Una iglesia de discípulos

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Una iglesia de discípulos


Por Álvaro Pandiani. El escritor del libro de los Hechos ofrece un dato histórico clave en cuanto a los primeros seguidores de Jesús; Lucas dice que “a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26b). Este dato, que parece mencionado como al pasar, es importante no sólo para entender el desarrollo de la iglesia primitiva, sino también para acercarse a la condición espiritual de la misma. Efectivamente, aquel momento particular de la naciente comunidad cristiana de Antioquía de Siria fue la primera vez que se oyó hablar de cristianos; es decir, de seguidores de Cristo, pues eso es lo que significa el término cristiani. Antes de eso, los seguidores de Jesús habían sido llamado de distintas maneras: una de las más antiguas y extendidas fue hermanos (Hechos 1:15), aunque ese era más bien el trato que ellos se daban entre sí, en la interna de su comunidad. Una referencia mencionada por el apóstol Pablo en su defensa ante el gobernador romano Félix nos informa que su fe también era conocido como el Camino (Hechos 24:14); en ese mismo juicio aparece otra palabra que hace alusión a los seguidores de Jesús: nazarenos (Hechos 24:5), éste en boca de los enemigos de la nueva fe, vista por los judíos como una secta nociva dentro de su religión. Pero el término más significativo, y más veces mencionado, es discípulos. Resulta curioso que Lucas diga, hablando de aquellos a los que se llamó cristianos por primera vez en la ciudad de Antioquía, que ese apelativo se aplicó a los “discípulos”. Es decir, que antes de ser cristianos, eran discípulos; en otras palabras, todos quienes hacían profesión de fe y se unían a la primitiva comunidad de seguidores de Jesús de Nazaret, eran considerados discípulos.

Ahora, ¿qué significa ser un discípulo? Una serie de definiciones de diccionario puede darnos una idea a desarrollar, para entender qué es ser un discípulo. La primera a considerar: persona que recibe las enseñanza de un maestro, evoca simplemente un alumno que escucha a su docente con una actitud pasiva; tal vez ésta, además de la más simple, sea la definición más cuestionable, porque una actitud pasiva es la peor conducta que puede adoptar quien desea aprender algo, o aprender de alguien. Otra definición nos dice que el discípulo es la persona que sigue y defiende las ideas, doctrinas y métodos de un maestro; aquí se nota un salto cualitativo importante, pues implica en el discípulo un compromiso enérgico con las enseñanzas de su maestro; también, que el discípulo sigue, es decir, pone en práctica en su trabajo o en su vida cotidiana, las enseñanzas de aquel a quién sigue como maestro. Esto no implica que se trate sólo de doctrinas filosóficas o religiosas. Un profesional, por ejemplo, puede poner en práctica en el ejercicio diario de su profesión las técnicas y métodos de trabajo que aprendió de un mentor en particular, a quién reconoce como su maestro en el arte o ciencia en que se desempeña. Por otra parte, en esta segunda definición destaca otro aspecto: la enseñanza del maestro puede requerir ser defendida; esto significa que las ideas, doctrinas y métodos de un maestro determinado pueden tener críticos, y también detractores, y todo aquel que se considere un discípulo de dicho maestro, debe tenerlo en cuenta.

La tercera y última definición a considerar – por ahora – agrega otro aspecto llamativo: persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron; lo dicho implica que el discípulo cree en la actualidad y vigencia de la doctrina impartida por el maestro al que sigue. Esta definición acota la clase de maestro y la clase de enseñanza que sigue un discípulo, para ser considerado como tal, pues excluye las disciplinas científicas, en las cuales la investigación y la actualización constante y continua son imperativas. Esto no quiere decir que aquellos que son considerados maestros en ciencia y tecnología no formen discípulos; quiere decir que esta definición nos lleva por otros caminos. Creer en la actualidad y vigencia de una doctrina, y defenderla, evoca sobre todo aquellas enseñanzas que tienen que ver con la vida y la conducta, y con la sabiduría para conducirse recta, honrada y limpiamente, y así tener una vida venturosa, con un buen y apacible final, y un más allá de felicidad eterna. Eso nos lleva a considerar a los grandes maestros de moral y espiritualidad, y de entre ellos al que es  el más grande de todos, por lejos: Jesús de Nazaret.

Y llegados a este punto es que nos preguntamos: ¿qué significa ser discípulo de Jesús? Para responder esta pregunta lo mejor es mirar el Nuevo Testamento y ver qué significó, para aquellos hombres que fueron llamados y elegidos por Jesús, ser discípulos del Maestro. Sobre la base de cuatro pasajes del Nuevo Testamento podemos mencionar – muy resumidamente – tres grandes pilares del discipulado, cada uno de los cuales es pasible de desarrollo y reflexión. En primer lugar, dejarlo todo y renunciar a todo por seguirle; en Mateo 4:18 – 20 leemos lo siguiente: “Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Vengan en pos de mí, y les haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron”. Este es un pasaje clásico del texto bíblico que nos muestra a esos hombres enfrentados de pronto a una decisión crucial, una decisión que cambiaría sus vidas para siempre, y que deciden dar el paso adelante aún a sabiendas de que no habrá marcha atrás, que su decisión puede acarrearles privaciones y sufrimientos, pero que será vista con agrado por Dios, redundará en un supremo bien, y tendrá consecuencias eternas. Esta es una visión romántica de la decisión de ir tras el maestro que tomaron los primeros discípulos de Jesús. En realidad, es razonable suponer que cuando Jesús se acercó a la barca para invitar a Pedro y Andrés, y enseguida a Juan y Jacobo (v.21, 22), ya habían acontecido los encuentros relatados en Juan 1:35 – 42; o sea que ellos ya conocían a Jesús, y en su sencillez habían creído que él era el Mesías esperado, y por lo tanto, según el concepto de Mesías que tenían los judíos en aquel tiempo, estaban tomando la decisión de seguir al Hijo de David, quién combatiría a los romanos y se erigiría como rey de Israel. Lo dicho queda demostrado por determinadas ideas que los discípulos demostraron tener sobre Jesús, como por ejemplo cuando Jacobo y Juan pidieron lugares especiales, una vez constituido el reino (Marcos 10:37); la reacción de Pedro al anunciar Jesús su muerte (Mateo 16:21, 22), que delata la alarma que le provocó el pensamiento: si el rey fuera asesinado, ¿qué pasaría con el reino? Los discípulos también demostraron cierta impaciencia por saber cuándo vendría el reino de Dios, después de la resurrección de Jesús (Hechos 1:6). Es que Jesús mismo había hablado constantemente del reino de Dios; al inicio de su ministerio dijo que se había “acercado” (Mateo 4:17; Marcos 1:15); sin embargo, demostró por su enseñanza un aspecto eminentemente espiritual en dicho reino, como se ve por ejemplo en las bienaventuranzas, principio del sermón del monte, dicho al inicio de su ministerio público, en donde habló – entre otros – de los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los pacificadores, los de limpio corazón (Mateo 5:3 – 9).

En cuanto a la posibilidad o no de dar marcha atrás en la decisión de hacerse discípulo de Jesús, el apóstol Juan dice claramente que muchos seguidores del Maestro, llegado un momento, simplemente se fueron (Juan 6:66), presumiblemente a retomar su vida anterior. Los doce apóstoles, que en esa oportunidad se quedaron con Él, comprendieron sólo al pasar los años junto a Jesús que no se habían vuelto seguidores de un líder guerrero que se transformaría en breve en rey de Israel, sino se habían hecho discípulos del Hijo de Dios y Salvador de este mundo; y también les llevó tiempo entender que esa decisión implicaría para ellos renuncia, privaciones, persecución y sufrimiento, antes de recibir con alegría el fruto feliz de la fe, el amor y la fidelidad al Señor.

De la misma manera que hoy, a los cristianos nos cuesta entender qué significa y que implica ser cristiano, y el costo de este llamado que Jesús sigue haciendo, para ser sus discípulos, y que el mismo Señor resume magistralmente en las palabras de Lucas 14:33: “cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.

Un segundo pilar del discipulado, surgido del Nuevo Testamento, está en las palabras de Pablo a los corintios: Sean imitadores de mí, así como yo de Cristo (1 Corintios 11:1). La imitación del modelo de vida y conducta del maestro está implícito como deber, como tarea diaria y permanente del discípulo, cuando la enseñanza a la que adhiere tiene que ver con la construcción cotidiana de una vida justa, recta, buena y santa delante de Dios. Jesús es – y no estamos inventando la rueda al decir esto – el modelo del hombre y la mujer cristianos, y el deber de imitarle sale en varios lugares del Nuevo Testamento. Un par de ejemplos para ilustrar este punto: cuando Jesús dice a sus discípulos “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), claramente recomienda a sus discípulos que muestren, de corazón, la misma mansedumbre y humildad que Él había demostrado hasta ese momento, y que aún demostraría. Cuando el apóstol Juan escribe “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), según el contexto está hablando de no pecar (v.1), de guardar sus mandamientos (v.3), y de guardar su palabra y ser perfeccionado en el amor de Dios (v.5); por lo tanto, andar como Jesús anduvo debe entenderse como andar en una vida de amor y pureza moral.

Este asunto de la imitación de Cristo merece dos consideraciones. Primero, que el apóstol Pablo se pone a sí mismo como ejemplo a imitar, por ser él un imitador de Jesucristo. En otras palabras, el líder espiritual no se excluye ni rehuye la responsabilidad de ser ejemplo, sino primero procura seguir el ejemplo del Señor, para ser a su vez ejemplo de conducta y de vida a los demás. Esto mismo dice Pablo a los cristianos de Tesalónica (2 Tesalonicenses 3:9), y también el apóstol Pedro lo recomienda a los pastores de la primitiva comunidad cristiana (1 Pedro 5:3). En segundo lugar, imitar reconoce como sinónimos copiar, emular y parecer, que describen acciones que pueden ser positivas o neutras; pero también reconoce como sinónimos plagiar, falsificar y fingir, que son acciones decididamente negativas. Alcanzar la imitación de Cristo debe representar para el discípulo un logro muy positivo; no simplemente ser una copia, por más que la copia sea de buena calidad, sino el objetivo de parecerse espiritualmente cada día más a Cristo, en conducta, actitud y palabra. A eso el discípulo del Señor aplicará sus energías espirituales, intelectuales y emocionales, su oración en procura del auxilio del Espíritu Santo, y su estudio de la Palabra de Dios como guía de vida.

Este aspecto del discipulado es el que nos lleva al tercer pilar del discipulado cristiano: atreverse a emprender un camino de perfección personal, para llegar a ser como Jesús. Este aspecto es el que aproxima más el asunto de la imitación de Cristo al sentido de emular, según el significado de esta palabra, que es “Imitar una cosa o a una persona procurando igualarla o incluso mejorarla”. Según Lucas 6:40: “El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro”. De acuerdo a estas palabras de Jesús, sus discípulos no podemos ser mejores – o superiores – a Él, pero sí ser como Él; pero no en un sentido de competencia, o rivalidad, sino como portadores de un mensaje que se expresa no sólo con palabras, sino también con una conducta de vida. Un testimonio de vida que debería evocar el paso de Jesús de Nazaret por esta tierra, algo que – pese a los detractores del cristianismo – dividió la historia humana en un antes y un después, y evocar también la obra de Jesucristo; una obra que es actual, que sigue atrayendo almas perdidas hacia la luz de Dios, que sigue otorgando la oportunidad que da el perdón y un nuevo comienzo, el comienzo de una vida diferente, una vida de fe en Aquel que lo hizo posible.

 Ahora, teniendo claro por lo menos los titulares de lo que significa ser un discípulo de Jesús, vamos a volver a aquella iglesia de Antioquía en la que los cristianos eran discípulos, antes de ser cristianos. Recordando esa comunidad cristiana del primer siglo, pensemos: en nuestras iglesias evangélicas de hoy en día, ¿son todos discípulos? Los cristianos que se sientan en los bancos de nuestros templos, ¿son todos verdaderos discípulos y discípulas de Cristo? ¿Es nuestra iglesia una congregación de discípulos y discípulas, o un grupo de cristianos a la moderna? Es decir, un grupo de personas que se congrega en una iglesia evangélica, pero no tiene interés en aprender del Señor; personas que rehuyen todo compromiso serio con su fe, que no han iniciado siquiera el camino de  perfección que los llevará a ser como su Maestro, ni les interesa iniciarlo? ¿Cuál iglesia somos, y cuál iglesia queremos ser? ¿Cuál iglesia seremos? Porque yo personalmente quiero, y también aspiro a, e incluso sueño con, una iglesia donde hombres y mujeres son hermanos en la fe de Jesús, una iglesia en la que todos están en el mismo y único Camino, una iglesia en la que todos reciben la enseñanza de Jesús y se comprometen con la doctrina del Señor, porque la consideran actual y vigente.

Una iglesia en la que todos seamos seguidores y seguidoras de Jesucristo, imitemos al Señor y nos perfeccionemos cada día, para ser como Él.

Una iglesia de discípulos.

           

8 Comments

  1. Gabriel dice:

    “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él. y cenaré con él, y él conmigo.” Apocalípsis 3 20

    Así se expresaba Jesús cuando le hablaba a una iglesia que era tibia.
    ¿Será que todos los que decimos pertenecer a la Iglesias del Señor,estaremos sellados por el Espíritu Santo, y nacido nuevamente? Acaso, muchos estaríamos justificados para empezar la etapa de santificación que finalizará con nuestra muerte fisíca o por el misterio develado en las Sagradas Escrituras. Pero, a juzgar por los show de fé que pululan y las ofertas de otros evangelios ofrecidos, la diversidad de discípulos sería por lo menos amplia, sino una gran parte falsa.Que la gracia y misericordia del Señor nos permita ser un discípulo digno.

    Pd: Al Hno, Pablo de Rio Branco, si no mal entiendo su inquietud ,la mayoría de los Apóstoles fueron martirizados o cruxificados.Muy pocos partieron en muerte natural.

  2. Darwin dice:

    la escritura dice “el que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y “sigame” esto significa que si queremos ser imitadores de Cristo tenemos que renunciar a todo no importa la condición en que estemos, ya sea de salud, económica o social, demanda de nosotros todo nuestro ser. Hoy lamentable en muchas denominaciones, incluidos algunos Bautistas no predican el evangelio verdadero. Lo suplimos por uno mas liviano que no implique ningún esfuerzo de nuestra parte, no sea cosa que se vaya y no venga mas, el tema da para mucho mas, gracias por reflotar este tema

  3. Alyssa dice:

    Thank you so much for sharing this! I used it for my Spanish oral exam!

  4. Zenaida dice:

    En la iglesia no todos los que se sientan son discípulos, sino espectadores y de esos hay muchos.

  5. Pablo dice:

    Hola siempre los escucho desde laguna merin,me llama la atención q nadie habla del final q tuvieron los apóstoles,porque es eso asi.otra veces he escrito y no recibo respuesta.son una hermosa compania,aqui en rio branco no se si se reunen.saludos

  6. Isabel dice:

    He apreciado mucho el msj.del Sr.Albaro Pandiano Una ensenanza o exhortacion muy util.Siempre escucho, escribo poco.

  7. Carlos dice:

    Creo que nuestras reuniones estan llenas de personas y pocos creyentes, desde los miembros hasta los responsables de obra,

  8. Nancy dice:

    Hay muchos llamados y hay los escogidos , aun los que están arriba algunos son llamados cuando los oís hablar

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