de entrada, sino probar (escudriñar, examinar, comparar) si eso viene de Dios.

Debemos tener en cuenta que del mundo espiritual invisible que nos rodea pueden provenir manifestaciones sobrenaturales, muchas de las cuales son y serán falsas, no en el sentido de tratarse de trucos, artimañas humanas para engrupir a los incautos – que los hay – sino fenómenos sobrenaturales que pretenden provenir de Dios, o ser producidos por Él, siendo en realidad de producción diabólica. El engaño para perdición es el propósito de la falsedad, según lo escrito en 2 Tesalonicenses 2:8 – 10. Una fascinación por lo sobrenatural – elemento constitutivo de la naturaleza humana que ya hemos destacado en otras oportunidades – daría pie al engaño. El ser humano busca lo fenomenal, espectacular, maravilloso y sobrenatural, y esa natural apertura a los misterioso y fascinante es explotado por el enemigo de la raza humana, llamado por el apóstol Pedro “vuestro adversario el diablo” (1 Pedro 5:8); es decir, aquel que procura saciar esa curiosidad, a veces morbosa, por lo sobrenatural. Por eso, ante todo fenómeno extraño, supuestamente sobrenatural, sobre el que se pretenda fundamentar una creencia, doctrina o práctica de la iglesia, la seguridad estará en el detenido estudio de la Palabra de Dios.

También debemos tener en cuenta el componente emocional del ser humano, la importancia que los sentimientos tienen en determinar la sensación de “bienestar” o “malestar” de una persona, y también en influir sobre sus opiniones, decisiones y acciones. Es en el ámbito muy particular de las reuniones habidas en las iglesias cristianas evangélicas, en algunos casos reuniones muy emotivas y efusivas, que se producen manifestaciones emocionales llamativas – a veces intensamente llamativas – que complican el cuadro. La recomendación del apóstol Juan que dice “prueben los espíritus” toma especial importancia en este sentido, a la hora de diferenciar qué es fruto del Espíritu Santo, qué es producido por espíritus demoníacos con el propósito de engañar a los incautos, y qué es resultado de un espíritu humano exaltado por los estímulos emotivos recibidos. El estudio de la Palabra de Dios, la Santa Biblia, y la contrastación de fenómenos espectaculares habidos en el ámbito de las reuniones de algunas iglesias cristianas evangélicas con dicha regla autorizada por Dios, iluminará y edificará, a la vez que llamará a la prudencia a los cristianos, y a toda persona, ante los sucesos fascinantes que excitan la curiosidad humana. Entonces, para comenzar, la propuesta es aproximarnos en el comentario al elemento sobrenatural presente en la Iglesia Primitiva.

La Iglesia Cristiana nació en conexión con un suceso sobrenatural; un hecho tan espectacular como para conmocionar a una gran ciudad como lo era la Jerusalén del año 30 d.C. El quincuagésimo día después de la Pascua, la Ciudad Santa estaba convertida en un centro cosmopolita por el aflujo de peregrinos, tanto judíos de nacimiento como prosélitos, es decir no judíos conversos al judaísmo, por la fiesta de las semanas, conocida en el Nuevo Testamento – griego – como Pentecostés. El libro de los Hechos de los Apóstoles menciona hasta trece regiones fuera de Judea de donde provenían los peregrinos, algunas provincias del Imperio Romano, y otras de fuera de dicho imperio. Mientras la ciudad palpitaba con el bullicio de los miles de visitantes, en un lugar privado, un lugar que nuestras Biblias en idioma español llaman el “aposento alto”, y que ha pasado a ser tema de himnos y poemas, alrededor de ciento veinte personas, hombres y mujeres, se mantenían juntos en oración, aguardando; eran los once apóstoles que quedaban del grupo original de los doce elegidos por Jesús, y otros discípulos, seguidores que Él había dejado, y que esperaban, como el Señor había mandado, algo muy especial que Él había prometido.

Ese día cincuenta, apenas diez días después que Jesús se ascendiera al cielo con la promesa de volver, sus seguidores se mantenían unidos en oración; se infiere, porque la Biblia no lo especifica, que eran los mismos ciento veinte que estaban presentes, y que el lugar era el “aposento alto”. Ese día una serie de sucesos, todos evidencias de un fenómeno sobrenatural, señalaron el cumplimiento de la promesa de Cristo de enviar el Espíritu Santo. Un repentino estruendo, similar a un fuerte viento según el relato, la aparición de algo como llamas de fuego flotando en el aire sobre cada uno de los presentes (ese parece ser el sentido de Hechos 2:3), y la capacidad de hablar en otros idiomas, que se menciona a continuación de la muy significativa aseveración: “Todos fueron llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Jesús llama al Espíritu Santo, Paracletos; es decir, el que es llamado o el que se pone al lado de otro para ayudarlo. Este término es traducido en nuestras Biblias en español (VRV) como Consolador, expresión poco feliz por la actual vulgarización obscena de dicha palabra. A diferencia de lo que sucedía antes de la venida de Cristo, el Espíritu Santo vendría, siempre según palabras de Jesús, a quedarse definitivamente en la vida de sus seguidores (“yo rogaré al Padre, y os dará otro Paracletos, para que esté con vosotros para siempre”; Juan 14:16). Refiriéndose al mismo suceso que habría de tener lugar en Pentecostés, Cristo también dijo: “Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:5). Esta referencia a Juan el Bautista nos hace recordar algo dicho por él acerca de Cristo: “el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Ese anunciado bautismo en fuego, llenura de poder espiritual con el advenimiento del Espíritu Santo, eclosiona en Pentecostés, teniendo este día mundial del nacimiento de la Iglesia Cristiana un cuarto elemento íntimamente conectado con los otros ya señalados: el testimonio inmediato a la multitud de peregrinos acerca del mesiazgo de Jesús. Si verdaderamente los ciento veinte discípulos de Jesús estaban el aposento alto, entonces la experiencia bautismal espiritual fue lo suficientemente removedora como para impulsarlos inmediatamente a las calles. Lucas, con su dinamismo habitual, prosigue el relato con estos primitivos discípulos hablándole a la multitud de “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11).

El elemento sobrenatural se refuerza por el hecho sorprendente de que esos individuos, todos procedentes de la cercana Galilea, hablaban fluidamente y sin problemas los idiomas, lenguas y dialectos de trece regiones – o quizás más – siendo estos lenguajes desconocidos para ellos. Es un acontecimiento asombroso, que no puede soslayarse con el argumento de que dichas personas estaban borrachas, y al seguir en esa poderosa sucesión de hechos formidables un vibrante mensaje del apóstol Pedro, tres mil personas se vuelven seguidoras de Jesús de Nazaret, ausente ya, pero sobrenatural y misteriosamente presente. La noche del día de Pentecostés, tres mil personas formaban ya lo que Jesucristo llamó su “Iglesia”, y que más tarde se conocería como “Cristiana”.

Pentecostés ha excitado la imaginación, y despertado profundos anhelos del corazón en cristianos evangélicos de varias generaciones, en los últimos poco más de cien años. La imaginación y el anhelo de una Iglesia Cristiana menos formal, menos ceremonial y menos dogmática; una iglesia sencilla y fervorosa, pero fundamentalmente dotada de poder espiritual sobrenatural, por el libre y soberano ejercicio de la voluntad de Dios por medio del Espíritu Santo en la vida cristiana individual y congregacional o colectiva; un poder espiritual que sea una realidad siempre presente, y que capacite a las sucesivas generaciones de cristianos para honrar – por una vida de santidad – su profesión de fe cristiana, y llevar adelante, en todo tiempo y todo lugar, la gran comisión de evangelizar al mundo. Pentecostés señala el inicio de una era, la era de la Iglesia Cristiana

Esa Iglesia Primitiva es la compañía de creyentes cristianos que vivieron durante, aproximadamente, los primeros trescientos años de la era cristiana; hasta que la adopción del cristianismo como religión – preferencial primero, luego oficial – del Imperio Romano hizo que esa comunidad cristiana primitiva se transformara en la Iglesia Católica, no dividida aún, en aquel tiempo, en Romana y Ortodoxa. La Iglesia Primitiva es un concepto que va en contra del proceso evolutivo natural de las empresas humanas. Las artes y las ciencias desarrolladas por el hombre parten desde aspectos elementales, perfeccionándose y ascendiendo a niveles mayores de especialización y complejidad técnica. Con la Iglesia sucede lo contrario: la primitiva comunidad cristiana, sobre todo la del período apostólico, la que vivió en el siglo I, entre la muerte y resurrección de Jesucristo y la muerte del apóstol Juan, es el modelo de toda Iglesia. Es la Iglesia del Nuevo Testamento, y a pesar de sus defectos, errores y pecados, es el paradigma de la Iglesia de los siglos siguientes en doctrina, en gobierno eclesiástico, en liturgia y en conducta. La Iglesia que no se parece a la Iglesia del Nuevo Testamento no es bíblica; no es la eclesia fundada por Cristo. Es una secta, una comunidad de herejes. En la Iglesia Primitiva, así como en el universo en general, podemos decir que se cumple la ley de la entropía: ambos son creación de Dios, y librados a su propia evolución, todo se disgrega en un desorden creciente, hasta sumirse en el caos. En el caso del universo, las fuerzas ciegas de la interacción entre la materia y la energía lo llevan a degenerar en el caos; en el caso de la Iglesia, la ambición, intolerancia y extravío de hombres no menos ciegos fueron los factores responsables de la degeneración, división y fragmentación (amén de otros males) de lo que al principio era un único cuerpo, el Cuerpo de Cristo, animado de vida espiritual por el Espíritu Santo. En la Iglesia del Nuevo Testamento Dios entregó al hombre un producto perfecto y terminado, no en los hombres y mujeres falibles que la conformaron, sino en el ideal al que se aspira en las páginas de la Palabra de Dios. Y aunque se hayan levantado voces afirmando que los productos acabados son para las mentes en decadencia, es decir incapaces de pensar, idear, proyectar y agregar desarrollos y perfeccionamientos ulteriores, en el caso de la Iglesia se trata de todo un desafío para los cristianos de cada generación planificar, trabajar y buscar los caminos para que la Iglesia Cristiana de cada momento de la historia se acerque y se asemeje al gran paradigma primitivo de los días de los apóstoles.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del El elemento sobrenatural en la iglesia primitiva, Parte 2, Capítulo 1 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

 

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