¿Todos culpables?

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¿Todos culpables?

Una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo tiene que ver con el valor de la vida humana. En una época de defensa acérrima de los derechos humanos, en la que se supone – y es políticamente correcto – considerar la vida de la gente como de máximo valor, vemos no solamente que numerosas personas son asesinadas en diversos lugares del mundo por causa de raza, etnia o religión, sino que en nuestro país asistimos a – y sufrimos – una debacle creciente de la seguridad pública, y fenómenos como el narcotráfico y el sicariato se han instalado y forman parte de la realidad. Este no es un tema nuevo ni poco tratado, sino que probablemente ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. ¿Cuánto vale una vida? ¿Cómo, si para algunas personas – afortunadamente, todavía la mayoría – la vida del prójimo es sagrada e intocable, para otros ni su propia vida ni la de sus semejantes vale nada? ¿Cómo llegamos a que tantas personas enarbolen consignas tales como “mejor ellos que yo”, o también “antes que morir yo, que muera otro”?

Nuestras comunidades toleran la presencia de personas que matan a sus semejantes sin piedad, y a veces sin motivo aparente; y aún cuando se las encuentra culpables, se buscan explicaciones alternativas para esa escalofriante falta de respeto por la vida humana. Explicaciones que dejan de tener en cuenta la maldad inherente a la naturaleza humana, y que hasta parecen exculpar a tales individuos por sus instintos asesinos, descargando sobre el pleno de la sociedad la responsabilidad por los crímenes de unos pocos. Cada pocos días oímos de un nuevo hecho delictivo en el que una víctima inocente pierde la vida; y a través de los medios de comunicación vemos a los familiares, amigos y vecinos  – una escena cada vez más frecuente – manifestándose en las calles con pancartas para reclamar justicia. Y en cada oportunidad escuchamos las teorías y explicaciones ofrecidas para dar razón de la conducta criminal, del comportamiento de los delincuentes y asesinos; cómo éstos son víctimas de las circunstancias, de un  hogar disfuncional, de la falta de educación, de la carencia de opciones, en fin, víctimas de la sociedad en general. Explicaciones que a veces – según el caso – parecen hasta inconcebibles, que impresionan no llevar a nada, ni aportar solución alguna, mientras los inocentes, los ciudadanos honrados, siguen siendo rapiñados y asesinados por los criminales. Pero tal vez debamos preguntarnos: esas teorías y explicaciones, ¿qué tienen de verdad? ¿En qué medida, cada uno de los ciudadanos, cada miembro de la comunidad, somos responsables de la descomposición de la convivencia pacífica en nuestra sociedad? Y viniendo a nuestra colectividad evangélica, también puede que sea pertinente preguntarnos: ¿cuál es nuestra parte, como cristianos y como Iglesia, en la descomposición, y cuál puede o debería ser nuestro aporte para la recomposición – o renovación – de la vida en comunidad, en nuestro país?

Los valores cristianos acerca de la vida, basados en la Palabra de Dios, han sido mal entendidos, pues al surgir de la Biblia, los críticos han equiparado los valores cristianos con los hechos violentos y los asesinatos y matanzas registrados en el Antiguo Testamento. Este es un tema ya abordado en otras oportunidades, que merece reconsiderarse, cada vez desde un nuevo ángulo, dada la actualidad del asunto. Muchos de los hechos de violencia del Antiguo Testamento de la Biblia, que formaron y forman parte de la enseñanza religiosa cristiana desde mucho tiempo atrás, fueron cometidos en el fragor de guerras y enfrentamientos entre naciones que eran enemigos crónicos, o con imperios en plena expansión. Con todo, no debe olvidarse que surge del Antiguo Testamento, nada menos que del decálogo de Moisés, uno de los mandamientos más infringidos por el género humano, en todas las épocas y en todas partes: el sexto, que dice: “No matarás” (Éxodo 20:13). En una época como la actual, en que lo políticamente correcto es ser racional y científico, o adherir a alguna de esas formas de espiritualidad pagana que no exigen la observancia de preceptos morales – cualquier cosa menos el cristianismo bíblico – muchos desconocen, porque nunca les ha sido enseñado, y a muchos simplemente no les importa un mandamiento humanitario que viene desde el fondo de la historia, una ordenanza simple y fácil de entender: no matar. Pero además y volviendo a la Biblia, en los inicios del Antiguo Testamento Dios estableció un principio que casi se constituyó en ley natural: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”  (Génesis 9:6); este pasaje bíblico en la versión Dios Habla Hoy, una traducción hecha en un lenguaje más contemporáneo y coloquial, se lee: “Si alguien mata a un hombre, otro hombre lo matará a él, pues el hombre ha sido creado a imagen de Dios”. Y cabe destacar que en los libros bíblicos, incluso desde los más tempranos como el propio Génesis, hombre debe entenderse como varón y mujer (Génesis 5:2). Este axioma divino que debía fungir como advertencia contra el levantar la mano contra el prójimo, se transformó en la sentencia para aquel que hubiera tomado una vida humana.

Un pasaje del Nuevo Testamento donde se hace muy evidente la distinción entre los criterios bíblicos precristianos, y los nacientes conceptos cristianos acerca del valor de la vida, es el de Hechos 12:1 – 3. En éste se narra cómo el rey Herodes (el conocido como Agripa I en la línea dinástica de los Herodes), “echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles”  (v.1); en esa oportunidad hizo ejecutar en primera instancia al apóstol Jacobo, el hermano de Juan. Este crimen tuvo un efecto llamativo y muy chocante en los judíos no cristianos, grupo cuya oposición a los seguidores de Jesús ya había arrastrado al diácono Esteban al martirio por su fe. El texto dice que el asesinato de Jacobo “había agradado a los judíos” (v.3), por lo que Herodes procedió a encarcelar al apóstol Pedro. Este rey Herodes, miembro de un linaje de usurpadores extranjeros y necesitado de congraciarse con sus súbditos judíos, no impresiona por su crueldad y ruindad, si se recuerda que era hijo de Herodes Antipas, el que ordenó cortarle la cabeza a Juan el Bautista, y nieto de Herodes el Grande, el responsable de la matanza de los niños de Belén. Lo que sí llama la atención – y choca – es que el crimen de alguien produzca agrado en otras personas. El apóstol Jacobo tal vez era visto como enemigo religioso, y quizás también como enemigo político, por los judíos no cristianos, y su muerte produjo agrado – es decir, satisfacción, deleite, placer y hasta júbilo – en estas personas. Merece repetirse esto: la muerte de un ser humano generó en otras personas reacciones de satisfacción, placer y alegría. Para entender esto – que hoy en día nos suena tan aberrante – es necesario recordar que aquellos judíos no eran cristianos; que su nacionalismo a ultranza los llevaba al odio de todo aquel que no formara parte de su pueblo, o que por sus ideas religiosas o políticas divergentes amenazara la unidad de la nación, sobre todo en la situación de sometimiento al poder de un imperio extranjero, como lo estaba el Israel del siglo I. Apoya esto la referencia que hace Jesús a lo que se oía habitualmente entre los judíos: Oyeron que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo” (Mateo 5:43). Tal vez ahora sea diferente, pero lo dicho es lo que muestra la historia acerca de los tiempos del Nuevo Testamento.

Ahora bien, ¿los valores de amor al prójimo, compasión y misericordia estaban presentes en el Antiguo Testamento? Sí, lo estaban, pero alcanzan su desarrollo pleno como valores cristianos con la enseñanza de Jesús acerca del amor a los enemigos (Mateo 5:44), la compasión (Mateo 9:36), la misericordia (Mateo 9:13), y el perdón (Lucas 24:46, 47; Mateo 18:35). En efecto, el cristianismo bíblico del Nuevo Testamento trasmitió y aún trasmite valores de amor, perdón, misericordia y compasión a partir de las enseñanzas de Jesús, pero fundamentalmente por el sacrificio de Cristo, quién entregó su vida por amor, para la redención – el rescate – de todos los seres humanos (Marcos 10:45). Tales valores forman parte fundamental de la herencia cultural y religiosa cristiana de nuestro país, en nuestros días.

El gran problema es que la herencia cristiana de la cultura occidental parece haberse diluido por completo. Esa herencia cultural, que nos trasmitió los principios bíblicos del inestimable valor de la vida, así como de la compasión, la misericordia, el amor y el perdón, casi ha desaparecido en el mundo secular de la civilización occidental, y nuestro país no es una excepción. La enseñanza de tales principios parece haberse resumido en las comunidades y congregaciones cristianas, donde la fe y la obediencia a la Biblia sobreviven, y pujan por salir otra vez al mundo, sino a transformar la sociedad y conquistar el mundo (objetivos grandilocuentes y tribuneros de algunas organizaciones evangélicas), por lo menos a conquistar corazones de individuos que por la fe en Cristo cambien el rumbo de sus vidas, pensamientos y destino.

No nos engañemos, en el abandono de la doctrina cristiana que ensalza el valor de la vida, la pureza moral, la honradez y la verdad, la compasión, la misericordia y el amor, no han jugado un papel solamente cosas como el pecado y la maldad que envilecen el alma humana, y las influencias espirituales malignas – para unos más reales y tangibles que para otros – que pugnan por torcer el camino del ser humano. En este baile también danza la influencia de nuevas filosofías e ideologías que desplazaron la doctrina cristiana, prometiendo el paraíso en esta tierra, sin necesidad de paciencia ni tampoco de sujeción a normas morales que impiden disfrutar los placeres de esta vida, aunque tales placeres sean destructivos para el ser humano y para la comunidad en su conjunto. Filosofías e ideologías que prometieron algo que la religión cristiana ya había anunciado y prometido, bajo la condición de pureza moral y conducta intachable; pureza moral y conducta intachable que la gran mayoría de los personeros de la Iglesia, a lo largo de la historia, no pudieron demostrar. Esto fue – y sigue siendo – escándalo y tropiezo para muchos que perdieron la fe y fueron descaminados por los hechos vergonzosos de la propia Institución que predicaba la paciencia y la sumisión ahora, para alcanzar el paraíso después. Y debería hacernos recordar aquellas solemnes palabras de Jesús: “A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgara al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiera en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Quienes miramos desde nuestra posición como cristianos la descomposición creciente, que también parece imparable, de la convivencia en la sociedad en que vivimos, debemos tener presente que cada vez que nuestro ejemplo de vida no ensalce el valor de la vida, ni muestre pureza moral, o falte a la verdad siendo deshonesto, o no sea compasivo ni misericordioso, ni irradie amor en cada palabra o acto, en vez de demostrar en nosotros lo que fue el proyecto original de cristianismo del Nuevo Testamento, nos mostramos como si siguiéramos los pasos de aquella Iglesia de antaño que tanto se ha criticado desde el protestantismo; Iglesia que fue criticada por haberse apartado del evangelio original de Jesús, para transformarse en una organización mundana, voraz y monstruosa, que devoró a sus propios hijos. Cada vez que, presentándonos como cristianos, actuemos así, estamos negando la verdad de lo que predicamos, y le damos la razón a un mundo que niega a Dios y se aparta de Él, declarando su muerte o su inexistencia desde siempre.

Entonces, como ya se insinuó, la Iglesia hoy puede colaborar en la putrefacción moral de la sociedad a la que predica y dice servir, cuando sus miembros no practicamos – y de corazón – lo que predicamos. La religiosidad nominal, hueca y vacía, la hipocresía flagrante y rampante, los malos ejemplos, pésimos testimonios y escándalos – que tarde o temprano salen a la luz pública – son negación tácita del mensaje del evangelio del amor de Dios en Jesucristo. Es decirle al mundo que se está hundiendo, que la única tabla de salvación que Dios nos ha echado no es más que una mentira, un juego o un negocio. No se puede cambiar una nación con semejante mensaje, cínico y contradictorio; no se puede cambiar una familia, ni siquiera un individuo. Más allá de los esfuerzos puntuales – y más que meritorios – de cristianos y cristianas en ONGs que trabajan en educación, combate a la pobreza, atención de personas en situaciones y contextos críticos, si la Iglesia quiere influenciar positivamente a la sociedad, debemos abandonar el discurso preparado para el aplauso de la tribuna – que ya tenemos a los políticos para eso – y vivir de verdad y en verdad el evangelio de Jesucristo.

Si no, es mejor que nos mandemos mudar. Las puertas de la Iglesia, que estuvieron abiertas para darnos la bienvenida, siguen abiertas para irnos. Si vamos a meter la pata en el charco, al menos no salpiquemos a la Iglesia del Señor, porque Él se entregó a sí mismo para tener una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha (Efesios 5:27). ¿Porqué mejor no recordar, todos y cada uno, porqué estamos en la Iglesia? Sólo hay un porqué válido para formar parte del cuerpo de Cristo, para estar en la llamada “comunión de los santos”, aunque a veces no seamos tan santos, para ser miembros de una iglesia local, y presentarnos ante los demás como cristianos y cristianas. Porque somos pecadores y estábamos perdidos, pero Dios manifestó su amor por cada uno de nosotros en el sacrificio de Jesucristo. Responder adecuadamente a ese amor implica una nueva vida de fe, de amor, de consagración a Cristo y de santificación, es decir, de separarse y alejarse de los modos y parámetros morales de este mundo. Un procurar cada día la pureza moral que ensalza el alma humana y la levanta muy por encima de la letrina de vicios, pasiones y bajos instintos que exhiben hombres y mujeres, hoy en día cada vez con más desparpajo. Mostrar que en Jesucristo hay una opción, una alternativa, que es verdad, que es seria, y cuya ganancia es eterna; pero que también tiene ganancia en esta vida, en hombres y mujeres que escapan del barrial de vicios y pecados, de miseria y de desesperanza en los que están empantanados, y que una vez que han cambiado su destino, pueden hacer de la comunidad en la que viven un lugar mejor.

A reflexionar sobre esto.

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