Desnudos por la vida

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Desnudos por la vida

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿Usted saldría desnudo a la calle? ¿Iría desnudo al cine, a un shopping, a comer en un restaurante? Invitado a un bautismo, a una boda o a un servicio religioso, ¿concurriría desnudo a la iglesia? Pese a vivir en tiempos de relajación y degeneración moral, aún hoy en día, para la mayoría de nosotros sería imposible exponernos de esa manera, o tolerar tal cosa en otros. No, en los lugares públicos a los que concurren familias, niños y personas que no están de acuerdo con la mencionada degeneración de las costumbres, propugnada por minorías conocidas y claramente identificadas; que son minorías, pero que en estos tiempos de “tolerancia” – mal entendida – es políticamente incorrecto contradecir.

De igual modo, y pese a dicha relajación moral, tampoco nos gusta “desnudar” nuestra alma, y ser vistos con nuestros defectos, imperfecciones y faltas; menos aún nos agrada quedar en evidencia ante los demás, empantanados en nuestros pecados y miserias morales. Sin embargo, es posible reconocer una contradicción en nosotros. Por un lado tendemos a ocultar – o si no lo logramos, nos esforzamos por justificar – nuestros actos, palabras o actitudes que el común de la gente consideraría malos, negativos, o hasta pecaminosos; pecaminosos no estrictamente según la Biblia, sino según nuestro entorno, las convenciones sociales y la moral imperante en la comunidad. Pero en forma paralela, nuestra naturaleza reacciona con un rechazo instintivo frente a la mentira, la falsedad y la hipocresía. Las personas esperan, requieren y se sienten reconfortadas cuando otras personas – con las que tratan ocasional o permanentemente – se muestran tal cual son; eso piden como requisito para relaciones sinceras y sanas.

En el Antiguo Testamento de la Biblia leemos lo siguiente: “Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales. Luego oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba por el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Pero Jehová Dios llamó al hombre y le preguntó: ¿Dónde estás?” (Génesis 3:6 – 9). Este es el relato de la caída, la explicación que la Biblia nos ofrece acerca de la entrada del pecado, el mal y el sufrimiento en el mundo. Verdad o mito, según sea considerado por cristianos o pensadores seculares, el relato tiene hechos destacados que merecen ser comentados. En primer lugar, comieron del fruto prohibido; ¿era una manzana?, no sabemos; tampoco hay base para considerar que se trató de tener sexo (después de todo, Dios fue quien llevó la mujer al hombre, y ambos constituían una versión primitiva de matrimonio). Pero el comer de ese fruto prohibido – cual fuera – abrió sus ojos al hecho de que estaban desnudos. Es decir que la desnudez no les afectaba en su inocencia, cuando ninguna decisión equivocada había sido tomada, ni el acto consecuencia de esa decisión había sido deliberadamente ejecutado. La desnudez no les preocupaba, ni les avergonzaba, ni le generaba ningún reparo. Pero cuando se produjo la transgresión, infringido el único mandamiento positivo que se les había ordenado guardar, llamativamente la atención de ellos se enfocó, no en el pecado – la desobediencia – sino en su desnudez.

En otras palabras, el pecado les mostró una condición que no les agradó; podríamos decir que la vergüenza y la culpa, consecuencia de la noción de haber infringido un mandamiento de Dios – o norma moral – fueron intolerables para ellos. Pero, desafortunadamente, no abrió sus ojos acerca del auténtico problema: habían desobedecido a Dios. Por otro lado Dios, el otro personaje de esta historia, logra entablar el siguiente diálogo con su criatura: “Él respondió: oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; por eso me escondí. Entonces Dios le preguntó: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del cual yo te mandé que no comieras?” (Génesis 3:10, 11). Al creyente el concepto de Dios que enseña la Biblia – un Ser Todopoderoso, omnisciente, omnipresente y ante cuyos ojos nada puede esconderse – le conduce a considerar que El Creador del universo en realidad no tenía necesidad de buscar al hombre, preguntarle dónde estaba, ni si había comido del árbol. Ya lo sabía. Sin embargo, Él entró en esta charla con sus criaturas para conducirles a comprender su pecado. La secuencia comienza con una búsqueda. ¿Dónde estás?, pregunta Dios, aunque sabía detrás de cuál arbusto estaban el hombre y la mujer; en vez de ir a buscarles, arrancar el matorral para exponerles, o sacarlos de su escondite tomándoles de las orejas, Dios invita al individuo a mostrarse, le anima para que se acerque a Él. Pero la pregunta ¿dónde estás?, contiene otra interrogante: ¿por qué estás escondido? ¿Cuál es la causa, qué justifica huir de la mirada de los ojos de Dios? De esa manera, Dios hace que el hombre reconozca su estado: la desnudez de sus cuerpos no era lo importante, sino el mal que había penetrado en sus almas, invitado por la fatídica decisión de desobedecer al Creador. Ese mal hizo que vieran sus propios cuerpos desnudos – obra excelsa de Dios – como algo malo, que debía ser cubierto, tapado y escondido, y así es hasta ahora; pese a cuanto ha cambiado la cultura, las modas, las costumbres y los parámetros morales, y a cuanto presionan las minorías que han repudiado esos parámetros morales, los pueblos herederos de la tradición judeocristiana siguen viendo la desnudez como algo malo, que debe ser cubierto. Sin embargo, Dios no se escandalizó de los cuerpos desnudos que Él mismo había creado; condujo a sus criaturas a ver la causa de ese profundo desagrado por su desnudez: la desobediencia a Él, el pecado.

Dios sabe todas las cosas. En Hebreos 4:13 se expresa claramente algo que ya citamos: “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. Acerca de la omnisciencia de Dios el Padre, el propio Jesús afirmó: “vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:8); y del Señor se nos dice que compartió esa omnisciencia, enfocada en el interior reservado e íntimo del ser humano, cuando Juan afirma: “Jesús… no necesitaba que nadie le explicara nada acerca del hombre, pues él sabía lo que hay en el hombre” (Juan 2:24, 25). Acerca de esto mismo, del hecho de que Dios sabe todas las cosas según afirma la Biblia, decíamos al reflexionar sobre la oración: “si Dios ya sabe qué me ocurre y qué preciso, y también sabe cómo voy a orar, y cuáles palabras voy a usar en mi oración, entonces, ¿para qué orar?”, y comentábamos después: “la oración es encuentro a solas con Dios, es adoración que emerge de lo más profundo del alma humana hacia la Divinidad, una Divinidad que no es lejana o extraña, sino que es, en palabras de Jesús, “tu Padre”. La oración es un acto de obediencia, pues la Palabra de Dios nos manda orar; pero ese mandato se obedece con gusto, pues ese momento de encuentro hace que nuestra alma respire” (http://www.iglesiaenmarcha.net/2014/09/la-oracion-absurda). Entonces, ¿qué es lo que quiere Dios? Establecer una relación con sus hijos.

Recordemos que uno de los pasajes centrales y más importantes de la Palabra de Dios, un pasaje cumbre, es el de Juan 3:16: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Jesús de Nazaret, la carta de presentación del amor del Padre celestial, ejemplarizó ese amor diligente de Dios por el pecador perdido en varias parábolas: un padre que aguarda cada día el regreso de su hijo (Lucas15:11 – 32), una mujer que barre toda su casa en busca de una moneda perdida (Lucas 15:8 – 10), un pastor que deja sus noventa y nueve ovejas en el desierto, y recorre las montañas hasta encontrar la oveja perdida (Mateo 18:10 – 14). Es que Dios ya en el principio de los tiempos buscó con diligencia a sus criaturas, y hasta el día de hoy sigue buscando a cada ser humano perdido, a cada hombre y mujer extraviados, a cada persona que está lejos, asustada, escondida, avergonzada de su condición miserable, hundida en el pecado. Dios pregunta hoy: ¿dónde estás?; no, porque no sepa dónde estás, ni qué pasa en tu vida o en tu interior, sino como una invitación para que te muestres y te acerques a Él, porque quiere establecer contigo una relación. Una relación de Salvador a pecador arrepentido; una relación de Padre a hijo. La primera pregunta dirigida al primer pecador fue: ¿dónde estás? Esa pregunta se repite hasta el presente, y quiere decir: mostrate, vení, acercate a mí.

Cuando el mundo invita a mostrarse – lo cual sucede casi a diario, a veces insistentemente, y declarando políticamente incorrecto y psicológicamente insalubre reprimir la “expresión personal” – cuando el mundo en general hace esa invitación, aunque suene similar, no es ni remotamente parecido. El “mundo”, es decir, el común de la gente que vive, actúa, opina y siente aparte de la fe en Dios, de los principios bíblicos y de los valores y normas del reino de Dios, al decir: mostrate (muéstrate), puede estar refiriéndose literalmente al cuerpo, pero también a los sentimientos; las emociones, tal como son: veleidosas, irracionales, a veces brutales, incluso salvajes, desplegadas con una sinceridad egoísta, con una franqueza feroz, con una autenticidad sin control y sin la preocupación que surge por violentar los derechos o herir la sensibilidad de otros. En cambio, Dios nos llama para que ante Él desnudemos voluntariamente el alma, con confianza en su amor y su cuidado por nosotros. Que transparentemos ante sus ojos nuestras miserias: nuestros defectos y pecados; nuestros pensamientos y opiniones; nuestros temores, necesidades y tristezas; nuestros anhelos y esperanzas, puestas quien sabe en qué, para que todo lo pongamos en Él.

Cuando el pecado amenazó la creación, Dios vino de inmediato a buscar a sus criaturas, los seres humanos. De la misma manera hoy, cuando el pecado y la maldad, la vergüenza, la culpa y el extravío, amenazan destruir aquello que amamos, y a nosotros mismos, el eterno Dios y Creador de todas las cosas, quien vino a este mundo en la persona de Jesucristo, se acerca a cada uno y pregunta: ¿dónde estás? Venir tal cual somos, sin tapujos ni excusas, mostrarnos a Dios con nuestra alma desnuda, sin reservas ni secretos, es una forma de volver, de regresar a la casa del Padre celestial, de estar en paz con Dios, para vivir en paz, perdonado, redimido y seguro.

La fe en Jesucristo y en la sangre que Él derramó para el perdón de nuestros pecados es la perfecta respuesta a aquella pregunta de Dios: ¿dónde estás?; es decir: “aquí estoy”, para ser encontrado, y ya nunca más volver a extraviarnos.

“Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado” (Lucas 15:24; Dios Habla Hoy).

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario (Adaptado del artículo homónimo publicado en iglesiaenmarcha.net, en junio de 2015)

 

4 Comments

  1. Graciela P. dice:

    Muy bueno el mensaje mi hermano lo escucho muy atto .Gracias y muchas bendiciones

  2. Ana dice:

    Al dr. Alvaro pandiani…..Dios esta presto y amoroso xa esperarnos….pero ¿lo esta el pastor? ¿La comunidad? ¿Los hermanos? Si hemos desnudado nuestra vida espiritual en Egipto y volvemos arrèpentidos….¿nos acepta la Iglesia, el Pastor y los hermanos? O nos crucifican x dejar en ese error los rudimentos q nos cubren y volvemos arrepentidos?

    • Álvaro Pandiani dice:

      Estimada Ana, la vehemencia de su planteamiento indica que habla de una situación personal, y de una iglesia de la que supo ser miembro.
      La Biblia es clara: debemos perdonar a todos, perdonar como perdona el Señor. Si el pastor y los hermanos de esa iglesia no lo hacen, no están cumpliendo la Palabra de Dios. En ese caso, lo mejor para usted es buscarse otra iglesia.
      La salvedad, para entender la actitud de ese pastor y esos hermanos, es que usted hubiera cometido – contra ellos o no – actos de insondable inmoralidad o maldad, por los cuales ellos la hayan expulsado de la iglesia, y no quieran arriesgarse a recibirla nuevamente, aunque usted asegure estar arrepentida.
      Pero el camino a seguir sigue siendo el mismo: debe buscarse otra iglesia. Si su arrepentimiento es auténtico, Dios, que ve los corazones, la recibirá. No le quepa duda.
      Dios la bendiga

  3. Mariano dice:

    Muy buen artículo. Escuché una vez, hablando en concreto del fenómeno de los “realities” y el exhibicionismo, que hoy en día la gente confunde “realidad” (cruda, destapada, superficial, insolente) con “verdad” (liberadora, profunda, edificante: Jesús mismo). Bendiciones y adelante!

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