La amabilidad

Lecciones para la vida – 14
21 junio 2017
Olvidan a Dios
22 junio 2017

La amabilidad

De la sección “Renovando el Espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

Escuche aquí el programa:

En tiempos en los que todo el mundo anda apurado, pensando en sus propios problemas, concentrado en sus actividades o tareas diarias, sin mirar hacia el costado, cual caballo de carrera en competencia, hay un valor que ha ido quedando en el camino: la amabilidad.

Muchos la perciben como un simple acto de cortesía o educación. Otros le quitan valor y simplemente la identifican como un acto de hipocresía o vacíos gestos de protocolo social. Sin embargo, más allá de eso, la amabilidad se relaciona con valores tan esenciales como el respeto, la solidaridad, la tolerancia y la sociabilidad. De hecho, por definición, una persona amable es aquella que “por su actitud afable, complaciente y afectuosa es digna de ser amada”.

Amable es el que hace de la delicadeza, la cordialidad, la empatía y la atención su carta de presentación. El que considera al otro objeto de respeto y de cortesía, el que brinda opciones a la alegría del tercero sin motivo, sin espera de retorno, simplemente por el hecho de alegrarse de su encuentro, aunque el otro sea un desconocido. Quien es amable ofrece la posibilidad del afecto, de la alegría y del reconocimiento.

Amable es también quien regala cortesía, respeto, simpatía y sensibilidad, valores esenciales en la construcción de un vínculo, y en consecuencia de la convivencia. No estamos hablando de la amabilidad impostada, de quien se hace el simpático sin ser amable, de quien espera un retorno interesado de su campechanía. Nos referimos a la amabilidad sincera, espontánea y natural de la bella gente que nos demuestran cómo educación y formación muchas veces no van  de la mano. Cuántas bellas personas exquisitamente educadas no recibieron, por avatares de la vida, formación sistemática. Y cuántas personas aparentemente bien formadas exhiben una formidable mala educación escasa de todo principio de empatía, respeto y amabilidad.

La persona amable huye consciente y voluntariamente de la indiferencia o de la apatía frente al otro.

La persona amable no invade, no molesta, articula su disposición al otro y al mundo desde el respeto. El amable promueve la cordialidad frente a la apatía, crea una cuerda, un camino, un puente, la posibilidad de una afinidad hacia el otro.

Gestos tan simples como saludar a las personas cuando uno llega a un lugar, sonreírle a quienes van en el ascensor, conversar dos minutos con el portero del edificio, aunque sea sobre el clima, dar las gracias cuando alguien nos hace un favor, mirar a las personas a la cara cuando nos están hablando, o preguntar a un vecino enfermo si necesita algo cuando salimos a comprar al negocio de la esquina, pueden hacer la diferencia y aportar a construir un mejor clima entre las personas. La amabilidad implica igualdad de tratamiento y está directamente relacionada con la consideración que tenemos con nosotros mismos. A todos nos gusta que sean amables con nosotros. Y la regla de oro dice que así como queremos que las personas se comporten con nosotros, debemos hacerlo con ellos.

Qué poco cuesta ser amable y cuánto cambiaría el mundo con una mayor dosis de este agradable bálsamo.

Quizás usted piense que la amabilidad es una virtud disociada de nuestro andar cristiano. Pero no. 

 “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres.” Filipenses 4.5

Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. 1 Pedro 3:8, 9

2 Timoteo 2: 24 Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido…

Quienes somos de Cristo debemos tener un corazón tierno, ser compasivos y corteses. Hay una gracia especial en el trato de las personas así. Las palabras bondadosas, las miradas placenteras, un comportamiento cortés, son de valor inestimable. Los cristianos descorteses, por el descuido en el trato con los demás, demuestran que no están en unión con Cristo. Es imposible estar en unión con Cristo y a la vez ser descorteses o groseros.  

Lo que Cristo fue en su vida sobre esta tierra es lo que debe ser todo cristiano. Él es nuestro ejemplo, no solamente en su impecable pureza sino en su paciencia, en su bondad y en lo atractivo de su disposición. Él era firme como una roca en lo que concernía a la verdad y al deber, pero invariablemente bondadoso y cortés. Su vida era una verdadera ilustración de la verdadera cortesía. Siempre tenía una mirada bondadosa y una palabra de aliento para el necesitado y oprimido.

Su presencia introducía una atmósfera pura en el hogar, y su vida era una levadura activa entre los elementos de la sociedad. Inocente e incorruptible, caminaba entre los descuidados, los rudos, los descorteses; en medio de los injustos publicanos, los arbitrarios samaritanos, los soldados paganos, los rudos campesinos y la multitud mixta. Hablaba una palabra de simpatía aquí, y otra palabra allí, mientras veía a la gente cansada y obligada a llevar cargas pesadas. Compartía sus cargas y les daba lecciones que tenían que ver con la naturaleza, para que ellos entendieran acerca del amor y la bondad de Dios y su plan para salvar al hombre.

Trataba de inspirar esperanza en el que menos prometía, dándole la seguridad de que podía llegar a ser irreprensible, y a adquirir un carácter que lo revelara como hijo de Dios…(Zaqueo)

El amor de Cristo suaviza el corazón y aligera toda dureza de la disposición. Aprendamos de él cómo combinar un alto sentido de pureza e integridad con un temperamento alegre. Aprendamos a ser corteses, alzando las cargas de otros como hizo Jesús.

  Un cristiano bondadoso y cortés es un argumento poderoso en favor del evangelio. Recordemos lo que dice 1ª Pedro 3: 15: … santificad al Señor Dios en vuestros corazones, y estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *