Soren Kierkegaard, un defensor del cristianismo de Cristo

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Soren Kierkegaard, un defensor del cristianismo de Cristo

ANSA/ FILOSOFIA: KIERKEGAARD SEMPRE MODERNO A 200 ANNI NASCITAPor: Salvador Dellutri*

Francisco de Quevedo y Villegas retóricamente se preguntaba “¿Siempre se ha de pensar lo que se dice y nunca se ha de decir lo que se piensa?”. Esta ironía es perfectamente aplicable a toda la obra de Soren Kierkegaar, sobre todo en los certeros dardos que dispara contra lo que llama “la cristiandad”. A pesar de lo que un lector superficial de esas críticas podría suponer, sus diatribas no emanan del resentimiento, la rebeldía o el fanatismo, sino que son consecuentes con la declaración que hace el autor en Mi punto de vista cuando dice:
… soy y he sido un escritor religioso, que la totalidad de mi trabajo como escritor se relaciona con el cristianismo, con el problema de “llegar a ser cristiano”, con una polémica directa o indirecta contra la monstruosa ilusión que llamamos cristiandad, o de la ilusión de que en un país como el nuestro todos somos cristianos.
Por lo tanto la dinámica de su obra no surge de meras opiniones, sino de una profunda convicción de fe. Fromm señala que
… cualquiera puede adquirir una opinión, así como puede aprender un idioma extranjero o una costumbre de otro país, pero las opiniones enraizadas en la estructura caracterológica de una persona, respaldadas por la energía contenida en su carácter, son las únicas opiniones que se convierten en convicciones.
Desde su profunda convicción cristiana Kierkegaard encarnó el verdadero carácter revolucionario de la fe e intentó rescatarlo a través de una prédica constante. Para ello descargó su artillería en el centro del problema religioso: La institucionalización de la fe, que se asocia al poder y despoja al cristianismo de su profundo contenido crítico y sus demandas, hasta convertir lo que debe ser un compromiso existencial y ético en una manifestación estética.
De esta forma los cristianos pasan de la condición de imitadores a la de admiradores. En El ejercicio del Cristianismo dice:
Un imitador es o aspira a ser lo que admira; un admirador en cambio permanece personalmente fuera: en modo consciente o inconsciente él evita ver que aquel objeto contiene, por lo que a él respecta, la exigencia de ser o al menos de aspirar a ser lo que él admira.
En todas las expresiones religiosas el mayor peligro es aquello que Jesús señaló como el pernicioso estigma de los religiosos de su generación: La hipocresía.
Kierkegaard engloba en el término “cristiandad” a todos los que hacen profesión de fe cristiana, pero en su vida diaria están lejos de encarnar la verdad del evangelio. A ellos va dirigido su reproche cuando dice: “… en vano se ocultan ustedes en la cristiandad; lo que está oculto queda revelado cuando la Verdad juzga.”
No cabe duda que la Verdad a la que hace alusión, en base a la cual debe juzgarse la realidad, es el Evangelio escrito. Para Kierkegaard este es un camino ineludible, por eso afirma que siempre es bueno que por el Nuevo Testamento analicemos cómo Cristo juzga al cristianismo oficial. En esto coincide con el reclamo de los reformadores del siglo XVI que entendieron que la fe podía sanearse únicamente volviendo a los principios marcados por la Biblia.
Kierkegaard expresa con claridad el objetivo que persigue cuando, en el primero de los números del periódico El Instante dice:
… es necesario aclarar esto, cada uno debe saber claramente lo que el Nuevo Testamento entiende por “cristiano”, de modo que pueda elegir entre llegar a ser un cristiano, o no quererlo ser, pero seriamente, deliberadamente. Y frente a todo el pueblo debe quedar claro que Dios, en el cielo, aprecia infinitamente más que tu – para poder un día llegar a ser un cristiano – confieses explícitamente que no le eres o que no lo quieres ser, lo aprecia más, digo, que aquella repugnante forma de honrar a Dios, que lo considera como un estúpido.
La religión cristiana reclama el derecho de ser una fe revelada. Esto hace que las fuentes mismas estén al alcance de todos y cada generación tenga la oportunidad de revisar la doctrina y práctica comparándola con el patrón original, lo que sucede es que muy pocos se atreven a hacerlo.
A una fe revolucionaria, que acepta las demandas del cristianismo primitivo y se atreve a confrontar a la sociedad, se prefiere el camino cómodo de amoldarse a las formas y prácticas de la mayoría. El cristianismo se transforma así en “oficial”, respondiendo a las demandas del establishment y convirtiéndose en un factor de poder.
La historia registra el cambio fundamental que se produce en la fe cuando Constantino la oficializa. Con celeridad la iglesia comienza a desnaturalizarse, a organizarse de acuerdo a las jerarquías seculares, a elaborar una teología que respondiera a las necesidades del imperio y se transformó en una herramienta útil al estado. Fue en ese momento cuando se comenzaron a gestar las desviaciones y herejías que desdibujaron el mensaje primitivo y asimilaron al cristianismo a las demás religiones. Kierkegaard diría que los cristianos se transformaron en cristiandad.
Esa cristiandad amorfa invoca a Jesucristo, lee el evangelio, se proclama iglesia. Pero el compromiso no pasa de la participación ritual: la ética cristiana está ausente y la acción profética es nula. Es una fe poética que se practica como un juego, como una parodia del verdadero cristianismo. Pero esta representación teatral es perversa porque quiere pasar por genuina, es un delito sangriento donde se vuelve a asesinar a los profetas con mayor culpa que los homicidas del pasado.
Esa fe es alienación de la realidad, y Kierkegaard al condenar severamente esa actitud hipócrita anticipa el juicio de Marx cuando asegura que la religión es el opio del pueblo y coincide con las demandas que hará Federico Nietszche cuando exige Muéstrame que estás redimido y creeré en tu Redentor.
Para Kierkegaard la fe no tiene que adormecer, sino despertar; tiene que dar al creyente la lucidez necesaria para comprender las contradicciones de la sociedad paganizada y confrontarla. Esa sería la prueba visible de la redención.
Lo que perturba al filósofo danés es la situación espiritual de su tiempo que describe dramáticamente:
La situación efectiva de Dinamarca es ésta: que no sólo el cristianismo – el cristianismo del Nuevo Testamento – no existe, sino que su existencia se a ha convertido en imposible.
Pero esa fe conformista, que para Kierkegaard es el resultado del maridaje entre estado y religión, está sostenida por un ministerio pastoral que se ha desnaturalizado y corrompido. Frente a este panorama dice:
… estoy totalmente convencido de que, seas quien seas, si no conoces otra cosa acerca de lo que es el cristianismo que lo que surge del sermón dominical de los “testigos de la verdad”, entonces año tras año puedes ir a tres iglesias cada domingo, escuchar -en términos generales- a cualquiera de los funcionarios reales, y nunca habrás escuchado las palabras de Cristo a las que estoy aludiendo.
La responsabilidad, para Kierkegaard, está colocada sobre los hombros de los maestros, de los pastores, de los dirigentes espirituales. Y en este aspecto es contundente:
Imagínate que la gente está reunida en una iglesia de la cristiandad, y que de repente entra Cristo: ¿qué crees que haría?
Bien, lo que haría puedes leerlo en el Nuevo Testamento.
Se dirigiría a los maestros – pues a la congregación la juzgaría como otrora: fueron desviados del camino- se dirigiría a los de “largas vestimentas”, a los mercaderes, a los juglares, que transformaron la casa de Dios, si no en una cueva de ladrones, al menos en una boutique o en un puesto de feria, y les diría: “Ustedes, hipócritas; ustedes, serpientes; ustedes, raza de víboras”; y como otrora haría un azote de cuerdas para echarlos del templo (Juan 2:15).
Esta reflexión tiene una asombrosa actualidad. Ninguno puede ignorar que el capitalismo neo liberal ha hecho y sigue haciendo estragos en la fe. Pero todo esto se hace por la acción y cobertura de aquellos a quienes Kierkegaard llama “el gremio de los estafadores clericales que se han apoderado de la firma “Jesucristo” y bajo el nombre de cristianismo han hecho negocios brillantes”. La avidez de fama y de dinero ha trastornado a no pocos individuos que disfrazados de pastores y evangelistas quieren transforman a los cultos en show y al evangelio en un mensaje de ofertas sin demandas. Hombres ambiciosos que, preocupados por hacer crecer estadísticas, agradar a los poderosos que los financian y embolsar fama y dinero, traicionan la Verdad propagando mensajes que apelan a la sensualidad y olvidan el hondo contenido espiritual del Evangelio. Lo hemos visto en las calles y estadios de nuestra ciudad, convertir el acto sagrado de la predicación en tristes espectáculos de feria y circo.
Si parece que las palabras de Kierkegaard hubieran sido escritas en este Buenos Aires del siglo XXI
… cuando lo que se quiere alcanzar predicando y enseñando el cristianismo es una vida cómoda y placentera en una posición reputada, entonces la imagen de Cristo debe modificarse algo. Adornos, no, en eso no vamos a escatimar, oro y diamantes y rubíes, etc., no, los pastores lo miran con agrado, y les hacen creer a las personas que eso es cristianismo. Pero la severidad, esa severidad que es inseparable de la seriedad de lo eterno, hay que hacerla a un lado. Cristo se vuelve entonces una figura sentimental, un hombre siempre bueno -esto se relaciona con que el plato puede ir circulando durante el discurso y la comunidad puede tener ganas de poner algo y tirar unas monedas; ante todo se relaciona con que por temor a los hombres, se está en buen entendimiento con los hombres; mientras que el cristianismo del Nuevo Testamento es: por temor de Dios padecer a los hombres por la doctrina.
Podemos como ministros de Dios predicar un evangelio que fabrique hipócritas, que adormezca y facilite a los poderosos cumplir con su propósito de corromper y someter para su beneficio. Corremos cada día ese riesgo cuando los objetivos se cambian y en vez de buscar ser fieles al ministerio, tratamos de agradar a quienes nos miran siendo exitosos.
Pero tenemos que coincidir con Kierkegaard cuando, seguramente convencido de que su prédica no tendrá respuesta en los dirigentes, se dirige al cristiano común, al miembro de la cristiandad, tratando de esclarecerlo. Para hacerlo contrasta la fe que demanda el Nuevo Testamente con la fe alienada:
… lo que tienes que hacer es, tienes que seguir a Cristo, sufrir, sufrir por la doctrina; el culto divino que quieres favorecer es hipocresía e igual a culpa de sangre. El pastor con su familia viven de que tú seas un hipócrita o de hacer de ti un hipócrita, o de conservarte en la condición de hipócrita.
Aquí es donde se bifurcan las aguas: Por un lado las turbias corrientes envenenadas que sedan y dopan al individuo, y por otro las vertientes cristalinas de una fe que refresca, renueva y clarifica la realidad. Y todos tenemos que elegir.
Kierkegaard eligió. Eligió pagar el precio de una gracia cara antes de ser parte de una cristiandad que se conforma con la gracia barata. Casi un siglo después Bonhoffer va a sintetizar esa elección que tiene que hacer cada cristiano:
La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.
La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla pre-ciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.
Podemos dar gracias a Dios que dentro de las filas del cristianismo se levantaran hombres como Kierkegaard dispuestos a pagar el precio e iluminar con su lucidez nuestro camino.
Que Dios nos haga ahora dignos de tan grande legado.

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*Salvador Dellutri: Pastor, Profesor, Periodista, Conferencista y Escritor de libros como: “El mundo al que predicamos”, “En Primera Persona”, “Las Estaciones de la alegría”, “Hay que matar a Jesús”, “El desafío posmoderno” entre otros. Produce dos programas de Radio Trans Mundial, “Tierra Firme” y “Los Grandes Temas”.

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