La experiencia cristiana – 1

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La experiencia cristiana – 1

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hablar de la experiencia cristiana impone de inicio intentar una definición y explicación de esta frase, que constituye casi un slogan en algunos medios cristianos, sobre todo cristianos evangélicos, pero cuyo contenido puede escaparse a quién no está familiarizado con la terminología evangélica. “Experiencia cristiana” no se refiere al desarrollo de un estudio o investigación en el campo de la teología, la psicología pastoral o el servicio religioso. Tampoco aludimos al conocimiento práctico adquirido al correr de los años de trabajo en el campo espiritual y cristiano, y la habilidad en su aplicación práctica en las situaciones diarias.

La experiencia cristiana es un acontecimiento puntual en la línea del tiempo, acontecimiento que se vive en forma subjetiva, y que por ende es intensamente emotivo. Y como tal, es similar a otras experiencias de honda significación, que marcan hitos en el desarrollo de la vida de una persona. De lo que venimos diciendo pueden hacerse desde ya dos apreciaciones: En primer lugar, al ser un acontecimiento subjetivo fijo y delimitado en la historia de una vida, queda registrado en un pasado exclusivo de quién lo vivió, y como tal es personal, individual e intransferible. Ni mi esposa, ni mi abuela, ni mi cuñado, ninguno pasa por la experiencia cristiana porque ya haya pasado por ésta. Yo puedo contarles lo sucedido, comentarles lo que internamente he sentido (o experimentado) al pasar por la experiencia cristiana, e incluso instarles a procurar una experiencia similar; pero ellos no pueden vivirla por mí.   Segundo, si bien la hemos comparado con otros momentos que son profundamente significativos (tales como el día de la boda, el nacimiento del primer hijo o el graduarse en la universidad), la trascendencia de la experiencia cristiana hace que la magnitud de su significación sobrepuje a todas la demás.

Así como decimos que la experiencia cristiana es un acontecimiento puntual en la línea del tiempo, debemos agregar que tras dicho acontecimiento sigue una vivencia continuada, percepción subjetiva cotidiana de que un elemento nuevo ha venido a formar parte de nuestra realidad personal. La experiencia cristiana se centra en un suceso, que en buen lenguaje cristiano se llama tener un encuentro personal con Jesucristo. Lenguaje retórico que pretende nombrar de alguna manera un fenómeno puramente espiritual, que por tal no es susceptible no susceptible de observación, medida o intervención objetiva por un tercero.

Un encuentro con Jesucristo es una experiencia tan revolucionaria como para constituir un verdadero punto de inflexión en el desarrollo de la vida; es decir, un cambio de dirección, una reorientación debida al cambio de opiniones, conceptos, criterios y actitud hacia Dios, el mundo, nuestros semejantes, el tiempo y la eternidad. La experiencia cristiana marca la conclusión de un período de la vida, y el inicio de un período nuevo, evento descrito por Jesucristo como un nuevo nacimiento.

Relacionado con este aspecto está la actitud a la que Jesús primeramente, y luego los apóstoles, llamaron a los hombres y mujeres de su tiempo. Y aún hoy día constituye uno de los pilares del llamado evangélico a hombres y mujeres que viven alejados de Dios: el llamado al arrepentimiento.

¿Qué es el arrepentimiento? ¿Y cuál es el verdadero arrepentimiento?

El primer mensaje de Jesús al pueblo fue un llamado al arrepentimiento. Mateo 4:17 da la razón del llamado (“arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado”); Marcos 1:15 menciona el adecuado acompañante del arrepentimiento (“arrepiéntanse, y crean en el evangelio”). Dios se acerca al hombre; el hombre se acerca a Dios por la fe. El          primer paso es el arrepentimiento. El arrepentimiento se ha definido de diversas maneras; por ejemplo: dolor por el pecado, acompañado de sincero esfuerzo por dejarlo; también, dolor por el pecado que mueve a un cambio. Esta idea o noción de cambio está en la raíz de la palabra griega que se traduce por arrepentimiento, a saber, el término metanoia, que implica cambio de mente; es decir (como ya expresamos previamente) cambio de opiniones, criterios y conceptos en cuanto al pecado, Dios, nuestra actitud hacia Él y hacia la Biblia, su Palabra. Así también, implica un cambio de propósito, metas, orientación y centro alrededor del cual gira toda nuestra vida.

Este concepto, tan profundo y complejo como es, nos sugiere las abismales diferencias entre el auténtico arrepentimiento, y el simple remordimiento. Porque el remordimiento incluye un aspecto de mortificación interna por el pecado (la falta, el error), y aún puede mover a un reconocimiento externo del pecado. Pero el remordimiento no incluye convicción de pecado, es decir, el reconocimiento interno y la aceptación del carácter intrínsecamente malo del pecado, y menos aún incluye una decisión de abandonar el pecado.

El dolor moral del remordimiento es egoísta, pues se produce al considerar las consecuencias negativas, llegando al daño personal, cuando queda el pecado al descubierto; además, el dolor del remordimiento puede conducir a la desesperación, como sucedió con Judas Iscariote, del cual se dice que “se arrepintió” cuando vio que Jesús era condenado, pero ese “arrepentimiento” lo condujo al suicidio.

El proceso del auténtico arrepentimiento comienza con la convicción de pecado; ésta es una obra del Espíritu Santo (Juan 16:8). Lleva a la confesión (concordar con Dios); precede al arrepentimiento, por cuanto la persona cambia de mente respecto al pecado, cuando acepta que el pecado es pecado. El dolor moral del arrepentimiento es una mortificación desprovista de egoísmo, pues es provocada por haber ofendido a Dios y también (aunque no siempre), dañado a otros. Por último, necesariamente se producirá una transformación. La Biblia habla de “frutos dignos de arrepentimiento”, es decir, evidencias externas de un cambio interno. El odio por el pecado, como acto o estado que deshonra a Dios y daña a nuestros semejantes, o a nosotros mismos, se seguirá de un voluntario abandono del pecado. El anhelo de pureza, espiritual y moral, cristalizará en la procura de la misma. El amor a Dios, genuino y no de palabra, resultará en servicio a Dios. La fe en Dios, más allá de la simple creencia en Dios, llevará a la obediencia a su Palabra.

Cabe resaltar que el arrepentimiento no salva; Cristo es quién salva. El pecado condena al separarnos de Dios (Isaías 59:2). Por el arrepentimiento, voluntariamente nos apartamos del pecado, en intención de nuestra voluntad, la que debe no obstante ser auxiliada por el Espíritu Santo. Como mencionamos antes, el arrepentimiento debe seguirse de la fe en el evangelio (Marcos 1:15), pues es la fe en el Cristo crucificado y resucitado la que nos trae perdón y quita el pecado (Efesios 1:7; Romanos 3:25). Por eso Dios manda el arrepentimiento (Hechos 17:30; 2 Pedro 3:9). Un arrepentimiento genuino y bíblico será el inicio de una vida nueva en Cristo.

Dos ejemplos clásicos de la antigüedad cristiana representan gráficamente cuál es el alcance de la experiencia cristiana. Uno de ellos es el de San Agustín; estando escondido en un lugar apartado, a la espera de una mujer casada con la que pasaría una tarde de placer, que habría sido un día de adulterio, de alguna manera llega a sus manos un ejemplar de la epístola del apóstol San Pablo a los Romanos. Entonces lee “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vístanse del Señor Jesucristo, y no provean para los deseo de la carne” (13:13,14). Esas palabras, y el recuerdo del obispo Ambrosio y su predicación, precipitan una lucha de conciencia que lo lleva a un encuentro con Dios. Rato después llegaría la mujer, que llamándolo dijo: “soy aquella”, a lo que él respondió: “yo no soy aquel, ya no soy Agustín”.

En segundo lugar, en cuanto al impacto de la experiencia cristiana, podemos ver lo que escribió otro célebre hombre que cambió en forma radical: “fui a las regiones de Siria y Cilicia, y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; solamente oían decir: aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba” (Gálatas 1:21-24). En otra parte, el apóstol Pablo dice acerca del cambio absoluto obrado en su persona por la experiencia cristiana: “… ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

El impacto de la experiencia cristiana representó para un hombre como Pablo el cese de su vida, y la experiencia de tener viviendo en sí a aquel a quién había entregado su ser. Sobre los alcances de la experiencia cristiana, y otros aspectos de la misma, continuaremos hablando en la próxima columna.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del La experiencia cristiana, Parte 1, Capítulo 1 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

2 Comments

  1. daniela dice:

    gracias 🙂

  2. Carlos dice:

    Estupenda nota, el proceso es tal cual se describe. Todo aquel que vivió algo de estas características lo podrá visualizar mejor que aquel que lo lee en abstracto. Muy bueno.
    Saludos

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