Con la fe pendiente de un hilo.

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Con la fe pendiente de un hilo.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La fe es el elemento clave en la vida espiritual. La fe es también un factor preponderante en muchas circunstancias de la vida, aún en aquellos que no dirían de sí mismos que son creyentes, o creyentes “practicantes”. La experiencia universal de luchar con la vida, lucha que es más dura para unos que para otros, y cuyo resultado en algunos casos es más incierto que en otros, esa lucha con su carga de esfuerzos, dificultades, sacrificios, esperanzas, incertidumbre, pérdidas, éxitos y fracasos, hace que a todos y cada uno llegue el momento en que deben cerrar los ojos a las condiciones adversas, y sacar fuerzas para seguir adelante en la fe.

Fe en el propio talento y habilidad; fe en la inteligencia, preparación o capacitación que se ha adquirido; fe en la familia, en los amigos, en un giro favorable – si bien azaroso – de los acontecimientos; fe en el destino, la fortuna, u otras potencias sobrenaturales que un crisol de culturas y razas que nos precedieron nos han legado. En fin, fe en Dios, quizás desprovisto del ropaje de una religión específica, y sólo ataviado por la noción muy personal de la existencia de un supremo Ser, Creador Todopoderoso; incomprensible, incognoscible, pero la mirada de cuyos penetrantes ojos hace arder las espaldas de nuestra alma.

Porque creer, no importa específicamente en qué, pero el hecho de creer, es un potente generador de fortaleza anímica y moral, a la hora de enfrentar el desaliento provocado por las circunstancias de un mundo que no es fácil para nadie, y menos para los débiles y los pobres. No ocasionalmente algunos luchadores sociales criticaron la religión, tildándola de instrumento en manos de los ricos explotadores, con la cual adormecían a los pueblos respecto de sus derechos y posibilidades de acceder a una vida más acomodada, ofreciéndoles la esperanza de un futuro paraíso de ultratumba, mientras las cosas buenas de esta vida quedaban en manos de los mencionados ricos. Por supuesto, esos luchadores sociales emprendieron la batalla porque tenían fe; fe en su particular sistema de ideas, la creencia en que su ideología daría respuestas a las naciones y a la humanidad.

Creer da fuerzas para luchar, da fuerzas para vivir; y, cuando es necesario, da fuerzas para morir por el ideal por el que se ha vivido. Los mártires de todas las causas, religiosas, políticas o sociales, son quienes han muerto por aquello en lo que creían. No existen verdaderos mártires sin fe. Alguien puede ser envuelto por una tormenta de violenta oposición a aquella causa en la que se ha involucrado, y aún morir asesinado; pero el verdadero mártir no es simplemente una víctima de asesinato: es alguien que valiente y alegremente ofrenda su vida, si es necesario, por su ideal. Tal es la fuerza de creer. Por todo esto, la suprema crisis de la vida de un individuo no es una crisis de valores, sino una crisis de fe. Ya no creer en nada es el máximo estado de zozobra e infelicidad para una persona, pues implica no esperar ya más nada de la vida ni de los semejantes, no saber dónde ir, ni tener dónde ir. Vivir sin fe es la amarga experiencia de existir en un presente fastidioso, sin un pasado que valga la pena recordar, ni un futuro del que esperar algo.

La Biblia define la fe como: “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Esas dos palabras, certeza y convicción, nos dan la pauta de cuánto se diferencia la fe de la simple creencia. Creer es asentir y aceptar la realidad de algo; tener fe es estar convencido de que algo es cierto. La Biblia también enseña claramente quien debe ser el único depositario de la fe que nace del corazón humano, quien también es el único que jamás defraudará esa fe, evidencia de la confianza depositada en Él. La fe en Jesucristo, según la Biblia, es la más firme de las creencias, la más sólida de las convicciones, la certidumbre más plena, dado que Jesús de Nazaret es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5), el Fiel y Verdadero (Apocalipsis 3:14), y el único nombre, debajo del cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos (Hechos 4:12). Las creencias humanas, religiones, credos y supersticiones, son terreno de arenas movedizas, y frente a esto, el único Dios verdadero es presentado en las Sagradas Escrituras como la Roca firme que ofrece seguridad (Deuteronomio 32:4; Salmo 61:2; Salmo 62:8).

La historia bíblica, y la historia personal de cada individuo que ha depositado su fe en Cristo, contienen momentos en que la fe ha vacilado ante las circunstancias de la vida. Hay teólogos que afirman que el creyente puede pecar contra la fe, cuando su corazón duda de la Palabra de Dios, o se sume en la incertidumbre acerca del Señor. La historia de Moisés, una y mil veces desalentado en el desierto; de Elías, huyendo durante semanas enteras para terminar deseando la muerte; de Jeremías, quejándose casi de continuo ante Dios; de Job, maldiciendo el día de su nacimiento y también deseando la muerte; y de Juan el Bautista, quien una vez encarcelado dudó de Jesús, pese a que Dios se lo había señalado como el Mesías prometido, nos hace pensar que también los grandes hombres de Dios, cuyo recuerdo nos ha conservado la Biblia y que han sido admirados por generaciones de creyentes, vivieron momentos en que anduvieron con la fe pendiente de un hilo. Ya Jesús de Nazaret tuvo en varias oportunidades importantes cosas que decir en relación a la fe, y a la falta de fe por parte de aquellos que eran sus seguidores. La historia de los tres años que Cristo ejerció su ministerio público está saturada de episodios en los que los discípulos demostraron una proverbial falta de fe en el Maestro, a quien tenían ante sus ojos y al alcance de sus manos; falta de fe que ha sido tema de innumerables ejemplos, tomados de aquellos episodios, predicados desde los púlpitos de iglesias cristianas de todos los apellidos, en todas partes y a lo largo del tiempo. Sermones en los cuales se ha fustigado la incredulidad y ausencia de comprensión de aquellos hombres sencillos y toscos, que constituían el círculo más cercano a Jesús, los doce apóstoles, aleccionándonos a no actuar de igual rústica forma –espiritualmente hablando – en cuanto a la fe que debemos depositar en Dios. Pero sermones que a menudo omiten la invitación a preguntarnos qué habríamos hecho nosotros en una situación similar. Recordemos la situación de Job, quejándose en el dolor de su sufrimiento y acusando de injusticia a Dios, fustigado despiadadamente por sus tres “amigos” a causa de sus palabras; y recordemos a ese Job invitando a esos amigos a ponerse en su lugar: “También yo podría hablar como vosotros, si vuestra alma estuviera en lugar de la mía” (Job 16:4a).
Es que con frecuencia, no nos ponemos en el lugar de la gente.

El evangelio que Jesucristo nos ha traído para comunicar al mundo es un evangelio – es decir, una buena noticia – de amor; de un amor loco, incomprensible, inmerecido, de parte de Dios hacia nosotros; no es un evangelio de juicio, de crítica, de dureza o intolerancia. La Biblia dice: “Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

El lugar que ocuparon los doce apóstoles fue único en la historia de la humanidad; y a pesar de eso, uno lo desaprovechó. Ellos tuvieron el privilegio de estar tres años junto a Jesucristo, como sus discípulos.

Uno de los muchos episodios notables vividos por aquella pequeña compañía de hombres junto a Jesús es la memorable caminata de Él sobre las aguas del mar de Galilea. Cuenta Mateo – testigo presencial de lo sucedido – que habiendo zarpado de las proximidades de la pequeña ciudad de Betsaida por orden de Jesús, y sin Él a bordo, iniciaron la travesía hacia el suroeste, teniendo en contra el viento y un mar encrespado que castigaba la embarcación. Como a la cuarta vigilia de la noche (entre las tres y las seis de la mañana), de una noche lóbrega y seguramente llena de sobresaltos, aquellos hombres vieron una figura humana caminando sobre las aguas como sobre tierra firme, la cual se dirigía hacia ellos. Entonces alguien tuvo la ocurrencia de gritar: ¡un fantasma!, y esta idea hizo que aquellos individuos gritaran de terror. En ese momento, por entre el ruido del viento y las olas, llegó hasta ellos el sonido de una voz conocida, la voz de Jesús que dijo: “Tened ánimo. Soy yo, no temáis” (Mateo 14:27). Pedro, impulsivamente, de inmediato lo puso a prueba: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (v. 28). Pedro no destaca tanto por su impulsividad, como por su fe; ese mismo Pedro que no mucho después resaltaría por su penetrante comprensión de la verdadera identidad de Jesús de Nazaret (Mateo 16:15, 16), ya en ese momento estuvo dispuesto a creer que Jesús podía, no sólo caminar sobre las aguas, sino también hacer que él, Pedro, hiciera otro tanto. La fe de Pedro relumbró más cuando, al oír la invitación de Jesús que dijo: “Ven” (v. 29), sin vacilar saltó la borda. Cuál no habrá sido la sorpresa de los otros once, que permanecieron en la seguridad de la embarcación y esperaban ver a Pedro hundirse bajo la superficie, cuando en lugar de eso vieron cómo el poder sobrenatural de Jesucristo transformó las aguas bajo los pies de Pedro en un camino firme, por el cual el pescador caminó hacia Jesús.

Pero la brillante fe de Pedro parpadeó violentamente cuando “al ver el fuerte viento, tuvo miedo” (v. 30). Mientras marchaba hacia Jesús, la vista del Señor llenó su mente y corazón de confianza. Pero al ver el fuerte viento, la confianza fue sustituida por el miedo. En otras palabras, al quitar los ojos de Jesús, la fe se resquebrajó, y algo se rompió en la dimensión sobrenatural desde la que se estaba operando el milagro. El invisible pavimento se desvaneció, y el mar comenzó a tragarse a Pedro. Por supuesto, esto no fue un asunto de magia. Jesús tuvo en todo momento el control, y usó esta situación para una importante lección; lección que recibió no sólo Pedro, sino incontables generaciones de cristianos hasta el presente, y que han de recibir en lo porvenir hasta el fin. Una lección expresada en forma magnífica en la epístola a los Hebreos: “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1, 2).

El mar tempestuoso en las Sagradas Escrituras es utilizado en numerosas oportunidades como símbolo de las masas humanas desorganizadas, ajenas a Dios, y muy particularmente los impíos que no reconocen a Dios como Creador y Señor, referidos en la epístola de Judas como “fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza” (Judas 13). Inmersa en el mar de la humanidad está la Iglesia de Cristo, formada por la compañía de los creyentes individuales, que la mayor parte del tiempo deben estar en contacto con esa humanidad incrédula, escéptica, indiferente, o aún antagónica a todo lo que huele a Dios, Iglesia o religión. Los cristianos debemos recordar que así como aquel mar de Galilea se encrespó y atemorizó a los fatigados discípulos, así el mar de la gente y las circunstancias humanas puede agitarse hasta adquirir las proporciones de una tempestad, que amenace hundir nuestra vida, familia, reputación, trabajo y esfuerzos en la ruina. El desastre económico, la ruptura matrimonial, la fragmentación familiar, la enfermedad, la ingratitud de otros, están entre las múltiples cosas que pueden conducir a la zozobra, aún a aquellos que profesan la fe cristiana. ¡Cuánto más a quienes no la profesan, a quienes dependen de sí mismos, a los autosuficientes, y a los que ponen su confianza en supersticiones paganas, muertas en el mejor de los casos! Pero Jesús de Nazaret es quien camina por encima de ese mar tempestuoso de gentes y situaciones adversas, y depende de cada uno no hundirse y ser tragado por las aguas borrascosas. La clave está en poner los ojos – de la fe, la confianza y la entrega total – en Jesucristo.

La fe que sostenía a Pedro sobre las aguas no era asunto de magia. Cuando Pedro se asustó de la tormenta, Jesús, al control de todo, permitió que su discípulo comenzara a hundirse; notemos que Mateo no dice que en un abrir y cerrar de ojos desapareció bajo las aguas, sino que “comenzó a hundirse” (v. 30), como quién se sumerge en arenas movedizas. Este hecho movió a Pedro a exclamar: “¡Señor, sálvame!” (v. 30); es decir, tuvo el saludable efecto de hacer que Pedro volviera a poner su mirada en Jesús. La ayuda y la reprensión vinieron juntas: “Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (v. 31). Se destaca la mano del Señor extendida “al momento”; más se destaca aún la recriminación “hombre de poca fe”. Pero lo más notable de todo es la pregunta, tal vez indignada, tal vez decepcionada, pero quizás incluso sorprendida: “¿Por qué dudaste?”

Cuando las crisis, las circunstancias negativas, los momentos de angustia, depresión o desesperanza, hacen que el cielo parezca haberse despoblado para nuestro corazón anhelante y medroso, efectivamente podemos andar con la fe – es decir, nuestra profesión de vida cristiana – pendiente de un hilo. Ese hilo, que debe sostenernos, y que impedirá nuestra zozobra cuando fallan nuestra familia, nuestros amigos, incluso cuando fallan los hermanos de la iglesia, y aún mucho de aquello que se nos ha enseñado a creer, ese hilo es mantener los ojos, siempre, en Jesucristo. Él nos mantendrá firmes cuando falte la firmeza, y nos rescatará, para volver a transitar por el camino de la fe en victoria y bendición.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario. (Adaptado del Capítulo 3, parte 1 del libro Sentires, Editorial ACUPS, Montevideo, Setiembre de 2000).

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