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¡La Edad de Oro con Propósito!

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Romanos 14: 8: Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.

¡Es difícil cuando las facultades declinan! Miguel había sido un hombre inteligente, tenía un lugar de prominencia en círculos intelectuales, pero ahora no podía seguir los acontecimientos de actualidad, ni leer los diarios. ¡Qué humillación! Quería entender, pero no podía. Decía con tristeza: “¡Mi memoria está fallando!”
Durante 80 años había sido bendecido con una memoria excepcional, pero luego comenzó a declinar y ya no se pudo expresar como antes. En muchos temas ya no era capaz de mantener una conversación. Antes, sus movimientos eran rápidos; ahora sólo podía moverse con dificultad, apoyándose en alguien o en algo. Necesitaba ayuda constantemente. Él experimentaba las frustraciones físicas que pasamos los seres humanos cuando nuestras facultades decaen.
Además del padecimiento físico, muchos adultos mayores también sufren emocionalmente. A menudo están solos; su cónyuge ha muerto; sus hijos viven en otros lugares con sus propias familias; muchos de sus amigos y conocidos ya han fallecido. Y… ¿quién se preocupa realmente por un anciano?

Sí, envejecer es una forma de padecimiento. A menudo va acompañado por diversas incapacidades. Con los años hay que enfrentarse al hecho de tener que hacer las cosas más despacio y reducir las actividades. Y esto puede producir, en la persona, resentimientos y rebeldías, dificultando la vida para sí misma e incomodando a los que la rodean. Como expresa el dicho: “Hacerse viejo con gracia es un arte que no todos dominan”.

No obstante eso, el arte de envejecer no sólo se puede dominar sino que también puede otorgarle un brillo especial a la persona que avanza en edad. Dios quiere transformar este sufrimiento en bendición, incluso aún más… en una verdadera gloria.

El anciano de nuestra historia fue testimonio vivo de esta transformación. Al tener tiempo para meditar y orar, por causa de sus disminuidas facultades, podía considerar una y otra vez cómo había sido su vida ante los ojos de Dios. Para el asombro de su familia, cada vez que le visitaban, podían oír cómo el Señor le mostraba siempre algo nuevo que no había estado bien en su vida. Por ejemplo, una vez dijo que sus muchas habilidades le habían hecho orgulloso y ambicioso, y que estaba agradecido de que todavía tenía tiempo para arrepentirse de ello. En gratitud a Dios él quiso aceptar, gustosamente, el proceso de humillación, por el cual el Señor le estuvo llevando para purificarle. Se humilló bajo la poderosa mano de Dios y Él lo llenó de la gracia del arrepentimiento por cada cosa que en el pasado no había estado bien. ¡Que diferente era ahora su vida!

Antes fue un líder muy respetado y escuchado, ahora mientras sus energías y habilidades disminuían, llegó a ser más y más humilde y agradecido hasta por el más pequeño de los servicios que le hacían.

Ahora que sus capacidades físicas estaban disminuyendo, sus facultades espirituales crecían año tras año. Era notable, cuando oraba, parecía como si tuviera la mejor memoria de todos. Traía ante el Señor las necesidades de aquellos que estaban en su corazón, como también los pedidos de oración de varios ministerios cristianos.
Sí, cuando el hombre exterior con todos sus dones y habilidades mengua, el hombre interior puede ser renovado progresivamente (2a Corintios 4.16). En la misma medida en que los dones y habilidades humanos disminuyan, los dones espirituales emergen y se hacen cada vez más fuertes. Pero hay un requisito: tener fe en nuestro Señor Jesús. Si creemos en Él, tenemos vida eterna.

Entonces, envejecer será una bendición, una preciosa oportunidad para que la gloria de Dios pueda brillar. Así, este anciano llegó a ser el foco de vida espiritual para muchos que vinieron a pedirle oraciones o consejos. En lugar de haber sido dejado de lado, sin ninguna misión que cumplir y sin propósito en la vida y siendo una carga para los demás, este hombre se convirtió en un canal de bendición para innumerables personas por cuanto Jesús estaba vivo en él y se transformó en un hombre lleno de gozo.

La voluntad de Dios es que, también en la ancianidad, las personas rebosen manantiales de gozo eterno. Sí, la vejez puede traer gozo verdadero, ya que todos los que aman a nuestro Señor Jesús, se alegran con la alegría anticipada del que sabe que le verá. Que pronto estará en el hogar celestial, en el reino de paz, amor y gozo eternos. Dios quiere impartir este gozo a aquellos que sobrelleven las pruebas y aflicciones de la tercera edad, en comunión con Él.

Hay una cosa que no debemos hacer: rebelarnos en nuestro corazón contra los padecimientos de la ancianidad. La rebelión nos separa de Dios y Le impide derramar Su vida divina en nosotros. Pero aquellos que aceptan los padecimientos que la vejez entraña y rinden su voluntad a Dios, experimentarán la realidad de Su promesa: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12.9). Y, ¿cuál es este poder? Es el poder del amor, del gozo, de la oración y de la autoridad en el Señor. Esta es una maravillosa perspectiva para los años que se nos avecinan.

¡Si cada uno de nosotros rindiera su vida, sin reservas, a Jesús en todo lo que somos y tenemos y Lo amara por encima de todas las demás cosas, veríamos que vale la pena! El gozo y la felicidad habitan en aquellos en quienes Jesús ha hecho Su morada. Ellos Lo reflejan, traen gozo a los demás y viven en una bendita expectativa del día en que el Señor los llame al hogar celestial. En Jesucristo tienen todo lo que necesitan y desean.

De El Tesoro Escondido del Sufrimiento, por M.Basilea Schlink

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