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Pecados bajo la alfombra

Barriendo bajo la alfombraPor: Dr. Alvaro Pandiani*
Hace varios años nos acercamos a un tema sumamente escabroso como es el de la pedofilia en los ministros religiosos. Ahora, nos vemos en la necesidad de traer una vez más a consideración conceptos que creemos vigentes respecto del tema, desde la Biblia y el amor de Jesús, pero asimismo desde la verdad, la justicia y la misericordia – también principios de la Palabra de Dios – con víctimas y victimarios,. En primer lugar vamos a dar una definición de este trastorno sexual, para arrancar sabiendo de qué hablamos. La paidofilia o pedofilia es una parafilia, es decir, una forma activación sexual del individuo ante estímulos considerados no normales; la pedofilia se define como: “fantasías o comportamientos sexuales que involucran a niños, generalmente prepúberes, y que van desde mirar o tocar hasta la realización de prácticas sexuales. Las víctimas pueden ser de ambos sexos, pero con más frecuencia son niñas”1. En una de las oportunidades en que abordamos el tema de la pedofilia, dijimos que el abuso infantil parecía aún peor cuando el invasor es alguien de la propia familia, el padre o quién ocupa el lugar de tal; alguien que debería ser el depositario de toda la confianza del niño/a, el que provee a sus necesidades (materiales y emocionales) y le protege de los peligros externos de un mundo poco conocido, pero que se transforma en cambio en un usurpador de la intimidad de su cuerpo, que el niño/a conoce también poco, pero que ya se le ocurre complejo, y propio.
¿Qué decir entonces, cuando el pedófilo es un ministro de Dios? ¿Qué pensar cuando el culpable es un hombre que se supone consagrado al servicio de Cristo? ¿Cómo reaccionar si la persona que ha exhibido semejante conducta es alguien de quién se espera que sea ejemplo y modelo de los más elevados principios morales y normas éticas, en imitación de su Sublime Maestro? ¿Qué creer, cuando el responsable del abuso sexual perpetrado contra niños es un supuesto portador del mensaje de amor, perdón y salvación de Dios? ¿Cuando es una persona en quién adultos y niños han depositado su confianza? ¿Un hombre en cuyas manos los creyentes entregarían sus vidas, y a quién muchos defenderían con sus vidas? ¿Un guía y consejero, que está presente y forma parte íntima de la vida de muchas personas, en sus momentos de alegría y de tristeza? Y lo más alarmante: ¿Hacia dónde mirar, dónde depositar la fe, cuando el autor de un crimen tan repudiable es un sacerdote católico, o un pastor evangélico?
Indudablemente el servicio cristiano debe estar impregnado e inspirado por el amor. Pero como hoy en día el “amor” reconoce muchas acepciones y significados, vamos a las definiciones bíblicas del amor; muchas pueden ilustrarnos al respecto, pero vamos a citar dos: en primer lugar, la que surge de las palabras de Jesús cuando dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13); segundo, lo que afirmó el apóstol Pablo cuando dijo: “El amor no hace mal al prójimo” (Romanos 13:10). El amor cristiano es sacrificio a favor de los demás, es procurar el bien del otro, antes que el propio. Por lo tanto, la satisfacción de los propios apetitos, y de apetitos sexuales de los más bajos y retorcidos, mediante la invasión alevosa de la intimidad del cuerpo, la mente, las emociones y el alma de un niño, es totalmente indigna de un ministro de Dios. Es obvio que todos estaremos de acuerdo en eso.
Uno de los aspectos más criticados, y condenados, en relación a la pedofilia de los ministros religiosos, es el secretismo con que la Iglesia se movió durante mucho tiempo ante casos de este tipo. Hasta el día de hoy siguen oyéndose voces que reclaman por dicha actitud. Ahora bien, el intento por impedir la vergüenza pública no es enteramente objetable. ¿Por qué lo antedicho? En primer lugar, parece natural, casi instintivo, reaccionar ocultando, procurando esconder aquello que sabemos puede exponernos a la vergüenza ante los demás; porque la vergüenza hiere el orgullo y denigra, y además entorpece nuestra capacidad para desenvolvernos, para funcionar bien en lo que hacemos. La Iglesia es una Institución que dice representar a Dios ante la humanidad y ser portadora del mensaje de la Divinidad para todos los hombres y mujeres. Dentro de tal mensaje están incluidos la denuncia del pecado, el anuncio del amor de Dios en Cristo Jesús, y el mostrar el ejemplo de una nueva vida; una nueva vida que incluye un decálogo moral, el cual exalta la pureza de la conducta y las intenciones, y un patrón de comportamiento sexual muy concreto. Para la Iglesia, por lo tanto, el escándalo público derivado de los casos de abuso sexual infantil es desastroso, pues mina las bases de su imagen y perturba profundamente su capacidad de desenvolverse, de funcionar bien como Institución portadora del mensaje de Dios para la humanidad. Sin embargo, y pese a todo lo recién expresado, es sumamente censurable no enfrentar el problema con honestidad y transparencia, poniendo énfasis en primer lugar en la atención, la rehabilitación y el bienestar de las víctimas, sin dejar de lado la aplicación del correctivo adecuado a los culpables. Y esto no afecta solo a la Iglesia Católica Romana; afecta también a las Iglesias del Protestantismo, a nuestras Iglesias Evangélicas, las que asimismo se presentan ante la sociedad como portadoras del auténtico mensaje del evangelio de Cristo.
Parece que los católicos han abordado ya desde hace varios años la reflexión que intenta arrojar luz sobre estos problemas, sus causas, y la forma de superar la difícil posición en que quedan la Iglesia, los ministros religiosos, y sobre todo los creyentes, que son quienes deben enfrentar la vergüenza de formar parte de una comunidad religiosa que ofrece semejantes ejemplos de perversión e hipocresía; y que también deben enfrentar la incertidumbre que provocan las mencionadas perversión y hipocresía, nada menos que en sus pastores. Tal vez porque hace ya varios años que sus sacerdotes se han visto envueltos en escándalos por casos de pedofilia, varias publicaciones católicas han abordado el tema, intentando ofrecer respuestas a las acusaciones y críticas llegadas desde afuera, así como mirar hacia el interior para analizar el problema con franqueza, en procura de una solución. A continuación vamos a comentar una de éstas, y luego haremos unas consideraciones a la luz de la Biblia.
En el artículo Diez mitos sobre la pedofilia de los sacerdotes2, el autor contesta a una serie de ataques que se presentan como “mitos”, es decir, creencias u opiniones generalizadas, surgidas de críticas concretas y puntuales, reiteradas hasta ser consideradas explicaciones válidas del fenómeno. Frente a la afirmación: “Es más probable que sacerdotes católicos, en comparación con otros grupos de hombres, sean pedófilos” (que parece bastante gratuita e infundada), el autor responde, entre otras cosas, que: “no hay evidencia de que la pedofilia sea más común entre el clero católico, que entre los ministros protestantes, los líderes judíos, los médicos, o miembros de cualquier otra institución en la que los adultos ocupen posiciones de autoridad sobre los niños”. Se destaca la mención de ministros protestantes, que a nosotros nos importa por ser ministros cristianos que pueden verse implicados en casos de pedofilia; de hecho, la aseveración del autor del artículo los involucra, afirmando indirectamente que la pedofilia es tan común entre ellos como entre el clero católico. La comparación entre clero católico y protestante nos lleva a lo que constituye una de las grandes diferencias entre ambos grupos: el celibato de los sacerdotes católicos. En respuesta a afirmaciones tales como que “el estado célibe de los sacerdotes conduce hacia la pedofilia”, y que “si los sacerdotes se casaran, desaparecerían la pedofilia y otras formas de conducta sexual desviada”, el autor del artículo dice: “el perfil de los abusadores sexuales de niños nunca incluye adultos normales que se sienten atraídos eróticamente hacia los niños como resultado de la abstinencia”, y agrega: “el hecho es que hombres heterosexuales sanos no suelen caer en la atracción erótica hacia los niños como resultado de la abstinencia”. El autor del artículo cita bibliografía de soporte para estas afirmaciones, que desvinculan de la pedofilia la abstinencia sexual impuesta por el celibato obligatorio de los sacerdotes. Tal vez la abstinencia sexual obligada pudiera dar cuenta de los deslices sexuales de algunos sacerdotes, lo que se llama fornicación, y de hecho la historia de la Iglesia Católica registra incontables ejemplos de sacerdotes que incurrieron esporádicamente en fornicación, e incluso llegaron a tener concubinas. Pero a priori no parece que tenga fundamento el que la abstinencia, por sí sola, conduzca a un comportamiento sexual tan perverso como la pedofilia. También están en contra de explicar estas conductas sólo por la abstinencia, los hechos de pedofilia en que incurren personas casadas, o que están en pareja. Incluso, no parece que la abstinencia explique tampoco todos los casos de deslices sexuales, y prueba de ello es la infidelidad epidémica en que incurren quienes están en pareja, lo que, cuando ocurre dentro del matrimonio, llamamos adulterio. Nosotros, cristianos protestantes, debemos reconocer con franqueza que, así como algunos sacerdotes católicos pueden ser fornicarios, también algunos pastores evangélicos llegan a ser adúlteros; y también pedófilos, aunque públicamente los pastores evangélicos no estén tan en el tapete por tales actos. La explicación parece estar en una realidad innegable, a la que ya se hizo alusión: la naturaleza humana, la cual puede llegar a profundidades de perversión inauditas.
Ahora, algunas consideraciones pertinentes: en primer lugar, nos acercamos una vez más al problema de la pedofilia de los sacerdotes católicos desde nuestra óptica como evangélicos; no obstante, eso no implica que se pretenda hacer “leña del árbol caído”. Parece que – en el pasado reciente – otros autores y comentaristas evangélicos sí lo han hecho, aprovechando la situación para criticar a la Iglesia Católica Romana. No es esa nuestra intención, sino que esta aproximación nace del deseo de abordar con franqueza un problema terriblemente espinoso y doloroso, que ha dañado a muchas personas – primera consecuencia negativa a tener en cuenta – y ha arrojado descrédito sobre la Iglesia Cristiana, y no solo la Católica Romana; otra raya más en el tigre, pero ésta, pintada con colores fluorescentes. Segundo y relacionado con el punto anterior, es necesario que nos preguntemos, como también se dice popularmente, “¿y por casa cómo andamos?”. Si queremos decirlo en términos más bíblicos, nos bastará recordar a Jesús invitando a arrojar la primera piedra contra la mujer adúltera: nadie pudo. De igual modo, no creamos que en el conjunto de Iglesias Evangélicas todos nuestros ministros y pastores están libres de este pecado, ni que están a salvo de cometerlo en el futuro. Ya discutimos que el celibato por sí solo no parece ser un predisponerte, ni mucho menos un determinante, para que el ministro religioso incurra en pedofilia. En cuanto a la inmoralidad sexual en general, el sacerdote católico que cae en fornicación tiene su contrapartida en el pastor evangélico que incurre en adulterio. En cuanto a aberraciones sexuales como el abuso infantil, aunque a priori parezca que la experiencia de vida matrimonial y familiar del ministro protestante, frente a la aparente soledad impuesta por el celibato al sacerdote católico, pone a aquel a cubierto, los hechos lo desmienten. Como ya se mencionó, lo que impresiona es que, por lo menos en estos últimos años, los hechos de pedofilia de ministros evangélicos no están tan en el tapete desde un punto de vista mediático. ¿Son más pedófilos los sacerdotes que los pastores?; los católicos dicen que no, y nosotros seguimos sin datos. Lo que tenemos son sólo impresiones surgidas de la observación simple.
En tercer lugar, debemos reiterar una vez más que lo más importante de todo este asunto es el estado en que quedan las víctimas de este abuso sexual perpetrado por ministros religiosos. Qué terrible y contradictorio es que, mientras desde grupos cristianos, tanto católicos como evangélicos, hay personas y asociaciones que procuran trabajar en la asistencia psicológica, social y espiritual de estos niños y sus familias, cuando el abuso infantil viene desde otros victimarios, paralelamente, algunos ministros cristianos sean victimarios. Indiscutiblemente debemos brindar nuestro apoyo material, espiritual y en oración a quienes por llamado y vocación se dedican a ayudar a estas personas. Y también recordemos que el visceral rechazo hacia el abusador, latente en una víctima de abuso sexual, cuando éste es un ministro del evangelio, puede redundar en rechazo al mismo evangelio de Cristo, lo que puede tener consecuencias temporales, y eternas.
Por último, debemos mirar al victimario, el abusador. Y aunque nos den ganas de matarlo, recordar que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Estamos de acuerdo con el cuidado pastoral de los culpables; estamos de acuerdo con un castigo ejemplar, pero que los guíe al arrepentimiento, y no a la destrucción. Y no es que seamos indulgentes con quienes en definitiva “son de los nuestros”; ellos parecen de los nuestros, pero no lo son. Como escribió el apóstol Juan: “salieron de nosotros, pero no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestara que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:19). Por lo tanto, y ya que ellos no se comportaron como verdaderos cristianos, hagámoslo nosotros: en la oración, en el amor, en la pureza, en un comportamiento ético, y en continuar testificando a nuestros semejantes que verdaderamente hay en Jesucristo una nueva vida; una vida diferente, fresca, sublime, que conduce a una eternidad con Dios, definitivamente lejos de estas miasmas de perversión e inmoralidad que nos azotan el rostro cada día.
Que así sea.

1) Trastornos sexuales, Parafilias, Paidofilia; en Farreras Rozman, Medicina Interna; decimoséptima edición, Elsevier, Barcelona, 2012; Pág. 1473.
2) http://www.fluvium.org/textos/iglesia/igl17.htm

(Este artículo es un refrito de Pedofilia sagrada, partes 1 y 2, publicadas en esta página web en 2010)

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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