El supuesto elemento sobrenatural en la iglesia de nuestros días – 1

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El supuesto elemento sobrenatural en la iglesia de nuestros días – 1

gnotismoPor: Dr. Álvaro Pandiani*

Finalizada la era apostólica, la iglesia comienza a marchar “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Efesios 2:20), y así entra al siglo II. El testimonio de la historia cristiana informa que, cuando los apóstoles desaparecen de la dirección de la comunidad cristiana, ésta diversifica su camino, desviándose por diferentes vías doctrinales, haciendo los padres apostólicos – grandes adalides de la iglesia primitiva de los siglos II y III – capitales esfuerzos por mantener la nave de la Iglesia en el rumbo trazado por Cristo y sus apóstoles el siglo anterior.

Por ejemplo y para empezar a mencionar movimientos surgidos en ese siglo, para nada estéril de actividad, el gnosticismo, ya en embrión en el siglo I y combatido por Juan en sus escritos, constituyó un intento sincretista de amalgamar el evangelio cristiano con corrientes filosóficas y religiosas paganas. “Tal era el fin que el gnosticismo perseguía: trataba de elevar el cristianismo al rango de religión universal, combinando en él todas las tendencias y energías de la época y adaptándolo así a la comprensión de todos y satisfaciendo las necesidades de todos” (Seeberg). Otro movimiento pretendidamente reformista de ese tiempo, el iniciado por Marción, surge de una perversión de la doctrina cristiana de la gracia, en contraposición con la Ley del Antiguo Testamento, y se emparentó con el gnosticismo. “Marción insistía en que la iglesia había oscurecido el evangelio al tratar de combinarlo con el judaísmo” (Latourette). Pero el que nos interesa fundamentalmente a los efectos de este estudio es aquel movimiento que surge en reacción a lo que se interpretaba como enfriamiento espiritual, preponderancia del formalismo y entrada de la mundanalidad en la Iglesia; movimiento cuyo iniciador mencionamos de pasada anteriormente. Nos referimos a Montano, y su producto, la reforma montanista.

Montano aparece en Frigia, en el corazón del Asia Menor, a mediados del siglo II. Se dice que luego de su bautismo “habló en lenguas”; casi acto seguido comienza una carrera profética, acompañado de dos mujeres discípulas suyas, Priscila y Maximila. Dice el Dr. Samuel Vila: “Montano se proclamaba a sí mismo profeta de una nueva efusión del Espíritu Santo que según la profecía de Joel, citada por Pedro, precedería la segunda venida del Señor”. Se proclamaba la profecía, bajo el influjo y dominio absoluto del Espíritu Santo. “Ellos representaban un avivamiento de los profetas que sobresalieron en las primeras décadas de la iglesia, así como un llamamiento a los cristianos a que viviesen mas estrictamente” (Latourette); “Había llegado la era del Paracleto, y éste hablaba por medio de Montano” (Seeberg). La reacción contra el rechazamiento del Espíritu Santo por parte de la Iglesia se palpa en la profecía de Priscila, citada por el Dr. Vila en su Enciclopedia de Historia de la Iglesia: “Soy apartado como el lobo de las ovejas. No soy lobo sino Verbo, Espíritu y Potencia”. Otro de los elementos sobresalientes de la reforma montanista fue su énfasis extremo en la pronta venida de Cristo, el fin del mundo, el juicio y el descenso de la Nueva Jerusalén, que vendría sobre Frigia, asentándose sobre Pepuza, el pueblo natal de Montano. Los tiempos en que aparecieron estos predicadores y profetas estaban preñados de expectativa escatológica; dice Latourette: “No lejos del tiempo de Montano, por lo menos dos obispos, uno en Ponto y otro en Siria, estaban esperando el regreso de Cristo. El uno declaró que el juicio final acaecería dentro de dos años, y los que le creían dejaron de cultivar sus campos y se deshicieron de sus casas y bienes. El otro llevo su grey al desierto a encontrarse con Cristo”. Es probable que las persecuciones hayan colaborado a esa atmósfera de expectación mesiánica; la última persecución para esas fechas había sido desencadenada por Antonino Pío, quien aún estaba en el trono de Roma al surgir el montanismo, aproximadamente en el 156 D.C.

Las adversidades de la vida presente siempre han sido un gatillo que, en aquel cuyo corazón alberga fe en Dios, dispara un fuerte anhelo por la venida de Cristo y el fin de las cosas presentes. Ese anhelo se incrementa en forma impresionante cuando la adversidad llega a los extremos de la persecución, la tortura y el martirio. La expresión: “Ven, Señor Jesús” que aparece al final del Apocalipsis (22:20) se transforma en el grito agónico de quien ya no soporta el dolor provocado por la desaparición de seres queridos, y el terror producido por la expectativa de una muerte violenta. La expectativa mesiánica se refuerza ante la persecución, pues Jesús profetizo que una de las señales que precederían a su segunda venida seria precisamente la oposición violenta a sus seguidores (Marcos 13:9-13). Por supuesto, Jesús no dijo que esa persecución final seria la única; pero cada persecución podría ser la ultima. De hecho, en las enseñanzas de Montano se unen una muy fuerte expectación escatológica con un exagerado aprecio por el martirio, al punto que se prohibía a los cristianos que adherían a Montano huir ante la persecución. Esa actitud peculiar, rayana en el fanatismo, parecía ignorar que el Nuevo Testamento también enseña la autopreservación, enseñanza mostrada en el ejemplo de Pablo huyendo de Damasco (Hechos 9:25), Pedro escapando del rey Herodes (Hechos 12:17), y de Pablo y Bernabé huyendo de Iconio (Hechos 14:6).

Lo que el Nuevo Testamento prohíbe es negar a Cristo si uno es confrontado con cualquier perjuicio personal, aun la muerte (Lucas 9:24). Podemos conjeturar que los montanistas pretendían, ofreciéndose al martirio, cumplir la profecía de Cristo, y apresurar así su venida; pero solo es una conjetura, sobre la que sin embargo habrá que volver más adelante.

Importa destacar los grandes puntos de la reforma montanista: el “hablar en lenguas”, la llegada de la era del Espíritu Santo, la profecía con revelaciones directas del Espíritu Santo a la Iglesia, y la expectación escatológica de la cercana venida de Cristo. Importa porque es interesante notar que estas características son elementos presentes en nuestra época en las iglesias protestantes o evangélicas que siguen la línea pentecostal, o de renovación carismática. De hecho, es el Dr. Vila quien establece esta comparación entre el movimiento montanista del siglo II, y el movimiento pentecostal del siglo XX. Otro de los puntos destacados por este autor es, precisamente, el desprestigio de las verdades bíblicas remarcadas por el montanismo, por ir dichas verdades acompañadas de extravagancias fanáticas. Parece una regla que cada vez que los grupos cristianos se han lanzado a recuperar cierta dimensión espiritual en sus servicios religiosos, la dimensión de la actividad del Espíritu Santo, nunca ha faltado esa ausencia de equilibrio que lleva a exagerar la medida de dichas manifestaciones; exageración que, por supuesto, no parte del propio Espíritu Santo, sino de la voluntad de los creyentes, de sus aspiraciones, de sus imaginaciones, o de sus fantasías.

Si miramos un ejemplo sacado de la historia cristiana, vemos al historiador eclesiástico Kenneth Scott Latourette, hablando del gran despertamiento evangélico del siglo XVIII en las trece colonias británicas de Norte América (núcleo de la entonces futura nación de los Estados Unidos de América); dice: “Mucha excitación y mucha confusión emocional acompañaron el avivamiento… Hubo gritería, risas, raptos, visiones y convulsiones. Algunos de los predicadores y exhortadores laicos deliberadamente estimularon estos fenómenos”. Fue hace doscientos cincuenta años, pero, fundamentalmente por lo último, parecería que el tiempo no hubiera pasado.

Viniendo a nuestro siglo, vemos que contrastando con el concepto tradicional de reunión religiosa, celebración rodeada de una atmósfera de seria solemnidad y recogimiento, las reuniones evangélicas de nuestros días, fundamentalmente aquellas habidas en las iglesias que siguen la línea pentecostal o de renovación carismática, se caracterizan por un ambiente en el que se estimulan la alegría y el gozo. Teniendo el cristiano motivos para el regocijo dado el inmenso amor de Dios (Juan 3:16), y lo que Cristo ha hecho por él (Romanos 14:9; Gálatas 1:4), y hallando respaldo en las invitaciones dirigidas al pueblo del Señor para exteriorizar la alegría (Salmos 32:11; Filipenses 4:4), el cristianismo evangélico celebra reuniones de culto que en ocasiones llegan a transformarse en autenticas fiestas de canto, música y predicación enfervorizada. Un retrofondo religioso o espiritual amalgama estas expresiones del alma de los concurrentes, dándole sentido y contenido, virtualmente razón de ser, a la reunión de culto. El momento de alabanza se centrará en la ejecución de música movediza y pegadiza (tanto que algunos ensayan – más o menos tímidamente – algunos pasos de baile), música que sirve como marco de canciones que serán acompañados por la congregación en un clima de alegre celebración. El momento de adoración se desarrolla guiado por melodías suaves, lentas y dulces, con cantos que expresan el amor y entrega a Dios en términos aun más dulces, jalonados por manos levantadas, ojos cerrados y rostros humedecidos por ríos de lagrimas; lagrimas de gozo, de agradecimiento y de emoción.

Si uno se ubica en tal momento en el lugar de observador neutral (a riesgo de ser calificado de soberbio, poco espiritual y pedante) va a encontrar virtualmente imposible diferenciar cual creyente está expresando de tal manera un acto interno de adoración a Dios nacido de lo más profundo de su ser, y cual está exteriorizando una tormenta emocional desencadenada en su interior por el muy particular ambiente que le rodea.       Por supuesto, Aquel que escudriña la mente y el corazón del hombre sabe bien cuál es cuál, pero el punto es que el sobre estímulo del aspecto emotivo puede llevar a que nos engañemos en cuanto a la verdadera naturaleza del motivo de los creyentes para concurrir a la iglesia, o aun para creer. Y cuando los motivos incorrectos salen a la luz, es que nos llevamos las sorpresas.

Cuando un creyente dice que una iglesia es “fría”, ¿qué entiende por iglesia “caliente”? Cuando un cristiano dice que la iglesia está “muerta”, ¿qué entiende por iglesia “viva”? Y si por iglesia viva entiende una congregación en la que está presente y activo el Espíritu Santo, ¿en qué basa su afirmación de que en tal iglesia no está presente el Espíritu, y quién le dio autoridad para emitir semejante juicio? (en otras palabras, ¿quién se cree que es?). Cuando un creyente sale de la reunión de culto diciendo que “no recibió”, ¿tiene claro qué es lo que significa “recibir”, qué esperaba recibir, y qué era lo que Dios en realidad quería “darle”? Si el cristiano dice que en la reunión “no sintió” la presencia del Señor, ¿olvida acaso que el Señor prometió su presencia donde dos o tres se congregaran en su Nombre, y por lo tanto Él esta presente, lo sienta o no?

Personalmente, como pastor evangélico de una iglesia pentecostal, miro con agrado la sana exteriorización de regocijo en las reuniones cristianas, como expresión del gozo integral de la vida cristiana, que también es fruto del Espíritu Santo. Pero me aferro a mi condición de cristiano evangélico, y haciendo caso omiso a las barreras denominacionales, me solidarizo con quienes favorecen otras formas de liturgia evangélica, menos explosivas y más conservadoras. Veo con pena cuando la sana alegría carismática se transforma en extravagancia incomprensible, cuando no irracional. He podido comprobar cómo para muchos creyentes la iglesia “fría” o “muerta”, en la que “no sienten” la presencia del Señor ni “reciben bendición”, es la iglesia que reúne dos características: en primer lugar, en sus cultos ni la música ni la oración ni la predicación despierta intensas emociones, y por otra parte, no se fomenta el show de sucesos sobrenaturales (profecías, visiones, sanidades, exorcismos) y por ende, estos son escasos o inexistentes. Son congregaciones donde sencillamente se cantan himnos de alabanza a Dios, y se predica la Biblia en forma expositiva.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del El supuesto elemento sobrenatural en la iglesia en nuestros días, Parte 2, Capítulo 2 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

 

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