Reflexiones findeañeras.

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27 diciembre 2016
Contracultura
27 diciembre 2016

Reflexiones findeañeras.

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Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hace años en un programa humorístico de la televisión uruguaya se representó un sketch muy interesante. Era Nochebuena y un matrimonio adinerado y elegante se sentó a la mesa para cenar; mientras, en la calle cerca de su mansión, dos pordioseros estaban sentados en la vereda, sin nada que comer. De pronto, la distinguida señora se quejó de no poder disfrutar su comida de vísperas de Navidad, molesta por la presencia de los dos indigentes sucios y andrajosos. Unos minutos después manifestó sentirse cansada, y su esposo la animó a irse a dormir, lo que la señora hizo. Después de esto el hombre preparó – él mismo – unos cuantos choripanes, y se los llevó a los menesterosos. Lo interesante fue que no les dio la comida y se metió de nuevo en su casa; se sentó en el suelo a comer con ellos. Esta representación, breve y pretendidamente humorística, más que risa provoca reflexión; salió por un canal de televisión abierta de Montevideo hace muchísimos años, y la recuerdo claramente porque incluso en ese momento me llamó la atención lo que vi, y me hizo pensar. La actitud de aquel adinerado señor, que no frunció la nariz por compartir una sencilla comida con los mendigos, nos evoca lo que – según las Escrituras – Dios hizo ante la miseria de la humanidad, sumida en la maldad y el pecado. Dios no nos arrojó una limosna desde el cielo; vino en persona, anduvo entre nosotros y compartió las cosas de la vida cotidiana con los hombres y mujeres de su tiempo. Y hoy en día, vive en el corazón de quienes le reciben por fe, para compartir con ellos sus vidas. Desde el cielo a la tierra, el Hijo Eterno de Dios llegó hasta nuestra pobreza, para enriquecernos con su presencia. En Navidad, Dios se sienta a nuestro lado.

La Navidad contemporánea parece especialmente diseñada para el consumo de un público pos moderno desprovisto de una fe bien cimentada, ávido de espiritualidad y fascinado por lo esotérico. Un público formado por una vasta mayoría de personas superficiales y materialistas, que viven el día a día sin preocuparse por la suerte de su propia alma frente a lo trascendente, o que ni siquiera se preocupan por saber si existe lo trascendente, o si tienen un alma. Siempre habrá personas así, y por eso mismo también habrá otros que se aprovecharán de los tales, procurando explotar en su propio interés tanto la superficialidad materialista que manda en el día a día de las personas sin fe, como los conatos de búsqueda de espiritualidad que – por ejemplo – estas fechas navideñas pueden despertar en algunos. Hablamos de personas astutas que explotarán el anhelo de otros de poner la fe en algún lado; un anhelo que – a menudo – va unido al rechazo de cualquier imposición de las normas morales tradicionales. Entre esos tales que intentarán lucrar con la incertidumbre y la credulidad de otros, surgirán y seguirán apareciendo predicadores religiosos y vendedores de humo y fetiches espirituales, ya previstos por las Sagradas Escrituras al hablar de individuos que por avaricia harán mercadería de los creyentes (2 Pedro 2:3). Preocupémonos nosotros de no contarnos entre los tales.

Ésta podría no ser una Navidad más; ésta podría ser una Navidad diferente, hecha distinta por la fe en aquel cuyo nacimiento recordamos en esta fecha (aunque, como siempre, aclaramos que la verdadera fecha es desconocida, pero que el veinticinco de diciembre sirve para recordar al Salvador que nació en Belén). Vivamos siempre preparados para encontrarnos con el Señor, y vivamos agradecidos por lo que el Señor ha hecho por nosotros. En esta fiestas continuemos agradeciendo lo que la Navidad representa desde el fondo de la historia de nuestra era cristiana: Dios saliendo a nuestro encuentro para mostrarnos un camino diferente, el camino del amor; un amor por todos y para todos nosotros, porque en definitiva de tal manera amó Dios al mundo, que… envió a su Hijo (Juan 3:16, 17). Y ese Hijo nació en un pesebre de la ignota y olvidada aldea de Belén, inmortalizada para siempre por haber sido el lugar donde primero se profetizó (Miqueas 5:2) y luego se cumplió la profecía del Nacimiento del Salvador del mundo (Lucas 2:4, 11). Entonces, en estas fechas agradezcamos al Señor Jesús por haber venido a estar entre nosotros, a predicar el Reino de Dios, a mostrarnos el amor del Padre, a morir por nosotros para traernos el perdón y la vida eterna. Agradezcamos al Señor Jesucristo por haber nacido en Belén.

Nosotros hoy en día lamentamos – aquellos a los que todavía nos importa – que las navidades actuales sean tan diferentes a la primera, la original, la de hace dos mil años; que la paz y el recogimiento producidos por aquel milagro, el Nacimiento del Salvador del mundo, hayan mutado en una fiesta mercantilizada, bulliciosa, consumista y pagana. Aquella Navidad inspiró a la paz, a diferencia de las navidades actuales en las cuales los odios, los rencores y resentimientos, a menudo excitados por el alcohol y las drogas, desatan enfrentamientos y reyertas que en ocasiones terminan con la muerte de algunos de sus participantes. Jesús dijo en una oportunidad: el ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). Teniendo esto en consideración, pensemos, porque aún estamos a tiempo de meditar seriamente qué clase de Fin de Año queremos tener: otra fiesta pagana en las que reine el ladrón que sólo quiere robarnos nuestra felicidad, nuestras vidas y nuestras almas; o una fiesta en la que esté presente Jesús, el Hijo de Dios, quién vino a este mundo para darnos perdón, salvación y vida eterna. Que Dios nos ayude en estas fechas a no olvidar el glorioso mensaje de paz que Dios nos envió, cuando Jesús nació en un pesebre de Belén. El verdadero espíritu de la Navidad es un espíritu de paz, perdón y reconciliación; es el Espíritu que  animó al Creador de todas las cosas, el Padre Celestial, a enviar a su Hijo para que el mundo sea salvo por él (Juan 3:17).

Hace muchos años, una noche de diciembre a pocos días de la Navidad, estaba en mi trabajo, el cual me obligaba a permanecer despierto hasta el amanecer. Durante un descanso le compartía el evangelio a un compañero; él estaba abierto y receptivo al mensaje, y en esos momentos, Jesús era nuestro tema de conversación. De pronto, sentí la impresión inconfundible de que alguien había entrado en la habitación. No vi a nadie, nada físico había ingresado al lugar, pero la sensación de que, de un momento a otro, otra persona se había hecho presente allí fue tan fuerte como innegable. Pero hubo algo más que fue también innegable: el repentino ingreso de alguien invisible no me asustó, ni me inquietó; al contrario, me llenó de mucha paz. No puedo decir que esas experiencias sean comunes en mi vida cristiana; fue más bien como un regalo especial. Tal vez para demostrar la veracidad de aquellas palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). El Señor aseguró a los suyos que Él siempre estaría allí con ellos, aunque solamente fueran dos o tres quienes se unieran en su nombre para adorarle, entregar sus corazones a Él, y tener comunión con su Espíritu. Es bueno depositar nuestra fe en las palabras de Jesús, más que en experiencias especiales que pueden llenarnos de asombro por unos días, pero no sostienen nuestra espiritualidad durante toda la vida. No dudemos que, cuando invoquemos a Jesús, Él estará a nuestro lado. Recordemos esto, todo el año que comienza.

Todavía recuerdo cuando, siendo muy joven y estando en mis primeros pasos en Cristo, llegó la temporada navideña. Desde niño las fiestas navideñas habían sido para mí una época especial, más que nada por las grandes reuniones familiares, por la posibilidad de comer manjares que no estaban disponibles todos los días, por contemplar el árbol de Navidad con sus chirimbolos y luces, y ver los fuegos artificiales. Pero aquella primera Navidad como creyente en Cristo fue distinta, y fue  especial. Por fuera todo era igual: reunión familiar multitudinaria, comida, árbol de Navidad, bombas y cuetes voladores. Pero por dentro había algo nuevo, algo fresco, algo vital que llenaba de alegría, y que daba un sentido a lo que antes parecía simple rutina, tradición y costumbre.   Cuando creemos en Jesús y comenzamos a caminar en la fe, es como si descubriéramos un mundo nuevo; tomamos conciencia de habernos unido a una obra grande, una obra que nos trasciende pero en la que tenemos oportunidad de tomar parte. Dios nos da la oportunidad de participar en su obra. Esto despierta aspiraciones, en algunos más que en otros, pero casi podría asegurarse que todos los creyentes tenemos la aspiración de participar en la obra del Señor, cuando entregamos nuestra vida a Cristo. Eso puede embarcarnos en una carrera por lograr posiciones dentro de la iglesia; puede ser una carrera legítima, en aras del servicio a los demás, o puede ser no tan legítima, solo para satisfacer el ego. Pero más tarde o más temprano, cuando hemos recorrido el perímetro de la circunferencia y estamos otra vez en posición de detenernos, mirar y reflexionar en todo lo hecho y lo logrado, al final resulta que lo que nos queda como más valioso son nuestros hermanos, nuestros amigos, la comunidad con la que compartimos fe, esperanza y amor. Dos cosas Cristo nos dio: nuestra salvación, y una familia nueva, la iglesia, nuestra iglesia local, nuestra familia en la fe. Disfrutemos este tiempo especial de fin de año, rodeados de nuestros hermanos y amigos.

Es bastante común escuchar predicadores cuyo único tema parece ser la exhortación dirigida a la comunidad de creyentes, señalando faltas y pecados en sermones cargados de amonestaciones y reprensiones, que por momentos parecen verdaderas sentencias judiciales. No cabe duda que la denuncia del pecado y el exhorto al arrepentimiento forman parte de una auténtica predicación evangélica; ya en los días de la iglesia primitiva, los apóstoles debieron denunciar y corregir errores y pecados en las congregaciones cristianas. Quién más destacó en eso fue el apóstol Pablo. Pero a diferencia de los mencionados predicadores modernos, él también tuvo palabras de elogio y gratitud a Dios por las iglesias de aquel período, pese a los defectos que pudieran tener, y a los errores que cometieran. En 1 Tesalonicenses 1:2, Pablo escribe: “Damos siempre gracias a Dios por todos ustedes, haciendo memoria de ustedes en nuestras oraciones”; aquí, Pablo afirma recordar con gratitud a los tesalonicenses en sus oraciones, y a continuación (v. 3) dice por qué: porque la fe de ellos era real, estaba en acción, daba frutos, se traducía en hechos; porque trabajaban por la obra de Dios, y ese trabajo lo hacían motivados por el amor; y porque tenían una esperanza constante, es decir, que no cambiaba, no variaba ni se modificaba, pese a las vicisitudes de la vida. Pablo ya había escrito a los corintios que ahora, en esta vida presente, permanecen la fe, la esperanza y el amor. Y cuando miró la iglesia de Tesalónica, reconoció en ellos la presencia de estas tres virtudes fundamentales. Y no dejó de destacar algo tan positivo. Ahora, en pocos días termina el año; es época de pasar raya y hacer nuestras evaluaciones personales. Quiera Dios que, entre las metas no cumplidas y los fracasos del año que se va, podamos destacar lo positivo de un amor radiante, de una fe auténtica, de una esperanza firme, en nuestros amigos, en nuestros hermanos, en la familia de la fe que Dios nos dio. Y si todavía no tenemos esa familia de fe, esperanza y amor, busquémosla. Que el nuevo año no nos sorprenda solos, sino bien acompañados por verdaderos discípulos de Jesucristo.

Una cena siempre es una ocasión especial; compartir el alimento al final de la jornada es un momento singular para la comunión amistosa y fraterna. Cuánto más una cena de despedida, cuando alguien querido y apreciado se prepara para partir, quizás por largo tiempo. Esto trasciende las culturas; o tal vez, nuestra cultura judeocristiana heredó lo que una cena representaba en los tiempos bíblicos. La última cena de Jesús con sus discípulos tiene algo especial. Muchas veces he pensado en esas horas tan particulares que aquellos hombres pasaron con el Maestro; aquel fue un tiempo en el que pudieron escuchar y contemplar al Señor, hablándoles exclusivamente a ellos, y preparándolos para lo por venir. El apóstol Juan puso por escrito muchas de las palabras que Jesús pronunció aquella noche; palabras eternas, llenas de sustancia, llenas de vida espiritual para el ser humano, llenas de enseñanza perdurable y de poder de lo alto. Entre muchas otras palabras sublimes, el Señor dijo, refiriéndose a la obra que estaba a punto de realizar: Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Aquí hay un tesoro espiritual que merece pasar la frontera de un año a otro, y ser tenido muy en cuenta; en estas pocas palabras, Jesús habló de amistad, amor y sacrificio. Quien tiene un amigo dispuesto a sacrificarse por él, tiene una riqueza incomparable. Quiera Dios que el próximo 31 de diciembre, cuando estemos reunidos alrededor de la mesa en la cena de Fin de Año, recordemos la cena en la que Jesús se despidió de sus amigos, con la promesa de volverlos a ver. Y que la despedida de este año sea también un momento para recibir a Jesús en nuestro corazón y en nuestro hogar, para tener un verdadero feliz año nuevo.

El Nuevo Testamento destaca la fe de Abraham, y nos recuerda que este hombre fue llamado  “amigo de Dios”. Abraham fue quien estuvo dispuesto a sacrificar a su propio hijo, por su fidelidad a Dios. La cultura actual lo consideraría un fanático religioso loco y peligroso, digno de ser encerrado en un establecimiento psiquiátrico. Sin embargo, esa misma cultura ve cómo la decadencia moral y la pérdida de valores descomponen la familia; cómo el consumo de drogas, el sexo desenfrenado y la violencia sin escrúpulos y sin límites, arruinan vidas y hunden a las personas en la desesperación y el miedo; cómo la corrupción y venalidad de los gobernantes y autoridades malogran los esfuerzos de personas bienintencionadas que intentan poner freno a todo esto. Y no hay respuesta. Y nosotros, ¿somos espectadores, o somos protagonistas de esta tragedia? ¿Nos mantenemos al margen o intervenimos, con nuestra oración, nuestra palabra y nuestro consejo, para que las víctimas de estas calamidades reencuentren la esperanza y la vida? Quiera Dios que esta época del año, llamada “las fiestas”, sea para nosotros un tiempo de reflexión; de una reflexión que no por amarga y desalentadora deja de estar a tono con estos días festivos, sino que encuentra en ellos la desesperanza de la gente en su máxima expresión. Que sea una reflexión que nos guíe y nos impulse a tomar decisiones de cambios profundos, en lo personal, y para ayudar a otros que ven terminar un año más sin una luz de esperanza que alumbre sus vidas. En el nuevo año, mostremos que esa luz de esperanza y salvación está en Jesucristo.

            A todos nos sucede, en determinados períodos de la vida, vernos en situaciones que imponen un alto para evaluar los resultados de nuestro trabajo y nuestra conducta en la vida – los logros, los  éxitos y los fracasos – y decidir el camino a seguir para continuar intentando alcanzar el objetivo último al que aspira la mayoría: la realización, el bienestar y la felicidad personal, familiar y – para muchas personas – también de su comunidad. Todos hemos atravesado momentos en que necesitamos parar y pasar revista a nuestra historia personal; y no es raro descubrir que hubo períodos de nuestra vida en que éramos más felices, más plenos y realizados, frente a la actual insatisfacción, decepción o desesperanza. Es entonces que, unos simplemente añoran con nostalgia esos días más felices; otros en cambio procuran reconocer el momento en que se tomó una mala decisión, para corregir el camino y recuperar los tiempos de dicha. En los días del profeta Oseas, el pueblo de Dios estaba en una encrucijada; la edad de oro de la nación había quedado atrás, y la gente estaba sumida en la anarquía y la violencia. El vocero de Dios trajo entonces un mensaje determinante: “Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre” (Oseas 12:6). Era necesario hacer un alto y regresar, “volverse” a Dios, a sus caminos rectos y a sus enseñanzas de amor y misericordia; pero sobre todo, volver a confiar en Él. Confiar siempre en el Señor. Este mensaje es pertinente para cada uno de nosotros hoy. Hacer un alto en estos días en que todo parece detenerse; pero no un alto para comer, beber, emborracharse y tirar fuegos artificiales. Hacer un alto para reflexionar, girar y volver a mirar a ese Dios al que se había rechazado, o desechado, o ignorado, y atreverse a confiar en Él. Para que todo cambie, y el camino de nuestra vida se enderece. Quiera Dios que el próximo 1° de enero nos encuentre prontos para seguir andando; pero ahora, más que nunca, aferrados por la fe a Jesucristo.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

3 Comments

  1. Montserrat dice:

    vamos a reflexionar

  2. Elizabeth dice:

    Escucho al Dr. Pandiani hace 10 años o sea desde que empezó en radio trasmundial y hasta el día de hoy siempre me sorprende con sus palabras tan adecuadas. EXCELENTE COMO SIEMPRE !!!! MUCHAS GRACIAS!!!! MERECIDAS VACACIONES !!!!LO,ESPERO EN MARZO NUEVAMENTE!!!! BENDICIONES PARA USTED Y TODA SU FAMILIA!!!!!

  3. Lucila dice:

    A veces pensamos que lo mas importante es aparentar el egoismo es tremdndo oero oensemos amigos esa gente pobre es mas feliz xwue los que piensan que lo tienen todo su alma esta vacia

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