Cultura y sexualidad: Ser hombre o ser mujer ¿se elige?

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Cultura y sexualidad: Ser hombre o ser mujer ¿se elige?

1396919635Por: Ps. Graciela Gares*

Nuestra época postmoderna es tiempo de incertidumbres, donde todo es relativo, nada es moralmente bueno o malo, sino que depende de las circunstancias. Por tanto, todo lo concerniente al ser humano parece estar sujeto a ser re- evaluado y tal vez, re-formulado. La sexualidad humana también.

Vivimos insertos en la cultura uruguaya, latinoamericana, occidental y no podemos sustraernos a ella. La cultura supone costumbres, creencias, normas, prácticas comunes, valores, tradiciones que caracterizan en el tiempo a una sociedad determinada. Por tanto, la cultura es dinámica, cambiante.

Desde fines del siglo XX y comienzos del XXI se comenzó a hablar de “género”, vinculado a la sexualidad. Género masculino y género femenino. Pero género no es lo mismo que sexo.

Sexo alude a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres.

En tanto, “género” refiere a las funciones y derechos asignados socialmente al hombre y a la mujer en cada época y cultura. Supone expectativas distintas respecto a cada sexo.

Según la teoría de género, tradicionalmente se espera de la mujer que sea tierna, sumisa, bella, delicada, coqueta, dependiente, débil, emocional, intuitiva, pasiva, reproductiva, obediente, receptiva, tolerante, paciente, insegura, inestable, colaboradora, voluble, cambiante.

Por tanto, se la supone orientada hacia la intimidad, a construir su vida en el espacio privado y doméstico, siendo responsable de la crianza de los hijos, limitando su realización personal en función de la familia y el hogar. La maternidad se considera la máxima realización o el “deber ser” femenino.

Tal desempeño la expondría a postergarse, sacrificarse, dejarse conquistar, someterse, negar o distorsionar su sexualidad, procurar seducir, ser fiel, buscar ser protegida, ser objeto de abusos de poder, maltrato y violencia.

Desde la misma ideología de género se denuncia que las expectativas sociales tradicionales respecto al varón son que sea fuerte, valiente, rudo, inteligente, lógico, racional, activo, agresivo, dominante, asertivo, productivo, independiente, decidido, seguro, estable, competitivo, persistente, infiel por naturaleza.

De allí resultaría el “machismo” como expresión tergiversada de masculinidad, con el deseo y la necesidad de afirmarse constantemente como hombre ante los demás hombres y ante las mujeres, probando la hombría y la virilidad. Su orientación sería hacia la vida pública y la realización social, obtener logros, ser exitoso, tomar decisiones, detentar el poder, la fuerza y aún la violencia.

Se trata de “estereotipos” culturales o estructuras rígidas de pensamiento que estarían actuando en desmedro de los derechos de las mujeres y naturalizando abusos de poder por parte de varones.

El género, en un sentido amplio, sería una construcción social, aludiendo a los roles, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera apropiados para el individuo, según sea hombre o mujer.

Quienes promueven la “perspectiva de género”, cuestionan la inequidad social existente y entienden que debe cambiarse la percepción social y la auto-percepción de lo que significa ser mujer, en aras de alcanzar la igualdad entre los géneros. Para ello analizan las formas de relación social de hombres y mujeres en todos los aspectos de la vida cotidiana, desde una perspectiva de derechos: derecho a educarse, a acceder a ciertos niveles de poder en lo social, a percibir mejores salarios, etc. y denuncian los condicionamientos y las relaciones de poder que oprimen a la mujer.

Consideran arbitrario que las niñas deban aprender a cuidar a las demás personas (jugando a las mamás con sus muñecas, por ejemplo), mientras los niños, en cambio, aprenden mediante el juego a desarrollar confiar en sí mismos y ser valientes. En tal sentido, acusan a la educación, a la moral dominante y a la religión de haber propiciado la permanencia de esos estereotipos arbitrarios y abusivos.

La ideología de género parece partir de una concepción antropológica según la cual, lo femenino y lo masculino serían dimensiones creadas por la cultura, independientes de lo biológico.

En tal contexto, se aboga por una libertad irrestricta para el ejercicio de la sexualidad tanto de hombres como mujeres. Dice un autor: “El ser humano nace con capacidad para manifestar una gama ilimitada de comportamientos sexuales.” (López Fuentes, 1996).

Por tanto, para la cultura postmoderna actual vivir la sexualidad como hombre, como mujer, como homosexual, bisexual, transexual o travesti serían opciones que cada uno puede elegir. Una verdadera sexualidad “a la carta”.

Algunas de las herramientas propuestas por los activistas de la teoría de género son las políticas de salud reproductiva que fomentan la anti-concepción, aborto seguro, educación sexual a cargo del Estado (en sustitución de la familia), textos escolares donde se intentan eliminar los actuales estereotipos de hombre y mujer, sustituyéndolos por un “vale todo” sexual.

Sería imposible negar que en nuestra sociedad, otrora inspirada en la concepción de vida judeo-cristiana, ha existido y aún sobrevive una estructura social patriarcal que genera relaciones asimétricas de poder entre varones y mujeres, las que aún se reflejan en diversas situaciones injustas a nivel individual, social y/o familiar, fundamentalmente en perjuicio de la mujer.

De más estaría decir que los errores y falsedades presentes en esos modelos suelen ser germen de vínculos de pareja donde prima el sometimiento por parte del varón hacia la mujer. Ello es innegable desde un punto de vista ético.

La trasmisión de padres a hijos de un patrón cultural de supremacía masculina no sólo ha impedido el desarrollo pleno de la mujer como ser humano en todas sus facetas (mujer, madre, esposa, trabajadora, ser social), sino que muchas veces la expone a la violencia o a ser utilizada como objeto. Ocurre así en buena parte de la cultura occidental.

A su vez, el modelo patriarcal basado en un ejercicio abusivo del poder masculino, creemos que nunca ha conducido a la verdadera felicidad del varón que lo practica (aunque momentáneamente lo satisfaga), sino que lo lleva en muchas ocasiones a envilecer dramáticamente su existencia.

Por tanto, creemos que el objetivo de los activistas de género, de alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres es muy loable.

No obstante, muchos de los caminos que se plantean para lograrlo nos preocupan sobremanera.

¿Qué resultados estamos viendo de la aplicación de esta ideología de género?

El aniquilamiento de los estereotipos inequitativos patriarcales acerca de lo que es ser hombre y ser mujer, más que hacer surgir modelos de femineidad y masculinidad más auténticos y equitativos, estaría dando lugar a imágenes ambiguas y desnaturalizadas tanto de la mujer y como del varón.

En primer lugar, la cultura pro-aborto creemos que es una forma antinatural y cruel de pretender proteger los derechos de la mujer, ya que ningún ser humano nacido con el don de procrear puede sentirse en paz si ha quitado la vida a su propio hijo.

La naturaleza sigue mostrando la capacidad innata de la mujer para dar acogida, contención, cuidar de otros. Pero obviamente, ello no debería ir en desmedro del desarrollo del potencial personal del que todo ser humano es portador.

Como mujer, me alegra pensar que hoy más que nunca las mujeres luchan por salir adelante haciendo valer sus derechos. Pero no está bien despojarnos de ninguno de nuestros atributos.

Muchos varones jóvenes ya han asumido un rol igualitario en cuanto a compartir la carga de las tareas del hogar junto a sus esposas, contribuyendo a una vida familiar más armoniosa.

Pero también advertimos la crisis de muchos varones con su masculinidad, mostrando incluso dudas respecto a su identidad sexual.

Más grave aún, es el vacío que parece haberse generado en quienes reniegan de su sexo biológico o en quienes no se identifican como hombre ni como mujer (bisexuales, transexuales, travestis).

Hoy vemos individuos portadores de un sexo biológico determinado que se auto-definen como “hombres en un cuerpo de mujer” o “mujeres en cuerpo de varón”. La ciencia les ha ofrecido operaciones de cambio de sexo. Muchos operados manifestaron tiempo después su insatisfacción con la opción adoptada, atestiguando algunos que sus vidas no habían cambiado como esperaban con la decisión que tomaron. Uno de ellos dijo que el bisturí nunca llega a cambiar el sexo con el que uno naturalmente nace.

Un transexual peruano (Ñaupari) dijo estar cansado de la vida que llevaba desde su operación de cambio de sexo y agregó: “Tengo el pelo de un varón, respiro como un hombre, no hay cambio de sexo en el ADN, quiero recuperar mi identidad”, pidiendo ayuda al Congreso de su país para lograr su objetivo de recuperar su sexo biológico.

Desde la cosmovisión cristiana, entendemos que Dios diseñó el sexo y fijó las pautas para vivir la sexualidad en relación con los demás, en vínculos heterosexuales caracterizados por la estima y respeto recíproco, amor y compromiso.

La cultura humana de cada época agregó lo propio, sujetando el ejercicio de la sexualidad a sus valores egoístas, e introduciendo elementos perversos como la violencia, el abuso, la discriminación de género, la superioridad machista, la pornografía o la prostitución.

Si bien la re-formulación de los estereotipos sexuales era necesaria a nivel social, no precisamente la que nos plantea la teoría de género actual, ya que ésta se parece más a un “vale todo” sexual que indudablemente conducirá al hastío y vacío de sentido en la vivencia de este trascendente aspecto de la personalidad humana.

El texto bíblico consigna que el Dios al idear el sexo estableció limitaciones, prohibiendo el incesto, los vínculos sexuales casuales y sin compromiso, el contacto sexual entre personas de igual sexo, etc.

Las diferencias biológicas naturales seguirán determinando diferencias de género, de conducta y de expectativas respecto a hombres y mujeres. Cada uno con su riqueza propia y su potencialidad para complementar al otro, sin justificar ningún tipo de atropello, dominación o abuso.

En el ejercicio de nuestra sexualidad, el texto bíblico aclara que aunque podamos hacer lo que queramos no todo es conveniente, ni redunda para nuestro bien.

“Todo me es lícito, pero no todo convienetodo me es lícito, pero no todo edifica” 1 Cor.10:23.

Por tanto, es inútil que hombres y mujeres busquen torcer su condición sexual biológica, ya que ello no funcionará, ni aportará felicidad.

El sexo no se elige pues viene determinado por la inmensa sabiduría y el amor de Dios.

La equidad de los sexos está claramente consagrada por Dios en 1 Corintios 11:11, donde se señala que ni el hombre existe sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, pues aunque es verdad que la mujer fue formada del hombre (Génesis 2:22), también es cierto que el hombre nace de la mujer y todo tiene su origen en Dios.

El trato que Jesucristo mostró hacia la mujer es signo inequívoco de la dignidad que le reconoció a ese ser. Los evangelios dan cuenta del diálogo y la escucha respetuosa de Cristo hacia diversas mujeres (Martha y María, la samaritana, la sirofenicia, su propia madre, etc.). Por tanto, el ninguneo hacia la mujer o la restricción de su libertad para el desarrollo del potencial de ésta es una significativa perversión creada por la cultura humana.

La sujeción de la esposa al esposo consignada en el texto bíblico (Efesios 5:24) jamás debió suponer esclavitud, dominación, ni restringir la libertad de pensar y actuar, siendo un orden interno del matrimonio donde el hombre tiene la obligación de honrar, cuidar y amar a su cónyuge, reconociendo que a su vez, el varón también está bajo autoridad de Dios.

Hoy y siempre Dios convoca al varón a una masculinidad sin excesos, ni abusos, imitando a Cristo, quien lideraba respetando y prestando servicio a los demás. Varones fuertes no para dominar sino para amparar y servir.

Ojalá que tanto las familias (responsables fundamentales de la educación sexual de sus hijos), los centros educativos cristianos, así como las iglesias bíblicas, asumamos un papel activo para contribuir a desactivar el patrón cultural que fomenta perversas desigualdades de género y pongamos en alto el modelo divino donde cada hombre y cada mujer, según el sexo recibido, desarrollen esa faceta de la personalidad humana, en amor, pureza, dignidad y en sujeción al designio divino.

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

3 Comments

  1. Carm dice:

    Hola
    Muchas gracias por compartir esta reflexión. Está contextualizada pero también es responsable al elegir una postura cristiana y argumentarla.
    Saludos desde México.

  2. agustin dice:

    Aceptable su aporte; pero creo hace el enfoque muy basado en su conocimiento universitario , dejando de lado la palabra de Dios a un segundo plano. Saluda Agustín

    • elrusoperes dice:

      Agustín, con todo respeto, discrepo con tu comentario.
      O no leíste bien, o no entendiste lo que la psicóloga Gares plantea.
      Su aporte es más que aceptable, es excelente. Basándose en su conocimiento y experiencia como profesional expone la teoría de género y perspectiva de género, no sólo en los aspectos teóricos, sino en hechos y casos,
      Luego analiza, formula conclusiones y hace propuestas, justamente como cristiana y desde la Biblia. Fundamenta sus planteos citando, directa o indirectamente, no menos de ocho veces la Biblia.
      Para un artículo de esta extensión es un buen basamento bíblico; además, está al final, como broche de oro del mensaje que se quiere transmitir.
      Te recomiendo una lectura detenida y libre de prejuicios.
      Dios te bendiga.

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