La autocompasión: Un hábito dañino

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La autocompasión: Un hábito dañino

¿Qué estás alimentando dentro de ti?

“Una noche un Viejo Cacique Indio le contó a su nieto la historia de una batalla que se libra dentro de nosotros. Le dijo: “Mi querido nieto, hay una batalla entre dos lobos dentro de cada uno de nosotros. Uno es Malvado. Está lleno de ira, envidia, odio, celos, codicia, egoísmo, orgullo, agresividad, superioridad. El otro es Bueno y tiene que ver con alegría, paz, amor, esperanza, solidaridad, simpatía, generosidad, verdad, compasión y fe”. El nieto pensó acerca de eso durante un minuto y le preguntó a su abuelo: “¿Y cuál lobo gana?”. El Viejo Indio simplemente le respondió: “El que tú alimentas”

¿Qué es La autocompasión? Es una sensación de lástima por uno mismo alimentada por un alto concepto de sí mismo, una visión baja de Dios, y una actitud orgullo.

Algunos de los peligros de la autocompasión:

  1. La autocompasión es una verdadera tentación para todos.

Para la mayoría de las personas que vivimos sobre la tierra la vida resulta dura y a veces injusta. La gente es herida, a veces, en formas insoportables. Eso, unido a que tenemos una naturaleza caída  provoca una batalla interna que conduce al dolor. Ya sea una herida grande y real, o una pequeña e imaginaria, nuestra tendencia es a no olvidarla.

  1. La autocompasión viene de un orgullo interno, no de las circunstancias externas.

La autocompasión mira a esas luchas que todos tenemos y el orgullo grita:  “Esto no debería estarte sucediendo a ti. Tú mereces algo mucho más grande que todo esto.” Y así, sentimos lástima por nosotros mismos y comienza el espiral.

Tanto la jactancia bulliciosa como la tranquila autocompasión son dos caras de la misma moneda. Ambos nacen de la misma madre: del orgullo.

  1. La autocompasión puede venir de una adoración de nuestros sentimientos.

Los sentimientos son el becerro de oro de nuestros días. Adoramos a nuestros sentimientos y los mantenemos como superiores a cualquier cosa. Por lo tanto, donde hay autocompasión, existe el ídolo de los sentimientos. Mis sentimientos han sido heridos por algo. Debido a que mantengo los sentimientos como supremos, soy consumido por sentir lástima por mí mismo. Así, el objetivo de la autocompasión, entonces, se convierte en volver de nuevo a restablecer mi ídolo derrocado: mis sentimientos.

  1. La autocompasión es alimentada por una mentalidad de “me lo merezco”.

En la autocompasión, siento lástima por mí mismo porque estoy queriendo algo que no estoy recibiendo o estoy obteniendo algo que no quiero. Tal vez quiero, y siento que me merezco, un cierto reconocimiento, atención, o promoción. Si no lo consigo en la forma y cuantía que siento que  merezco, recurro a la autocompasión. Tal vez, cuando llegan las circunstancias difíciles de la vida, creo que no me las merezco. Si yo no huyo de la mentalidad de “me lo merezco” o “no me lo merezco”, entonces, la autocompasión se arraiga. Lo que sucede, entonces, es que el “me merezco” se muta en expectativas y demandas, lo cual lleva a profundas quejas egocéntricas.

  1. La autocompasión es una profunda ingratitud.

Debido a que está alimentada por un alto concepto de sí mismo, la auto-compasión estará acompañada por una falta de agradecimiento. Se centra en querer algo más y voluntariamente se ciega a la bondad de Dios en mi vida. En ese sentido, la autocompasión es codiciosa: es el descontento con las actuales circunstancias, sentir que se merece más, y el negarse a ser agradecido.

  1. La autocompasión tiene una visión baja de Dios.

Cuando uno mismo es grande, Dios es pequeño. Y la autocompasión es uno de esos momentos en los que nuestra visión de nosotros mismos se infla como un pez globo. Estamos absorbidos en el mundo de nuestros deseos, nuestros derechos y nuestros sentimientos. Dios pasa a ser solamente el destinatario de mi queja. He arrancado a Dios fuera de su trono y colocado mis deseos, mis sentimientos, y yo mismo en el trono.

La autocompasión es, entonces, fundamentalmente una ruptura del gran mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas.

  1. La autocompasión a menudo infla sus luchas y desinfla las de los demás.

Debido a que es egocéntrica y auto-complaciente, la persona autocompasiva a menudo piensa que todo el mundo la tiene más fácil que ella. Del mismo modo, el corazón se lamenta de cómo en realidad nadie lo comprende. Y en cierto sentido, eso puede ser cierto: puede que no haya personas a mi alrededor que no entiendan a fondo lo que estoy soportando. Sin embargo, la autocompasión se aferra a ese pensamiento en una forma ególatra y absorta. Y siente un gozo oscuro en el hecho de no encontrar comprensión de nadie, sea o no sea cierto.

  1. La autocompasión es un comportamiento peligroso para la toma de decisiones.

Nuestra motivación durante la autocompasión es la gloria y la exaltación del yo. Por esa razón, la toma de decisiones, especialmente las grandes, son peligrosas en estos tiempos. Vamos a cosechar lo que sembramos. Si sembramos para calmar nuestros sentimientos idólatras, nos aseguraremos de obtener mayores temporadas de autocompasión y amargura en el futuro. Puesto que continuamos alimentando nuestro narcisismo, florecerá en un monstruo más miserable.

Podríamos tomar decisiones financieras necias en nuestro egocentrismo. Podemos tomar otras decisiones necias pensando que un cambio de escenario, trabajo, lugar, y gente serían la solución a nuestros problemas.

Y si obtenemos lo que nos hace sentir mejor en momentos de autocompasión (ya sea a través de nuestra toma de decisiones o no), no debemos interpretarlo como una bendición de Dios en nosotros. Todo lo contrario, tal vez. Nuestras maniobras egocéntricas sólo han logrado manipular aún más la idolatría.

  1. La autocompasión es típicamente una puerta de entrada a otro pecado.

La autocompasión es generalmente el punto de entrada en la auto-justificación, y la afirmación subjetiva de lo que uno quiere. Se utiliza como la hoja de permiso a otros pecados. El alto concepto de uno mismo enciende una mentalidad de recompensa que busca todo tipo de trofeos para satisfacer mi yo.

Cristo es nuestra esperanza en la autocompasión.

Como un hombre de dolores, experimentado en quebranto, y tentado en todos los aspectos, como nosotros, Cristo se enfrentó a la gran tentación de la autocompasión. Nadie se ha enfrentado a una mayor injusticia que Jesucristo. Nunca hubo nadie tan merecedor de la gloria, pero que recibiera tanto rechazo e ingratitud. A cambio de crearnos, sostenernos y amarnos, la humanidad continúa dándole la espalda.

Y, sin embargo, a pesar de nuestra enemistad, nunca recurrió a la autocompasión. En cambio, él confiaba en su Padre ( 1 Pedro 2:23), miró hacia adelante al bien que sus sufrimientos lograrían (Romanos 8:28, Hebreos 12:2), se centró en servir a los demás (Marcos 10:45), y buscó agradar a Dios en todo (Mat. 26:42 , Juan 8:29).

Y porque nunca pecó, Cristo se ofreció a sí mismo en la cruz como el único sacrificio suficiente por el cual la ira de Dios por nuestro pecado podía ser extinguido. La obra propiciatoria de Jesucristo en nuestro lugar en la cruz es suficiente para eliminar nuestra condenación, incluida la de nuestra autocompasión. Él es nuestra esperanza. Podemos pedir perdón por el orgullo de la autocompasión y recibirlo gratuitamente.

Entonces, por su gracia transformadora, podemos volvernos de la autocompasión. En lugar de revolcarnos en la auto-compasión, podemos descansar en la compasión de Cristo que fue tentado en todas maneras (Hebreos 4: 15-16.). Podemos descansar en el hecho de que el amor y la gracia que Dios que nos ha mostrado en Cristo es mucho mayor que el dolor y la indiferencia que hemos recibido de otros. Podemos confiar en que las cosas que nos tientan a la autocompasión se utilizan soberanamente para el bien de hacernos más como Cristo. Por su gracia, podemos convertir el egocentrismo de la autocompasión en servir a los demás; el enfoque en sentimientos heridos a un enfoque en la bondad de Dios para con nosotros; la búsqueda de simpatizantes  en buscar amar y animar a otros; el enfoque en mi derecho, en la gratitud por la Persona y la obra de Cristo.

¿Cómo reaccionaremos ahora si hemos reconocido que  tenemos el hábito de la autocompasión?

¿Permitiremos que Dios también se ocupe de este aspecto de nuestra vida o continuaremos alimentando esa actitud a pesar de saber que no edifica un carácter cristiano?

 

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