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Unos tipos muy peligrosos

fundamentalismo

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Estamos hablando de fundamentalismos religiosos, y tomamos ocasión para eso en los dichos de la senadora Lucía Topolansky el pasado día del Comité de Base (25 de agosto), acerca de que  “los peores fundamentalismos en política se dan cuando están pegados a la religión”. En la entrega anterior hicimos una revisión sobre los orígenes del fundamentalismo, y vimos que el mismo fue un fruto del cristianismo evangélico norteamericano de principios del siglo 20, originado en la resistencia a nuevas ideas en teología, surgidas como producto del pensamiento de la modernidad, que llevó a muchos líderes, pensadores, pastores y teólogos evangélicos de aquel país a redoblar su apego a la Biblia como única y autorizada Palabra de Dios. Comprobamos que las doctrinas consideradas fundamentales son las mismas que se predican, enseñan y creen en la mayoría de las iglesias evangélicas actuales, incluso en nuestro país, y finalizamos diciendo que el fundamentalismo religioso pegado a la política – que en definitiva es lo mismo – es otra cosa, contra la cual incluso los creyentes evangélicos deberíamos estar alertas.

Tal vez un ejemplo muy gráfico del fundamentalismo religioso actual sea el radicalismo islámico, no sólo porque hoy por hoy se ha popularizado mucho más la aplicación del mote a los grupos extremistas de esa religión, sino porque justamente en el programa de tales agrupaciones político – religiosas está la imposición de la ley islámica – la Sharia – interpretada en la forma más literal posible, a cada aspecto de la vida personal, comunitaria y nacional, en un estado regido por dicha ley. El mayor ejemplo actual es el llamado Estado Islámico, cuyos milicianos luchan por el establecimiento de un califato, y acerca de los cuales ya comentamos en otra columna la siguiente cita: “ven el Islam como su religión, su política, sus leyes, su forma de vida, por ello aplican “la ley islámica”, también conocida en árabe como “Sharia”. Y por ende la “Sharia” es la ley con la que se gobierna todo en un califato” (www.rpp.com.pe/estado-islamico-yihadistas-isis-ei-noticia_728595.htm).

Ahora, leer esto evoca, por lo menos a los cristianos y aquellos con algo de lectura del Antiguo Testamento de la Biblia, el Israel antiguo. Tanto durante la Teocracia inicial, los primeros siglos tras la conquista de la Tierra Prometida, como durante la monarquía, la Ley de Moisés fue una legislación religiosa, y también civil, penal, y de regulación de muchas de las costumbres y formas de vida cotidianas para los israelitas. Los Diez Mandamientos son una especie de síntesis que ejemplifica lo dicho, pues contienen grandes preceptos que van desde la adoración del único Dios y la prohibición de representarlo con esculturas, pinturas o imágenes de cualquier tipo, pasando por estipulaciones jurídicas claras como la prohibición de robar, de matar e incluso de dar falso testimonio, hasta ordenanzas como por ejemplo el respeto a los padres, el observar un día semanal de reposo, y la proscripción del adulterio y de la codicia en las transacciones. Lo que era así para aquellos israelitas, ¿qué tal lo ven los judíos en la actualidad?

En el artículo titulado ¿Cómo sería el escenario con el fundamentalismo religioso en el poder?, de Joseph Hodara (http://aurora-israel.co.il/como-seria-el-escenario-con-el-fundamentalismo-religioso-en-el-poder/), extraído de una página hebrea en español, el autor dice: “En términos políticos, es previsible que el poder hegemónico de la ortodoxia religiosa implicará en este escenario el franco repudio al régimen democrático”. Recordando principios tales como la separación de poderes y la fuente de autoridad residente en el pueblo – el que elige a sus gobernantes – el autor afirma que tales principios de la democracia “objetan radicalmente la naturaleza trascendente y excluyente del poder que fue favorecida durante siglos por la teología cristiana y judía”. En otras palabras el autor, que es judío, al aludir a las teologías judía y cristiana, parece referirse indirectamente a la fuente última de estas, es decir, la Biblia. Y al afirmar que el concepto judeocristiano del poder político es de naturaleza trascendente – es decir, que viene de Dios – propone que los adherentes a los sistemas teológicos bíblicos, los creyentes que profesan la fe bíblica, son por definición contrarios a la democracia. El Antiguo Testamento refrenda en parte la postura del autor, pues vemos que la monarquía de Israel comienza con reyes elegidos directamente por Dios, y cuando se establecen dinastías se considera que cada rey es un “ungido” – en otras palabras y a estos efectos, un elegido – de Dios. Un pasaje del Antiguo Testamento es enfático en este sentido, al afirmar que Dios “quita reyes, y pone reyes” (Daniel 2:21). El Nuevo Testamento, con un concepto similar, sostiene: “no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1).

Curiosamente, el concepto neotestamentario de la naturaleza trascendente del poder político desde el principio fue aplicado al gobernante del momento, incluso aunque se tratara de un emperador pagano que se hacía adorar como dios. La expresión, también registrada en Romanos 13:1, “Sométase toda persona a las autoridades superiores”, así como otras similares (Tito 3:1; 1 Pedro 2:13, 14), fueron interpretadas y practicadas – también desde el principio – como una obediencia a las leyes, siempre que no fueran contrarias a la ley de Dios. Viniendo a nuestra época, esa obediencia a las leyes siempre resultó en un respeto a la Constitución y las leyes vigentes, y una sujeción al sistema democrático, aunque hasta épocas recientes la participación en dicho sistema se limitó  al voto, lo cual se preconizó como lo mejor. Siempre se consideró – y muchos creyentes evangélicos aún consideran – que la política es parte del sistema “del mundo”, y que el deber del cristiano es cumplir con su obligación cívica, pero que los creyentes deben consagrarse a hacer la obra de Dios, predicando el evangelio a los pecadores y edificando la Iglesia de Cristo. Sin embargo, hace algunas décadas han surgido nuevas corrientes de pensamiento al respecto, y es el propósito de este ensayo abordarlas, aunque más adelante. El autor del artículo que estamos comentando continúa especulando con los efectos que tendría la llegada del fundamentalismo religioso judío al poder político, y dice: “En términos económicos tendrá lugar la instalación de un régimen en el que la mujer asumirá gran parte de las tareas productivas a fin de facilitar al actor masculino su entrega al estudio y a la interpretación de los textos sagrados”; “En términos científicos y académicos… Docentes e investigadores formados en el régimen anterior deberán escoger una de dos opciones: la identificación con los enunciados talmúdicos ortodoxos o el abandono del país”; “En cuanto a los medios masivos de comunicación, todos deberán ajustarse a las normas religiosas y éticas establecidas por el nuevo poder”. Las citas están abreviadas para extraer lo que parece esencial. Realmente, impresiona que el autor del artículo exagera o incurre en ironía – o las dos cosas – al plantear lo que él piensa serían lo efectos de la llegada del fundamentalismo religioso al poder en Israel. Con todo, su ejercicio imaginativo cumple con el requisito de especular sobre los efectos de la penetración del fundamentalismo religioso en varias áreas de la vida de una comunidad, o de un país; en realidad, se presume que la penetración se daría en todas las áreas, aunque él menciona sólo unas pocas. Esta clase de ejercicio de pensar escenarios a futuro, estos escenarios concretos, junto con lo que sabemos sucede en otras partes del mundo, y con el testimonio de la historia de nuestra propia civilización occidental, hace que las personas no afiliadas a doctrinas religiosas o políticas concretas, sin una opinión formada y abiertas a considerar opciones, vean el fundamentalismo religioso con los mismos malos ojos con que unos ven la derecha liberal, y otros el comunismo radical. En mi opinión, les asiste razón.

Merece destacarse que Joseph Hodara, el autor del ensayo, en la sección de comentarios sobre su artículo, recoge en su mayoría reacciones muy poco amistosas de los lectores. ¿Fundamentalistas ellos, tal vez? No sabemos.

Los planteamientos que hace Hodara sobre la llegada del fundamentalismo religioso judío al poder político en Israel, son perfectamente aplicables a cualquier fundamentalismo religioso, en cualquier país. También al fundamentalismo cristiano; también al evangélico. En el artículo titulado Las lógicas del fundamentalismo religioso y del fundamentalismo laico (http://www.las2orillas.co/las-logicas-del-fundamentalismo-religioso-del-fundamentalismo-laico/), con una visión más global, el autor Jafeth Paz asevera “Todo fundamentalismo es peligroso para la humanidad porque en su interior contiene un mensaje subyacente de separación, superioridad y de rechazo hacia quienes tienen una concepción diferente y opuesta, respecto de aquellos postulados que han sido comprendidos como verdades absolutas, inquebrantables e innegociables”. Una afirmación de este calibre, vista a la luz de cómo entendemos, vivimos y predicamos la fe los creyentes evangélicos, puede hacernos sentir identificados con lo dicho, por lo menos en parte. El mensaje subyacente en nuestro caso es el de la Palabra de Dios, la cual contiene en múltiples lugares un llamado a separarse o salir de un mundo pecador, sumido en la maldad, opuesto a Dios y en abierta rebeldía contra Él. Que para el cristiano evangélico los postulados de la Biblia son verdades absolutas, inquebrantables e innegociables, o como dice también el mismo autor, “verdades que no admiten cuestionamientos”, es prácticamente un principio de fe; una afirmación como la del apóstol Pedro: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro” (2 Pedro 1:19), es muy ilustrativa: la palabra profética es la Palabra de Dios puesta por escrito, la cual ilumina en medio de la oscuridad que representa toda la producción intelectual, filosófica y religiosa, del “mundo” apartado de Dios. La fe cristiana evangélica, por su bibliocentrismo, no admite en general cuestionamientos a los postulados de las Sagradas Escrituras; y es en virtud de ese bibliocentrismo que la fe y la teología evangélicas encuentran en la Biblia un común denominador de fe y doctrina, y una piedra fundamental sobre la que construir el edificio espiritual de creencias, conducta y forma de vida cristiana. La Biblia proporciona, por lo tanto, una base firme en un mundo donde la relatividad de ideas y principios hace temblar continuamente las ideologías y los credos personales.

Así que la inamovilidad del mensaje, que el autor del artículo ve como algo negativo, resulta algo positivo para el creyente. Ya no es así cuando consideramos los otros puntos que el autor adjudica al mensaje: superioridad, y rechazo del que piensa diferente; abundando en esto, dice: “cuando las personas son controladas por las ideas fundamentalistas, se sienten exclusivas y superiores”. Aquí da la impresión de que debemos separar dos cosas; por un lado, el carácter del mensaje del evangelio de Cristo, el cual es esencialmente un mensaje de amor y reconciliación, lo cual lo vuelve un mensaje inclusivo. La obra de Jesucristo apunta a la génesis de una nueva familia, una hermandad de fe, bajo la guía y autoridad del Padre celestial. Las diatribas contra el fundamentalismo, sobre todo contra el fundamentalismo religioso (que según dice el autor tiene una base escritural que se considera inspirada desde arriba y en consecuencia no admite ningún tipo de cuestionamiento), pueden partir de un rechazo o una negativa a la invitación universal a integrarse en esa comunidad de fe y amor, que cultiva la espiritualidad y la fe en Dios; rechazo motivado por razones intelectuales o morales, por temor, o por simple desprecio de la idea de un poder trascendente que domine sobre el ser humano. O también, rechazo debido a que los representantes de esa supuesta comunidad de fe y amor – la Iglesia – han fracasado en demostrar la auténtica fe y el genuino amor cristiano. Y aquí vamos al segundo punto: demostrar superioridad sobre el que piensa diferente – o en este contexto, cree diferente – y rechazarlo.

Por supuesto, creerse superior al otro no forma parte del espíritu original del evangelio; pasajes como Mateo 11:29 y Romanos 12:16 – entre otros – recomiendan la humildad en el cristiano; y rechazar al que no cree lo mismo que nosotros tampoco está en sintonía con el mandamiento de amar al prójimo. Sin embargo, actitudes de superioridad del creyente respecto del inconverso considerado “mundano” o pecador, y de rechazo del mismo, es posible – por no decir habitual – verlas en cristianos evangélicos. Al que le quepa este sayo, que se lo ponga; o mejor, que se lo saque.

Entonces, ¿cuál es el mayor peligro del fundamentalismo, aquel del cual incluso los creyentes evangélicos tenemos que cuidarnos? Volviendo a Jafeth Paz, en otra parte de su artículo dice: “cuando las ideas fundamentalistas de cualquiera de los colectivos, minoritario o mayoritario, capturan al Estado, el escenario político es irradiado en su totalidad por sus argumentos y el derecho se convierte en un instrumento de control social que ideológicamente reproduce las pretensiones de dichos postulados”. Aquí el autor nos presenta, en pocas palabras, un escenario similar al planteado por Joseph Hodara para Israel. Según su aseveración – la de Paz – mientras las personas fundamentalistas no están en el poder “su interlocución con los demás parte de la premisa de su deber de convencer e influenciar con su verdad”. Convencer e influenciar con su verdad es una actividad que el autor parece querer mostrar como una forma de proselitismo, y por lo tanto, como algo negativo. Realmente, impresiona que este autor se va al extremo de que lo positivo sería no creer en nada ni hablar con nadie. Convencer e influenciar con su verdad también puede aplicarse – como a todas las prédicas – a la evangelización, la cual procura atraer al pecador perdido a la fe en Jesucristo, y a un cambio de vida fruto de esa fe. Más allá de los extremos que parece preconizar Jafeth Paz – que nadie cambie en respuesta a ninguna prédica – más allá de eso, le asiste razón al afirmar que si el fundamentalismo “captura al Estado”, es decir, se hace con el poder, va a permear con sus postulados todas las estructuras del Estado, su dinámica de funcionamiento, sus regulaciones, y sobre todo las leyes que rigen la convivencia. Este autor también afirma: “existe un fundamentalismo político que funciona con las mismas lógicas del fundamentalismo religioso presentadas anteriormente. Este tipo de fundamentalismo tiene un soporte teórico e ideológico, que por lo general derivó en autoritarismos y dictaduras de todo tipo”.  Imaginemos, entonces, un fundamentalismo religioso transformándose, mediante su llegada al poder, también en fundamentalismo político.

Ahora, todo esto, sobre todo lo del fundamentalismo religioso pegado a la política, ¿puede afectarnos a los evangélicos en nuestro país? ¿O puede haber evangélicos fundamentalistas cuyo objetivo sea “capturar al Estado”, es decir el poder, y llevar su fundamentalismo a la política? Con estas interrogantes presentes, llegó el momento de hacer algunos comentarios sobre la llamada Teología del Dominio, lo que haremos en la próxima entrega de esta reflexión.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Ana de Malvín dice:

    Brillante la exposición del doctor pandiani hay que profundizar en el tema pues asumo que si somos tan peligrosos lo único que nos gustaría por lo menos a mí es quitar la ignorancia de esa señora que Dios les bendiga feliz cumpleaños para radio transmundial llevando adelante la verdad del Evangelio con orgullo tantos años que el espíritu santo les siga guiando

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