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La experiencia cristiana – 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Continuamos viendo el impacto que la experiencia cristiana representó para un hombre como Pablo cuyo caso merece ahora ser mirado en más detalle, y luego contrastado con otro personaje del Nuevo Testamento. En primer lugar detengámonos en la experiencia del apóstol pablo. Se trataba de un joven sano y dinámico, celoso por Dios y activo, enemigo de la nueva herejía (el cristianismo), y si me lo permiten, torturador y asesino. Cuando tal persona aparece de un momento a otro predicando a Jesucristo, ¿cuál fue la reacción? Los cristianos huían de él, pues no podían creer que él fuera ahora uno de ellos. Pero miremos la situación desde el punto de vista del propio Saulo (Pablo); saquemos cuentas: la visión sobrenatural que lo derribó por tierra; los tres días de ceguera; y el milagro de Ananías por el que recobró la vista, todo en el nombre de Jesús. ¿Con quién se encontró Pablo? ¿Asimiló él todos los acontecimientos con calma, como parte de la rutina cotidiana? ¿O todo fue una crisis, sacudiendo su vida?

El segundo caso bíblico a considerar es el de Demas. Demás fue uno de los colaboradores del apóstol Pablo, que acompañó a éste en algunos de sus viajes misioneros. Recibió la enseñanza de Pablo; vio los milagros, contempló el nacimiento de iglesias, trabajó en la expansión del cristianismo, pero llegó el momento en que abandonó al apóstol, preso éste y al borde del martirio, y se fue, según palabras del propio Pablo, “amando este mundo”. ¿Quién lo hubiera dicho? ¿Cómo imaginar que tras tanto tiempo de aparente lealtad, se iría tras el atractivo de esta vida? ¿Qué puede explicar tamaña apostasía, semejante traición? Si Pablo, acérrimo enemigo de Cristo, cambió casi diríamos repentinamente para ser un siervo de Cristo que le fue fiel hasta la muerte, ¿cómo Demas, después de años de fidelidad, finalmente se fue porque amaba más al mundo que al Señor?

Hay una explicación posible. De Pablo sabemos que pasó por la crisis del encuentro con el Señor. De Demas en principio no lo sabemos; la Biblia no lo dice. Pero a juzgar por los efectos que tiene la crisis del encuentro (ver el ejemplo de Pablo) podemos concluir que no. De los tres años que Judas Iscariote pasó junto al mismísimo Señor Jesucristo, y cómo terminó, huelgan comentarios; como ejemplo de lo que venimos diciendo, habla por sí mismo. Demas es un ejemplo puntual de una realidad eclesiástica actual: las deserciones de miembros. No hacia otras iglesias, sino hacia el mundo. Sí, las “ovejas descarriadas”, que enarbolando todo tipo de excusas (acusaciones contra el pastor, contra los hermanos, contra la administración de fondos y recursos, contra la toda iglesia, etc. etc. etc.) se alejan del lugar que los vio “nacer de nuevo”, y dar sus primeros pasos en la vida cristiana.

¿Y por qué?

Porque no han dejado de amar al mundo, en alguna de sus manifestaciones, y les ha faltado lo necesario para entender que Jesús dijo: “el que ama… (cualquier cosa)… más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). Porque han sido escandalizados por malos testimonios de otros creyentes, y aún de ministros religiosos, pero les ha faltado lo necesario para comprender que esta carrera cristiana debe correrse “puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:2). Porque han querido contemporizar con el pecado, costumbres, estilos, modas y manías de este mundo, reñidos con la Palabra de Dios, tratando de armonizar lo cristiano con lo anticristiano, lo puro con lo mugriento, lo santo con lo pecaminoso, pero les ha faltado lo necesario para entender que “cualquiera que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4). ¿Qué es lo necesario que ha faltado? Pasar por la crisis del encuentro.

Pregúntese si alguien que ha pasado por la crisis del encuentro sería un cristiano “dominguero”, o de esos que asisten a la iglesia en régimen mensual, trimestral o semestral, para cumplir”. Pregúntese si alguien que ha pasado por la crisis del encuentro se queda en su casa sin congregarse “porque en la iglesia siempre hay problemas”, o porque “son unos hipócritas”. Pregúntese si se queda en su casa diciendo: “total, yo creo en Dios, oro, y El me bendice”. Pregúntese si alguien que ha pasado por la crisis del encuentro marcha de acuerdo con los vicios, el egoísmo, el chismerío, la mentira o cosas peores, y sin inmutarse cuando la Biblia le dice que Dios no quiere esas cosas.

La vida de Pablo, o de Juan, o de Pedro, o de otros santos hombres que pasaron por la crisis del encuentro, nos dará la respuesta.

Pregúntese si alguien que permanece fiel a Cristo en medio de cuanto problema surja en la iglesia, incluso malos testimonios y escándalos, ha pasado por la crisis del encuentro. Pregúntese si una persona que se mantiene fiel a Cristo aún en medio de las dificultades de la vida, sin permitir que las urgencias de lo material adquieran tal importancia que lo distraigan de su devoción espiritual, ha pasado por la crisis del encuentro. Pregúntese si un hermano siempre dispuesto a perdonar, a tolerar, a pensar lo mejor de las actitudes de los demás, ha pasado por esa experiencia. Pregúntese si un cristiano que tras el error, la frustración o el desengaño está dispuesto a seguir adelante sin importar ni lo que pase, ni lo que digan ni lo que venga, ha pasado por la crisis del encuentro.

Veamos en la Biblia, la vida de los santos hombres y santas mujeres de Dios, y tendremos la respuesta. Luego, tenemos que mirarnos a nosotros mismos, hacernos la pregunta, darnos la respuesta, y actuar en consecuencia.

Nosotros queremos ganar el país (el mundo si es posible) para Cristo. Queremos ganar a los de afuera, cuando muchas veces no podemos estar seguros de los de adentro. Es una situación desagradable; no es agradable no poder estar seguro acerca de si el que hoy predica, canta, ora o da testimonio en la iglesia, mañana permanecerá, o se habrá ido “amando este mundo”. ¿Estaba seguro Pablo de Demas? ¿O acaso dudaba? Y si dudaba de Demas, ¿por qué no de Timoteo, Lucas o Tito?

Una cosa es cierta: Pablo podía estar seguro de sí mismo; él había pasado por la crisis del encuentro. Yo puedo estar seguro de mí mismo; yo sé lo que ha pasado en mi vida. Y así cada uno. Y si no ha habido crisis que desembocara en un encuentro personal con Jesucristo, se debe actuar en consecuencia.

Demás se fue porque quiso, porque “amaba este mundo”. Pero el que ama a Cristo, se queda en Cristo porque quiere quedarse; nadie lo obliga. Quizás el reconocimiento de que no ha habido una verdadera crisis del encuentro, o de que aún persiste cierto rebelde amor por las cosas de este mundo, sea el gatillo que dispare una crisis espiritual que precipite hacia un encuentro personal con Jesucristo, base fundamental de una genuina conversión.

Como mencionamos antes, la experiencia cristiana es intensamente emotiva. Lo emocional, un aspecto de la vida psíquica de las personas, tiene su parte; parte que debe definirse correctamente, pues un entendimiento incorrecto de la importancia relativa de lo emocional falsea la experiencia cristiana, y no otorga una base sólida a la vida cristiana.

La mejor manera de definir las emociones, es nombrar las más conocidas: alegría, miedo, tristeza, júbilo, enojo, culpa. Se distinguen de los otros dos atributos que la teología adjudica al ser o agente moral: el intelecto, y la voluntad o libre albedrío. La emoción no se piensa ni se quiere; se siente o experimenta. Es una experiencia subjetiva, interna, de la que depende el bienestar (o malestar) psicológico y espiritual general de una persona en un momento dado. Tienen su fuente en estímulos externos, estímulos internos, y en la escala de valores de la persona. Ejemplos de emociones positivas son la satisfacción por ser ascendido en el trabajo, la felicidad por el nacimiento de un hijo, o la alegría por el logro de un objetivo; de emociones negativas: frustración por un fracaso, remordimiento y culpa por haber transgredido una norma, o una regla moral propia, o tristeza por la pérdida de un ser querido. Las emociones son inestables. Carecen de la solidez de un argumento lógico, y están desprovistas de la permanencia de una decisión férrea. La inestabilidad es propia de la emoción; es decir, que su carácter pasajero es normal. Otra característica es su plasticidad; pueden ser alteradas violentamente, llegando a intensidades tempestuosas; por ejemplo, personas pacíficas que ante una injusticia o un gran agravio se encolerizan hasta llegar incluso al homicidio, o individuos pusilánimes y cobardes que frente a un gran peligro se inflaman de valor.

Lo emocional y lo espiritual se mezcla e intrinca, pudiendo ser confundido fácilmente, sobre todo por personas no experimentadas. La diferencia radica en que lo espiritual involucra todos los atributos del agente moral. En la experiencia emocional (que se puede dar, por ejemplo, en una reunión de avivamiento) la sensibilidad, hondamente afectada, se vuelca hacia Cristo, y la persona puede llegar a creerse capaz de los mayores sacrificios por Jesucristo. Sus sentimientos religiosos, intensamente estimulados por la reunión o encuentro espiritual, oscilan a alturas cósmicas y vibran con violencia. Un par de días después esos sentimientos habrán menguado, cambiando y reorientándose hacia otro asunto más urgente o atractivo. En cambio, en la experiencia espiritual el intelecto de la persona, iluminado por el Espíritu Santo, considera los planteos de la Palabra de Dios: la santidad de Dios, su propio pecado, y la oferta del amor de Dios, representada por la gracia de Jesucristo. Su voluntad o libre albedrío, estimulado pero no forzado por el Espíritu Santo, toma la decisión de convertirse a Cristo, y entonces en sus emociones irrumpe el gozo de la salvación.

De la naturaleza íntima de estos dos tipos de experiencia puede verse cuál de ellas producirá cristianos verdaderamente nacidos de nuevo, que permanecerán en el camino del Señor, y cuál arrojará hojas que flotan en el aire, llevadas por el viento de aquí para allá.

Obviamente, apostar al emocionalismo en las reuniones evangélicas es un esfuerzo estéril, un gasto de dinero inútil, y también una mala estrategia, porque indudablemente atraerá gente voluble, no convertida, que solo causará problemas, pero nunca cristianos que lleguen a ser maduros, auténticos discípulos de Jesucristo, útiles en la obra del Señor. Y esa clase de cristianos es la que la Iglesia necesita; esa clase de cristianos es la que el Señor volverá a buscar.

En resumen, hay una auténtica conversión, y una genuina expresión del ser en la adoración a Dios, donde las emociones están presentes en el gozo, la alegría, la gratitud, el llanto, el dolor o la esperanza, pero como parte de un todo. Un todo que involucra a todo nuestro ser, intelecto, voluntad, sensibilidad, emociones, opiniones, pensamientos, que en forma integral se rinde a Cristo, le adora, le sigue, y trabaja por la extensión de su reino.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del La experiencia cristiana, Parte 1, Capítulo 1 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

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