Dos alternativas, un desafío

El hogar bienaventurado
27 octubre 2015
Hebreos 11.6 – Ekcetusyn
29 octubre 2015

Dos alternativas, un desafío

Propiedad PrivadaPor: Dr. Álvaro Pandiani*

En el correr de este año la propiedad privada volvió a ser puesta en el tapete por algunos miembros del partido de gobierno. Nos pareció pertinente, entonces, rescatar algunos conceptos ya vertidos años atrás sobre este tema, como aporte desde nuestra fe cristiana acerca de, no la legitimidad de la propiedad privada, sino de la justicia de poner en entredicho – por parte de determinados actores políticos, de una determinada ideología – un derecho sancionado por nuestra Constitución: el derecho a la propiedad privada.

A lo largo de la historia y también en la actualidad, en toda sociedad humana han estado presentes la desigualdad y la injusticia. Indudablemente ha habido y aún hay sistemas políticos y sociales que favorecen el desarrollo y perpetúan la existencia de una estructura social clasista, estratificada, en la que en general unos pocos privilegiados están en posesión de la mayor parte de la riqueza, y una mayoría pobre sobrevive con los escasos recursos que surgen de las magras remuneraciones que perciben por su trabajo. Este esquema, bien que muy simple, sirve de base para reflexionar sobre la condición material y económica de los individuos y familias que conforman las comunidades; condición que surge de la desigual distribución de la riqueza, que se traduce en la mayor o menor posesión de bienes materiales, lo que a su vez determinará la situación social, la ubicación en la escala de la sociedad, la “clase” a la cual pertenecerá (a veces, pero no siempre, la clase que “tendrá”) un individuo o una familia determinada.

Si postulamos que el problema está exclusivamente en la estructura social y el sistema político con que se gobierna un país, fundamentalmente la ideología que rige en política económica, podemos inducir la interpretación de que se soluciona con transformaciones llevadas adelante mediante una revolución. Sea una revolución armada, o por medio de cambios profundos llevados adelante desde el gobierno. No cabe duda que muchos sistemas vigentes, por perversos, pueden necesitar un cambio. Pero más allá de la responsabilidad que adjudiquemos a los “sistemas” en el origen de los problemas que azotan a los seres humanos que viven en comunidad, como cristianos debemos tener presente y destacar la cuota parte de responsabilidad personal de cada uno de los individuos integrantes de la sociedad, en esos problemas: desigualdad, injusticia, mala distribución de la riqueza, y por ende pobreza, carencias, necesidades básicas insatisfechas, ausencia de oportunidades, inexistencia de opciones de progreso, que afectan a distintos grupos humanos. Desde la visión bíblica y cristiana, el problema está en la naturaleza humana, sobre todo la ambición y el egoísmo que caracterizan a los seres humanos alejados de Dios, y los lleva a apropiarse de bienes materiales; de esta manera las sociedades se estructuran teniendo a la cabeza a unos pocos, que por la fuerza o la razón de un “derecho divino”, o por ambas, se adueñan de tierras, alimentos, riquezas, medios de producción, dinero, e indirectamente, de otros seres humanos; seres humanos desposeídos, reducidos a la miseria, la explotación, e incluso la esclavitud. La Biblia tiene duras palabras de reprobación para los “ricos opresores”, porque “el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por ustedes, clama y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor” (Santiago 5:4), y les advierte: “lloren y aúllen por las miserias que les vendrán” (v.1). También dice la Palabra de Dios, respecto a esta tendencia de algunos a apropiarse injustamente de lo que pertenece a todos: “Al que acapara el grano, el pueblo lo maldice” (Proverbios 11:26a), y agrega: “¡Ay de los que juntan casa a casa y añaden hacienda a hacienda hasta ocuparlo todo! ¿Habitarán ustedes solos en medio de la tierra?” (Isaías 5:8); e incluso, cabe preguntarse si no podría aplicarse también a esta clase de personas, solo interesadas en acaparar bienes y propiedades, la siguiente afirmación: “Esos perros voraces son insaciables” (Isaías 56:11a). No deja de advertirnos la Escritura que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10).

Dejado este punto en claro, con todas las implicancias que tiene no solo por los abusos que se cometen en el mundo secular, sino también dentro de las comunidades religiosas, motivados por ese amor voraz e insaciable por el dinero, la intención es ahora aproximarnos a la consideración de una alternativa que se ha planteado a lo largo de la historia, incluso de la historia cristiana: la vida en común, comunidad o comunismo de bienes, en la que es abolida la propiedad privada. Dice Paul King Jewett en el Diccionario de Historia de la Iglesia acerca de Comunismo: (es el) “Nombre dado a cualquier esquema económico que abogue por la propiedad común de los bienes con exclusión de la propiedad privada de éstos” (Editorial Caribe, 1989; Nashville, USA; Pág. 263); agrega en la misma página: “El comunismo no es meramente una teoría económica; tiene significativas implicaciones filosóficas y aún religiosas”. La idea de la abolición de la propiedad privada no surge en el siglo XIX, sino que es mucho más antigua; incluso más antigua que el cristianismo, habiendo comenzado con comunidades religiosas precristianas. La vida en comunidad de bienes entre los cristianos aparece por primera vez en las páginas del Nuevo Testamento, en la primitiva Iglesia de Jerusalén. Ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles se habla de esta temprana Iglesia, en la que “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44, 45); estos primeros cristianos vivían, efectivamente en comunidad de bienes. Que se trataba de una forma elemental de comunismo, de acuerdo a la definición genérica que dimos antes, es reafirmado por el escritor sagrado un poco después, cuando insiste en que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32); es decir, que había usufructo de bienes, pero quedaba excluida la propiedad privada de los mismos. Ahora bien, el procedimiento por el que los primitivos cristianos llegaron a esta forma de vida en comunismo de bienes no fue la abolición de la propiedad privada, por imposición de la autoridad superior de la comunidad, sino la renuncia voluntaria a sus propiedades y posesiones; renuncia hecha por amor a los demás miembros de la comunidad, y en aras de un ideal más elevado: el de extender el mensaje del amor incondicional de Dios en Jesucristo, a todos los seres humanos. El carácter voluntario de esta renuncia a los bienes personales para ingresar a la comunidad cristiana se ve en el episodio de Ananías y Safira, quienes incurrieron en el engaño, no por codicia de propiedades y posesiones, sino por un desmedido afán de notoriedad y reconocimiento. Inmediatamente antes de iniciarse el capítulo 5 de Hechos, Lucas ­– el autor del libro – cuenta que un judío cristiano llamado Bernabé “vendió una heredad que tenía y trajo el producto de la venta y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hechos 4:37). Acto seguido se relata que Ananías y Safira vendieron también una propiedad, para llevar el dinero a la comunidad cristiana, pero antes, de común acuerdo sacaron parte de la suma, y lo guardaron para sí. Lo que Ananías y Safira pretendieron fue que la Iglesia creyera que ellos estaban donando todo el dinero a la comunidad, cuando en realidad estaban donando una parte; el afán de obtener el reconocimiento y el elogio dentro de la comunidad cristiana los condujo a la mentira y la hipocresía. En relación al carácter voluntario de la renuncia a la propiedad privada, se ve claramente en la referencia que hace el apóstol Pedro a la finca de este matrimonio, y al producto de su venta: “Reteniéndola, ¿no te quedaba a ti?, y vendida, ¿no estaba en tu poder?” (v.4a). Es decir, la propiedad era patrimonio de Ananías y Safira, y podrían haberla retenido para ellos; y una vez vendida, el dinero estaba en su poder, no había obligación de entregarlo a la Iglesia. Esto es bien diferente de la abolición compulsiva de la propiedad privada por parte de una autoridad apoyada por el uso de la fuerza, por ejemplo el Estado, algo sobre lo que es necesario reflexionar nuevamente.

A lo largo de la historia cristiana el ideal de la vida en comunismo de bienes, al que se llegaba mediante renuncia voluntaria de las propiedades, se continuó sobre todo en las comunidades monásticas. Desde los inicios del monasticismo, por lo menos en el siglo IV, el voto de pobreza, uno de los tres que hacían aquellos que querían volverse monjes (además de castidad y obediencia), implicaba vender los bienes y repartir el dinero a los pobres, antes del ingreso al monasterio. Es decir, que la renuncia a los bienes era una imposición para quienes decidían libremente entregarse a la vida monástica. “Desde un principio, quién quisiera unirse a su comunidad debería renunciar a todos sus bienes” (Pacomio y el monaquismo comunal; en La Reacción Monástica. Historia del Cristianismo, de Justo L. González; Editorial Unilit; Miami, USA; 1994; Tomo 1, Pág. 158). “Para San Benito, la pobreza individual es un modo de establecer un nuevo orden colectivo. Mientras el monje ha de ser absolutamente pobre, sin poseer cosa alguna, el monasterio sí ha de tener todo lo necesario para la vida de la comunidad” (El monaquismo benedictino; op. cit. Pág. 268).

No es tema de la presente reflexión la forma en que aún el sistema monástico llegó a servir al abuso, tanto en la explotación de los siervos que trabajaban las tierras de los señores, como en el acúmulo de grandes riquezas, donadas por nobles y príncipes para “salvar” sus almas, de modo que algunas casas monásticas a las que los monjes ingresaban haciendo voto de pobreza, tenían a sus habitantes viviendo en la opulencia. La forma en que la naturaleza humana corrompe todo lo que toca no está en discusión aquí, sino que interesa destacar el carácter voluntario de la renuncia a la propiedad privada que se practicó en la vida comunitaria cristiana, a lo largo de la historia e incluso en el presente. Ese carácter voluntario es enfatizado aquí con la finalidad de contrastarlo con algo mencionado antes: el carácter compulsivo de la abolición de la propiedad privada de todos los ciudadanos, practicado por el Estado en aquellos países que adoptaron el comunismo como sistema político y económico. Volviendo a King Jewett: “Esta expresión del comunismo, a diferencia de los tipos cristianos, ha obtenido sus propósitos no por una devolución voluntaria a ideales comunes de hermandad… sino por el derrocamiento del orden establecido. Para ello han usado violentos medios de revolución militar” (Diccionario de Historia de la Iglesia; Pág. 265). De la comparación de ambos esquemas, el voluntario y el impuesto por la fuerza, impresiona que no es peregrina esta idea de la existencia de un vínculo de semejanza, con las obvias salvedades del caso, entre el antiguo comunismo religioso y el que avasalló varias países, estableciéndose como forma de gobierno a partir del siglo 20. Ahora, parecería que los personeros de esta ideología hubieran hecho una interpretación “robinhoodesca” de un texto antiguo como: “No robes al pobre, porque es pobre” (Proverbios 22:22a), y también hubiesen modificado la premisa bíblica que dice “el que tiene, dé al que no tiene” (Lucas 3:11), transformándola en “saquémosle al que tiene, para darle al que no tiene”.

La idea de una sociedad cuyos integrantes no poseen propiedad privada fue imaginada por Tomás Moro en el siglo 16, en su obra Utopía. Un mundo ideal ha sido desde el principio el postulado que define la meta por la que han luchado los seguidores de la ideología comunista: una sociedad sin clases, sin desigualdades de ningún tipo, con una distribución de la riqueza justa y equitativa; “su tesis es que mediante el proceso de cambio revolucionario ha de completarse la dialéctica de la historia, y en lugar de la antítesis de ricos y pobres, emergerá la síntesis de la sociedad sin clases” (King Jewett; Pág. 265). Sin embargo, los discípulos de esta teoría político-económica olvidaron el más peligroso de los factores, el que hacer zozobrar todos los grandes proyectos: el factor humano. La venalidad de la naturaleza humana, su egoísmo y codicia, y la crueldad que es capaz de desplegar contra quienes se interponen en sus caminos o se oponen a sus intereses, ha llevado a los personeros de esta ideología a transformarse en los nuevos amos, los nuevos señores feudales, la nueva nobleza, la nueva élite dominante. Una élite que se autoperpetuó en el poder por medio de un intelectualismo hueco, semejante al antiguo uso del “derecho divino” surgido de la religión que tanto criticaron, pero entronizando al “pueblo” al que afirmaban servir y por cuyos intereses decían sacrificarse, y exaltando la “Revolución”, como si de una diosa se tratara, capaz de romper las cadenas de la opresión capitalista. Y una élite que cuando el primer argumento no funcionó, no dudó en recurrir al uso de la fuerza, la represión, la privación de libertad, la tortura y el asesinato para acallar a los disidentes.   Actualmente, en esta región del mundo, esta teoría político-económica sigue presentándose como opción de cambio, frente a la codicia del capitalismo que acapara medios de producción y riquezas, y explota a los trabajadores y a los pobres. La alternativa sería un socialismo a ultranza, jalonado por un creciente intervencionismo del Estado con políticas económicas y fiscales que marcan un camino definido: una guerra al neoliberalismo y un estatismo progresivo.

La antítesis entre renuncia voluntaria a los bienes propios, y expropiación compulsiva de los mismos por el Estado, podría volverse en el enfrentamiento entre dos posiciones: por un lado, aquellos que, al tener poco y nada (y no trabajar para mejorar su situación), apoyan políticas de “justa redistribución de la riqueza”, esperanzados en un asistencialismo estatal con el cual se conforman y que los perpetúa en su condición; y por el otro, aquellos que tienen en propiedad bienes materiales, ganados honradamente con su trabajo, por los cuales deben pagar abultados impuestos; un dinero que será (supuestamente) destinado a políticas sociales dirigidas a los menos afortunados y que menos opciones han tenido (según el discurso del gobierno de turno), pero quedando la sensación de que llegará a quienes no hacen ni tienen intención de hacer nada por cambiar su situación.

Es difícil encontrar el equilibrio entre caridad y asistencialismo estéril. También es difícil hacer la elección entre el desprendimiento voluntario a favor del pobre, que puede estar contaminado por el egoísmo del que da, y rebaja la dignidad del que recibe, y el estatismo que quita para darle al pobre, que puede corromperse por la codicia del que está en el poder, y también rebaja la dignidad del que recibe.       La tercera alternativa sería un sistema en el que todos trabajan por igual, todos estudian, se forman y crecen como ciudadanos y como personas, y todos eligen a sus gobernantes, quienes además de gobernar no dejan de trabajar a la par de sus conciudadanos. Así era en Utopía, la creación de Tomás Moro.

Entonces, dos alternativas, y una elección difícil. Pero más allá de esa elección, un desafío: la participación de todos en construir una sociedad impregnada de valores, a nuestro entender, los mejores valores, los valores cristianos, con los que podamos combatir, y quizás algún día (utopía) reducir a su mínima expresión los males de la naturaleza humana, que originan a su vez todos los males sociales: el egoísmo, la ambición, la codicia, la voracidad insaciable, el amor al dinero.

¡Qué desafío, Señor!

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Este artículo es un refrito de Reflexiones sobre el derecho a la propiedad privada, partes 1 y 2, publicadas en esta página web en 2009)

1 Comment

  1. anónimo dice:

    para Dr. Pandiani sobre la propiedad privada. Aca e mi ciudad hay pastores q tienen varias empresas d un solo dueño sus hijos cada uno tiene u moderno auto para pasear pero a los empleados y a la domestica estan e negro cuando vienen los d DGi impuestos les disen a los empleados q se vallan a casa y ponen u cartel serrado x licencia son pastores que no han leido sobre los ¡Ay! grs

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *