Erradicar los baobabs

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Erradicar los baobabs

Cómo detener la prédica del odio.


Por: Salvador Dellutri*

Jax tiene casi cinco años y un amigo entrañable, Reddy, de su misma edad. Van juntos a la escuela, juegan y se divierten.
Jax quiso gastarle una broma a su profesor y le hizo una insólita propuesta a su madre: quería que lo raparan como a su amigo Reddy.
Sería muy divertido, le explicó, porque su profesor se confundiría y no sabría distinguirlos. La madre se extrañó, luego se emocionó y finalmente viendo el entusiasmo de su hijo, permitió que le hicieran el mismo corte de Reddy, para que se divirtieran desconcertando al desprevenido profesor.

Sería una historia común, si no fuera porque Jax nació en Kentucky y su amigo Reddy, en la República del Congo. Jax es rubio y Reddy, negro, pero para ellos no hay diferencia más allá del corte de cabello.

El racismo fue siempre uno de los flagelos de la humanidad. La diferencia por el color de piel, la cultura, la religión o el abolengo son construcciones artificiales con la que los hombres segmentamos la sociedad. En su disertación en el areópago ateniense, el apóstol Pablo dijo: “De una sangre, Dios ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra”. En rigor de verdad, no existe tal cosa como raza negra, blanca o cobriza; hay una sola raza: la humana. Nuestra responsabilidad no es levantar barreras, sino construir puentes.
Lamentablemente, la historia de la humanidad está jalonada de barreras de todo tipo. Algunas, palpables como el muro de Berlín, o el que está levantando Estados Unidos en la frontera con México, o el muro de la franja de Gaza que separa a judíos de palestinos. Otros no son visibles pero generan lastimosas segregaciones por motivos raciales, étnicos o religiosos. Cada una de estas barreras –visibles o invisibles– generan resentimientos, odios y una latente beligerancia que fácilmente puede derivar en abierta violencia.

Hitler proclamó la superioridad de la raza aria y gestó un complejo sistema de investigación antropológica para determinar quienes pertenecían a ella. Según su prédica, eran los arios quienes debían gobernar al mundo y por lo tanto, podían someter y destruir a quienes fueran diferentes. Los campos de concentración y el holocausto fueron los resultados de un odio que captó a toda una generación y logró infiltrar hasta en el corazón de los niños gracias a un aceitado aparato de propaganda. Pero es solo un ejemplo: todos los genocidios siguieron el mismo camino y terminaron de la misma forma.
En todas las sociedades subyace una raíz segregacionista que menosprecia al diferente. También en nuestro país se hace evidente cuando se habla de bolitas, perucas o paraguas para referirse despectivamente a inmigrantes de países vecinos. Como en la historia de El Principito, todas las sociedades, tiene que prevenirse de las raíces de los baobabs. Porque, como dice Saint Exupery:

Las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra hasta que a una se le antoja despertarse. Si se trata de una maleza, hay que arrancarla enseguida, en cuanto se la pudo reconocer. Ahora bien, había unas semillas terribles en el planeta del principito. Eran las semillas de baobab. El suelo del planeta estaba plagado de ellas. Y de un baobab, si uno se deja estar, no es posible desembarazarse nunca más. Obstruye todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño, y si los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.

Un día muy cercano, Jax se mirará críticamente al espejo y notará la diferencia; luego descubrirá que en su país esto generó una larga historia de violencia que se prolonga hasta el presente. Tal vez alguien le señale que él es blanco e intentará convencerlo que es superior a quien tiene la piel negra. Pero Jax ya sabe la verdad: él y Reddy son iguales. Han establecido lazos de amistad que es una de las formas más depurada del amor. Y la prédica del odio llegará tarde.

*Salvador Dellutri: Pastor, Profesor, Periodista, Conferencista y Escritor de libros como: “El mundo al que predicamos”, “En Primera Persona”, “Las Estaciones de la alegría”, “Hay que matar a Jesús”, “El desafío posmoderno”, “La Fe y el sentido de la vida”, “Ética y Política”, entre otros. Produce dos programas de Radio Trans Mundial, “Tierra Firme” y “Los Grandes Temas”.

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