El oficio de juzgar

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Sábado 28 de Noviembre
30 noviembre 2015

El oficio de juzgar

juzgar a otrosPor: Prof. Ezequiel Dellutri

Aunque quisiéramos poder caminar en la certeza, la vida es un avanzar a ciegas. Desconocemos lo que tenemos por delante y nuestra visión siempre es sesgada: vemos lo que nos está permitido ver, porque la tradición, las costumbres y la educación que hemos recibido funcionan como anteojeras más o menos restrictivas. Lo cierto es que hay algo que siempre escapa a nuestro campo de visión: hay un ángulo de las cosas que siempre queda afuera.

Juzgar es una necesidad en la vida. Cuando nos enfrentamos a un desconocido, nuestro cerebro juzga automáticamente, porque ha sido diseñado para eso: ayudarnos a evaluar y elegir lo que nos conviene. Entrenado en las duras artes de la supervivencia primitiva, nuestro cerebro decide rápido en base a indicios de los que muchas veces no somos conscientes. Es una máquina compleja, pero no perfecta: los juicios apriorísticos fallan muchas veces, porque se basan en presupuestos y generalizaciones. Por eso, cuando vemos a alguien vestido de determinada manera, que se comporta de una forma particular o habla con cierto tono, nuestro cerebro emite una señal de alerta: está genética y culturalmente entrenado para hacerlo.

Cuando entramos a un trabajo nuevo, nuestra mente intenta clasificar de manera primaria a nuestros nuevos compañeros. Trata de hacer un mapa de la nueva situación que le permita sobrevivir. Tal vez la utilización de esta última palabra suene exagerada, pero así es como lo interpreta nuestro cerebro. Luego, al pasar el tiempo, la reflexión se impone y esos juicios elaborados inicialmente van modificándose. En algunos casos, tardamos mucho tiempo en superar las primeras impresiones. En ocasiones, nunca lo hacemos o lo hacemos tarde.

Jesús fue claro cuando dijo que no debíamos juzgar. La palabra que utilizó es más compleja que la nuestra: no solo significa discernir –es decir, determinar qué es lo bueno y qué lo malo para poder obrar en consecuencia- sino que también implica el intentar dirigir los pasos de otra persona. Cuando Jesús hablaba –y lo hace para todos, pero en clara referencia a la perversión de los fariseos, legalistas sin fundamento ni reflexión-, está diciendo que debemos discernir, pero también evitar manipular en base a mi visión sesgada de la existencia.

Jesús condenó muchas veces el pecado y muchas otras, indicó el camino a seguir. Nunca, jamás, impuso a los demás la fe. La libertad de elección estuvo presente en cada uno de sus apóstoles y discípulos y hasta en un momento, cuando algunos comenzaron a irse, llegó a preguntarle a los doce si ellos también querían hacerlo.

El camino de la fe debe ser recorrido con convicción: no se hereda de los padres, ni se abona en las costumbres familiares y menos aún se cultiva en absurdos mandatos sociales. La fe es un convencimiento interior basado en una compresión profunda de quién es Dios y qué significo yo para él. La fe es, como dice el autor de hebreos, la certeza de lo que no se ve, pero que es una realidad interior para quienes creemos. Esto no significa, claro, que esté escindida de la razón. Por el contrario, la verdadera experiencia de fe es aquella en la que el espíritu y la razón trabajan en conjunto para acercarnos a Dios.

Intentar imponer la fe es una contradicción que, asombrosamente, ha provocado los mayores conflictos religiosos que conocemos dentro del cristianismo, impulsado movimientos tan negativos como la Inquisición. Pero además, es atentar contra el espíritu de libertad que ha caracterizado al cristianismo desde sus orígenes, tergiversado el mensaje de Jesucristo.

Aprender a no imponerle mi visión de la vida al otro es una labor complicada. Como decíamos al comienzo, hay pocas certezas en nuestras vidas. Los cristianos tenemos la más grande: que Dios nos ama y que en su amor, se ha sacrificado para que podamos avanzar en todo momento tomados de su mano. Esto, lejos de llenarnos de soberbia, debería darnos la humildad de poder comprender mejor lo que significa andar por una vida de incertidumbres sin tener la luz de un faro que nos guie ni el calor de un hogar espiritual que nos permita recargar las fuerzas y rectificar el rumbo. También, debería ayudarnos a no juzgar más allá de lo necesario, es decir, a no intentar imponernos al otro, sino marcar un camino distinto que puede ser transitado de maneras diversas más allá de dogmatismos y visiones empobrecidas de la fe.

El tratar de manipular a los demás es labor de tiranos y mediocres. Animarse a vivir en la verdadera libertad que nos da el amor de Jesucristo es un desafíos difícil pero de resultados certeros.

Será, como siempre, cuestión de revisarnos y pensarlo otra vez.

1 Comment

  1. Mariano dice:

    De acuerdo. Yo en lo personal, fruto de alguna triste experiencia, prefiero animar a los creyentes a juzgar bien, o sea biblicamente, de corazón limpio y con la guía del E. S. -no es fácil- y correr yo el riesgo de ser mal entendido, o peor ¡mal aplicado!.

    Prefiero eso a que algún creyente termine entendiendo que no debe juzgar, evaluar o discernir nada ni a nadie bajo ninguna circunstancia, lo cual se ha hecho dogma en nuestra tradición evangélica. Porque si no juzgamos a tiempo y en el Señor, al final igual vamos a terminar juzgando, mal y tarde.

    El Maestro nos mandó, no a dejar en piadosa quietud la paja del ojo ajeno y la viga del propio, sino a extraer ambas, empezando por mí claro 🙂 Sólo pensando en voz alta, nada más que decir. Bendiciones y adelante con el programa!

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