Jesús, ¿el único camino, o no?

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Jesús, ¿el único camino, o no?

Vivimos tiempos complicados. Las ideas o ideologías a las que las personas adhieren y con las que se comprometen, en algunos casos configurando un intenso y emotivo compromiso, pueden dar lugar a diferencias de opinión, desacuerdos y posiciones enfrentadas; estas posiciones enfrentadas inducen a pretender imponer la postura propia, anteponerla a la del otro, o adoptar actitudes despectivas hacia quién piensa distinto. Todo esto se ha vuelto tema sensible. Los sentimientos de pertenencia a un colectivo o comunidad, cuando surgen de la profunda convicción acerca de la bondad y nobleza de tal colectivo, de la pertinencia de que exista, o de su carácter de expresar una verdad no negociable e irrenunciable de la existencia humana, generan en forma natural el impulso de defender tal colectivo en sus propósitos, en sus actividades, en su doctrina, en su misma razón de ser. La defensa más elemental, la más primitiva, es análoga a la de la manada que ve amenazado su territorio, y por lo tanto su existencia; la agresividad, el gruñido de advertencia, la amenaza y la pelea. En su forma más “civilizada” esta defensa deriva en la prédica de la tolerancia y la lucha pacífica por la no discriminación. Todos incurrimos en estas conductas, en algún momento; por lo tanto, inevitablemente, todos debemos tener presente lo positivo de una actitud de tolerancia, y de no propiciar ni acompañar segregaciones de ningún tipo. Pero no sólo porque hoy en día la tolerancia y la no discriminación sean políticamente correctas, sino porque deberían ser expresiones de una actitud de amor al prójimo que eleva el espíritu del hombre por encima de cualquier forma de ataque, violencia, juicio de valor, o establecimiento de distinciones entre las personas.

No es fácil; por un lado la intolerancia y la discriminación parecen vicios inherentes a la cultura humana, cuando no a la naturaleza humana, y la historia está llena de hechos de segregación contra colectivos enteros; y por el otro, cada vez más grupos de personas con una característica común se quejan de haber sido, en algún momento, objeto de discriminación, y claman por sus derechos. A los colectivos tradicionalmente segregados, los indios, las mujeres, los negros, los pobres (van en orden alfabético), se han agregado por ejemplo los gordos, los petisos, los homosexuales. La política también muestra esa veta intolerante y discriminatoria. Sin necesidad de tomar ejemplos de países cuyos pueblos son políticamente inmaduros, y ven al opositor no como un rival sino como un enemigo, en nuestro país nadie que no viva en un altillo sin nunca salir puede ignorar cómo los actores políticos vituperan a sus opositores, se burlan de ellos y los demonizan, y así inducen a sus seguidores a una actitud de intolerancia que estigmatiza a quién piensa diferente. Y no se puede negar que, en Uruguay, los políticos de izquierda se transformaron en maestros en el arte de satanizar a sus rivales de derecha, mientras fueron oposición; y ahora, como gobierno, recogen esa mala semilla sembrada. No es casualidad que nuestros actuales gobernantes sean los grandes abanderados de la tolerancia.

Pero indiscutiblemente, la religión se lleva las palmas en este asunto de la intolerancia. Lamentablemente, debemos reconocerlo, la Iglesia se ha caracterizado al correr de los siglos por ser la Institución Intolerante por antonomasia. Nadie que conozca la historia de la Iglesia desde Constantino y la oficialización del cristianismo como religión del Imperio Romano en el siglo IV, hasta bien entrada la modernidad, puede negarlo. O en otras palabras, quién niega que la Iglesia ha sido intolerante, es porque desconoce su historia. Una historia turbulenta, jalonada por guerras y cruzadas, persecuciones, humillaciones públicas, confiscación de bienes, exilios forzados, encarcelamientos, torturas y muertes en la hoguera. La historia de lo que la Iglesia ha hecho con quienes no pensaban – o creían – lo que la ella dictaba es atroz, sangrienta y macabra. Hace unos años escuché en un programa radial a un locutor que hacía relatos de hechos sucedidos en la remota antigüedad; en esa oportunidad, hechos protagonizados por cristianos, a finales del Imperio Romano, contra sus compatriotas paganos, cada vez en mayor desventaja después de Constantino. Y el locutor reflexionaba desapasionadamente acerca de cómo los cristianos, perseguidos a muerte por el Imperio Romano durante trescientos años, una vez en el “poder” adoptaron ellos también esa postura de intolerancia, persiguiendo a quién discrepaba con su postura filosófica y religiosa.

El problema es que, aunque no nos guste a los cristianos de hoy en día, a la luz de la historia posterior, durante la edad media y la era moderna, mientras la Iglesia tuvo el poder otorgado por el brazo secular (el brazo armado) para imponer sus dogmas y decretos, los impuso a sangre y fuego. Por supuesto, esta intolerancia que cristaliza en actitudes violentas contra los opositores y disidentes no es patrimonio del cristianismo; baste ver lo que ocurre en el mundo islámico, donde incluso en el presente la disidencia puede costar muy caro (puede costar la vida).

¿Qué ocurre con otras religiones? El budismo, por ejemplo, es una filosofía religiosa que está muy idealizada y tiene muy buena prensa en occidente, al punto que hay quienes consideran al budismo como la religión que puede traer la verdadera paz interior. Cabría preguntarse por qué, si los budistas tienen la verdadera paz interior, sus monjes instigan a sus seguidores a ejecutar violencia contra los cristianos, como me tocó ver cuando estuve en Sri Lanka hace más de una década, trabajando con los damnificados por el Tsunami. Los múltiples testimonios que cristianos atemorizados nos contaban acerca de los actos de violencia perpetrados contra ellos por los seguidores de esos monjes calvos que visten hábito color naranja, contradicen lo que la prensa, la cinematografía y otros vehículos de “cultura” nos han querido hacer creer sobre el budismo. Realmente conmovía ver a aquellos cristianos elevar sus oraciones a Dios pidiendo, no protección contra sus acosadores, sino valentía para proseguir con su misión espiritual de predicar el evangelio.

Por supuesto, queda abierta la interrogante acerca de qué harían los cristianos de Sri Lanka, en caso de algún día ser mayoría y tener a su disposición el poder secular (el poder civil, incluyendo el uso de la fuerza), con sus antiguos perseguidores budistas. Aquí debemos, necesariamente, hacer la misma distinción de siempre; la distinción entre, por un lado, la Iglesia como institución oficial, que alguna vez ejerció el poder civil e hizo uso de la fuerza contra quienes discrepaban, y aún ahora tiene en muchos países gran influencia política para presionar a los disidentes, y por otro lado la Iglesia como comunidad orgánica de creyentes, que procuran predicar el evangelio con amor y vivir con sencillez la vida de fe en Jesucristo. Esta distinción es a menudo pasada por alto, cuando no ignorada por los críticos del cristianismo, pero es una muy importante distinción. A decir verdad, es una diferencia fundamental.

Podríamos decir que casi todas las religiones, cuando han tenido la posibilidad de imponer sus ideas y doctrinas mediante el uso de la fuerza, lo han hecho, dando tristes ejemplos de intolerancia. Pero acá hablamos, y volvemos una vez más, a los hechos de intolerancia de los cristianos, y entre los cristianos. Muchos son hechos del pasado, pero otros no son tan lejanos. Y también, a veces, nos involucran (y cómo) a los cristianos evangélicos. Recordando los sufrimientos que debieron apurar nuestros hermanos protestantes en los primeros siglos de la Reforma a manos de los católicos, uno puede tender a creer, ingenuamente, que los evangélicos somos todos redimidos, nacidos de nuevo, llenos de amor y paciencia, que damos pacíficamente la otra mejilla a nuestros enemigos, como mandó Jesús. Sin embargo los libros de historia, incluso los escritos por historiadores evangélicos honestos, nos dicen que los protestantes, cuando tuvieron el poder civil, también fueron intolerantes y procedieron contra los disidentes. Es imposible, en este contexto, no recordar que uno de los grandes adalides de la Reforma Protestante del siglo 16, Juan Calvino, condenó a muerte en la hoguera al médico español Miguel Serveto por negar la Trinidad. La cuestión aquí es que estamos en una época en la cual no está bien visto ni es políticamente correcto pararnos en nuestro cristianismo tradicional, y tildar despectivamente de “paganos” a quienes no creen en Dios, en Jesucristo y en la Biblia como Palabra de Dios, según y cómo nosotros creemos. Hoy por hoy, eso es intolerancia y discriminación.

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Afirmarnos en nuestra fe exclusiva y exclusivista en Jesucristo, y satanizar al resto de los cultos como paganos y diabólicos, y por lo tanto camino de perdición para los hombres? ¿O diluir nuestra profesión de fe y nuestro compromiso con Cristo, en aras de la coexistencia pacífica, aunque eso implique traicionar principios bíblicos irrenunciables? En primer lugar, necesariamente debemos definir tales principios irrenunciables de nuestra fe y doctrina cristiana; y a esos principios deberemos mantenernos fieles. Porque no podemos diluir nuestra profesión de fe en Jesucristo, como tampoco los seguidores de otros cultos la diluyen, por más que “tolerancia”, “coexistencia pacífica” y “diálogo” formen parte del discurso más aceptable para los democráticos y pluralistas oídos posmodernos. Este es un punto de difícil contacto; los cristianos no podemos ni nunca podremos aceptar que Jesús de Nazaret sea entreverado con otros supuestos maestros, profetas y salvadores, ni así sea como líder de tal grupo. No, si hemos de ser fieles a la Santa Biblia como Palabra de Dios, la que ha demostrado sobradamente ser el Mensaje de Dios para la humanidad – mal que le pese a unos pocos ateos radicales y creyentes de otras religiones – por su vigencia a través de las edades, por la profecía cumplida, por su capacidad de transformar, aún hoy, vidas perdidas, etc. Nuestra fe está puesta exclusivamente en Jesucristo de Nazaret, en el Jesús de los evangelios del Nuevo Testamento, en Aquel del cual la Biblia nos dice que es el único Camino a Dios (Juan 14:6), el único Nombre en el que los seres humanos pueden ser salvos (Hechos 4:12), y el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). La reiteración del carácter único de Jesucristo como puente entre Dios y la humanidad, como Aquel al cual todos los seres humanos deben dirigir los ojos para ser salvos con salvación eterna (Hebreos 12:1-2), excluye definitivamente cualquier negociación sobre este punto. Entonces, si por declarar públicamente que Jesús es el único Camino que nos lleva al Dios verdadero, Creador de todo lo que existe, nos consideran intolerantes y somos condenados al ostracismo, pues que así sea. Nosotros debemos seguir proclamando a Jesucristo como el único y suficiente Salvador, en beneficio de aquellos que se atreverán a creer en Él, y hallarán así la eterna salvación de sus almas.

La otra pata de esta sota está dada por nuestra actitud, nuestra conducta y la forma en que reaccionamos y respondemos ante quién discrepa. Por supuesto que la discrepancia en relación a la fe es incómoda; y aunque no sea agresiva en la forma o modo de ser expresada por quién disiente, en sí misma lo es, pues pone en duda la legitimidad de un principio que consideramos sagrado, una verdad absoluta que da sentido a nuestra existencia. De ahí que la reacción visceral sea, la mayoría de las veces, agresiva. Además, si estamos decididamente persuadidos de poseer tal verdad absoluta, así como de lo bueno que esta verdad resultará para todos nuestros semejantes, esto redundará no solo en el evangelismo, es decir, en el esfuerzo por compartir tal verdad fundamental con la mayor cantidad de gente posible (eso que el mundo llama despectivamente “proselitismo”), sino también en el rechazo hacia quién pone en duda la veracidad de nuestro mensaje, por considerar que el tal pone en riesgo el bienestar de otros, al socavar las bases de lo que podría llegar a ser la fe de esos otros.

Otro punto a tener en cuenta – el peor de todos – se da cuando el principio que sustentamos,  y creemos absoluto, nos otorga un cierto poder o ascendencia sobre otros, y del mismo además obtenemos prestigio y ganancia económica; en estas circunstancias, cualquier disidencia que amenace nuestros intereses probablemente obtenga una reacción violenta. Eso ha sucedido innumerables veces a lo largo de los siglos; podríamos considerar que esa es la reacción “natural”. El punto es que reaccionar “naturalmente” no es suficiente para un verdadero cristiano (y aquí recordamos la distinción que hicimos antes, entre iglesia institucional y comunidad de creyentes auténticamente nacidos de nuevo). El verdadero seguidor de Jesús ha de reaccionar de otra manera.

En primer lugar, en cuanto a la violencia y el uso de la fuerza, cabe recordar lo dicho por el Señor en el momento de su arresto, en el jardín de Getsemaní. Cuando Pedro salió en defensa del Maestro y arremetió espada en mano contra los soldados, Jesús le dijo: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Seguramente los discípulos entendieron a qué se refería, pues formaban parte de una nación sometida por Roma. En el ejército romano, una legión estaba integrada por seis mil tropas; doce legiones de seres sobrenaturales más poderosos que el hombre representaban una capacidad abrumadora, no solo de resistir la agresión, sino también de imponer el reino de Dios ahí mismo. Parafraseando libremente a Jesús, Él afirmó tener a su disposición fuerzas capaces de aplastar en un instante a sus enemigos. Pero enseguida agregó: “¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (v. 54). Es decir, que el plan de Dios era otro; ese plan pasaba por la paciencia, la sumisión y el sacrificio, todo por amor.

Segundo, y hablando del amor, también merece tenerse en cuenta algo peculiar expresado por el apóstol Pablo en una carta personal dirigida Filemón, amigo suyo y pastor cristiano. Esa carta ha sido conservada en el Nuevo Testamento como parte de la Palabra de Dios. En relación a la situación de Onésimo, un esclavo fugado y ladrón que luego se convirtió a Cristo, Pablo sabía que podía imponer su decisión; él dice: “tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene” (v. 8). Pablo sabía que, si él le daba una orden, Filemón obedecería. Y no lo haría por obligación, coerción o temor a represalias; Filemón obedecería porque veía en Pablo un modelo, un referente, alguien cuya experiencia y saber debían ser respetados y obedecidos. Pero Pablo no le da una orden, sino que dice: “prefiero rogártelo apelando a tu amor” (v. 9). Es interesante que, a diferencia de cómo está expresado en la Revisión de 1995 de la Versión de Reina Valera de la Biblia, la Revisión de 1960 dice: “más bien te ruego por amor”. Ese “más bien” (tan usado en nuestro lenguaje actual), ¿no podemos parafrasearlo como “el mayor bien”? Porque eso significaría que el mayor bien vendrá al actuar libremente por amor.

Que esto quede como una opinión. A diferencia de la triste y turbulenta historia que ha desprestigiado a la Iglesia en cuanto institución religiosa oficial, a lo largo de los siglos y en todas partes del mundo, el verdadero discípulo de Jesús predicará el evangelio de salvación solo por la fe en Cristo, a los que acepten y a los que no, a los que reciban la fe y a los que discrepen con ella, sin violencia, sin agresión, sin gruñidos de amenaza, sin imposición, con paciencia, con sacrificio, con amor, procurando el mayor bien para todos.          Que Dios y el mundo nos vean siendo tales cristianos.

(Este artículo es un refrito de Religión y  tolerancia, partes 1 y 2, publicadas en esta página web en 2011).

1 Comment

  1. Gabriel dice:

    “Él le dijo:Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez:Simón, hijo de Jonás, ¿me amas’. Pedro le respondió: Sí Señor;tú sabes que te amo.Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Jonás; ¿me amas?. Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez ¿me amas? y le respondió: Señor tu lo sabes todo; tu sabes que te amo. Jesús le dijo: apacienta mis ovejas.2 Juan 21 15
    Relacionado con la tolerancia. la Biblia es por demás aclaratoria en varios versículos, emparentándose como por ejemplo con los frutos del espíritu:Amor, gozo, paz, benignidad,bondad, fé, mansedumbre. Y, pienso que, hasta ahí deben de ir nuestras conductas cuando ofrecemos el evangelio y nos es aceptado o no.Pero, creo entender que, cambia nuestra actitud cuando la Palabra es atacada peligrosamente.Entonces recuerdo “…me ha sido necesario escribiros, exhortándoos que contendáis ardientemente por la fé que ha sido una vez dada a los santos. Porque algunos hombres han entrado encubiertamente,los que desde antes habían sido destinados para ésta condenación..”- Ésta epístola que se inicia de una manera, gira rápidamente para avisar de una encendida disputa por la defensa de la fé. Parece decir que hay un tono para cada circunstancia, y contra las falsas doctrinas y falsos maestros se nos pide otra predisposición, augúrios de la apostasía de nuestros días, inevitable, predicha por las Sagradas Escrituras- La disensión es un estado que debemos aceptar( Mateo 10 35 ) . Que la paz del Señor, no la del mundo, nos acompañe hacia/por la senda angosta, para encontrar la puerta estrecha. Amén.

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