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Unos tipos muy buenos

Gente Feliz 1Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Los conceptos de “bueno” y “malo” están entre las primeras nociones sobre la vida que asimilamos desde niños. Cuando somos niños se nos enseña a separar entre lo bueno y lo malo, y también a discriminar entre malos y buenos; desde nuestra más tierna infancia aprendimos, por ejemplo, a considerar a los reyes magos como buenos porque nos traían regalos, y al viejo de la bolsa como malo porque se llevaba a los niños, vaya a saber dónde. Al crecer, comprendemos que la separación no es tan simple, que la diferencia entre malos y buenos no siempre es nítida. En el trato con nuestros semejantes percibimos que hay individuos a quienes consideramos buenas personas, que en un momento dado muestran una veta de maldad; y de igual modo, alguien a quien tenemos por mala persona, en una situación dada, puede exhibir algo de bondad. Esto hace que sea complejo evaluar a nuestros semejantes, a quienes no podemos conocer sino por sus actos; por un lado, personas honradas, decentes y tranquilas puede ser capaces de cometer, en un momento dado, un hecho de maldad o violencia que nos sorprenda; pero también, aquellos a quienes creemos malas personas por sus hechos y actitudes, pueden sorprendernos cuando actúan con nobleza. Y por supuesto, cada uno de nosotros puede – y probablemente debería – evaluar esto en uno mismo. ¿Somos buenas personas? ¿O somos malos? ¿Soy alguien de quien se podría decir, genéricamente, que es bueno? ¿O soy una mala persona? Mi carácter y mi personalidad, mi forma de actuar y relacionarme con los demás, de perseguir mis intereses y de respetar – o no – los derechos de los demás, ¿cómo me definen? ¿Soy acaso una persona sencilla, franca y transparente, o soy alguien retorcido, con rasgos ocultos muy oscuros, y poco recomendables?
Además de lo antedicho debemos tener en cuenta que, dado que vivimos en la época de lo relativo, el concepto de “bueno” puede estar – y de hecho está – sujeto a esa misma relatividad. Lo “bueno” como intrínsecamente positivo, respetable y aconsejable, está cada vez más desdibujado, más difuso y sujeto a opinión; una opinión surgida de la subjetividad de quién evalúa lo bueno o malo de una persona, o la bondad o maldad de una acción o decisión, en función de sus propios intereses personales. Una persona – o una cosa – es “buena”, si lo es para mí, si conviene a mis propósitos, si satisface mis necesidades, o incluso si gratifica mis apetitos, o simplemente si me divierte. Para un ladrón, un arma será “buena” si es lo suficientemente poderosa como para intimidar a la víctima a tal punto que no oponga ninguna resistencia al asalto; igualmente, un compinche será un buen compinche si es confiable para realizar el atraco y salir airosos, huyendo con el botín. El arma es buena, el compinche es bueno, aunque todo el hecho en sí sea intrínsecamente malvado. Porque vivimos en el imperio de lo relativo. Y tampoco podemos olvidar, a propósito del ejemplo comentado, aquellos grupos humanos, generalmente personas que viven al margen de la ley, en los cuales la escala de valores por la que se rigen está tan alterada y retorcida, que el ser “malo” – y comportarse como tal – es visto por los miembros de su clase como algo positivo, y que otorga prestigio.
¿Existen de verdad las buenas personas? ¿Podemos ser buenos? No se trata aquí de si podemos ser buenos “en algo”: un buen profesional, un buen trabajador, una buena madre, o una buena artista. Se trata de ser “buenos”, es decir, buenas personas. Pese a vivir en el imperio de lo relativo, la gente en general sigue hablando de – y clasificando cada uno a sus semejantes en – buenas y malas personas, según cuánto se ajusta el semejante evaluado a un decálogo de normas de convivencia basado mayoritariamente en las leyes vigentes, el sentido común, y los resabios de reglas morales que evidencian – sería tonto negarlo – un pasado religioso imperante en las comunidades de antaño. Si preguntamos: ¿qué es ser bueno?, una definición formal de diccionario responde, resumidamente: tener bondad. Si entonces preguntamos, ¿qué es la bondad?, la respuesta más sencilla es: hacer el bien. Si eso es todo, podríamos decir que muchas personas de nuestras comunidades son buenas personas; porque ayudan a su prójimo, dan limosna, auxilian a un ciego a cruzar la calle, ponen en la colecta para el compañero de trabajo que está enfermo, trabajan honorariamente en una ONG, y cosas por el estilo. Y si nos ponemos a dar franquicias, también podríamos agregar a la lista de buenas personas a todos aquellos que, al menos, no hacen daño a nadie, no desprecian a sus semejantes, no son trepadores que pisotean a los demás, ni nada de eso.
Sorprendentemente, cuando miramos un pasaje de la Biblia en el cual Jesús de Nazaret habla sobre el “ser bueno”, nos encontramos con algo muy diferente. En Marcos 10:17, 18 leemos: “Al salir él para seguir su camino, llegó uno corriendo y, arrodillándose delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo uno, Dios”. Cabe acotar que la pregunta de Jesús: ¿Por qué me llamas bueno?, tiene una connotación similar a la pregunta que él le hizo a los discípulos: ¿Quién dicen los hombres que soy? (Marcos 8:27). Es decir, al afirmar Jesús que sólo Dios es bueno, no está negando o rechazando su propia divinidad, sino que es como si preguntara: ¿me llamas bueno porque crees que soy el Hijo de Dios? Porque – y repetimos – según Jesús, sólo Dios es bueno.
¿Entonces? Nosotros, los seres humanos, según el veredicto de Jesús – alguien cuyas palabras no pueden tomarse a la ligera ni ignorarse sin más, por muy no cristianos que algunos se consideren – nosotros, ¿no podemos ser buenas personas?
Sobre la bondad de Dios – extensamente afirmada en la Biblia – algunos opositores al cristianismo, y a las religiones en general, podrían decir que es desmentida por todo el mal y el sufrimiento que impera en el mundo, por tanta incertidumbre, enfermedad, maldad y muerte. Les asistiría razón, sino fuera porque algo que tampoco puede desmentirse es la enorme maldad que se esconde en la naturaleza humana, y que decálogos morales, leyes penales y normas de convivencia social a duras penas pueden controlar, para que las comunidades no caigan en el caos. A propósito de esto, si volvemos a la Biblia vemos que por encima de decálogos, leyes y normas, la misma habla de la Ley de Dios; una ley que se enfrenta a la naturaleza humana, en cada individuo: “Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Una Ley que puede ser aprobada como buena por la mente, el razonamiento y el juicio de los seres humanos – de algunos, al menos – lo que se demuestra por la presencia de rudimentos de esa Ley justamente en decálogos morales, leyes y normas de convivencia; pero una Ley que, pese a eso, no cumplimos. Entendemos que esa Ley es buena – es decir, que es intrínsecamente valiosa – y queremos cumplirla, pero no lo hacemos. Lo que nos nace hacer es otra cosa; algo que no entendemos y no queremos hacer, pero a lo cual somos arrastrados por nuestra naturaleza corrupta, sensual y ávida de gratificaciones egoístas. “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”, dice el apóstol Pablo, a propósito de este tema (Romanos 7:19). La situación espiritual del ser humano apartado de Dios, pero que quiere obedecer a Dios con sus propias fuerzas, las de su naturaleza caída y pecaminosa, es la siguiente: no hace lo que quiere, sino lo que no quiere, porque a eso le arrastra su naturaleza humana; es decir, el yo, la carne, la debilidad humana, la naturaleza imperfecta y falible. “Según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:22, 23). Según esto, somos llevados por nuestros propios apetitos, por nuestras debilidades convertidas en fortalezas que nos hacen fracasar en nuestras pruebas morales; y somos llevados por otra ley en “nuestros miembros”, o sea, en nuestro cuerpo y alma naturalmente pecaminosos.
En resumen, la Escritura dice: “yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18); sabemos lo que está bien, pero a menudo no podemos hacerlo: “queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7:21); con frecuencia, hacemos todo al revés (v. 19).
¿Entonces? ¿Podemos llegar a ser buenas personas? ¿Cómo lograrlo? Cuando el apóstol Pablo llega al fondo de esa escalera descendente acerca de la maldad inherente de la naturaleza humana y su impotencia para hacer el bien, y exclama sentirse un miserable por esa causa – ¿y quién no se ha sentido miserable en una situación así? – entonces enciende una luz de esperanza al decir: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (Romanos 7:24, 25). Jesús puede librarnos del mal; no sólo del que nos acecha a nuestro alrededor, sino del que se esconde en nuestro interior.
Llegados a este punto, repetimos la pregunta una vez más: ¿podemos llegar a ser buenas personas? Pero ahora con otros elementos para responder. ¿Podemos tener bondad? Bien, la bondad es un fruto del Espíritu Santo operando en el corazón y el alma del creyente en Cristo: “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22). El Espíritu de Dios produce en el seguidor de Jesucristo bondad, y también benignidad, es decir, inclinación o tendencia a hacer el bien o a pensar bien; esto significa que ser bondadoso y ser benigno son prácticamente la misma cosa: hacer el bien, ser una buena persona. ¿Por qué aparece dos veces, de diferentes maneras? Tal vez como una forma de Dios insistir, como si nos dijera: yo puedo hacerte bondadoso y benigno, yo puedo hacerte una buena persona. Aún más: hacer el bien es una expresión de amor; en Romanos 13:10 leemos: “el amor no le hace mal al prójimo, así que el cumplimiento de la ley es el amor”. Con esto, indirectamente nos está diciendo que el amor le hace bien al prójimo.
¿Cómo podemos llegar a ser buenos, si sólo Dios es bueno? Cuando Dios habita en nuestros corazones por la fe en Jesucristo. Una fe que implica arrepentimiento de pecado, y que también implica entregar el corazón a Cristo; una fe que asimismo conlleva un nuevo nacimiento, el empezar una nueva vida, y la obra del Espíritu Santo en cada uno de nosotros. Porque sólo Dios es bueno, sólo Él puede hacernos de verdad buenas personas, pues el Espíritu de Dios puede producir en nosotros ese fruto de bondad y benignidad.
¿A qué, por lo tanto, debemos aspirar? En el mundo hubo, hay, y seguramente habrá mucha hipocresía. En teoría se ensalza la honradez, la decencia y la virtud, pero también se considera gracioso o genial ser – o hacerse – el “malo”, sea hacerse el rudo, o ser infiel, trepador o mentiroso. Por supuesto, entre las personas religiosas, hombres y mujeres de iglesia, también hay muchísima hipocresía; quizás un tipo de hipocresía todavía más cínico y de mayor magnitud, porque es la hipocresía de los que afectan pureza, rectitud, santidad y bondad. El punto es que Dios en su Palabra nos llama a una vida de santidad, pureza, amor y bondad, para poder considerarnos verdaderos cristianos, y no simples profesantes falsos de una religión. Dios nos ofrece el auxilio de su Espíritu Santo para vivir una vida así, y de esa manera mostrar Su Presencia en nosotros.
En esta vida unos aspiran a ser ricos, otros a ser famosos, otros a ser respetados; tener una profesión, o un buen trabajo, casa, auto, una familia numerosa, una abultada cuenta bancaria. Los cristianos, al final, entendemos que lo de más valor a que podemos aspirar en la vida es a ser buenas personas, buenos cristianos, y dar testimonio de la salvación y vida eterna en Cristo Jesús.
__________________
* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario

18 Comments

  1. Álvaro Pandiani dice:

    Carlos, Carlos, no se trata del holocausto judío de la 2GM, ni de la guerra de los Balcanes. Se trata de la Biblia, si es para usted la Palabra de Dios, o no lo es. Lo de creer ahora y entender después no lo inventé yo, lo dijo Jesús. ¿Fue a Juan 13:7 a leerlo? Si no le convence, háblelo con él. En serio, vaya a Jesús y pregúntele. Eso le va a hacer bien a su espíritu, pues si sigue con esos cuestionamientos, continuará enterrándose en un laberinto mental del que va a ser más difícil salir, cada vez. No sé, es mi opinión, y la repito: hay veces y situaciones, en que hay que atreverse a creer en Jesús, o simplemente no creer.
    Un gran abrazo.

    • Carlos De Muras dice:

      Entiendo su punto, en lo que respecta a su pretensión de querer que especifique mi postura en cuanto a si creo o no que La Biblia es Palabra de Dios. Estoy de acuerdo en que hay allí un asunto de fe. Pero al decir “La Biblia” sigo insistiendo en que no sé a cual se refiere usted. Hay varios tipos de Biblia, algunas de ellas fueron “mutiladas” , les han quitado varios libros. Los etíopes dicen tener la verdadera, los coptos igual, los católicos dicen lo mismo y los evangélicos también. Usted tiene todas ellas en su biblioteca…? También habría que considerar las diversas traducciones y los traductores participantes(iluminados seguramente y sin intereses). Por otra parte, espero lo recuerde, hace algunos años muchas iglesias evangélicas preconizaban la idea que La Biblia estaba escrita por Dios. Con el tiempo eso cambió, ahora se estila decir “La Biblia fue inspirada por Dios”.No pongo en duda que Dios haya inspirado a mucha gente en el pasado y lo siga haciendo aún en nuestros días.

      • Álvaro Pandiani dice:

        Bueno, Carlos, veo que a cada propuesta de poner su fe en Jesucristo usted responde con un pero, que asumo como sincero, pero que me hace preguntarme si no es síntoma de que el diálogo se está agotando. De todos modos voy a contestar sus preguntas, y luego le propongo nos tomemos un tiempo de reflexión.
        Sí, he leído Biblias. He leído Biblias evangélicas como la Versión Reina Valera, la más extensamente usada por los evangélicos de habla hispana; esa la he leído entera varias veces. Incluso tengo en mi biblioteca (y la consulto a menudo) una edición de 1880. Tenga en cuenta que “versión” significa traducción, y “revisión” se refiere a actualización del lenguaje, pues el idioma cambia con el tiempo. He leído Biblias católicas (Nácar Colunga, Straubinger), y las he cotejado; y he encontrado que, aunque las palabras cambien – pues son distintos traductores – el mensaje se mantiene. Haga la prueba. He leído también la Biblia Dios Habla Hoy, aceptada por católicos y evangélicos.

        • Álvaro Pandiani dice:

          También he leído y cotejado la Traducción del Nuevo Mundo, de los Testigos de Jehová, única que tanto católicos como evangélicos consideramos adulterada. Asimismo he leído los libros Deuterocanónicos, esos libros del Antiguo Testamento que aparecen en las Biblias católicas pero no en las evangélicas, y he buscado su origen. Así, he encontrado que San Jerónimo, quién tradujo la Biblia al latín en el siglo 4to. d.C (la Vulgata, usada por la Iglesia Católica Romana por más de mil quinientos años), no estaba seguro de su inspiración divina, y que más tarde Martín Lutero los rechazó, y el Concilio de Trento (el concilio católico romano del siglo 16 antireforma protestante) como respuesta los incluyó.
          Las Biblias etíope y copta no las leí, porque no sé el idioma.

          • Álvaro Pandiani dice:

            Lo que sí puedo decirle es que las tres grandes ramas del cristianismo – Protestantismo, Catolicismo Romano, y Catolicismo Ortodoxo (al que pertenecen coptos y etíopes) – aceptan como texto base del Antiguo Testamento en sus idiomas originales (hebreo, y fragmentos en arameo) al Texto Masorético, también aceptados por los judíos. Y también las tres ramas aceptan como texto base del Nuevo Testamento en su idioma original el Nuevo Testamento griego de Wescott y Hort. Del Texto Masorético y del Texto de Wescott y Hort es que católicos, ortodoxos y evangélicos hacen sus traducciones de la Biblia. Eso es lo que he podido saber luego de mucho buscar información y leer sobre el tema.

          • Álvaro Pandiani dice:

            PERDÓN, ESTE ES EL PÁRRAFO FINAL, PERO ME QUEDÓ AQUÍ.

            Conozco personalmente a muchas personas que trabajan en la Sociedad Bíblica del Uruguay, y creo que las Sociedades Bíblicas Unidas – una fraternidad que hace más de 200 años trabaja en traducción bíblica – constituyen una entidad confiable.
            Espero haber contestado su pregunta: ¿cuál Biblia?
            Como siempre, un fraternal abrazo.

  2. Álvaro Pandiani dice:

    Es verdad, Carlos, se trata de la Biblia. Y la Biblia es la Palabra de Dios, o no lo es. Quiero decir, la aceptamos toda como Palabra de Dios, o no la aceptamos. No puede haber medias tintas.
    Por eso dije antes que termina en una cuestión de fe personal. A veces, llegados a este punto, debemos dejar de lado los cuestionamientos surgidos de la razón, y sólo creer. Atreverse a solamente creer en ese Dios del que nos habla la Biblia.
    En estos casos yo recuerdo las palabras de Jesús a Pedro en el cenáculo: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después” (Juan 13:7). Yo siempre espero un después en que entienda; mientras tanto, creo.
    Cordiales saludos.

    • Carlos de Muras dice:

      Ok, planteada pues la situación en términos de blanco o negro. Entonces allí aparece una riesgosa la lógica de, “aceptar ahora para entender después”. ¿Aceptar la masacre de mujeres y niños, aceptar el saqueo para entenderlo luego…? Uhm… Demasiado peligroso para mí gusto. Ello me obliga a extrapolar esa lógica a conocidos sucesos del siglo XX y así aceptar el holocausto armenio o el judío, como la masacre de los Balcanes, y aceptarlos sin ninguna clase de inconvenientes pues estoy seguro que a posteriori los entenderé.

  3. Carlos de Muras dice:

    Me gustaría que me señalara en que parte del siguiente pasaje se muestra bondad:
    “Y pelearon contra Madián, como Jehová lo mandó a Moisés, y mataron a todo varón. Mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, cinco reyes de Madián; también a Balaam hijo de Beor mataron a espada. Y los hijos de Israel llevaron cautivas a las mujeres de los madianitas, a sus niños, y todas sus bestias y todos sus ganados; y arrebataron todos sus bienes, e incendiaron todas sus ciudades, aldeas y habitaciones. Y tomaron todo el despojo, y todo el botín, así de hombres como de bestias.Y trajeron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a la congregación de los hijos de Israel, los cautivos y el botín y los despojos al campamento, en los llanos de Moab, que están junto al Jordán frente a Jericó.

    • Álvaro Pandiani dice:

      En ninguna parte, Carlos; en ninguna parte.
      Aunque haya predicadores evangélicos que “justifiquen” la violencia en el nombre de Dios que aparece en el Antiguo Testamento (y los hay, y también diversas explicaciones teológicas para “justificar” todo eso), es muy difícil, por no decir imposible. Incluso hay quienes postulan que la violencia ejercida por los israelitas en la conquista de Canaán nació de una postura ultranacionalista y de fanatismo religioso, y se atribuyó a Dios el mandato de proceder con extrema crueldad. En realidad, en la antigüedad era moneda corriente atribuir a las divinidades las guerras y atrocidades cometidas por un pueblo contra otro (fíjese en la Edad Media las Cruzadas, y en la actualidad la actividad del Estado Islámico). SIGUE

      • Álvaro Pandiani dice:

        CONTINÚA Cuando hablamos de la bondad de Dios, obviamente no hablamos de eso; hablamos de algo como lo siguiente:
        De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).
        Ese amor es el que – entendemos los cristianos evangélicos – debemos predicar a toda persona. Si Dios en verdad ordenó aquellas guerras que libró el antiguo Israel – también hay que recordar que Israel era y es su pueblo – se vuelve una cuestión de fe personal conciliar aquella terrible severidad con este amor infinito.
        Ahora sí, un gran abrazo, y que Dios le bendiga.

        • Carlos de Muras dice:

          Personalmente me inscribo dentro de los que creen que cuando se habla de la bondad de Dios se está hablando de: “De tal manera amó Dios al mundo…”. No obstante ello, creo que deberíamos aceptar la ambigüedad exhibida en los textos; ambigüedad que activa la posibilidad de múltiples interpretaciones. (Sé que hay quienes se arrogan la facultad de tener la verdad en cuanto a la interpretación de tal o cual pasaje)

      • Carlos de Muras dice:

        Soy consciente que en la antigüedad era moneda corriente atribuir a divinidades guerras y atrocidades, pero en el caso que nos ocupa no estamos refiriéndonos a cualquier libro que narrando atrocidades, estamos hablando de La Biblia. Y no se está refiriendo a divinidades, aquí habla de Dios. Debemos ser cuidadosos, pues si destacamos la vigencia de los textos bíblicos entonces podemos llegar a convalidad involuntariamente actos terribles que ocurren hoy en Medio Oriente. Creo que, con el paso del tiempo, la brecha entre el Nuevo y Antiguo testamento se hace cada vez más amplia.

  4. Carlos de Muras dice:

    Las circunstancias son las que provocan devastación o el deseo de partida digna.
    Confieso que me resulta llamativo comprobar que, cuando Pandiani tiene oportunidad, desliza siempre un cierto menoscabo hacia la relatividad de la vida y del comportamiento humano, muy respetable por cierto pero no compartible. Parecería no tener en cuenta que un número muy importe de cristianos viven su vida relativamente a las escrituras.

    • Álvaro Pandiani dice:

      Qué tal, Carlos, gracias por su comentario.
      Debo confesar que sí, cada vez que me refiero al relativismo de la vida actual, lo hago con cierto disgusto. Sin embargo, no creo que el relativismo tenga mucho de positivo que ser disminuido – ya que eso es lo que significa “menoscabar” – cuando se trata del relativismo en los aspectos morales de la vida. En otras palabras – y me puedo equivocar, pero – creo que yo “menoscabo” la relatividad de la vida cuando ésta merece ser “menoscabada”. El ejemplo que usted pone, el final de la vida, no es pertinente al respecto; para nada. El impacto de una muerte repentina y la dolorida resignación de una muerte tras larga agonía son dos aspectos de la muerte que tengo bien claros, créame; lo vivo a diario en mi trabajo como médico, y hablo de ello en mi libro Cielo de Hierro, Tierra de Bronce, editado en 1998. SIGUE

      • Álvaro Pandiani dice:

        CONTINÚA La relatividad de la vida disgusta, y merece – a mi entender – ser “menoscabada” cuando una mujer, por ejemplo, considera más importantes para ella los derechos que crea tener sobre su cuerpo, y los pone por encima del derecho inalienable a la vida, decidiendo abortar. No es mi intención disparar una discusión sobre el aborto, y si usted lo desea puede leer todos los artículos sobre aborto en este sitio, algunos escritos por mí, y otros no. Pero valga el ejemplo para ilustrar la relatividad en cuanto a moral de que adolecen las sociedades posmodernas actuales.
        Y si usted pregunta: ¿cuál moral? Esa misma pregunta es un ejemplo de relatividad de la vida que yo entiendo merece ser “menoscabada”. Para mí, como cristiano, hay una sola moral: la que me enseña la Biblia, Palabra de Dios.
        Dios le bendiga.

        • Carlos de Muras dice:

          Entiendo por dónde va su línea de razonamiento y en algún sentido puedo coincidir. El problema con esa línea de pensamiento estriba en que parecería que se envuelve en una especie de aureola de juzgamiento. Una suerte de árbitro. Usted deja planteada la interrogante ¿cuál moral…? y responde: la que me enseña La Biblia. Y yo le pregunto: ¿De cuál Biblia estamos hablando…? Aquella de las interpretaciones ambiguas y que luego alguien con veleidades de exégeta me quiere “vender” ej. La Biblia que habla de conquista a sangre, muerte y espada o aquella Biblia de las de las interpretaciones concretas y sin ambigüedades que habla de perdón, amor y reconciliación. ¿A cuál Biblia adhiere usted? Dios lo bendiga a usted también, de forma tal que pueda continuar con su tarea.

  5. Carlos de Muras dice:

    En cada uno de nosotros se cumple rigurosamente aquella estrofa de la famosa canción de la banda argentina Divididos que dice: “el bien y el mal definen por penal”. Cuanto más leemos, cuanto más investigamos, cuanto más pensamos y observamos no vamos dando cuenta que la esencia de esta existencia humana siempre ha sido igual, no ha variado un ápice.
    Una de las peores cosas que puede existir en la vida de una persona es la muerte de un ser querido, es verdaderamente insoportable. Pero hasta la misma muerte está relativizada por las circunstancias que la rodean. Es decir, si esa muerte es a causa de un accidente de tránsito o un homicidio sin duda que generará un impacto emocional devastador, pero en cambio, si la persona atraviesa una enfermedad terminal y transita una larga agonía todos desean que Dios se apiade de ella y termine lo antes posible con su vida. El hecho objetivo es el mismo.La finalización de la vida. Sigo abajo.

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