Jesús en blue jeans

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Jesús en blue jeans

Hace muchos años la publicidad televisiva de una revista secular de tiraje en nuestro medio presentaba dos individuos sometidos a un cuestionario simultáneo sobre gustos y costumbres. Uno de ellos era un yuppie, vestido de puntilloso traje y corbata, lentes y cabello corto engominado; el otro un bohemio, o hippie, o algo extraño, vestido de cuero y lona, cadenas y tatuajes, cabello de corte raro y rostro amenazante. Característicamente, ante cada pregunta las respuestas de uno y otro eran diametralmente opuestas, salvo la última; ante la pregunta por lectura preferida, predeciblemente, ambos coincidían en el nombre de la revista promocionada. O sea que había enormes diferencias en gustos y costumbres, y evidentemente en personalidad, y se pretendió reflejar esas diferencias también en el aspecto externo, y la vestimenta de los dos personajes.

Se nos ha enseñado, y no sólo en la iglesia sino como parte del saber popular, que no debemos juzgar – es decir, evaluar, catalogar – a nadie según las apariencias, y eso es válido. Un pasaje del Antiguo Testamento muy sugestivo es el relato de la misión del profeta Samuel entre los hijos de Isaí, para encontrar al nuevo rey de Israel. Cuando Samuel vio a Eliab, el hijo mayor de aquel patriarca de Belén, tal vez impresionado por el porte del individuo, pensó que ése era el elegido; pero Dios le dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 15:7). Siempre destacamos que Dios mira el “corazón”, es decir el interior, la esencia, la verdad del individuo. Pero lo otro que Dios dice también es válido: los seres humanos no tenemos la capacidad de ver el corazón; por eso, miramos la apariencia, y procuramos interpretar lo que la persona es, en base a lo que vemos de la misma.

Mirado desde otro ángulo, podemos considerar que cada persona intenta expresar lo que es en su interior – salvo que tenga algo que ocultar – para que los demás le conozcan; y lo hace a través de sus actos, palabras, opiniones, actitudes y decisiones. Pero los cristianos evangélicos a menudo no tenemos en cuenta, en esta expresión de ser y de personalidad, el aspecto personal – externo – de un individuo, incluyendo su cabello, el maquillaje, y su forma de vestir. A causa de nuestra tendencia – nacida de la enseñanza bíblica – a espiritualizar todo y buscar la “esencia interior” de las personas, y para no caer en la consabida superficialidad de medir y juzgar a alguien según cómo se viste, restamos importancia a cómo una persona se viste, y haciendo eso no captamos lo que dicha persona quiere expresar de sí misma a través de su forma de vestir.

Por ejemplo y para empezar por lo más obvio, las personas que visten uniforme expresan algo concreto: su pertenencia a un colectivo – policía, ejército, profesionales de la salud – que tiene tareas específicas y que es su medio de ganarse la vida. Por supuesto, el uniforme es una consecuencia de su decisión – voluntaria o forzada por las circunstancias – de ingresar a ese colectivo. Otro ejemplo, el luto guardado por seres queridos fallecidos se expresa en varias maneras, habiendo sido una de ellas – durante muchos siglos – el uso de ropas de colores oscuros, costumbre que se remonta al imperio romano, y que comenzó a caer en desuso a partir de mediados del siglo 20; aunque muchos recordamos haber visto hasta por lo menos principios de los años ochenta personas en ropas de color negro, expresando así el dolor por una pérdida familiar. En la Edad Media el tipo, calidad y color de las prendas de ropa distinguía claramente a los nobles y ricos de los plebeyos y pobres. Aunque hoy no hay – por lo menos en nuestro país no existen – nobles y plebeyos, sí hay diferencias ostensibles en la vestimenta, según la capacidad económica de cada uno.

En efecto, una expresión más personal en el vestir la da la libre elección que el individuo hace de sus ropas – tipo, colores, combinaciones – para uso cotidiano, fuera de los eventuales uniformes de servicio, o de indumentarias utilizadas por la fuerza de las circunstancias. Sin embargo, una condicionante evidente del vestir es, también, el poder adquisitivo. En cuanto a este último aspecto, lucir ropa de marca, ropa importada – o comprada en el extranjero por el propio usuario – traduce una determinada capacidad económica, pero no necesariamente nada más. Ostentar innecesariamente la marca o el origen del atuendo evidencia otro tipo de características personales del individuo; en general materialismo y superficialidad o chatura moral. Del mismo modo, aquellos que no pueden acceder sino a copias baratas y de mala calidad de la ropa de marca evidencian bajo poder adquisitivo, hecho por el cual las personas que se ganan la vida trabajando honradamente no deberían sentir vergüenza o reparos (“mirá cómo estoy vestida”, “mirá qué porquería los trapos que tengo para ponerme”), ni tendrían por qué envidiar a quien usa mejor vestimenta. En caso de experimentar estas emociones, o de concederle el individuo importancia a un sentir tan mezquino, entonces sí, se trata de alguien chato y materialista; igual que el rico. Los cristianos debemos aspirar a miras más elevadas.

La moda imperante, otra condicionante para el vestir, permite una cierta flexibilidad, y habilita la expresión de otros aspectos de la vida interior del individuo: conformismo o rebeldía; ostentación o sobriedad; opulencia extravagante, o modesta sencillez; exhibicionismo desinhibido, o recato y decoro. Las ropas hablan.

Ya en otra oportunidad discutimos aquí acerca de estas cuestiones del vestir, enfocándonos en la imposición del uso de la pollera y la prohibición del pantalón a la mujer cristiana en algunas comunidades evangélicas. Tal imposición, elevada a la altura de “doctrina” en varias denominaciones cristianas, condujo – y aún conduce – a una actitud contradictoria con algunos principios que ya mencionamos. Es decir, en vez de ignorar el aspecto exterior, privilegiando la consideración de la esencia interior de la persona, en el caso de la mujer cristiana esa esencia interior – su espiritualidad y obediencia al evangelio, o su carácter carnal y rebelde a la “doctrina” – se ha juzgado reiteradamente en función de su forma de vestir: de pollera, o con pantalones. Como se dijo en su momento, esto resulta ser una aberrante hipocresía.

Los evangelios no entran en detalles acerca de cuál era la indumentaria que usaba Jesús. Hay una reseña más directa del aspecto, vestimenta y dieta de Juan el Bautista, que de tales cosas en Jesús de Nazaret. En Mateo 3:4 dice: “Juan estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero alrededor de su cintura, y su comida era langostas y miel silvestre”. Estas referencias, junto con lo dicho por Jesús en Lucas 7:33: “Juan el Bautista… ni comía pan ni bebía vino”, evidencian, más que pobreza, austeridad voluntaria por parte de Juan; una austeridad que ha llevado a algunos historiadores bíblicos a suponerlo relacionado con la secta de los esenios, comunidades judías que vivieron en el desierto al sur de Judea, y que algunos consideran antecesores del ascetismo cristiano de siglos posteriores. A diferencia de Juan el Bautista, Jesús no parece haber practicado austeridades extremas, salvo los cuarenta días de ayuno en el desierto. Podemos suponer que antes, y sabemos que después de ese período de dura prueba en el desierto donde fue tentado por el diablo, ya iniciado su ministerio, Jesús participó de fiestas, como las bodas de Caná, y se reunió en comidas grupales, algunas seguramente bien servidas como en casa de Mateo, quien luego llegaría a ser su discípulo, y también en casa de Zaqueo, ambos publicanos – es decir recaudadores de impuestos – y ricos por el dinero que acopiaban al estafar a su propio pueblo, razón por la cual eran odiados por los suyos. El mismo Jesús, luego de manifestar lo que los detractores de Juan el Bautista decían del mismo, refirió que sus opositores hablaban de Él diciendo: “vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Éste es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Lucas 7:34). Así que, podemos concluir, Jesús no practicó austeridades extremas.

Ahora, ¿cómo vestía Jesús? Las referencias de los evangelios aparecen justamente en los capítulos que hablan de la crucifixión, cuando las ropas del Señor, su única posesión en esta vida, fueron repartidas por los soldados romanos: “Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces, dijeron entre sí: no la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será” (Juan 19:23, 24b); así que tenía por lo menos cinco piezas de ropa. Probablemente, Jesús vestía como cualquier judío de su tiempo, y eso también es significativo: como en otros aspectos de su vida, en éste del vestir – tan superficial en apariencia, y de tan poca monta para quienes espiritualizamos a ultranza cada detalle de la vida cotidiana – Él se identificó con su pueblo.

¿Cómo vestiría hoy Jesús? Si en vez de venir durante el apogeo del Imperio Romano, cuando la paz romana se extendía sobre el mundo mediterráneo, Jesús viniera al mundo en este siglo 21, ¿qué ropas usaría? ¿Oficiaría en templos solemnes, con largas túnicas y mantos fastuosos? ¿Saldría a la calle a predicar vistiendo trajes de Giorgio Armani de un valor de mil quinientos euros? ¿O usaría pantalones vaqueros, zapatos de trabajo y el casco amarillo del obrero? Desde que empecé a preguntarme esto, no pude dejar de pensar en la humildad de Jesús. “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29) dijo Él; y de Él se dijo que “se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo” y también que “se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:7, 8). Es imposible no pensar en ese Jesús que se sentó a comer con un hombre rico y muy acomodado como Zaqueo, pero que también recibió a mendigos y leprosos, y departió con ricos y pobres por igual.

¿Jesús usaría blue jeans?

En cualquier caso, aunque sea un ejercicio de la imaginación que bien puede despertar curiosidad, preguntarnos cómo vestiría hoy Jesús no tiene como objetivo vestir las mismas ropas que Él usaría, sino saber qué expresaría esa vestimenta de su persona; cuáles las virtudes, cual la profundidad de su amor, cuál el alcance de su entrega por los demás, cuál la dimensión de su integridad, de su rectitud y justicia, cuál su santidad. Para eso imitar, tal como recomienda el apóstol Pablo en 1 Corintios 11:1: “Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo”; imitar su amor, su sacrificio, su pureza y santidad, como debemos en virtud de ser sus discípulos, parte de la Iglesia; no de la Iglesia institucional, sino de la comunidad de fieles que constituye el cuerpo de Cristo. Esa Iglesia cuya unión con Jesucristo ilustra el amor matrimonial en su forma más elevada, como se lee en Efesios 5:25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”, y que es llamada su esposa en Apocalipsis 19:7b, 8, donde está escrito: “han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente. El lino fino representa las acciones justas de los santos”. La última línea de este versículo bíblico nos informa que el vestido de lino fino es un símbolo de acciones de justicia, es decir, de un andar en santidad y pureza, encuadrado en la voluntad de Dios, que caracterizó, caracteriza y siempre debe caracterizar a los santos; esto es, a todos aquellos que por libre y voluntaria decisión se apartan de las corrientes egoístas e inmorales de este mundo, para consagrar sus vidas a Jesucristo.

Que tales sean nuestras ropas; o en otras palabras, que sea una realidad en la vida de cada uno de nosotros como cristianos – discípulos y discípulas de Jesús de Nazaret – lo que en su momento escribió el apóstol Pablo: “Vestíos… como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en su solo cuerpo. Y sed agradecidos” (Colosenses 3:12 – 15).

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

5 Comments

  1. Carlos Agusto Vilchez Vilchez dice:

    Excelente

  2. Eliseo Beramendi dice:

    en este tiempo, en un mundo globalizado, creo que si. sin embargo, depende dónde esté y en qué momento. la ropa no le hace más Jesús o menos Jesús.

  3. Mary Núñez B dice:

    Jesús no usaria blue jeans …….!!!!!

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