El bien morir

¿A qué nos aferramos?
26 abril 2017
Lecciones para la vida – 6
26 abril 2017

El bien morir

La eutanasia es uno de los grandes temas que atormentan a nuestra gente, y para el mismo aún no hay una definición clara, ni desde el punto de vista filosófico, ni desde el religioso, ni tampoco desde el jurídico, aunque la legislación de la voluntad anticipada ha introducido cambios que apuntan en ese sentido. Es más que pertinente, por lo tanto, dirigir nuestra atención al problema representado por la eutanasia en todas las naciones civilizadas, ya que el debate ético y filosófico sobre la misma permanece abierto, y no se vislumbra una conclusión; por lo menos no una satisfactoria para todos. Quizá sea conveniente empezar por definir exactamente de qué estamos hablando cuando nos referimos a la eutanasia, y qué prácticas médicas instrumentadas en los pacientes terminales no constituyen eutanasia.

Tal vez convenga comenzar presentando la situación planteada por un enfermo terminal, sobre todo cuando dicho enfermo está consciente, lúcido, y sufre en toda su intensidad los síntomas de la enfermedad que lo está llevando a la muerte. Entre los médicos se habla de morir con dignidad; se considera que todos tienen (que todos tenemos) derecho a morir con dignidad, y nos referimos a morir lo más plácidamente posible, sin síntomas incontrolables que provoquen sufrimiento. Esto, en contraposición a morir retorciéndose y aullando de dolor, gritando de desesperación por la asfixia progresiva, u otras formas penosas de partir de esta vida. ¿Quién quiere morir así? O, ¿quién soportaría ver morir de esa manera a un ser querido? Porque, cabe acotar, las imágenes cinematográficas del enfermo terminal que muere serenamente en su hogar, rodeado de sus familiares, luego de confesar sus pecados y entregar su alma a Dios – muy propio de los ideales de antaño – se condicen poco con la realidad; la mayoría de las veces son sólo eso, imágenes cinematográficas. Los profesionales de la salud, actores del equipo que atiende al enfermo en su etapa terminal, son quienes están en la incómoda posición de tener que dar una respuesta, cuando se presenta dicha situación de terminalidad. Fundamentalmente el médico, que debe tomar la decisión final, cada vez que escucha la frase: “Doctor, por favor, haga lo que sea necesario, pero que mi mamá – o papá, o hermano o hermana, o hijo o hija – no sufra”. En este contexto se eleva sobre el horizonte la imagen de la eutanasia, esa “solución final”, para terminar con el sufrimiento del paciente.

La “buena muerte” o el “bien morir” (significado etimológico de la palabra eutanasia), ha sido definida de varias maneras. La Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) propuso en 2002 la siguiente definición: “conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave e irreversible, por razones compasivas y en un contexto médico”. En un texto médico español, por otro lado, leemos: “Tradicionalmente se habla de eutanasia activa y pasiva. La primera, también llamada activa o directa, implica una actuación dirigida expresamente a facilitar o determinar la muerte del enfermo. La segunda representa más una omisión que una acción”1. La SECPAL había dicho, también en 2002, que: “Ante un paciente en situación terminal lo que se hace o se deja de hacer con la intención de prestarle el mejor cuidado, permitiendo la llegada de la muerte, no sólo es moralmente aceptable sino que muchas veces llega a ser obligatorio desde la ética de las profesiones sanitarias. Por el contrario, cuando algo se hace o se deja de hacer con la intención directa de producir o acelerar la muerte del paciente, entonces corresponde aplicar el calificativo de eutanasia”1. Es interesante ver que en estas declaraciones, el énfasis está puesto en la intención del médico que trata al paciente terminal. Si la intención es acelerar la muerte, o directamente matar, entonces eso es eutanasia; por supuesto, esa intención será la que defina las acciones que se implementarán, o no, sobre el enfermo. Debido a eso, se invita a los médicos que atienden enfermos terminales a examinar sinceramente sus intenciones, al instrumentar procedimientos “terapéuticos” en sus pacientes. El texto médico recién utilizado, actualizado a 2016, incluye en su definición de eutanasia pasiva “la renuncia al uso de las medidas llamadas extraordinarias para mantener la vida”, y también “la utilización de fármacos destinados a mejorar algún síntoma que pueden secundariamente acelerar la muerte”.

¿Qué prácticas médicas, instrumentadas en los pacientes terminales, no constituyen eutanasia? Este es un punto importante a comprender, para no malinterpretar la conducta médica con pacientes terminales, fundamentalmente en aquellos casos en que la comunicación entre el médico, o el equipo médico, por un lado, y el paciente y su familia por el otro, no es óptima; en esto hay mucho de responsabilidad en la actitud de los médicos, y mucho en la intolerancia de la gente a la idea de la muerte, en una cultura poscristiana desprovista de fe, y por la presión tendenciosa de la prensa, en cuanto a prácticas deshumanizadas en los centros de salud. En cuanto a la pregunta recién formulada, para empezar, suspender o abstenerse de iniciar tratamientos que no aportarán beneficios al enfermo, e incluso que podrían ser desmedidos, desproporcionados para su situación, agresivos, y hasta perjudiciales para su condición, mermando aún más su calidad de vida. Sucede a menudo que pacientes, en general ancianos que conservan el pleno uso de sus facultades mentales, ante el diagnóstico de una enfermedad grave, por ejemplo cáncer, se niegan a los tratamientos propuestos, se trate de cirugía, quimioterapia o radioterapia; esto, incluso luego de ser detalladamente informados por su médico del beneficio que estos tratamientos podrían o no brindarle, y en cuánto afectarían la calidad de vida que les resta. Es necesario  enfatizar el aspecto que tiene que ver con la información que los médicos debemos ofrecer a los enfermos acerca del diagnóstico, etapa evolutiva de su enfermedad, y pronóstico de la misma con y sin los tratamientos propuestos; esto es importante porque existen personas que ante un diagnóstico de cáncer se paralizan de inmediato en su afán de luchar por la vida, y reaccionan rechazando tratamientos que podrían cambiar el curso de su enfermedad, y en algunos casos aspirar a la curación.

También se da la situación inversa, cuando el enfermo, o más a menudo sus familiares, solicitan y exigen tratamientos excepcionales y desproporcionados, con frecuencia desestimando la opinión profesional del médico. Esto sucede cuando el paciente terminal ya no está en condiciones de tomar decisiones responsables sobre su situación y futuro. Es frecuente encontrarse con la resistencia de algún familiar a la suspensión de tratamientos desproporcionados y eventualmente perjudiciales, enarbolando argumentos no pensados tales como: “como es viejo, que se muera” (atribuyendo al personal de salud semejante pensamiento). Aquí, otra vez, toca a los miembros del equipo de salud demostrar su mejor calidad humana, ejerciendo paciencia y, por qué no decirlo, compasión, para explicar detalladamente a todos los familiares del enfermo la situación del mismo y su mal pronóstico de vida. Corresponde aquí recordar  conceptos relacionados directamente con este tema: aceptar el curso natural de la enfermedad, sin empeñarse en alargar la vida a toda costa y a cualquier costo.

También se relaciona con la no implementación de tratamientos desproporcionados el concepto del encarnizamiento terapéutico (u obstinación médica); “aquellas prácticas médicas con pretensiones diagnósticas o terapéuticas que no benefician realmente al enfermo y le provocan un sufrimiento innecesario, generalmente en ausencia de una adecuada información” (SECPAL). Este aspecto del problema parece en realidad una ampliación de lo dicho antes. Repitiendo  conceptos, significa no empeñarse en obtener un diagnóstico exacto a toda costa, cuando el diagnóstico exacto no cambiará nada para el paciente, y no empeñarse en tratar específicamente todo lo que surja, pues el enfermo tendrá el mismo fin. Es un arte que debe aprenderse con el estudio continuo, y fundamentalmente con la experiencia y la práctica: el arte de saber cuándo detenerse, y no agredir más al enfermo con exámenes y tratamientos agresivos, pues ha llegado el momento de brindarle confort, calmando su dolor y sus molestias, para que la muerte llegue en paz. Esto es muy problemático, y es objeto de agria discución, sobre todo con quienes opinan desde el desconocimiento tanto de los alcances  de la medicina actual, como de lo que significa estar día a día asistiendo y cuidando enfermos.

Resta considerar otra medida terapéutica que, si bien es final, tampoco constituiría eutanasia: la sedación paliativa, o sedación terminal. Dice un documento de la SECPAL sobre Aspectos éticos de la sedación en cuidados paliativos que la sedación paliativa es: “la administración deliberada de fármacos para lograr el alivio, inalcanzable con otras medidas, de un sufrimiento físico y/o psicológico, mediante la disminución suficientemente profunda y previsiblemente irreversible de la conciencia, en un paciente cuya muerte se prevé muy próxima, y con su consentimiento explícito, implícito o delegado”. Otra vez, el énfasis está puesto en la intención; ¿cuál es el objetivo de la sedación paliativa? Aliviar el sufrimiento de un enfermo que de todas maneras morirá en días u horas. Se acepta que, cuando los síntomas son insoportables, y las medidas paliativas previas han fracasado en el control de los mismos, el médico procurará el alivio del enfermo administrando medicación que disminuirá su nivel de conciencia, llevándolo a un coma farmacológico. La sedación terminal se instrumenta en beneficio exclusivo del paciente. El enfermo sedado ya no sufre, pues no es consciente de sí mismo ni de su entorno; está en algo similar a un estado de coma, del que ya no despertará. Sin embargo, el texto médico consultado, respecto de la sedación terminal, afirma que la misma “deja las fronteras relativamente laxas”, y podría estar  próxima a una eutanasia pasiva. Esto implica que, en este punto en particular, no hay aún una definición clara. Con todo, la sedación paliativa se implementa en el enfermo terminal, cuando la condición del mismo ya no tiene ninguna esperanza en los recursos de la medicina moderna, y el sufrimiento no es controlable por otros procedimientos.           Cualquier pregunta acerca de si en ese estado de inconsciencia – producida por la enfermedad, o inducida por medicamentos – el enfermo puede experimentar sufrimiento – algo que preocupa a los familiares – debe ser contestada con una negativa, y cualquier aseveración sobre la posibilidad de que persista un estado consciente de su alma o su espíritu – ya cruzando hacia el terreno de los filosófico y teológico – es una especulación metafísica imposible de demostrar. En cierta forma la sedación terminal adelanta la muerte del enfermo, pero no la de su cuerpo; adelanta la muerte de su personalidad, de su yo consciente, que desaparece mucho antes de que su corazón deje de latir. Esto debería ser tenido en cuenta por quienes atienden a los moribundos desde el punto de vista espiritual; y también por los administradores y autoridades de los hospitales y sanatorios, para que no impidan sino que faciliten que llegue a los enfermos esa atención espiritual, que nosotros preferiríamos que fuera cristiana, ya que creemos que Jesucristo es la única verdad de Dios sobre la tierra.

Administrar la muerte a un semejante es arrogarse el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de otros; en cierta forma, es usurpar el lugar de Dios. Así lo entendemos los cristianos, quienes consideramos que la vida es un regalo de Dios, y creemos que solo Dios puede disponer en última instancia del momento en que nos quitará el derecho a esa vida que nos concedió. Administrar la muerte a un ser humano, así sea por compasión, provoca a primera vista rechazo en las conciencias cristianas. Entonces, como en el caso del aborto, los cristianos rechazamos la eutanasia. Pero, como en el caso del aborto, deberíamos interiorizarnos de las circunstancias, los conflictos y los problemas aparentemente irresolubles que la eutanasia parece remediar, antes que amonestar sin ofrecer ninguna otra solución; por lo menos, ninguna solución práctica. En otras palabras, no podemos dogmatizar, condenar la violación del derecho a la vida de que se trate, y mirar luego hacia otro lado, olvidando o ignorando el llamado a ejercer un ministerio de amor y misericordia hacia los desamparados, desvalidos y sufrientes. Vivimos en  una sociedad que no acepta dogmatismos, pero sí acepta el diálogo; por lo menos, algunas veces. Tengamos presente que en la universal contradicción de nuestra actual civilización posmoderna y poscristiana, en la que campean al aire libre los pecados y la corrupción que antes se ocultaban, las actitudes no compasivas ni humanitarias son objeto de muy dura crítica.

Por encima de todo, es deseable que la doctrina evangélica de la gracia se imponga; recordar que Jesús lo ha hecho todo por nosotros, por amor, misericordia y compasión. Que nuestra unión con Cristo en su sacrificio se exprese en una completa entrega a Él por la fe, y en vivir cada día dando amor, misericordia y compasión, sobre todo a los que más padecen. Y que Dios nos conceda que no sólo al final, sino durante toda nuestra vida, nuestra esperanza y los ojos de nuestra fe estén puestos en Jesús, quién cargó nuestras miserias para librarnos de todo sufrimiento y traernos paz.

1) Medicina Interna, Farreras Rozman, Aspectos éticos de la asistencia en geriatría, eutanasia y suicidio asistido, página 1257.

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