Todos somos Sansón

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Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Recuerdo de mi lejana infancia haber sabido de Sansón, sin que fuera necesario leer la Biblia, o conocer el personaje a través de lecciones de religión. Para varias generaciones de espectadores, Sansón se hizo muy conocido por películas – algunas clásicas y muy antiguas – que lo recrearon presentándolo como el protagonista de una historia épica y trágica. En esos viejos filmes vimos a Sansón como el paladín de su pueblo en la lucha contra un enemigo cruel; también, como un hombre dotado de fuerzas sobrehumanas, capaz de enfrentar y derrotar él solo a innumerables adversarios, como una especie de supermán de la antigüedad. Y también como un hombre aparentemente invencible, que al final fue derrotado por una mujer; una mujer de la que se había enamorado, y que al final lo traicionó. Y lo peor de todo, lo traicionó por dinero. Según el relato bíblico, una vez que Sansón fue capturado por los filisteos, lo primero que hicieron con él fue arrancarle los ojos; luego, fue conducido a la cárcel de la ciudad filistea de Gaza, donde quedó encadenado, trabajando como esclavo. Algunas de aquellas viejas películas muestran, con la grandiosidad hollywoodense, lo que el relato bíblico cuenta a continuación. Dice en el libro de los Jueces que los filisteos hicieron una fiesta religiosa en honor de Dagón, el dios que adoraba este pueblo de la antigüedad, para celebrar la derrota de Sansón, un enemigo temible para ellos, cuya captura atribuían a su dios. El templo de Dagón debía ser grande, pues el texto bíblico habla de una concurrencia de cerca de tres mil personas, hombres y mujeres; la edificación tenía un piso alto – donde estaba la mayor parte de la gente – piso que según el relato tenía su cimiento bajo dos gruesas columnas. Cuando Sansón fue llevado a ese lugar para servir de diversión, pidió al joven que le guiaba – pues estaba ciego – que le pusiera entre las columnas. Una vez allí, Sansón clamó a Dios para tener, una última vez, aquella fuerza de antes, y derribando las columnas, provocó el derrumbe de todo el templo, muriendo en medio de una masacre atroz. Es llamativa la oración final que él pronunció, antes de provocar la matanza: “Señor Jehová, acuérdate ahora de mí y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos” (Jueces 16:28).

Un estudioso bíblico de la talla de Scofield comenta sobre este personaje: “Tanto la obra como el carácter de Sansón son un enigma. Su nacimiento fue anunciado por un ángel; sin embargo, él era un nazareo que debido a sus apetitos carnales violaba constantemente la separación que era su deber mantener respecto a las cosas impuras. Sansón fue llamado por Jehová y capacitado de manera extraordinaria por el Espíritu para que sirviera como juez de Israel; pero él no realizó ninguna obra permanente para el bien de su pueblo y murió como un prisionero de sus enemigos filisteos”1. En realidad, en los tiempos casi anárquicos en que el Israel antiguo fue gobernado por los jueces, prácticamente ninguno de ellos hizo una obra permanente para el bien de su pueblo, salvo dejar historias personales y colectivas cargadas de lecciones morales. Sansón es apenas uno más en una lista de personajes de la Biblia que, habiendo comenzado muy bien su carrera, por sus apetitos, o por sus bajas pasiones, o por sus ambiciones, o sus pecados, terminaron mal; lista en la que se pueden incluir además de Sansón, a Saúl, a Salomón, al rey Uzías, al mismísimo Judas Iscariote, y hasta a Demas, el colaborador de Pablo que terminó abandonándole. Pero lo que impacta de esa oración final de Sansón a Dios, casi sus últimas palabras, es que se trata de un clamor motivado por un deseo de venganza. En síntesis, Sansón grita: “que tome venganza por mis ojos”; y luego, cuando ya se iniciaba el derrumbe que mataría a tantos, gritó: “Muera yo con los filisteos” (Jueces 16:30), una exclamación con la que parece aceptar gustoso la muerte, como precio por hacer morir a aquellos de los que quería vengarse.

El deseo de venganza es parte inherente de la naturaleza humana. Aquel que sufre un daño provocado por otra persona, sea una burla, una injuria, una humillación o una traición, o alguna forma de daño material o físico, en algún momento siente deseos de vengarse, o piensa en la venganza. La venganza y la justicia pueden confundirse; haciendo una distinción en pocas palabras, la justicia procura la reparación del daño, mientras que la venganza busca causar daño a quien dañó, en la convicción de que el deseo de venganza se verá satisfecho haciendo sufrir a quien hizo sufrir. Según resultados de algunos estudios, la venganza, entendida como el aplicar un daño a quien obró mal, desencadena respuestas placenteras en quién se venga, y también en quien asiste como espectador a la venganza de aquel que ha sido perjudicado, sobre quien le perjudió2,3. El éxito de algunas películas cuyos argumentos se basan en la figura de un justiciero, que con habilidades superiores en la lucha y el manejo de armas castiga duramente a los criminales y malvados, puede que radique en la gratificación que produce en las personas de bien ver sus ansias de justicia satisfechas. Sin embargo, esas ansias de justicia son en realidad ansias de venganza, deseos intensos de retribuir el daño, de castigar al ofensor y “darle su merecido”. Es interesante ver  cómo la investigación psicológica plantea que las respuestas de gratificación o placer que puede producir la venganza son momentáneas, pues la venganza encuentra su energía en emociones negativas como el rencor y la ira, mientras que quien renuncia a la venganza se concentra en el perdón, por lo cual “Alimentar la sed de venganza equivale a alimentar sentimientos negativos que pueden terminar causándonos más daño que la propia afrenta”2. Y con esto estamos muy de acuerdo, pero además es notable ver cómo la psicología moderna, en estos temas, parece haber redescubierto el evangelio.

Como la justicia, la venganza es un tema recurrente en la Biblia. Tan precozmente como en el capítulo 4 del Génesis, en el relato siguiente al asesinato de Abel por Caín, encontramos a éste respondiendo a Dios, tras oír la sentencia de su exilio: “Hoy me echas de la tierra, y habré de esconderme de tu presencia, errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me encuentre, me matará” (4:14). La referencia de Caín a ser matado por “cualquiera” que lo encontrase puede interpretarse como una alusión a que sería asesinado durante su errar por el mundo, por aquellos que le vieran como un forastero potencialmente peligroso, pero también a que podía ser un día alcanzado por quienes procuraran vengar la muerte de Abel. En este mismo capítulo 4 vemos a un descendiente de Caín, Lamec, diciendo a sus mujeres lo siguiente: “A un hombre maté por haberme herido, y a un joven por haberme golpeado. Si siete veces será vengado Caín, Lamec lo será setenta veces siete” (4:23b, 24). La primera parte constituye una definición elemental de la venganza: me hirió, lo maté; punto. La segunda parte hace alusión al castigo que recibiría quién matara a Caín, según lo dicho por Dios (4:15); pero en realidad, en este versículo Dios no habla de venganza, sino de castigo: “cualquiera que mate a Caín, siete veces será castigado”. Dado que el número siete en la Biblia representa la perfección, lo expresado por Dios significa el accionar de una justicia perfecta. Pero Lamec va mucho más allá; su expresión: setenta veces siete, representa la desproporcionalidad entre la ofensa, por un lado, y por el otro, el daño y la retribución que la víctima propina al ofensor para satisfacer su deseo de venganza. Es así que Lamec, un oscuro y poco conocido personaje bíblico de un pasado primitivo y salvaje, muestra en su conducta el ejemplo de una forma de actuar por venganza; pero una venganza desproporcionada, que ante la mínima ofensa aniquila al que ofende, y se expone a su vez a la venganza desproporcionada de los miembros del clan de su víctima, desencadenando una espiral de odio, rencor y violencia que, a pesar de su antigüedad remota, tiene una actualidad sorprendente.

Según uno de los artículos antes consultados, Gandhi habría dicho lo siguiente: “ojo por ojo y toda la humanidad terminará ciega”2. Esta alusión a la conocida ley del talión sirve para seguir explorando la venganza en la Biblia, y en nuestra cultura actual. Porque la lex talionis, o ley de la venganza, conocida por su enunciado inicial “ojo por diente, diente por diente” (a Gandhi le habría faltado decir que la humanidad también terminaría desdentada), no  debería considerarse para su aplicación en la actualidad, ni en los últimos dos mil años de historia, en realidad; en la era cristiana debería considerarse aplicable el amor a los enemigos que predicó Jesús de Nazaret, aunque sabemos bien que tampoco ese ha sido el caso. El punto es que, como ya comentamos en otra oportunidad, la ley del talión implica venganza, aunque en realidad limita la venganza desproporcionada, visceral, brutal y salvaje. “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Éxodo 21:24), establece un principio de justicia retributiva equivalente… que tuvo una indudable influencia civilizadora4. Es evidente que muy temprano en la historia la humanidad tomó el sendero de Lamec, ese hombre primitivo del linaje de Caín – recordemos que Caín fue el primer asesino fratricida, según la Biblia – y así las venganzas de los seres humanos contra sus semejantes que les hubieran ofendido o dañado se convirtieron en torbellinos de violencia y crueldad que sólo condujeron a más odios, más enemistades, más lucha y más violencia.

Dos episodios de las Sagradas Escrituras contenidos en el Antiguo Testamento son ejemplos testimoniales de este tipo de venganza desproporcionada y salvaje. Uno está en Génesis 34, donde vemos a dos hijos de Jacob – Simeón y Leví – vengar  la deshonra de su hermana Dina, la cual había seducida por un príncipe de los heveos para tener relaciones sexuales. Estos dos hombres se vengaron perpetrando una matanza de todos los hombres de la ciudad gobernada por dicho príncipe. Otro ejemplo está en Daniel 6, donde vemos al emperador persa Darío efectuar una venganza terrible contra aquellos que le habían obligado a arrojar al profeta Daniel al foso de los leones: “Luego ordenó el rey que trajeran a aquellos hombres que habían acusado a Daniel, y fueron echados al foso de los leones ellos, sus hijos y sus mujeres” (Daniel 6:24). Así que, vaya si fue necesaria, en un determinado momento de la historia, la ley del talión, en un intento de parar esa barbarie, conduciendo la venganza desproporcionada y atroz hacia una justicia satisfactoria para todos.

Con la llegada de Jesús de Nazaret y la introducción del evangelio cristiano en el mundo, la historia sagrada nos ofrece la evidencia de un cambio de magnitud en muchos sentidos. No sólo en el trato de Dios con la humanidad, sino también en el trato de los seres humanos entre sí; como se mencionó antes, la ley del talión fue abandonada por los primitivos cristianos, quienes se esforzaron por seguir lo que podríamos llamar la nueva ley del evangelio, basada en las enseñanzas de Jesús, como una muy conocida del Sermón del Monte: Oyeron que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo: no resistan al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:38, 39); y también, qué duda cabe, basada en el ejemplo de Jesús, quien “como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca” (Isaías 53:7), y quien dijo respecto de sus enemigos que acababan de crucificarlo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Y al respecto de Jesús, hay un episodio muy significativo en relación a la actitud que Él tuvo hacia sus enemigos, y este episodio proviene de la madrugada del día de su muerte en la cruz. Cuando Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, Pedro intentó resistir desenvainando una espada e hiriendo a uno de los captores. Los evangelios coinciden en que Jesús desaprobó esta acción, ordenando a Pedro no resistir, pero sólo Mateo refiere un detalle peculiar; Jesús le dijo a Pedro: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Jesús afirmó que podía pedir “doce legiones de ángeles”, es decir, miles de seres sobrenaturales que lucharían a su favor. Pero también dijo que era necesario que las cosas fueran de otra manera: “¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:54). Ahora, podemos preguntarnos, ¿por qué Jesús afirmó poder pedir las doce legiones de ángeles? ¿Tal vez porque lo tenía presente, porque lo pensó? Sólo unos momentos antes había pedido  en oración que la copa del sufrimiento – que representaba la tortura y terrible muerte que se le preparaba – “pasase” de él; es decir, que fuera de alguna manera librado de todo eso. Y también, un rato antes, había mencionado lo fácil que es caer en la tentación. ¿Pensó Jesús en librarse, descargando la ira de Dios sobre sus enemigos? ¿Acaso tuvo la tentación de resistir, de hacer que los ángeles aplastaran a sus adversarios, para librarse de la cruz? En la epístola a los Hebreos dice que él fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero “sin pecado” (4:15); así que podría ser válido hacer estas conjeturas acerca de lo que Él sintió en esos momentos.

Y ahora nos toca preguntarnos a nosotros mismos: si supiéramos que tenemos el poder de devolver el mal a quién nos ofendió, nos humilló y nos lastimó, ¿no nos sentiríamos tentados a hacerlo? En esos casos, tomar venganza, además de un deseo que puede consumirnos, ¿no sería también una tentación? Una tentación muy destructiva, por supuesto; pero una tentación. Pero en el caso de Jesús, Él tenía muy clara una cosa: era necesario el otro camino: el camino que lo conduciría al sacrificio de la cruz. Un sacrificio realizado por amor, para el perdón de los pecados de todos nosotros. Esa era la auténtica obra de Dios. Entonces, nosotros, ¿cómo podemos demostrar que somos discípulos de Jesús, si es que lo somos, si es que nos consideramos como tales? La respuesta es: amor, perdón y sacrificio; resistir la destructiva tentación de la venganza, cuando alguien – sea quien sea – nos propina una ofensa, o un daño, o nos produce dolor. En vez de ira, rencor perpetuo y deseos de venganza, debemos dar lugar en nuestro corazón y en nuestros hechos al perdón que enseñó Jesús, con sus palabras y también con sus actos.

Así que, en vez de vengarte, perdona.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

 

1) Scofield, CI, Biblia anotada de Scofield. Publicaciones Españolas. Florida, 1984; pág. 284.

2) www.rinconpsicologia.com › Desarrollo Personal

3) www.quo.es/salud/la-ciencia-de-la-venganza

4) Perdón, ¿y olvido?. Publicado en esta página web en octubre de 2015.

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